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Establecer un firme camino a nuestros hijos los preparará para una vida de éxito y felicidad.
El ferrocarril transcontinental fue un gran logro para los Estados Unidos en el siglo 19, cuya construcción tardó más de seis años, y redujo el costo de un viaje a través del país de unos 1000 dólares a unos 150. Incluso hoy en día, la construcción de vías férreas es lenta y laboriosa, y la inversión inicial es elevada. Construir un kilómetro de vía férrea de alta velocidad en Europa, puede ascender a decenas de millones de euros. Sin embargo, tras el elevado costo inicial, se obtienen enormes beneficios a largo plazo.
Los padres debemos comprender que educar a los hijos es muy parecido a tender las vías de un tren. El trabajo inicial puede ser duro, y el costo elevado, pero el resultado final bien vale la pena. Hijos que se comprometen a seguir el buen camino, viviendo en amor y obediencia a Dios. Como padres, entonces, debemos pensar en el camino que estamos construyendo para nuestros hijos. Ese camino que los llevará a una relación con Dios, y a la entrada en su Familia eterna.
Al hacerlo, seguimos el modelo establecido por el mismo Dios. Moisés señaló dos caminos que podemos elegir: uno que conduce a la vida y otro a la muerte. Dios quiere que sigamos el camino que lleva a la vida: “Para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19). Jesucristo dijo a sus discípulos: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición” (Mateo 7:13).
Entonces, ¿cómo podemos sentar las bases para que nuestros hijos se dirijan al Reino de Dios?
Los padres pueden frustrar a sus hijos, y en última instancia a sí mismos, al no desglosar claramente las instrucciones en partes o en simples pasos. Si no les damos instrucciones específicas, ni los preparamos adecuadamente para una tarea, los predisponemos al fracaso. En cambio, podemos prepararlos para el éxito, explicándoles claramente las expectativas y enseñándoles a seguir nuestras instrucciones.
Consideremos enseñarle a un niño a limpiar su habitación. ¡Esta tarea, que parece sencilla, produce mucho cansancio tanto a padres como a hijos! Como explicó un padre: “Es fácil para un padre decir: ‘Ve a limpiar tu habitación’, pero eso no le dice nada al niño. Es como decirle que se quede mirando la pared. Necesitamos la disciplina para entrar allí con él, y darle el ejemplo exacto de lo que debe hacer, mostrarle cómo doblar una prenda y guardarla en el armario” (Roy Baumeister y John Tierney, Fuerza de Voluntad, 2011, pág. 201).
De igual manera, Dios desglosa lo que nos exige en fragmentos pequeños y comprensibles; y luego nos hace responsables de obedecerle. Observemos al apóstol Pablo desglosando su explicación sobre la aplicación de la ley de Dios: “Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros… El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:25, 28). Al trabajar con nuestros hijos, debemos desglosar las cosas de la misma manera.
¿Qué pasaría si el jefe del ferrocarril eligiera una ruta diferente cada día? ¡Imaginemos la frustración! Pero, ¿no es así como les pasaría a nuestros hijos, si cambiáramos siempre las reglas o no las hacemos cumplir? Es preferible no establecer una regla a no aplicarla consistentemente. La inconsistencia daña nuestra credibilidad como padres, y socava la confianza de nuestros hijos en que desconocemos el camino al éxito. Consideremos:
“Cuando los padres son inconstantes, cuando dejan pasar una infracción, a veces intentan compensarla con un castigo más severo para la siguiente… Imaginen cómo se ve esto desde la perspectiva del niño… Diferencias aparentemente minúsculas, o incluso aleatorias, en su propio comportamiento o en la situación, parecen marcar la diferencia entre no recibir ningún castigo y recibir uno muy perturbador. Además de resentir la injusticia, aprenden que lo más importante no es cómo se comportan, sino si los padres están dispuestos a castigarlos” (Baumeister y Tierney, pág. 200).
Dios es consistente: dice: “Yo soy el Eterno no cambio” (Malaquías 3:6) y “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Sabemos que podemos seguir su constante guía. Al trabajar con nuestros hijos, debemos ser lo más constantes posible, a pesar del cansancio o la frustración.
A veces nuestros hijos nos desobedecen o muestran actitudes incorrectas. Si no los corregimos, no los estamos ayudando. El objetivo de la disciplina no es expresar enojo, sino mostrarles un camino mejor con amor y preocupación; una corrección del rumbo, aplicada con calma y franqueza, mostrándoles cómo volver al buen camino. De lo contrario, solo reforzamos su camino equivocado. Los problemas que no se abordan no desaparecen; simplemente se convierten en malos hábitos más arraigados.
Tengamos en cuenta este consejo del educador Burton L. White:
“No creo que puedas hacer un trabajo excelente… sin que tu niño, ocasionalmente, se sienta muy infeliz con los límites que le has impuesto. Te aseguro que si cedes a esa infelicidad con regularidad, descubrirás que el precio será muy alto para todos. Si tu hijo aprende la lección fundamental, de que es extremadamente valioso y amado, y que sus necesidades son muy importantes; pero que no es más valioso que los demás en el mundo, ni sus necesidades son más importantes que las de otras personas; especialmente las tuyas. Entonces probablemente te irá muy bien” (Cómo criar a un niño feliz y sin mimos, 1994, págs 195-196).
Esto también dice la Biblia: “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal” (Eclesiastés 8:11); nos dice que corrijamos con prontitud; de lo contrario, las malas acciones se convertirán en malos hábitos. Y: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado” (Levítico 19:17); aquí muestra que el verdadero amor significa estar dispuestos a ayudar a los demás, incluidos nuestros hijos, cuando se equivocan.
¿Cómo van a creer nuestros hijos que el camino que les mostramos es el camino al éxito, si no nos ven en él? Consideremos lo siguiente de nuestro poderoso e informativo folleto: Principios eternos de la educación de los hijos: “Los pequeños perciben a Dios ante todo a través del ejemplo de sus padres. No pretendamos criar hijos como Dios manda si nosotros no somos un ejemplo viviente. Si los niños perciben intolerancia, hipocresía, egocentrismo y estallidos de ira, probablemente no se sentirán atraídos por la religión de sus padres. Al contrario, es posible que las figuras de autoridad en su juventud generen una actitud negativa hacia la autoridad de Dios más adelante” (pág. 2).
Si les decimos a nuestros hijos que vayan por un camino, pero nos ven ir por otro, ¿cómo nos habrían de seguir? El apóstol Pablo dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1). A menos que les mostremos a nuestros hijos que el camino de Dios funciona para nosotros, no creerán que funcionará para ellos.
Las Escrituras nos dicen: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Los padres tenemos la oportunidad de enseñar a nuestros hijos los caminos y los patrones que los mantendrán alejados del camino que lleva a la destrucción. Hagamos todo lo posible por invertir en la buena senda para nuestros hijos, para que puedan seguirnos hacia el Reino de Dios. [MM]