Por qué es tan difícil criar hijos

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¿Cuál es el verdadero propósito de la crianza de los hijos? ¿Acaso es solo para enseñarles a ser adultos independientes y competentes, o hay algo más? Continúe leyendo. ¡Entérese de la asombrosa respuesta!

Capítulo 1
A imagen de Dios

Durante milenios, el ciclo de vida humana ha proseguido su marcha. Nacen hijos, crecen, se reproducen y mueren. Como dijo el rey Salomón, “generación va y generación viene”. Con todo, son muy pocos los que han comprendido la respuesta a la Incógnita que a muchos tarde o temprano nos asalta: “¿Cuál es el propósito del ciclo incesante de la vida?” Para los que están sumidos en el sistema erróneo de creencias sobre la evolución, la única conclusión es que el ciclo de la vida humana existe solamente para la reproducción de la especie. Según piensan, la vida carece de sentido. No tiene un propósito.

Para los que estamos convencidos, por haberlo demostrado, de que el Dios Creador existe, la conclusión es que Él nos hizo para un propósito. La palabra de Dios revela claramente cuál es aquel extraordinario propósito: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26). Los humanos fueron creados a imagen de la Familia de Dios. Si nos dejamos formar por la Familia de Dios (Dios Padre y su Hijo Jesucristo), y si estamos dispuestos a desarrollar en nosotros el carácter y la mentalidad del propio Dios, entonces cuando Jesucristo regrese podremos nacer como miembros de esa Familia, cuyo “primogénito entre muchos hermanos” es Jesucristo (Romanos 8:29).

Mientras tanto, “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios… El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:14, 16). ¡Es un privilegio increíble! Si estamos dispuestos a dejarnos guiar y preparar por nuestro padre espiritual (Dios Padre) y nuestro “hermano mayor” (Jesucristo), podremos cumplir el propósito declarado por el mismo Dios: que seamos creados plenamente a su imagen. La intención de Dios es formar hijos como Él, a su imagen, y que reinemos bajo Jesucristo como reyes y sacerdotes sobre la tierra: “Y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5:10).

Para los padres y madres cristianos, la meta es sentar las bases durante los primeros años de sus hijos, los años de formación, para que ellos siempre deseen buscar a Dios como su Padre. Esta es la meta, si bien los padres no pueden obligar a sus hijos a tomar las decisiones correctas. Ni siquiera Dios Padre nos obliga a tomar las decisiones correctas. Nos dirige y nos guía, pero no nos obliga. El objetivo de la crianza como Dios manda es que los hijos deseen seguir las pisadas de sus padres, los cuales viven conforme al camino de vida de Dios y andan a su vez en las pisadas de su Padre espiritual. Como madres y padres, deseamos no solamente resaltar nuestro deseo de seguir a Dios, sino fomentar en nuestros hijos el deseo de hacer lo mismo.

Tanto mi esposa como yo tuvimos la bendición de contar con padres que fueron consecuentes en el cumplimiento de su papel. No todo el mundo tiene esta experiencia, pero sí tenemos la experiencia de nuestro Padre espiritual, quien es perfectamente consecuente con nosotros. Vemos claramente por su palabra que el Creador del universo actúa conforme al principio de “bendición por la obediencia y corrección por la desobediencia”. Si aplicamos el mismo principio constantemente con nuestros hijos, estaremos sentando las bases para la futura familia de Dios.

¡Nuestro ejemplo personal es de fundamental importancia! La conducta de los padres debe ser un reflejo vivo de lo que Dios ordena. Los pequeños perciben a Dios ante todo a través del ejemplo de sus padres. No pretendamos criar hijos como Dios manda si nosotros no somos un ejemplo viviente. Si los niños perciben intolerancia, hipocresía, egocentrismo y estallidos de ira, probablemente no se sentirán atraídos por la religión de sus padres. Al contrario, es posible que las figuras de autoridad en su juventud generen una actitud negativa hacia la autoridad de Dios más adelante.

Los padres tienen que demostrar claramente en su actual experiencia de vida que el camino de Dios vale mucho ¡y que funciona para ellos! Si no les hemos demostrado que los principios de Dios funcionan para nosotros, ¿cómo vamos a convencerlos de que las leyes divinas valen la pena y que los principios divinos que les enseñamos son para su bien?

Dicho lo anterior, debemos también saber que nuestro ejemplo es solo una parte del todo. Suponiendo que cada uno de nosotros pudiera ser una madre o un padre “perfecto”, ni siquiera nuestra perfección garantizaría un resultado perfecto. La Biblia habla de Adán como un “hijo de Dios” (Lucas 3:38), y sabemos que Dios no obligó a Adán y Eva a tomar la decisión correcta. Les enseñó a vivir conforme a su camino de vida, y aun así, el Padre perfecto tuvo hijos que optaron por rechazar su ejemplo y enseñanzas. Más tarde, este hijo de Dios (Adán) crió un hijo (Caín) que acabó siendo un homicida.

Siendo así, ¿tenemos nosotros la esperanza de criar hijos que entreguen su vida a Dios? El mundo se halla bajo la influencia del “dios de este siglo” (2 Corintios 4:4),  “el príncipe del poder del aire, que es el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2, Reina-Valera Contemporánea). Los medios de diversión están saturados de la mente pervertida de Satanás y su modo de vida. El sistema educativo del mundo está sumido en la teoría satánica de la evolución y padece la erosión constante de la de moral y los principios.

¡Una de las claves fundamentales en la buena crianza es que debemos demostrar activamente ante nuestros hijos que el camino de Dios funciona para nosotros! Con el ejemplo de nuestra propia vida, debemos mostrarles que los principios divinos traerían a la vida de ellos una felicidad mucho mayor de la que puede ofrecer el sistema satánico. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22–23). Si le preguntamos a personas en la calle si quisieran tener una vida llena de amor, alegría y paz, sin excepción responderán: “¡Desde luego!” El problema es que la gente no reconoce los principios de Dios como la causa cuyo efecto es una vida estable y feliz. Ello se debe ante todo a que el mundo no ha sido llamado al verdadero cristianismo, sino que se halla expuesto a un cristianismo que es falso. Como padres, debemos exponer a nuestros hijos a las verdades de Dios, no solo en la verdad (doctrina) que enseñamos, sino en la verdad que vivimos. Si los hijos viven la experiencia de un padre o madre que les da amor incondicional, que tiene normas claras y las aplica constantemente, y que demuestra auténticos frutos del Espíritu, no les será difícil ir respetando y obedeciendo a Dios a medida que crecen.

Muchas personas han aceptado la mentira satánica de que el modo de vida de Dios es “durísimo”. Piensan que Dios nos prohíbe todos los gustos, condenándonos así a una vida aburrida de sufrimiento y privación. Si esta es la imagen que nosotros tenemos de Dios, nuestros hijos acabarán por absorberla… y la harán suya  también. Si al contrario, nosotros sentimos y demostramos agradecimiento sincero al Dios excelso, y si captamos la enorme bendición de comprender su modo de vida, (el cual define qué nos hace daño y qué nos trae abundancia emocional, mental, física y espiritual), entonces esto mismo es lo que nuestros hijos van asimilar.

Los hijos de un verdadero discípulo tienen una bendición especial. El apóstol Pablo recordó a los corintios que el hijo de una madre o un padre converso es “santo” (1 Corintios 7:14), es decir que es único a los ojos de Dios y que Dios lo ha “apartado” para sí. Ahora cabe preguntar si todos los hijos en esta situación responderán a Dios con entusiasmo. Los padres físicos pueden contribuir de manera importante a que la respuesta sea afirmativa.

Debemos comprender que el “llamamiento de Dios” significa sencillamente que la persona ha recibido una invitación divina. Cuando hay una boda, se acostumbra enviar invitaciones, muchas veces con las siglas R.S.V.P., que piden respuesta a la invitación. Si la persona piensa ir, debe hacérselo saber al anfitrión para que le guarde un lugar.

Jesucristo enseñó que el Reino del Cielo es como una invitación a una boda: “El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir” (Mateo 22:2–3). Tal como ocurre con cualquier invitación, unas personas aceptan y otras ni siquiera se toman al trabajo de responder. Las palabras “llamar” y “convidado” en el versículo 3 vienen de la misma raíz griega. Ser “llamado” por Dios es lo mismo que ser “convidado” por Él.

A esta invitación se refería el apóstol Pedro cuando el día de Pentecostés dijo: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos;  para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:39).

Vemos aquí que Dios ofrece su don, o regalo, del Espíritu Santo no solamente a “vosotros”, es decir no solamente a los que escuchaban a Pedro aquel día, sino también a “vuestros hijos”, los hijos de padres convertidos, y también a “todos los que están lejos;  para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” con el tiempo.

Para todos estos, la promesa de recibir el Espíritu de Dios es condicional: depende de que la persona busque y viva el arrepentimiento genuino y la entrega por medio del bautismo (v. 38). Es claro que, si bien los hijos de padres conversos tienen la posibilidad de acceder a Dios, no todos lo buscarán.

Dado lo anterior, nuestra meta como padres es esforzarnos al máximo por volver los corazones de nuestros hijos a su verdadero Padre, que es el Dios supremo. Debemos formarlos lo mejor que podamos mientras aun tengamos la oportunidad en sus primeros años, cuando se sientan las bases de su futuro. No todos los hijos elegirán seguir el camino de Dios plenamente, ¡pero nuestra enseñanza y guía no serán en vano! El conocimiento de las leyes divinas, al menos en la medida en que se cumplan, traerá beneficios en la vida de nuestros hijos. Es así aun para aquellos cuyos padres no estén convertidos. Las leyes de Dios actúan por causa y efecto, y en la medida en que una persona, aun sin ser cristiana, aplica las leyes espirituales de Dios, tendrá una vida mejor.

