¿Estaremos adorando en vano?

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Es muy común oír afirmar que todas las religiones son de igual valor, que no hay una mejor que otra. Pero, ¿es eso lo que realmente piensa la gente a la hora de la verdad? La experiencia dice lo contrario.

Hace muchos años visité a una pareja que pensaba casarse, pero cuyas convicciones en cuanto al culto a Dios eran muy dispares. Creían en diferentes días de la semana como día de adoración semanal, celebraban días religiosos anuales diferentes, y tenían muchas otras ideas que diferían notoriamente. Les hice ver algunos obstáculos que se presentarían en el futuro, especialmente si les llegaban hijos. Sin embargo, estaban enamorados, y para cada objeción que les presenté ya tenían la respuesta. No había ninguna duda en cuanto a su sinceridad. Su primera prioridad en el momento era unirse en matrimonio, pero, logrado este objetivo, las diferencias indudablemente asumirían mayor prioridad en su lista.

Al preguntarles qué veían como el principal objetivo en la vida (la recompensa de Dios), se puso de manifiesto otra clara diferencia. La novia pensaba que los dos irían al Cielo, pero el novio no veía el Cielo como divina recompensa para los seres humanos. Ella declaró abiertamente que la religión de él era tan válida como la suya, que ninguna superaba a la otra. Por lo tanto, le hice la siguiente propuesta: “¿Por qué no te conviertes a la fe de él? Como los dos caminos, según dices, llevan al mismo lugar, ¿no sería más armoniosa la vida, especialmente para los hijos que puedan nacer, si los dos tuvieran las mismas prácticas y tradiciones?”

Allí fue donde sus aseveraciones supuestas se vinieron abajo. Ella no estaba dispuesta a aceptar la religión de su novio, lo que contradecía el argumento de que todos los caminos llevaban a un mismo lugar. Yo no la culpaba en absoluto por negarse a cambiar lo que le habían enseñado desde la cuna. Eso es pedirle mucho a alguien, a menos que tenga la absoluta convicción en su corazón de que su camino está errado, y que hay otro mejor. Lo contrario chocaría contra la conciencia de cada quien, y al respecto hay una advertencia en las Escrituras: “Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba” (Romanos 14:22). El punto es a la hora de la verdad: lo que solo suponemos creer, y lo que realmente creemos, no siempre coinciden.

¿Son iguales todos los credos?

¿Es acaso verdad que todos los caminos llevan al mismo lugar? La simple lógica le dice a cualquier ser pensante que no. Con razonamiento tan superficial, ¡quién sabe adónde iremos a parar! El cristianismo católico, ortodoxo o protestante, así como el islamismo, el judaísmo, el hinduismo, sintoísmo, el ateísmo, el agnosticismo y miles de ismos más, y cada uno con sus divisiones internas, nunca armonizan. Las recompensas esperadas entre todos son diferentes. Los caminos a esas recompensas también son diferentes. Sus requisitos y prácticas son diferentes. La lista es interminable y las diferencias en sí son importantes. ¿Dónde empezaríamos a enumerarlas? Y, si bien algunos en el mundo moderno se niegan a aceptar la realidad, los frutos de esas religiones no son los ismos. ¡Las religiones no son todas de igual valor!

Aunque no comprendan ni remotamente a Dios, todas dicen adorarlo. Hasta los ateos, sin darse cuenta, adoran al dios del materialismo. Como mínimo, la gente se adora con arrogancia a sí misma, confiando en que sus propios, aunque ínfimos recursos mentales pueden decidir lo que Dios (si es que existe) espera de ella; como si pudiéramos dictarle al Creador lo que es bueno o lo que es malo.

Hay que preguntarse: ¿Es posible adorar a Dios, incluso al Dios verdadero, en vano? Quizá muchos no lo hayan considerado, pero el que mira a la Biblia como su fuente de verdad, haría bien en reflexionar sobre esa pregunta, que no es nada trivial. Para decirlo sin rodeos, el que cree que Dios va a doblegar su voluntad ante nosotros, aceptándonos cualquiera que sea nuestro modo de abordarlo, no cree que la Biblia sea la Palabra inspirada de Dios. Y en ese caso, ¿adónde buscar la verdad moral? ¿En las filosofías de hombres? ¿Qué resultados ha dado eso?

La Biblia es clara en que solamente hay dos opciones de vida: obedecer a Dios o vivir a nuestra manera (Deuteronomio 12:8-9; 30:15-20). Es evidente en las Escrituras que la nación de Israel hizo lo último y no le fue nada bien. En la Palabra de Dios encontramos la definición legítima del bien y del mal, el contraste entre estos y el resultado de cada opción.

Juan, el apóstol más cercano a Jesús, define así el pecado: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Y el apóstol Pablo confirma que el pecado, infracción de la ley, se aplica también a los gentiles y tiene sus consecuencias: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Para ahondar aun más en este tema, recomendamos solicitar nuestro folleto gratuito: Juan 3:16: Verdades ocultas del versículo de oro. También se puede descargar desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org.

Volvamos a la pregunta inicial

¿Se puede adorar a Dios en vano? ¿Da igual adorarlo de una manera o de otra? ¿Es importante la doctrina, es decir las enseñanzas y prácticas de la fe? Jesús dice que sí lo es.

Un día cuestionaron a los discípulos de Jesucristo por no lavarse las manos antes de comer, de forma ritualista como los fariseos. Es importante entender que esta no era una ley de Dios, sino una entre miles de tradiciones y ritos ideados por los judíos, lo cual queda claro al leer el pasaje. Cuando le preguntaron a Jesús por qué sus discípulos no seguían “la tradición de los ancianos” (Mateo 15:2), Jesús respondió: “¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” (v. 3). Enseguida citó Isaías 29:13: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (vs. 8-9).

Por lo tanto, según Jesucristo ¡sí se puede adorar a Dios en vano! Pero esa es la parte fácil de la respuesta. La difícil es: ¿Qué vamos a hacer si nuestro grupo religioso predica doctrinas y tradiciones de hombres en lugar de lo enseñado en la Biblia?

“De labios me honra”

Muchos comprenden que la santificación del domingo no provino de Dios, sino del hombre. Saben que Jesús no nació el 25 de diciembre, y que las costumbres navideñas vienen de tradiciones paganas. Entienden que el día en el que creen que Jesucristo resucitó lleva el nombre de una diosa pagana de la fertilidad, y se celebra con símbolos de fertilidad: conejos, huevos, lirios y más. Al mismo tiempo rechazan, a sabiendas, los días santos que aparecen en las Escrituras, y que Jesús, sus apóstoles y los discípulos del primer siglo guardaban. ¿Le agradarán a Dios las tradiciones religiosas de los hombres? Que responda el mismo Creador:

“Cuando el Eterno tu Dios haya destruido delante de ti las naciones adonde tú vas para poseerlas, y las heredes, y habites en su tierra, guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, después que sean destruidas delante de ti; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así al Eterno tu Dios; porque toda cosa abominable que el Eterno aborrece, hicieron ellos a sus dioses; pues aun a sus hijos y a sus hijas quemaban en el fuego a sus dioses. Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Deuteronomio 12:29-32).

Dios no acepta tradiciones de los hombres como culto a Él. Nosotros no podemos dictar cómo se le debe adorar. Así de sencillo es: Sí se puede adorar a Dios en vano. La verdadera pregunta es: Entonces, ¿qué vamos a hacer?

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