Protejamos los regalos especiales que Dios nos da

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"El avisado ve el mal y se esconde; más los simples pasan y reciben el daño" — Proverbios 22:3

Recientemente me sorprendió y horrorizó lo peligroso que nuestro mundo se ha vuelto para nuestros hijos. Viviendo en una pequeña y tranquila área de una gran ciudad, mi familia y yo raramente hemos visto o escuchado de algún crimen o algo malo que haya ocurrido en nuestro vecindario. Por lo tanto, es fácil relajarse y creer que estamos a salvo. Pero un día, mientras estaba sentada en la parte lateral de nuestra casa, mirando a mis niñas jugar en el patio delantero junto a su árbol favorito, un sedán oscuro con ventanas oscuras se detuvo a unos tres metros de ellas. No tenía ninguna razón para quedarse allí, y era fácil ver que quien estaba dentro no tenía intenciones de irse. Llamé a mis hijas para que vinieran a mí de inmediato. Me miraron alarmadas, sin entender por qué estaba en pánico. De repente, el auto arrancó a gran velocidad, como si el conductor hubiera notado que yo estaba ahí. Sentí como mi corazón casi se salía de mi pecho.

Asumiendo lo peor, una de mis hijas pudo haberse convertido en una víctima de secuestro, como tantas niñas y mujeres jóvenes en noticias recientes.

Nunca está mal reaccionar con cautela en situaciones peligrosas, especialmente en lo que tiene que ver con nuestros hijos. Los padres deben estar cada vez más atentos a los cambios sociales que hacen que el mundo sea más peligroso para nuestros hijos. Es fácil relajarse en la tienda, o incluso en la Iglesia donde creemos que podemos confiar en todos los que nos rodean. Creemos que nada malo podría sucederle a ninguno de nuestros hijos, por lo que a menudo sentimos alivio cuando llegamos a los servicios y los dejamos ir con sus amigos mientras estamos ocupados compartiendo con los hermanos. Creemos que estamos en el único lugar donde se garantiza que nuestros hijos estarán seguros, y no nos preocupamos cuando van al baño solos o cuando van a otro cuarto o salón, porque asumimos que seguramente habrá un adulto de confianza poniendo atención en nuestro lugar. ¿Pero es esto cierto? ¿Están nuestros hijos real y totalmente seguros? ¿Son todos los que nos rodean completamente confiables? Tenemos que darnos cuenta de que, mientras nos reunimos en locales alquilados, a menudo hay empleados de limpieza, así como otras personas ajenas a la Iglesia.

Mientras crecía, mis padres siempre me decían que nunca me alejara demasiado de ellos, y que no estuviera fuera de su vista. Mientras estábamos entre grandes multitudes, en el supermercado o en los servicios del sábado, mi madre siempre me tomaba de la mano o me mantenía cerca. Ella me inculcó a estar en estado de alerta ante el peligro, pero los niños por lo regular no desconfían y no son conscientes de lo que podría suceder, por lo que a menudo me quejaba de que no podía salir corriendo a jugar con mis amigos. Como madre, ahora entiendo mejor las advertencias de mis padres y la necesidad de proteger a mis hijos del peligro.

He comenzado a enseñarles a mis hijos cómo evitar y manejar situaciones peligrosas. Aquí hay algunos consejos para proteger a sus hijos y enseñarles a estar alerta:

  • Mantenga a sus hijos donde los pueda ver siempre. Los padres no deben ver a la Iglesia como un lugar donde pueden dejar a sus hijos y socializar sin prestarles la suficiente atención. Las escuelas y las bibliotecas también infunden la misma falsa sensación de seguridad.
  • Enséñeles a sus hijos en qué adultos pueden confiar. Si sus hijos están en peligro o si se sienten amenazados, deben poder recurrir a alguien en quien puedan confiar. Haga que sus hijos conozcan a los adultos en sus vidas en quienes pueden confiar para que los ayuden.
  • Nunca permita que sus hijos entren a salas públicas sin la supervisión de un adulto, esto incluye los baños. Esto es extremadamente importante, ya que es fácil que un niño se convierta en una víctima cuando se le deja solo. Hay seguridad en la supervisión confiable de un adulto.
  • Deles a sus hijos una señal. Enséñeles qué hacer si se les pide que sigan a un extraño. Enséñeles una señal que solo un adulto de confianza conocería.
  • Y lo más importante, ore para que Dios proteja a sus hijos todos los días. Ya que es imposible para nosotros tener la vida de nuestros hijos totalmente bajo control y a prueba de peligros, pero sí podemos confiar en que Dios los cuidará y los protegerá.

Nuestros hijos son regalos especiales que Dios nos ha dado para que los criemos de la manera correcta. Podemos y debemos guardar celosamente el bienestar de nuestras posesiones más preciadas. A diferencia de una joya valiosa, que puede encerrarse en una caja fuerte, nuestros hijos tienen que interactuar con otros y lidiar con situaciones en las que no siempre estaremos presentes. No siempre podemos estar ahí para protegerlos, pero debemos orar, cuidarlos, prepararlos y advertirles que deben tener precaución contra el peligro.

"Los que teméis al Eterno, confiad en el Eterno; Él es vuestra ayuda y vuestro escudo". - Salmos 115:11