Los hijos que hayan aprendido el camino de vida de Dios en la niñez tendrán al menos un fundamento al cual podrán recurrir si es que optan  por seguir a Jesucristo. Los padres convertidos esperan, desde luego, y ruegan que sus hijos acudan a Dios ahora, pero si no lo hacen, al menos sabemos que cada momento que dedicamos a enseñarles (Deuteronomio 6:4–7), cada ejemplo positivo y cada manifestación de amor por nuestros hijos será parte de un fundamento positivo al cual podrán acudir antes del fin de esta era, e incluso en el juicio ante el trono de Dios (Apocalipsis 20:11–12).

En cuanto a los hijos que “ven la luz” en la juventud y se vuelven completamente a su Dios, ¡su futuro será extraordinario! Dios ofrece ser su padre y compañero por toda la vida, el que los guía en cada decisión y en cada hito de la vida como lo hace con todo amor una madre o un padre físico. El resultado será mejores matrimonios, familias más fuertes, una mente más tranquila y estable, y el ingreso a la Familia de Dios cuando Cristo regrese. Estos hijos tendrán la oportunidad de trabajar con Jesucristo mismo cuando Él esté formando su Reino y trayendo paz al mundo. Ayudarán a reedificar las ciudades al modo de Dios, sin contaminación ni crimen ni la calamidad de los tugurios hacinados. Nuestros hijos pueden tener la oportunidad de ayudar en la transformación del mundo en aquella nueva era.

Los padres que son “hijos de Dios” engendrados tienen la responsabilidad de ayudar a cumplir la “gran comisión” de Cristo al final de esta era. Sus oraciones y su respaldo económico son de ayuda para la Obra de Dios en su labor de anunciar el Reino de Dios venidero “en todo el mundo, para testimonio” (Mateo 24:14). También encontramos que antes del día del Señor y el fin de la era habrá un esfuerzo final por “volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Malaquías 4:6). El Padre a quien deben volver los corazones es Dios Padre. Ya hemos visto el propósito de Dios en este planeta: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26). Él está creando futuros miembros de su Familia, conforme a la imagen del espíritu y carácter de Él, para que sean sus hijos reales.

Por eso, nuestro llamamiento como padres es algo muy especial. ¡Dios nos está preparando a nosotros como hijos suyos a su imagen! Al mismo tiempo, nos llama para que nosotros preparemos y formemos la mente juvenil e impresionable de nuestros hijos a la imagen de Él. Es un objetivo elevado en un mundo oscuro y peligroso, pero Él, como padre lleno de amor, nos promete: “No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador” (Hebreos 13:5–6). Cuanto más nos acerquemos a nuestro Padre, más estaremos emulando sus cualidades de padre perfecto en nuestra vida. Todo el mundo ha cometido errores en la crianza de sus hijos, pero Dios sabe que los padres, lo mismo que sus hijos, son capaces de aprender y de cambiar.

Debemos reconocer que esto es más fácil decirlo que hacerlo, pero con la guía de Dios hay verdadera esperanza. Si conservamos el principio director de criar a nuestros hijos “a la imagen de Dios”, tendremos a nuestro alcance todos los recursos que el Dios Creador ofrece.

Si nuestro objetivo final como padres es criar a nuestros hijos “a la imagen de Dios”, este será nuestro norte y el eje central de todo lo que hagamos en la familia. Entonces, nuestro verdadero deseo será generar en nuestro hogar una cultura que gira en torno a Dios. Una definición de cultura es: “Conjunto de modos de vida y costumbres de una época o grupo social” (Diccionario de la Real Academia Española). En la crianza de nuestros hijos, el modo de vida y las costumbres que deseamos promover son aquel camino de Dios que nos llevará finalmente a ser miembros de la Familia suya.

Como padres y abuelos, y lo mismo puede decirse a todos los hijos engendrados del Dios excelso, dediquemos nuestra vida de nuevo a la empresa de volver los corazones de los hijos a su Padre espiritual. Esta es la finalidad y el propósito de la crianza: producir hijos “a la imagen de Dios”.

 

Capítulo 2
¿Amor propio, o dominio propio?

¿Por qué es tan difícil criar hijos? Una respuesta obvia es que hay tantas variables y muchas de ellas están fuera de nuestras manos. Nuestros principales ejemplos han sido nuestros propios padres. La experiencia que hayamos tenido con ellos forma un patrón indeleble en nuestra mente, sea bueno o malo. El ejemplo que hemos vivido con nuestros padres ya no se puede cambiar: nadie controla el pasado. Sin embargo, ninguno de nosotros es prisionero del pasado, y con la ayuda de Dios ¡sí podemos cambiar el presente!

La sociedad en que vivimos también moldea e influye en nuestros hijos. Los temas de violencia y sexualidad han inundado los medios como nunca antes, y la presión de los compañeros nunca está lejos. Satanás transmite constantemente como el “príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2), y está siempre pronto a influir en nuestros hijos.

Aun entre los supuestos “expertos” en crianza de los hijos hay fuertes desacuerdos. En el último siglo hemos visto fluctuar el péndulo entre unos y otros que dicen tener las respuestas. La sociedad ha debatido qué es lo más importante en la crianza: si desarrollar el dominio propio o bien el amor propio (llamado también autoestima). Quienes piensan que el valor más importante es el dominio propio aceptan lo que podríamos llamar el método autoritario en que “la palabra de los padres es la ley, no se puede cuestionar, y la mala conducta será castigada con rigor. Los padres autoritarios parecen distantes de sus hijos, manifestándoles poco cariño y ternura. Se exige mucha madurez y hay un bajo grado de comunicación entre padres e hijos” (The Developing Person Through the Life Span, [La persona en desarrollo a lo largo de la vida] Kathleen Berger, pág. 287).

Estos rasgos son, desde luego, una mezcla de lo bueno y lo malo. Cuando la mala conducta trae castigo seguro, se exige mucha madurez [en los hijos]. Sin embargo, hay estudios según los cuales “los hijos de padres autoritarios tienden a ser obedientes, pero no felices” (op. cit. pág. 288).

En los primeros años de nuestra familia (dos hijas y dos hijos con diferencia de siete años), me inclinaba demasiado hacia el modelo autoritario, si bien desde entonces he cambiado mucho. Felizmente para nuestros hijos, mi esposa era más equilibrada desde el comienzo y aportó una dimensión de ternura.

En contraste con quienes valoran el dominio propio ante todo, otros consideran que la finalidad principal de la crianza es la autoestima. Estos suelen adoptar el método permisivo, en que “los padres exigen poco a sus hijos y ocultan su impaciencia. La disciplina es floja. Los padres son tiernos y comprensivos y se comunican bien con sus hijos. Exigen poca madurez porque consideran que ellos están allí para ayudar a los hijos, pero no para hacerse responsables por la clase de adultos que serán” (op. cit., pág. 287).

Aquí de nuevo los rasgos son una mezcla de bueno y malo. Lo positivo es que los padres son cariñosos y comprensivos, se comunican bien con sus hijos y están allí para ellos. Lo negativo es que exigen poco, ocultan su impaciencia con los hijos y no les exigen ninguna madurez. Estos padres no se sienten responsables de cómo resulten sus hijos. Es asombroso saber que, según ciertos estudios, “los hijos de padres permisivos tienden a ser aun menos felices y… sin dominio propio” (op. cit., pág. 288).

¿Cuál puede ser, entonces, el objetivo más importante en la crianza: desarrollar el amor propio o desarrollar el dominio propio?

¿Es mejor el modelo autoritario o el permisivo? La respuesta que den los padres a esta pregunta tiene mucho que ver con su estilo de crianza y con el extremo hacia el cual se inclinan. Los que consideran que el amor propio es el factor crucial en el desarrollo del carácter suelen ser más permisivos en la crianza, y los convencidos de que el dominio propio es el factor crucial suelen ser mucho más autoritarios.

Una pregunta análoga podría ser: Al echar una base de concreto, ¿cuál es más importante, el cemento en polvo compuesto de minerales, arena y roca, o el agua que se mezcla con este polvo?

El hecho es que ambos son esenciales para formar un cimiento duradero. Las proporciones de agua y cemento deben estar bien calculadas para que el resultado sea fuerte. Si hay demasiada agua y poco cemento, el resultado será muy débil. Si hay demasiado cemento y poca agua, el producto es un cimiento quebradizo que se desmorona. Ambos son cruciales para lograr un resultado óptimo.

Como ya sospechará el lector, el amor propio y el dominio propio son igualmente importantes para que un hijo alcance aquel bienestar que le durará toda la vida. Cualquier extremo del péndulo, sea el exceso de tolerancia o el exceso de autoridad, implica faltas graves en la crianza.

Los hijos criados por padres autoritarios, que viven la experiencia de mucho dominio propio y disciplina sin igual énfasis en la autoestima cultivada mediante el amor incondicional, crecen con la sensación de que nunca “dan la talla”. Son propensos a no aventurarse más allá de su zona de comodidad. Socialmente se muestran cohibidos. Inseguros y ansiosos, suelen convertirse en jóvenes y adultos empeñados en demostrar que sí valen.

Los hijos criados por padres más permisivos demuestran más amor propio, pero les falta dominio propio. Se convierten por el resto de la vida en esclavos de sus impulsos inmediatos. No pueden estar quietos ni prestar atención en el aula. Les cuesta salir adelante en la universidad, y puede ser igualmente difícil conservar un empleo por un tiempo considerable. Como nunca han adquirido el valioso rasgo del dominio propio, difícilmente toleran situaciones que no sean de inmediato agradables.

Es claro que un desequilibro entre el amor propio y el dominio propio constituye una desventaja grave por el resto de la vida. Lo que todo hijo necesita es una combinación equilibrada de las dos cosas, lo que podríamos llamar autoridad con amor. Consistiría en partes iguales de autoestima (desarrollada mediante amor incondicional) y dominio propio (promovido por instrucción y disciplina firme pero mesurada). Juntas, estas dos cosas darán un fundamento más seguro para el hijo, así como las cantidades correctas de cemento y agua se combinan para generar el concreto más estable.

En este tipo de crianza, “los padres fijan límites y hacen cumplir las reglas, pero también están prontos a escuchar respetuosamente las peticiones y preguntas de sus hijos. Los padres exigen madurez de parte de sus hijos, se comunican bien con ellos y [los atienden]” (op. cit., pág. 287).

