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El primer premio Nobel otorgado por trabajos realizados en suelo canadiense, se otorgó a un joven científico neozelandés quien, en realidad, había pasado menos de un decenio en Canadá. En 1908, Ernest Rutherford recibió el premio Nobel de Química, luego de regresar a Inglaterra habiendo pasado unos años en la universidad McGill de Montreal. El trabajo que efectuó durante los nueve años que pasó en Canadá, marcó el inicio de una nueva era científica y, finalmente, fijó el comienzo de la era nuclear.
Las destacadas obras de estos grandes hombres y mujeres se celebran con razón; sin embargo, es raro conocer a personas cuyas silenciosas contribuciones han abierto la puerta a los excelentes logros de otros. Consideremos ahora los humildes esfuerzos de otra persona, un hombre cuya generosidad hizo posibles los esfuerzos de Rutherford, junto con muchos otros logros. Un caballero excéntrico y prácticamente desconocido, llamado William Macdonald, giró importantes donaciones que contribuyeron al famoso logro de Rutherford.
En 1897, Rutherford acababa de disfrutar de una beca de tres años en la universidad de Cambridge, Inglaterra; cuando aceptó un puesto en la universidad McGill, en la ciudad canadiense de Montreal, muy lejos del centro de investigaciones científicas de la época. Para entonces, Rutherford había acumulado una deuda educativa considerable, y el puesto en McGill le ofrecía un excelente salario, que le permitiría saldar sus obligaciones y luego casarse con una joven neozelandesa, con la que se había comprometido unos años antes.
Rutherford esperaba encontrar unas modestas instalaciones de laboratorio en Montreal. Sin embargo, le sorprendió que los laboratorios de física de McGill, en aquel entonces, se encontraban entre los más avanzados del mundo. Que una universidad incipiente pudiera permitirse y adquirir avanzadas instalaciones, parecía desconcertante, pero McGill contaba con la ayuda de un benefactor muy humilde y generoso, William Macdonald.
Macdonald, nacido en 1831, descendía de colonos escoceses, que se habían establecido en la actual provincia canadiense de la Isla del Príncipe Eduardo. Poseía una gran perspicacia para los negocios y, durante la Guerra de Secesión estadounidense, se dedicó a importar tabaco crudo en hoja de la Confederación, procesarlo en su molino de Montreal, y luego vender tabaco de pipa y de mascar a los estados del Norte, que ya no podían importarlo del Sur. Su negocio prosperó y, para la década de 1870, era uno de los hombres más ricos de Canadá. Irónicamente, Macdonald no consumía tabaco, de hecho, lo deploraba; y amasar semejante fortuna con su venta, le hizo desarrollar una gran culpabilidad.
Macdonald, finalmente decidió dedicarse a la filantropía, quizá para compensar a la sociedad. En esa época, se hizo amigo del doctor John Dawson, entonces director del colegio McGill. Fue así como Macdonald se convirtió en el mayor benefactor de lo que se convertiría en la universidad McGill, invirtiendo al equivalente actual en decenas de millones de dólares en edificios, equipos y cátedras. Entre las construcciones financió los edificios que albergarían a los departamentos de física, química y, posteriormente, de agricultura.
En 1898, con fondos proporcionados por Macdonald, y por recomendación del gran físico doctor J. J. Thompson, director del laboratorio Cavendish de Cambridge, McGill contrató al recién graduado de Cambridge, Ernest Rutherford, para continuar la investigación sobre la radiactividad que había estado realizando con Thompson. Rutherford y su equipo no tardaron en descubrir dos tipos de radiactividad que emanaban del uranio, a los que denominaron rayos alfa y rayos beta.
Rutherford y su equipo abrieron las puertas a la comprensión del proceso de desintegración radiactiva, demostrando cómo los átomos de un elemento pueden desintegrarse en átomos de otro. Con esto, descubrieron el principio de la vida media del material radiactivo.
Rutherford incluso aprendió a mutar un átomo bombardeándolo con partículas alfa. Su investigación también le permitió teorizar y, finalmente, proponer la existencia de un núcleo atómico, cuyo tamaño y estructura distinguen a los átomos y, por ende, a los elementos. Todo este trabajo sentó las bases para nuestra comprensión moderna de la estructura atómica y, por ende, de la singularidad de cada elemento.
En 1903, se publicaron algunos de los primeros descubrimientos de Rutherford, lo que le valió el nombramiento como miembro de la Royal Society de Londres, una prestigiosa asociación de científicos. Con todo y este honor inglés, Rutherford continuó trabajando en McGill, donde su trabajo le dio a la universidad una reputación internacional como centro de investigación de primer nivel.
Sin embargo, a finales de 1906, Rutherford se dio cuenta de que estaba perdiendo la oportunidad de asociarse con los investigadores más destacados de su época, un contacto vital, para mantenerse a la vanguardia de los descubrimientos. Por lo tanto, aceptó un destacado puesto al frente de un centro de investigación, que se estaba estableciendo en la universidad de Manchester, Inglaterra, adonde se trasladó en 1908. Ese año, Rutherford recibió el premio Nobel de Física por su trabajo en McGill.
De regreso en Montreal, el generoso y adinerado Macdonald continuó apoyando a McGill, y a muchas otras organizaciones benéficas de la zona. Curiosamente, era bastante frugal, parco para comer y beber. Financió la construcción de las instalaciones para fundar la escuela de Ciencias Agrícolas de McGill, y durante un tiempo fue allí a comprar huevos del departamento avícola. Esto no duró mucho, como escribe el historiador John Hardy: “Durante unos años compró huevos del departamento avícola del Macdonald College, hasta que un día les dijo que tendría que dejar de hacerlo: ‘Puedo conseguir la docena por dos centavos menos en Montreal’” (CanadasHistory.ca, 4 de julio del 2025).
Hubo muchos otros actos de generosidad de Macdonald, como su amplio apoyo al hospital General de Montreal. Macdonald encontró plenitud en su vida, no en el negocio que lo enriqueció, sino en diversas acciones de apoyo a los demás, y en ayudar a construir un legado duradero que beneficiaría a su nación y a la humanidad en su conjunto. A pesar de no buscar elogios, sus acciones fueron muy apreciadas. Y en 1898, fue nombrado caballero por la monarquía y se convirtió en Sir William Macdonald.
A su muerte en 1914, legó: “1.000.000 de dólares al Macdonald College, 500.000 dólares a la facultad de Medicina de McGill, 300.000 dólares al conservatorio de Música de McGill, 500.000 dólares al hospital General de Montreal y 100.000 dólares a la compañía del crematorio” (Macdonald, Sir William Christopher, Dictionary of Canadian Biography, Biographi.ca).
La generosidad, con frecuencia produce resultados que quien la practica nunca los verá. Es casi seguro que Macdonald nunca imaginó que su filantropía con McGill ayudaría a marcar el comienzo de la era nuclear. Sin embargo, una cosa es segura: Dios ve el corazón que genuinamente busca beneficiar a los demás, y asegurará la mayor felicidad a la persona generosa. De hecho, Dios tiene una palabra especial de elogio para quienes son generosos, no por el deseo de gloria personal, sino por una sincera aspiración de contribuir a un mundo mejor: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado” (Proverbios 11:25). [MM]