Pensándolo bien, ¿no es este precisamente el tipo de crianza que encontramos en la Biblia? Dios nos fija límites, pero siempre está pronto a escuchar cuando vamos a Él en oración. Nos exige madurez en nuestro crecimiento espiritual, pero se comunica con nosotros constantemente por medio de su palabra escrita, dándonos ánimo y perdón por igual.

La importancia de enseñar dominio propio

Cuando se crían hijos en un ambiente permisivo, sin verdadero control ni directrices, el precio que se paga es alto. Jacob Aranza, autor de Lord, Why Is My Child a Rebel [Señor, ¿por qué tengo un hijo rebelde?] dijo lo siguiente: “¿Desea usted saber quiénes son los hijos más amargados y rencorosos que he conocido jamás? Los jóvenes con padres y madres que no les dieron pautas ni disciplina. Los niños en un hogar permisivo difícilmente creen que sus padres realmente se interesan por ellos” (pág. 45).

Algunos dudan que los niños puedan desear pautas, pero de hecho, las pautas y restricciones firmes les brindan seguridad. Siempre que cruzo en auto por mi puente favorito, el Golden Gate en San Francisco (California), puedo andar sin problema por el carril más próximo a la orilla. Aunque el puente está a más de 80 metros sobre el nivel del agua, me siento protegido por la baranda en el borde. Nunca la he rozado, ni mucho menos, pero si un día la quitaran y me pidieran que cruzara el puente en el mismo carril, sé que me negaría. A más de 80 metros sobre el agua, mi sensación de seguridad habría desaparecido del todo.

El mismo principio se aplica en la educación de los hijos. Si quitamos la baranda, desaparecen los límites de protección, dejando una sensación de inseguridad y temor a lo desconocido. Un ejemplo extremo sería el niño que, al perderse entre una multitud, queda en absoluta libertad, pero al mismo tiempo con una abrumadora sensación de peligro ante lo desconocido.

Cuando damos a un niño ciertas pautas sólidas que no pueden cruzar (como la baranda del puente), estas se convierten en controles internos que llamamos “dominio propio”. En los niños, el dominio propio viene a ser la protección (o “baranda de seguridad”) contra los impulsos, emociones, temores y deseos. Cuando el chico cruza la baranda y recibe corrección, aprende que sus acciones tienen consecuencias. Los niños bien disciplinados son una felicidad para sus padres porque no se la pasan tratando de cruzar sobre la baranda protectora.

Dios dejó esto muy en claro cuando inspiró estas palabras: “Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma” (Proverbios 29:17).

¿Ha visto usted a un niño totalmente descontrolado, que corre, grita y se mete en todo lo imaginable mientras la madre hace sus compras? Toda madre o padre que haya vivido una situación así no puede menos que terminar tensionado.

Hace años, mi esposa llevaba a los niños a hacer las compras en el mercado. El más pequeño iba en el carrito de compras y los mayores iban a lado y lado del carrito. Eran niños inquietos normales, pero llegaron a aprender que el carrito del supermercado era como la baranda de seguridad de un puente. Si cruzaban la baranda había serias consecuencias.

Los chicos bien disciplinados, que aprenden el dominio propio gradualmente desde sus primeros años, tienen ya el fundamento para una vida mucho mejor. Un niño de cinco años con dominio propio puede sentarse tranquilo en la clase o la iglesia, sin hablar, y puede aprender más rápidamente. El mismo niño, cuando llega a la escuela secundaria, puede soportar tranquilo una clase difícil o aburrida, y sus posibilidades de salir adelante en la universidad serán mucho mayores.

Cuando un joven con autodisciplina llega a la edad adulta, será un empleado más valioso y de mayor éxito. Llega a tiempo al trabajo. Maneja tareas difíciles con menos quejas y no se deja arrastrar por riñas de oficina con personas que le molestan. En una palabra, le va mejor en el trabajo, mantiene su empleo más tiempo, y a la hora de los despidos masivos probablemente no será el primero que pierde el empleo, sino el último.

El dominio propio, enseñado a temprana edad mediante pautas firmes que no se pueden violar, da como resultado niños y adultos con mayor control sobre sus emociones y conductas irracionales. Si los padres permiten que sus hijos expresen rebeldía en la infancia, están sentando las bases para una vida de rabietas.

Cuando mi esposa y yo vivíamos en San Francisco siendo yo estudiante de odontología, nos enteramos de un ejemplo trágico de lo que puede ocurrir por falta de dominio propio. Cierto día, el tráfico estaba muy pesado en el puente de Oakland Bay. Un conductor apresurado se atravesó delante de otro, quien a su vez se le adelantó y frenó en seco deliberadamente frente al primero. Continuaron peleando por imponerse hasta que uno de los conductores sacó una pistola, se arrimó al lado del otro, y lo mató de un tiro.

Este fue un berrinche sobre ruedas que terminó con disparo de arma, homicidio y muchos años de prisión. Las semillas de tal falta de dominio propio invariablemente comienzan en la niñez.

La palabra de Dios nos enseña a corregir a nuestros hijos “en tanto que hay esperanza” (Proverbios 19:18). En otras palabras, hágalo en los primeros años. Si esperamos hasta que el niño esté en edad escolar para comenzar a enseñarle las lecciones del dominio propio, casi será demasiado tarde para que logre el máximo éxito en la vida. Jamás es demasiado tarde para intentar, pero el grado de éxito será menor.

El dominio propio adquirido en la primera infancia también es un ingrediente crucial para la futura relación matrimonial. El adulto que se domina a sí mismo será menos propenso a tener explosiones de ira y agredir a otros con furia descontrolada. Es mucho mejor recibir corrección en la niñez por los arrebatos emocionales, que vérselas más tarde con la pérdida del empleo, el fracaso matrimonial e incluso pena de cárcel por haber perdido el control como adulto.

Desarrollo del amor propio

Como hemos visto, el dominio propio es solo una parte de lo necesario para formar un hijo y adulto ecuánime. La autoridad con amor tiene como segundo ingrediente vital la autoestima que se genera cuando hay amor incondicional. El verdadero amor es incondicional. El apóstol Pablo escribió por inspiración que “el amor es sufrido, es benigno… todo lo soporta… El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:4, 7–8).

“Amor incondicional significa querer a un adolescente [o un hijo de cualquier edad] pase lo que pase, sin que importe su apariencia, sean cuales fueren sus puntos fuertes, sus puntos débiles y sus impedimentos, y actúe como actúe” (Si amas a tu adolescente, Ross Campbell, M.D., pág. 25).

No es que a los padres siempre les agrade la conducta del hijo, pero siguen amándolo pese a todo. Dios nos ama a nosotros, aunque también cometemos errores. Cristo nos amó y murió por nosotros aun cuando íbamos por el camino contrario. “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Si cometemos el error garrafal de amar a nuestros hijos solamente cuando nos complacen, van a crecer sintiendo que nunca dan la talla. Todo hijo se equivoca, y si el amor depende de que su conducta sea “intachable”, siempre se sentirán como personas incompetentes y fracasadas. Del mismo modo, si Dios solamente nos amara cuando estamos orando, ayunando, estudiando la Biblia o sirviendo a los demás, entonces no contaríamos con su amor la mayor parte del tiempo.

De igual modo, como adultos, si nuestro esposo o esposa nos ama solamente cuando hacemos algo agradable, como traer un regalo, preparar una buena cena o darle un masaje, sentiremos muchas veces que no nos ama y la relación sufrirá. ¡El amor tiene que ser incondicional!

Las Escrituras nos instruyen así: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Colosenses 3:21). Los hijos necesitan sentirse amados y no solamente corregidos. Si nuestra única comunicación con ellos es para disciplinarlos, no tardarán en desanimarse y sentirse como “fracasados, ineptos, y sin nadie que los quiera”, todo ello fruto de una crianza de tipo autoritario.

Muchos padres en realidad quieren a sus hijos, pero no se lo han hecho saber. A los niños les importa más cómo los tratamos que lo que digamos o lo que sintamos por dentro. Siendo así, ¿cómo manifestar nuestro amor por ellos de modo que realmente lo comprendan y aprecien?

Un recurso vital es el contacto visual. Mirar a un niño a los ojos y con amor le dice de modo claro y contundente: “Yo te valoro; eres importante para mí”. ¿Siente usted buena comunicación con alguien que no le puede sostener la mirada? ¡Desde luego que no! La incapacidad de mantener la mirada se percibe como frialdad y falta de interés. Para su bienestar emocional, los niños necesitan contacto visual con sus padres. Ellos parecen mirar profundamente a los ojos de los demás, captando su grado de sinceridad y autenticidad.

El contacto físico es otro recurso vital para expresar amor a los hijos. Notemos cómo Jesucristo interactuaba con los pequeños: “Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis… Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía” (Marcos 10:13–14, 16).

Casi todo el mundo sabe que un bebé requiere contacto físico para su buen desarrollo. Luego, cuando entra en la adolescencia, sus padres tienden a reducir ese contacto más y más. Finalmente, en muchas familias solamente hay contacto físico cuando se considera absolutamente necesario. A cualquier edad son posibles un abrazo, una mano en el hombro u otro gesto afectuoso. El contacto físico apropiado es de mucho valor en la vida como padres e hijos. A los jóvenes no siempre les agradan las muestras de cariño en público, pero seguirán recibiendo con gusto las manifestaciones sinceras de aprobación y ánimo que comenzaron en su infancia.

También es vital prestarle al hijo atención sin distracciones. Atención sin distracciones y enfocada “significa prestarle al adolescente [o al hijo de cualquier edad] total cuidado sin pensar en otras cosas, y de tal modo que se sienta amado de verdad, sabiendo que vale por sí mismo y que merece nuestra atención, nuestro aprecio y nuestro interés absoluto” (Campbell, pág. 31).

Volvamos, pues, a la pregunta: ¿Cuál es más importante en la crianza de los hijos: el amor propio o el dominio propio? ¡Ambos son absolutamente vitales! Un niño que no se siente amado no va a prosperar, y uno que nunca aprendió a dominarse estará seriamente impedido en la vida: en la escuela, la universidad, el trabajo, el matrimonio y espiritualmente con Dios.

Los hijos que reciben amor incondicional y que aprenden obediencia mediante la autoridad con amor tienen la mayor probabilidad de salir adelante en la vida. La autoridad sin amor incondicional invariablemente genera ira y rebeldía. Cuando hay un equilibrio apropiado, podemos alcanzar la meta de obediencia y autodisciplina planteada por Dios: “Hijos, obedezcan a sus padres en el nombre del Señor, porque esto es justo… Ustedes, los padres, no exasperen a sus hijos, sino edúquenlos en la disciplina y la instrucción del Señor” (Efesios 6:1, 4, Reina-Valera Contemporánea).

 

Capítulo 3
Ser consecuentes con la instrucción: camino hacia la seguridad

Nuestro Padre espiritual es constante en su trato con nosotros, sus hijos. Sus pautas siempre son válidas y su palabra, fidedigna. No quebranta su propia ley espiritual. No es suya la actitud de: “Hagan lo que digo, no lo que hago”.

Dios dice: “Yo el Eterno no cambio” (Malaquías 3:6). Esto significa que Él es consecuente con sus leyes, sus principios espirituales y su camino de vida. ¿Qué pasaría si fuera inconstante o inconsecuente?

Los frutos de no ser consecuentes aparecen con frecuencia en la vida de quienes nos rodean. Hace años, mi esposa y yo observamos un ejemplo impresionante en el supermercado. Una madre con varios niños hacía sus compras, mientras los chicos andaban como locos. Corrían de allá para acá y arrancaban cosas de los estantes. De vez en cuando la madre gritaba con enorme frustración: “¡Vengan para acá, o les doy una nalgada!” Ellos se calmaban por el momento, luego salían disparados otra vez. Después de unos minutos, la madre les gritaba: “¿Quieren una zurra, o qué?”

Esta madre que gritaba y amenazaba sin ninguna consecuencia se hizo la vida terriblemente penosa para sí misma. Sus hijos siempre sabían que si se tranquilizaban unos minutos, las amenazas alocadas e irresponsables de su madre se calmarían y entonces ellos podían reanudar su actividad desenfrenada.

Al contrario de esta madre agobiada, Jesucristo y el Padre son constantes… para nuestro bien. Desean lo mejor para nosotros y no nos confunden con actitudes inconsecuentes.

El diccionario define “constancia” como: “Firmeza y perseverancia del ánimo en las resoluciones y en los propósitos”. Define “consecuencia” como: “Correspondencia lógica entre la conducta de una persona y los principios que profesa” (Diccionario de la Real Academia Española). Las dos cualidades están muy relacionadas y describen el tipo de padre y madre que todos desearíamos, especialmente si también brindan una buena dosis de amor incondicional y perdón apropiado. Ello forma un suelo fértil para el crecimiento sano de un niño que se siente valorado y que cuenta con la seguridad de unas pautas firmes que no cambiarán.

Los jóvenes (aun los rebeldes) dicen que necesitan padres consecuentes. Ser consecuentes y constantes al actuar proveen el fundamento para que haya confianza. Es algo con lo cual los hijos pueden contar. Los hijos de padres consecuentes no siempre gustan de todas las normas, pero al menos su mundo es estable y no cambiante. Saben a qué atenerse.

¡Ser consecuente es esencial en la disciplina y en el ejemplo! La gente suele pensar en la disciplina como un “castigo”, pero el castigo es solamente un aspecto. Disciplina es “Doctrina, instrucción de una persona, especialmente en lo moral” (op. cit.).

Los primeros seguidores de Jesucristo que recibieron instrucción en el camino de vida se llamaron “discípulos”. La palabra “discípulo” se deriva de “disciplina”. Cristo instruía a sus discípulos. Los alentaba y a veces los corregía. Su objetivo era formar discípulos capaces de vivir y enseñar la disciplina (o camino de vida) cristiana.

Los padres instruyen, o disciplinan, a sus hijos con palabras de ánimo, elogios y recompensas, y también con sanciones y corrección. Este es el mismo principio que aplica Dios con nosotros. Nos promete bendiciones por obedecer (Deuteronomio 28:1–14) y promete corrección y sanciones (maldiciones) por desobedecer (Deuteronomio 28:15–46).

Lamentablemente, muchos padres pretenden rehacer los principios de crianza planteados por el Creador y convertirlos en lo que a ellos les parece mejor. Sin darse cuenta, pueden estar actuando como si supieran más sobre la crianza que el propio Dios.

En decenios anteriores, muchos padres recurrían ante todo a la autoridad restrictiva y los castigos por la desobediencia. El apoyo y el estímulo eran pocos y el amor incondicional escaso, y los padres que así procedían se manifestaban como fríos y autoritarios. En años recientes, el péndulo se ha ido al otro extremo. Los padres ofrecen muchos elogios y apoyo, pero poca o ninguna corrección o disciplina por la desobediencia. La tolerancia permisiva es un sistema erróneo donde los hijos jamás aprenden ni adquieren dominio propio.

Por otro lado, la crianza autoritaria, por muy consecuente que sea, ¡no es la solución! ¡Ser permisivo con constancia tampoco es la solución! Lo que se requiere es aquel equilibrio que hallamos en la palabra de Dios, que brinda bendición por la obediencia y penas por la desobediencia.

La constancia en la aplicación de penas por la desobediencia enseña a los hijos una lección que les servirá toda la vida: la lección de “causa y efecto”. Así funciona el mundo. Si salto por la ventana del segundo piso, la gravedad siempre obrará y yo pagaré el precio de mi error. Si doy una curva en el carro a toda velocidad en una noche lluviosa, habrá que pagar el precio. Si se violan las leyes del país, hay un precio. Si se incumplen las leyes espirituales de Dios, siempre habrá un precio. Los niños requieren un ambiente familiar en que saben que si violan las normas de conducta de sus padres, siempre habrá un precio.

Los padres que no enseñen “causa y efecto” a sus hijos les hacen un gran mal. ¿Cómo van a aprender si nunca viven el efecto de su conducta? ¿Cómo aprenderá causa y efecto un pequeño si, cuando su padre le dice: “Ven acá”, puede hacer caso omiso sin recibir ninguna disciplina correctiva? ¿Cómo aprende causa y efecto un niño si tiene un berrinche delante de su madre y ella se limita a hacer un gesto de exasperación? ¿Cómo aprenderá causa y efecto un adolescente si le ponen una multa por conducción temeraria del carro y sus padres la pagan?

El trato consecuente aplicado a un niño, con normas y pautas y con castigos por desobedecer, forma un adolescente consecuente, y ello lleva a un adulto consecuente y posiblemente a un individuo consecuente como hijo de Dios. El proceso de aprender causa y efecto, con bendiciones por la obediencia y corrección por la desobediencia, es el cimiento para la formación del carácter y para una vida de éxito. Los padres pueden colaborarle a Dios en este proceso, o pueden dificultar la futura conversión de sus hijos.

“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal” (Eclesiastés 8:11). Los patrones que se fijan en la niñez generalmente persisten el resto de la vida. Una madre o padre que no aplica la disciplina pronta cuando hay desobediencia no establece el principio de “causa y efecto” en los primeros años. Como resultado, el niño, adolescente y adulto verá las normas y directrices (sean en el hogar, en el sistema educativo o en el trabajo) como restricciones que solo de vez en cuando traen consecuencias negativas.

Son muchos los padres y madres que jamás conocieron una disciplina consecuente en su propio hogar, pero todos hemos vivido el trato con nuestro Padre espiritual, siempre consecuente en su trato con nosotros. Vemos por las Sagradas Escrituras que Él da bendición por la obediencia y nos corrige cuando desobedecemos. La aplicación de este principio en nuestra familia hará mucho más fácil la vida para todos. Cuando un niño recibe directrices que comprende, toda infracción ocasiona una disciplina. La realidad de causa y efecto sienta el patrón para la vida. Algunos escrupulosos no creerán en la validez de ningún castigo corporal, convencidos de que hacen lo mejor para sus hijos, pero no comprenden la naturaleza humana ni saben lo que realmente es mejor para ellos: amor incondicional y obediencia aprendida con la aplicación de medidas correctivas.

La palabra de Dios nos dice: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo… pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11). Es muy grande la tranquilidad cuando los niños han aprendido la obediencia desde el principio. Aun los más pequeños traen más dicha a la familia cuando se les enseña el hábito de la obediencia.

Una vez que el niño tiene edad para aprender a venir cuando lo llaman, por ejemplo, no se hacen excepciones a la obediencia. He visto padres que cuentan: “1, 2, 3”, y si el niño no viene, ellos van adonde él y lo halan de la mano. Esta viene a ser una lección precoz para el niño, pues se le está enseñando cómo controlar a sus padres.

Otra amenaza frecuente es: “Te lo digo por última vez”, y aun esta puede convertirse en: “Esta es la última… última vez que lo digo”. Presencié un ejemplo asombroso de esto con un padre joven y su hijo pequeño. Aplicaba la regla de “tres veces ‘no’”, es decir que las dos primeras veces que decía “no”, el niño podía desobedecer. Solo valía la tercera. Y después del tercer “no”, tampoco había una disciplina. El padre simplemente iba a donde el niño y lo alejaba a la fuerza de lo que le estaba prohibiendo.

Muchos padres les dicen a sus hijos, una y otra vez, que “hagan tal cosa” o que “dejen de hacer tal otra”. Por fin estallan de ira cuando sienten que la desobediencia ya rebasó los límites de la tolerancia. Esto le enseña al chiquillo que “causa y efecto” se aplica únicamente cuando los padres se exasperan, y aprenden que el “truco” es aprender a leer las señales de que el adulto está llegando a su límite. Los padres se facilitan muchísimo la vida cuando les enseñan a sus hijos que “no” es “no” y “sí” es “sí”. La vida es mucho más difícil para los que permiten súplicas y lloriqueos. “Pero mamá… ¿por qué no puedo? ¡Ay, porfis, porfiiiiiiis!” Cuando los padres ceden ante esos ruegos, están enseñando una lección importante: que si el niño insiste bastante en las súplicas y lloriqueos, sus padres acabarán por ceder y ellos recibirán lo que desean.

Todo adulto que ha disciplinado a un hijo ha visto en alguna ocasión que el chiquillo lloraba no de tristeza ni de arrepentimiento, sino de ira. La ira es como un “músculo”: cuanto más se ejercita, más se fortalece. Si la furia del niño no se resuelve, este no aprenderá la lección necesaria, sino que endurecerá su actitud. En tal circunstancia, se hace necesario recordarle por qué se le disciplinó y luego explicarle que también se le corregirá su actitud enojada. En la mayoría de los casos, el niño cambia pronto su disposición, y sus lágrimas se convierten en el llanto de un espíritu arrepentido más que de uno rebelde o furioso.

Para la mayoría de los niños pequeños hay formas de castigo mejores que unas nalgadas. Es importante, desde luego, que “el castigo concuerde con la falta”. En nuestro hogar, a veces el niño tenía que pararse en una esquina por transgresiones menores. Esto parecía bastar, ya que les aburre muchísimo estar allí con la cara hacia la pared en una esquina sin poder mirar a su alrededor.

Una vez, uno de nuestros hijos salió corriendo de la casa y tiró la puerta, sacudiendo las ventanas con la fuerza del golpe. Mi esposa ya le había dicho por qué en nuestra casa era inaceptable tirar las puertas, y él lo sabía. Sin embargo, “se le olvidó”. Cuando se aplica una corrección pronta pese a la excusa de que “se me olvidó”, sorprende la rapidez con que el chico agudiza la memoria. En este caso, mi esposa simplemente le hizo abrir y cerrar la puerta silenciosamente 25 veces. Parece que esto le inculcó la lección y no volvió a tener ese lapso de memoria.

Una forma de castigo que en nuestra experiencia no dio resultados fue enviar al niño a su cuarto. La mayoría de los niños hoy tienen mucho con que distraerse en su cuarto, y este “castigo” solo les da más tiempo para alimentar su enojo y rencor. En la mayoría de los casos, se puede aplicar pronto una sanción con amor y enseguida el padre o la madre procede a consolar al pequeño, recordándole cuánto lo aman. También conviene recordarle de vez en cuando que los padres son responsables delante de Dios por la manera como forman a sus hijos.

Al enseñar a los niños el principio de causa y efecto: “bendición por la obediencia y castigo por la desobediencia”, es importante no olvidar la primera parte de la ecuación: “bendición por la obediencia”. La aprobación verbal por algo bien hecho, reforzada con una sonrisa acompañada de contacto visual, hace mucho. A los chicos, igual que a los adultos, les agrada el reconocimiento. Debemos seguir el ejemplo de nuestro Padre espiritual que promete firmemente recompensar a quienes lo buscan, “porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). La promesa divina de una recompensa por la obediencia ejerce un importante efecto motivador.

Hace años, cuando dos o tres de nuestros hijos estaban en edad prescolar y no sabían leer, mi esposa les hizo una tabla. Empleó imágenes para recordarles sus tareas diarias y semanales y los premiaba con cierta suma por cada tarea cumplida. Había una imagen de una cama tendida para recordarles esta tarea. Había otra de un cepillo de dientes, una de un perro con su plato, una piyama colgada de un gancho y una imagen de unos niños sentados a la mesa (sonrientes) con un reloj al lado para recordarles que estuvieran a tiempo para el desayuno. Al final del mes, se sumaban los premios y se repartían las sumas. Los niños estaban en libertad de ahorrar su dinero o gastarlo, una vez apartado un diezmo para Dios.

Hay quienes dicen que los hijos no deben recibir una paga por cumplir sus responsabilidades en la casa. Piensan que pagarles por su esfuerzo es malo para el carácter. Ciertamente, no se les debe pagar por la obediencia usual, como venir cuando los llaman o no pelear con los hermanitos. Pero enseñarles el valor de la ética del trabajo mediante una recompensa es un principio correcto. En cambio, darles una mesada sin esperar nada a cambio es un principio errado. Dios también promete premiarnos por nuestros esfuerzos: “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mateo 16:27) ¿Acaso sabemos más que el propio Dios Padre sobre cómo formar a los hijos?

Cuanto más pronto inculquemos el principio general de bendición por la obediencia y corrección por la desobediencia, más obediente se hará el niño… ¡y mayor paz habrá en el hogar! ¡La constancia es un ingrediente importantísimo!

Debemos recordar que los niños, dada la naturaleza humana, se sienten atraídos por la desobediencia como por un imán, y que se hace necesario manejar la desobediencia de un modo previsible y constante. Por otro lado, la obediencia y el buen obrar se tienen que enseñar. Gran parte de la buena crianza consiste en instruir al niño. Proverbios 22:6 nos dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”.

Cada regla y cada directriz tiene que ser lógica y explicable. “Porque lo digo yo” no inspira la motivación apropiada para inculcar obediencia a largo término. En vez de decirle a un pequeño “No corras a la calle”, podemos añadir: “No quiero que un carro te atropelle y te haga daño o te mate”.

“No salten en el sofá” se puede explicar así: “Esto daña el sofá”, o: “Se pueden caer y lastimarse” o bien: “Molesta a los adultos que están tratando de conversar”. Dada la explicación, toda infracción traerá una disciplina con amor.

¡El objeto fundamental de toda disciplina tiene que ser el bienestar del niño! La ira o el “desquite” jamás deben ser motivación para una acción disciplinaria. La mayoría de los padres probablemente recuerdan algún momento en que descargaron con ira su frustración o su exasperación. Es algo que todos debemos superar. Recordemos la instrucción divina: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). Nuestros hijos deben aprender y saber que nosotros los disciplinamos porque los amamos. Realmente deseamos lo mejor para ellos, y nuestro deseo es que les vaya bien y sean felices en la vida, y que además lleguen a su realización plena como miembros de la familia de Dios.

Es crucial que comencemos a instruir a nuestros hijos hoy, cualquiera que sea su edad, en la importantísima lección de “causa y efecto”, bendición por la obediencia y corrección por la desobediencia. Este es el fundamento para su vida eterna en el futuro. Mi esposa tiene un versículo que es su “lema” de la crianza. Lo empleó “hasta la saciedad” con nuestros hijos, y yo siempre estaré agradecido por el pasaje: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19). Este es el principio de la crianza que Dios aplica con nosotros como futuros hijos suyos.

También debe ser el que nosotros aplicamos con nuestros hijos, por su bien y su felicidad.

 

Capítulo 4
Transmitir la conversión

Todos los padres cristianos desean que sus hijos lleguen a amar de verdad a Dios y su modo de vida. Conocemos los beneficios enormes que la ley divina les traerá, tanto ahora como en el futuro: una vida estable y llena de satisfacciones ahora, y vida eterna en la familia de Dios cuando Jesucristo regrese. Todos los padres desean esto para sus hijos, pero muchos se preguntan, comparando con una carrera de relevos: ¿Cómo hago para que continúen en la senda que lleva a la vida?

Los padres convertidos tienen un “llamamiento doble” muy elevado y sin duda difícil. Nuestro Padre Celestial está formando a los padres (que son hijos suyos) a su imagen. Por su parte, la madre y el padre tienen el deber principal de instruir y formar el corazón y la mente de sus hijos a la imagen de Dios.

Transmitir esta “convicción” a la siguiente generación no deja de ser una tarea bien difícil en el mundo de Satanás. La influencia insidiosa de nuestras sociedades pervertidas, respaldadas por lo que Satanás transmite como “príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2), constituyen un enemigo formidable en nuestro intento por moldear el corazón y la mente de nuestros hijos a la imagen de Dios.

Las Escrituras muestran que ni siquiera el mejor de los padres logra resultados perfectos automáticamente. Ciertamente, Adán fue “hijo de Dios” (Lucas 3:38), ¡pero Dios no obligó a Adán y Eva a tomar las decisiones correctas! Les enseñó  su camino de vida, pero este Padre perfecto dejó a sus hijos en libertad para aceptar o rechazar su ejemplo y su enseñanza.

Lo mismo se aplica a los padres humanos. No podemos obligar a nuestros hijos a buscar a Dios como su Padre. Lo que sí podemos hacer es sentar las bases para que ellos tengan una mejor vida ahora y que con el tiempo se entreguen al Dios verdadero. Sabemos por las Escrituras que Dios abrirá la mente de todos los seres humanos, sea en esta vida o en una resurrección futura, y que la mayoría de estas personas optarán por recibir las extraordinarias bendiciones y beneficios de obedecer al Dios verdadero.

¿Cómo, pues, comenzamos a transmitir a los hijos el deseo de buscar a Dios plenamente? Todo vendedor sabe que para vender su producto, primero debe generar un deseo. Los padres tendrán que ayudar a sus hijos a desear el modo de vida de Dios. Estos deben llegar a ver que el camino de Dios les conviene, que les trae bendiciones y recompensas muy reales en su vida personal. El ser humano se siente motivado por lo que desea, no por lo que debe  desear.

El mundo intenta convencer a los jóvenes de una gran mentira satánica: que el modo de vida de Dios es un sacrificio terrible y “aburridor”. Cuando nuestros hijos entienden que el camino de Dios trae bendiciones y beneficios para ellos y para sus seres queridos, empiezan a discernir la intención de la propaganda satánica del mundo y aumenta su deseo de vivir como Dios manda.

Dios motiva a los padres de modo parecido. Provee la certeza de un provecho enorme para quienes eligen seguirlo. Las Escrituras explican que “es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe, y que sabe recompensar a quienes lo buscan” (Hebreos 11:6, Reina-Valera Contemporánea). El que no crea que hay una recompensa considerable por seguir a Dios no estará motivado a seguirlo. Esto se aplica a los padres y con toda certeza a los hijos.

De Génesis a Apocalipsis, la Biblia reitera esta promesa de bendición por la obediencia. “Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz del Eterno tu Dios” (Deuteronomio 28:2). Día tras día, los beneficios del camino divino pueden llenar nuestra vida: “Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios” (Salmo 68:19).

Al final de cuentas, los padres cuentan con solo dos maneras de convencer a sus hijos de que el modo de vida de Dios les conviene: enseñarlo con diligencia y demostrarlo mediante el ejemplo positivo. Ni la enseñanza sola ni el ejemplo solo lograrán el cometido. Se requieren ambos. Unos padres son extraordinarios como ejemplos, pero no se toman el tiempo de instruir a sus hijos en los principios divinos a un nivel que ellos comprendan, citando ejemplos vívidos que ellos puedan captar y entender claramente. Como resultado, los hijos pueden amar y respetar a sus padres pero sin comprender los principios divinos ni cómo se aplican en su propia vida. En cambio, otros padres enseñan los principios con diligencia, pero son mal ejemplo de los principios que ellos mismos enseñan. A menudo, los hijos se rebelan contra la hipocresía paterna que perciben y se vuelven en contra de la religión… e incluso contra la autoridad en general. El sistema de “haz lo que digo, no lo que hago” difícilmente convence a alguien.

Notemos esta instrucción divina para los padres: “Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos…” (Deuteronomio 11:18–19). Los principios de Dios deben estar atados en nuestra mente (lo que pensamos) y en nuestra mano (lo que hacemos a modo de ejemplo), y además, debemos enseñarlos a nuestros hijos.

Cómo instruir a los hijos

Los hijos deben reconocer, mediante la instrucción y el ejemplo de sus padres, que el modo de vida que Dios manda trae abundantes bendiciones y beneficios para ellos personalmente. Mucho antes de que pregunten, los padres deben irles mostrando la respuesta a la pregunta: “¿Por qué debo seguir a Dios? ¿De qué me sirve?” Si los padres no pueden responder esta pregunta con honradez y sinceridad, no podrán instruir bien a sus hijos. El rey David así lo entendía, y dijo: “Bendice, alma mía, al Eterno, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmo 103:2).

Ahora bien, no se trata de formar hijos egocéntricos que piensan únicamente en su propia conveniencia. La idea es guiarlos a ver que todas las leyes de Dios les convienen. Al ir creciendo, ellos podrán comprender, por extensión, que las leyes de Dios son buenas para su familia y sus amigos, y más aun, que todo ser humano se beneficiará de las leyes de Dios y su modo de vida.

Las Escrituras indican claramente que la mejor manera de enseñar el camino de vida es por vía informal, con constancia, y en el hogar: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas  estando en tu casa,  y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:6–7).

Los padres deben señalar con frecuencia los beneficios del camino de Dios, sea cuando están mirando televisión, cuando van en carro por la calle o leyendo el periódico. Además, deben aprovechar toda oportunidad para comparar el camino de Dios con el sufrimiento que acarrea el estilo de vida del mundo. En este mundo enfermo no faltan ejemplos. La pregunta es si los padres harán o no el esfuerzo. Es cierto que ello requiere tiempo y dedicación, pero las recompensas son enormes. El objetivo no se logra simplemente llevando a los hijos a la iglesia. Los padres deben reforzar las lecciones aprendidas en el medio religioso, cuandoquiera que sea posible, mediante el amor de la madre y su enseñanza cariñosa lo mismo que la guía y el apoyo constante del padre.

Una ayuda para enseñar las leyes de Dios es plantearlas en términos de “causa y efecto”. Para un niño es fácil captar el concepto de “causa y efecto” hablándole de leyes físicas, como la gravedad. Si saltan desde un árbol alto, la gravedad los halará al suelo y el resultado será una pierna fracturada o una lesión dolorosa. El efecto (la lesión dolorosa) fue causado por hacer caso omiso de la ley de la gravedad (al saltar del árbol). Las leyes espirituales de Dios funcionan de la misma manera. Si transgredimos las leyes divinas, automáticamente hacemos daño a nosotros mismos o a otros, de algún modo. Si obedecemos las leyes divinas, hay un beneficio o bendición inmediata.

Mi esposa solía resaltar las opciones en la vida de nuestros hijos manteniendo reglas claras en el hogar. Cuando desobedecían alguna de estas reglas, podía recordarles que ellos eligieron desobedecer y por consiguiente eligieron un castigo. Esto se aplicaba tanto en el ámbito espiritual como en el físico, por ejemplo, cuando ella les recordaba que tuvieran mucho cuidado con los cuchillos y los usaran solamente con permiso. Nuestros hijos menores se sentían atraídos por la hoja afilada y brillante de un cuchillo y a veces intentaban cortar algo por su cuenta. Al hacerlo, generalmente terminaban con cortaduras en la mano. Luego de un accidente así, oí a uno de los niños contarle a mi esposa lo que su hermano había hecho, agregando: “Mami, no debió hacerlo ¡y se castigó a sí mismo!” ¡Lo cierto es que entendió el concepto!

Cuando ayudamos a nuestros hijos a entender las causas y efectos de todas las leyes divinas, los estamos guiando de modo eficiente a desear el provecho generado por el camino de Dios y no el mal que ellos se harán a sí mismos si desobedecen. Notemos la instrucción de Dios para nosotros: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición [ beneficios] y la maldición [penas]; escoge, pues, la vida [el camino de vida de Dios] para que vivas tú y tu descendencia; amando al Eterno tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días” (Deuteronomio 30:19–20).

Toda familia fija reglas para los hijos. La mayoría de los padres jamás permitirían que los chiquillos corran a la calle detrás de una pelota que se les escapó. Es demasiado grande el riesgo de ser atropellados. Es claro que la regla es por el bien del niño, y resulta fácil explicarla. Del mismo modo, los padres pueden explicar que Dios también tiene reglas de familia, leyes de Él que son para protegernos. Aun apelando al interés del niño por su propio provecho, los padres pueden explicar que la ley divina contra el hurto, por ejemplo, los protege de un posible encarcelamiento, ¡o incluso de que la víctima reaccione con un disparo!

El objetivo al instruir a los hijos es explicar, en un lenguaje que ellos entiendan, cómo todos los principios divinos son para su bien… y que en realidad, forman un “plan  de acción para  ser feliz”.  Los principios de Dios enseñados por simple obediencia “porque Dios lo dice” puede ser un primer paso, mas la motivación y la comprensión del niño tienen que ser mucho más patentes. Cuanto más se puedan plantear las leyes de Dios dentro del concepto de causa y efecto —beneficios por la obediencia y sanciones por la desobediencia— más fácil será para los niños asimilarlas. Al fin y al cabo, nadie quiere hacerse daño. Todos queremos el beneficio de una buena vida, llena de felicidad y alegría, y no de penas y sinrazones. La crianza de los hijos, aunque pretendamos formarlos al modo de Dios, resultará deficiente si no los guiamos a captar cómo el camino de vida de Dios les trae beneficios muy reales.

Cuando los hijos llegan a la edad adolescente, sus padres conservan el mismo objetivo: enseñar los beneficios del camino de Dios, pero ahora les corresponde ayudar a los jóvenes a comprender un razonamiento más complejo que antes. El cometido exige mucha energía de parte de los padres, pero bien vale la pena. Muchos jóvenes varones entienden que atacar físicamente a una mujer está mal, pero ¿cómo explicarles que sentir lujuria ante imágenes de mujeres medio desnudas también está mal; que también les hará daño, y que les conviene muchísimo evitar esos impulsos de lujuria? ¿Cómo convencer a un joven que no capta la instrucción de Dios: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28)? Y cómo combatir estas palabras de un adolescente: “¿Qué más da? ¿A quién le hago mal si no estoy casado y solamente estoy mirando?”

Es preciso enseñar a los jóvenes que los actos de lujuria serán muy perjudiciales para su futuro matrimonio y felicidad. Los que se han sumido hondamente en la “inmoralidad visual” (revistas, películas, Internet, clubes “para adultos”, etc.) producen una respuesta química en el cerebro que imita la respuesta química generada por el contacto humano en vivo. El cerebro almacena las imágenes de cuerpos alterados por retoques o por cirugía, y luego compara a la futura pareja con esos ideales falsos. Es así como la lujuria repetida, inflamada por la inmoralidad visual, reduce el valor aparente de la pareja real y disminuye la posibilidad de hallar felicidad en el matrimonio. El viejo dicho: “Gusta lo ajeno, más por ajeno que por bueno” es aun más cierto cuando la persona habita un mundo de fantasía cargado de inmoralidad visual. Debemos enseñar a nuestros hijos que la ley de Dios sobre la sexualidad es una bendición que mejorará su vida y su matrimonio en los años que vienen.

Testimonios familiares

Los testimonios o historias familiares de las intervenciones dramáticas de Dios, sea para sanidad u otras bendiciones, ayudan a los hijos a apreciar la realidad de Dios y su carácter amoroso como Señor viviente y activo que se interesa de modo personal por la vida de ellos. Nuestra familia narra y repite estas historias de cómo, mediante sanidad o protección contra accidentes, hemos vivido ejemplos del amor, el poder, la misericordia y el interés de Dios por nosotros. Nunca pretendemos que la intervención divina fuese merecida, pero esas intervenciones han sido para nuestros hijos un recuerdo frecuente de que nuestro Dios es un Padre lleno de amor y misericordia.

Por ejemplo, nos encontrábamos hace años en los montes Ozarks de Arkansas, camino a los servicios religiosos. El día era frío y lluvioso, y súbitamente dejaron de funcionar los limpiabrisas. Comprendimos que estábamos en una tormenta de lluvia helada. Mi esposa propuso: “Debemos pedirle a Dios que nos proteja”. Ella y los cuatro niños cerraron los ojos y oraron en silencio implorando la protección divina. Yo oré en silencio lo mejor que pude mientras conducía. Unos ochos kilómetros más allá, en el lado norte de la montaña, que era muy sombreado, dimos súbitamente con un parche de “hielo negro” invisible ¡y el carro empezó a deslizarse cuesta abajo, de lado! En ese momento, otro carro, que venía en sentido contrario, dio contra el mismo parche de hielo y el conductor perdió el control. Nos precipitábamos como a 65 kilómetros por hora, ¡con lo cual chocaríamos a una velocidad combinada de unos 130 kilómetros por hora! El golpe era inevitable. Por mi mente pasó la idea: “¡Nos  vamos a chocar!” En el último instante posible, sentimos una tremenda fuerza invisible que nos empujaba de lado y fuera de la vía. Aterrizamos suavemente en el lodo sin chocar contra nada. Tres metros a la izquierda había un gran conducto de agua hecho de cemento y a la derecha de la vía había un terraplén de 12 metros que descendía a un río. Con el corazón en la boca, nos dimos cuenta de que estábamos ilesos. Nos quedamos allí sentados, atónitos… y enormemente agradecidos por la intervención de Dios.

Con el correr de los años, mi esposa y yo hemos hablado con nuestros hijos de muchas intervenciones dramáticas como esa, incluidos casos de sanidad. Son historias que se han convertido en nuestros “testimonios” familiares de la intervención divina y han reforzado nuestra comprensión del amor, la realidad y el poder de nuestro Dios. A todos los padres les conviene narrar sus testimonios personales de experiencias en su propia vida para ayudar a sus hijos a acercarse el Dios verdadero.

Los padres tienen la obligación ante Dios de hacer el mayor esfuerzo por instruir a sus hijos y formar su mente a la imagen de Él. No deben desistir en su empeño por hacer todo lo que esté a su alcance, sabiendo que influirán no solamente las enseñanzas sino también las historias personales que resaltan el amor y la misericordia de Dios. Viendo el ejemplo en la vida de sus padres, los hijos se dan cuenta de que el modo de vida de Dios también será de gran provecho para ellos y comprenderán que las leyes divinas redundan en su propio bien.

 

Capítulo 5
El ejemplo paterno: un legado para los hijos

Los padres y madres que se preparan para el nacimiento de un hijo rara vez comprenden a cabalidad que su propio ejemplo viviente ejercerá la influencia más profunda en el carácter moral y el desarrollo espiritual del pequeño.

El ejemplo personal de los padres es crucial para que el hijo vea el camino de vida de Dios como uno de bendiciones y beneficios. El ejemplo paterno y materno es una forma de enseñanza que se imparte mediante acciones más que palabras. Hay un refrán que dice: “Tus acciones hablan tan fuerte, que no oigo lo que hablas”. Los niños suelen olvidar las enseñanzas verbales mucho más pronto que el ejemplo vívido presenciado a diario en las acciones y actitudes de sus padres. Los ejemplos y actitudes paternas quedan implantados en el subconsciente y salen reflejados más tarde en el comportamiento de los hijos.

Naturalmente, los padres deben proponerse enseñar todos los principios de Dios verbalmente, pero si sus acciones no corresponden a sus palabras, la instrucción quedará invalidada. A medida que crecen los niños, adquieren una gran habilidad para comparar la enseñanza que oyen con el ejemplo viviente que ven. No olvidemos jamás que Jesucristo no enseñó una filosofía abstracta, sino un modo de vivir. Los valores morales que los padres exhiben en su vivir cotidiano serán el fundamento de las actitudes, valores y conducta de sus hijos.

Aun suponiendo que los padres fuesen perfectos en su enseñanza y ejemplo, no habría garantía de que los hijos imitaran su decisión de obedecer a Dios. Por otra parte, la hipocresía paterna es casi una garantía de que los hijos rechazarán el sistema de valores de sus padres. Es imposible exagerar la importancia del ejemplo dado por la madre y el padre.

Los expertos en desarrollo infantil reconocen que los pequeños consideran a sus padres casi como dioses, los que desde la infancia han sido sus proveedores, su apoyo y sus maestros. Creen todo lo que sus padres les dicen, y confían en que estos pueden arreglarlo todo, desde una lesión hasta un juguete o una injusticia de un compañero. Dios dispuso tal estado de dependencia y confianza para que los padres puedan guiar y formar la mente juvenil y receptiva de un modo sano y recto. Los chiquillos forman su percepción de Dios principalmente mediante el ejemplo de sus padres. ¡Y los padres difícilmente podrán criar hijos como Dios manda si ellos mismos no son ejemplos de lo que Dios manda! Si los hijos ven intolerancia, egocentrismo, mentiras, codicia, antipatía y enojo frecuente, será difícil que se sientan atraídos por las convicciones espirituales de sus padres, aunque sean largos los sermones que estos les den.

La madre y el padre deben demostrar a cabalidad, en su vida, que el camino de Dios es algo precioso y que funciona para ellos. Los hijos que no vean el camino de Dios beneficiando a sus padres probablemente no creerán que los beneficie a ellos.

Un reflejo de la naturaleza divina

Es vital que en su trato con los hijos, los padres irradien la naturaleza divina. Los chicos necesitan ver en el ejemplo paterno cotidiano un amor auténtico por Dios, su Iglesia y su modo de vida. Los que vean hipocresía acabarán por rechazar la instrucción impartida por sus padres. En cambio, los que vean autenticidad y sinceridad estarán mucho más dispuestos a acoger los principios de rectitud impartidos por sus padres y por la Iglesia.

Sobre los padres recae la gran responsabilidad de servir como embajadores de Dios y Jesucristo en la vida de sus hijos. Lo hacen dando el ejemplo correcto para que los jóvenes luego trasladen a Dios aquel respeto y confianza que primero tuvieron por sus padres. A medida que maduran, irán transfiriendo a Dios, inconscientemente, la experiencia que han tenido con sus padres. Si estos fueron dados a criticar y a no perdonar, los hijos se inclinarán a ver estas características en Dios. Si los padres han sido suspicaces y propensos a juzgar, sus hijos difícilmente aceptarán la misericordia y el perdón de Dios. Si los padres han sido inconstantes al enseñar la obediencia a las normas y el respeto por las figuras de autoridad, sus hijos no respetarán a Dios ni les importará quebrantar sus normas.

En resumen, es importante que los hijos vean algo de la naturaleza de Dios en la vida de sus padres. Es lo que la Biblia llama el “fruto del Espíritu de Dios”. Este “fruto” o “evidencia” del Espíritu de Dios es sencillamente la manera como Dios piensa y actúa, y es la clave de una vida óptima tanto para los padres como los hijos. El apóstol Pablo escribió: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22–23). Cuanto más se reflejen estos frutos del Espíritu en los pensamientos, palabras y acciones de los padres, más atracción ejercerá su modo de vida en los hijos. Es obvio que nadie constituye un ejemplo perfecto, mas los padres y madres que realmente deseen ver a sus hijos inclinarse hacia el camino de vida de Dios, buscarán a ese Dios de todo corazón en su propia vida.

Respeto por Dios

Los padres suelen influir notoriamente en el respeto que sus hijos tendrán por la Iglesia de Dios y los principios que ella enseña. Si se quejan constantemente de que es difícil vivir conforme al camino de Dios, no deben extrañarse si sus hijos al crecer rechazan este “camino de vida tan difícil”. He oído a algunos padres decir: “Es muy duro para nuestros hijos no poder ir a los encuentros deportivos el sábado”. Cuando ellos presentan el camino de Dios como una carga, sus hijos sin duda se sentirán desfavorecidos. En cambio, cuando presentan el camino de Dios como una ventaja increíble y una gran bendición, los hijos aprenderán a valorarlo.

Los hijos que oyen a sus padres expresar gratitud constante por lo que Dios ha hecho en su vida, cualquiera que sea su situación actual, tendrán la enorme ventaja de comenzar a adquirir una visión “panorámica” de lo que es seguir a Dios. Esta vida es una escuela para la futura familia de Dios, ¡de la cual estamos destinados a “graduarnos” para salir a la vida real cuando Cristo regrese! En este proceso, los hijos empiezan a vislumbrar el futuro extraordinario y muy real para el cual se están preparando, y así pueden pensar más a largo plazo, previendo el Reino de Dios y preparándose para él.

Los padres que se esfuerzan unidos, apoyándose mutuamente y colaborando como “frente unido”, multiplican el efecto de su ejemplo. Cuando los hijos ven a los padres expresar su amor y cariño recíproco, acompañado de un “te quiero” y un abrazo, van adquiriendo un sentido natural de seguridad. Saben que los aman, y saben que las dos personas más importantes en su vida también se aman. Su mundo se siente seguro y esto los impulsa a querer seguir ese mismo camino de amor y seguridad demostrado por sus padres como fruto de vivir tal como Dios dispone.

En cambio, los hijos que presencian peleas, irrespeto y discusiones constantes entre sus padres comprenderán con el tiempo que el modo de vida de sus padres no es bueno para ellos, prediquen lo que prediquen. El matrimonio es un “laboratorio viviente” que puede demostrar, ya sea los enormes beneficios del camino de vida según Dios, o los efectos nocivos de la manera de vivir del mundo. Sería maravilloso que todos los hijos aprendieran el bien, aun ante el mal ejemplo de sus padres, o sea que en este caso aprendieran qué no hacer. Pero la realidad es que sienten descontento y rechazan el modo de vida de sus padres que parece haberles causado ese descontento.

Veracidad total

¡Los hijos tienen la necesidad absoluta de ver a sus padres como ejemplos de veracidad total! La verdad es el fundamento mismo del camino de vida que Dios manda: “La suma de tu palabra es verdad” (Salmo 119:160). Si ellos ven a sus padres mentir o engañar (como se ve a diario en el cine y la televisión), ¡no tendrán motivos para aceptar los principios espirituales que estos dicen creer! Cuando los hijos ven veracidad total en sus padres, ello da enorme credibilidad al concepto de que existen leyes espirituales que no se deben violar. Si los padres acuden a las “mentiras piadosas” para evadir una situación incómoda, los jóvenes asimilan el ejemplo y pronto comienzan a jugar con las mismas reglas. Peor aun es que los padres pidan al hijo que mienta por ellos, por ejemplo, que conteste el teléfono y diga que el padre o la madre “no está”. Si los principios de Dios no se aplican en estas situaciones, ¿cómo pretendemos que a los jóvenes les parezca importante decir la verdad? Para los que presencian las mentiras paternas, el concepto de la verdad se convierte en algo relativo, según lo que convenga en el momento.

Si decir mentiras es parte del carácter de los padres, sus hijos no confiarán en ellos. De igual modo, Dios no podrá confiar en los padres que mienten, y dice claramente que en su reino no habrá mentirosos (Apocalipsis 21:8). Si los padres viven conforme al principio de la veracidad y lo enseñan diligentemente a sus hijos desde temprana edad, las mentiras serán casi inexistentes. Y esto viene a ser la base para una gran confianza entre padres e hijos, que a su vez forjará relaciones fuertes y firmes entre ellos.

Los valores verdaderos

Los niños aprenden mucho observando las normas que sus padres aplican al evaluar a los demás. En la sociedad actual, parece que las tres normas falsas para indicar el valor de alguien son el poder, el dinero y la apariencia. Los padres le hacen un mal muy grande a su hijo cuando derrochan atención y favor hacia las personas que tienen más poder, dinero o belleza. De hecho, están diciendo que admiran mucho más los valores del mundo que los valores y el carácter que Dios exige.

La norma de Dios respecto del valor de un ser humano es clara: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura… porque el Eterno no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Eterno mira el corazón” (1 Samuel 16:7). Los padres debemos aplicar este principio con nuestros hijos. Nuestra aprobación y aceptación de los hijos debe basarse en amor incondicional y en el carácter. Si a un niño o niña pequeña le repetimos con frecuencia: “¡Qué hermosa eres!” o “¡Qué niño más guapo!”, ellos estarán recibiendo un mensaje errado respecto de lo que valen. Los elogios paternos deben referirse ante todo al carácter y las buenas obras de los pequeños. Hay que darles palabras de aprobación y ánimo cuando se muestran honrados, generosos e interesados en el bien de los demás, cuando obran con sinceridad y cuando buscan a Dios mediante la oración y el estudio bíblico.

Los padres que prestan demasiada atención a su propia belleza física también envían un mensaje errado. Los hijos captan rápidamente los valores paternos. Las madres que visten de modo seductor, con pantalones ceñidos, falda cortita o blusa descotada y reveladora, están diciendo que tal apariencia es de valorar en una esposa y madre y que a ella lo que le importa es atraer la atención e incluso despertar lujuria. Ante tal ejemplo, las hijas se inclinarán a vestir de modo más extremo y revelador que su propia madre, y los hijos buscarán lo mismo en una esposa. Dios sentó la norma de lo que es una mujer piadosa cuando inspiró a Pablo a escribir: “Que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad(1 Timoteo 2:9–10).

El mismo principio se aplica, desde luego, al varón. El hombre cuyo sentido de valor propio depende de su aspecto físico y su ropa, transmite lo mismo a sus hijos. Cuando estos ven que su padre se fija ante todo en la ropa y el cuerpo de la mujer, esto también les envía una señal errada. La esposa sí necesita saber que su esposo la encuentra atractiva, pero lo que sus hijos más necesitan oír es que su padre se da cuenta de los rasgos de carácter y rectitud en la madre y que los valora.

Tiempo con Dios

Los niños deben darse cuenta de que sus padres toman tiempo para orar y estudiar a solas. Está bien que a veces entren a la habitación y vean a uno o ambos padres orando de rodillas. El ejemplo se les grabará en la mente por el resto de la vida, y reconocerán el hábito de la oración como una prioridad esencial en la vida de sus padres.

Cuando los padres siempre oran antes de las comidas, los hijos aprenden a respetar a Dios por encima del hambre. Podemos animar a los pequeños a estar tranquilos durante esta oración tomando sus manos y mostrándoles cómo inclinar la cabeza. De esta manera, no solo ven la importancia dada por sus padres a la comunicación con Dios, quien es tan importante en su vida, sino que también aprenden pronto a imitar ese respeto.

Los hijos también aprenden del ejemplo cuando ven a sus padres estudiar la palabra de Dios todos los días. Aunque generalmente es más fácil estudiar mientras ellos duermen, conviene variar un poco para que a veces vean a sus padres estudiando la palabra de Dios. Es benéfico para el desarrollo infantil reconocer que los padres necesitan tiempo con su Padre Celestial. Además, también les aprovecha aprender a estar tranquilos y a entretenerse solos mientras sus padres estudian. Así, estarán supervisados por sus padres, pero saben que no deben interrumpirlos.

Si los hijos ven que sus padres estudian la palabra de Dios solo una vez por semana, en los servicios religiosos, probablemente adoptarán la misma costumbre. El ejemplo paterno les dirá que el estudio es un deber y una tarea en la cual “se trabaja” una vez por semana. En cambio, si ven a sus padres estudiando la palabra de Dios a diario y con gusto, ellos se inclinarán a imitarlos en esto, viendo el estudio bíblico y la oración como un importante vínculo diario con Dios.

Los hijos deben presenciar el ayuno de sus padres como cosa normal en la vida y como un modo de buscar orientación divina respecto de su crecimiento espiritual personal o de alguna decisión importante para la familia. Al ir madurando, habrá momentos en que ellos también tendrán que tomar decisiones importantes, y el ejemplo del ayuno paterno vendrá en su socorro. Llegarán a asimilar la promesa divina según la cual si ayunamos con regularidad y con la motivación correcta, “yo, el Señor, te guiaré siempre” (Isaías 58:11, Reina-Valera Contemporánea). Los que aprenden esta lección por el ejemplo de sus padres recibirán un legado precioso que los acompañará toda la vida y los encaminará hacia el éxito, sabiendo acudir a Dios en momentos de decisión, de necesidad y quizá incluso de arrepentimiento.

El ejemplo de unos padres que asisten con regularidad a la iglesia también tendrá un efecto crucial sobre sus hijos. Los jóvenes que ven a sus padres arrastrándose de mala gana a los servicios, o absteniéndose de ir, pensarán que la asistencia a los servicios es una simple opción, o bien una “obligación” que debe cumplirse de vez en cuando para agradar a Dios o al ministro. ¡Qué error tan terrible! En cambio, si ven a sus padres asistir con gusto, con raras excepciones en caso de enfermedad, empezarán a valorar el deseo sincero de aprender más sobre Dios y su camino.

Con el paso de los años, los niños que ven el ejemplo de unos padres que valoran su tiempo dedicado a la oración, el estudio bíblico, los servicios religiosos y al ayuno frecuente, llegarán a comprender que ellos dan la mayor importancia a su relación con Dios. Aunque ni siquiera la conducta más ejemplar de los padres puede garantizar que ellos transmitirán con éxito absoluto el amor por vivir como Dios manda, resulta casi seguro que un mal ejemplo estorbará a sus hijos en el aprecio por el modo de vida correcto. Las madres y padres cristianos deben dejar muy en claro, mediante palabras y obras, que el verdadero camino a la felicidad es el camino de vida demostrado por Jesucristo.

 

Capítulo 6
Desarrollar una cultura familiar centrada en Dios

Con frecuencia sucede que los padres fragmentan la presencia de Dios en su vida familiar. Vemos la vida cristiana como servicios religiosos, algún estudio bíblico en familia y una serie de patrones de comportamiento a imitación de Cristo. En realidad, este es un buen comienzo, pero la creación en el hogar de una cultura centrada en Dios implica mucho más. Si visualizamos toda la vida familiar como una gráfica circular, la mayoría de los padres asignan una tajada pequeña al aspecto de criar a sus hijos dentro de los cánones de Dios. Al contrario, si realmente desean criar hijos “a la imagen de Dios”, su enfoque espiritual debe abarcar toda la gráfica.

¿Qué significa esto? Simplemente que todas las decisiones que tomemos como padres deben girar en torno a la pregunta: ¿Esto aumenta o reduce la probabilidad de que mi hijo o hija crezca “a la imagen de Dios”? Digamos que el padre está pensando buscar un segundo empleo de tiempo parcial, con lo cual podría pagar una cabaña para pasar las vacaciones familiares. Sin duda, la familia valoraría la cabaña… pero el segundo empleo lo alejaría mucho tiempo de sus hijos. Entonces, ¿qué ayudará más a llevar a los hijos hacia Dios cuando sean mayores, el placer de una cabaña en el bosque, o la presencia de un padre dedicado y amoroso que pasa más tiempo con sus hijos cada día?

Cuando la crianza se rige por este modo de fijar prioridades, se va estableciendo un fundamento mucho más estable, el cual aumenta notoriamente la probabilidad de que los hijos anden en las huellas espirituales de sus padres. Hace muchos años, fijamos en un muro de la casa una placa con la cita bíblica que resume este principio: “Pero yo y mi casa serviremos al Eterno” (Josué 24:15).

¿Cuáles son, pues, algunos de los principios importantes que orientan las decisiones familiares hacia una cultura familiar centrada en Dios? Consideremos cinco principios vitales:

Principio #1:
Ir a la raíz de una cultura centrada en Dios: Dios mismo

Por sí mismos, los padres casi inevitablemente carecen de la sabiduría y la comprensión necesarias para guiar las mentes infantiles hacia Dios. El concepto que tenemos de la crianza proviene ante todo, y como es natural, de nuestros propios padres. Toda madre y padre comienza a criar hijos bajo la influencia de los defectos que hubo en su propia formación. Por mucho que agradezcamos a nuestros padres (y la mayoría de ellos hicieron lo mejor que pudieron), el hecho es que ninguno de nosotros ha tenido ejemplos sin tacha que sirvan de modelo. Más aun, ninguno de nuestros padres tuvo padres ejemplares… y este patrón se remonta hasta los primeros hijos humanos, Caín y Abel.

Pese a lo anterior, nosotros debemos sentar un fundamento de rectitud para nuestros hijos desde la infancia. De lo contrario, será mucho más difícil establecerlo cuando lleguen a los años de la adolescencia. Felizmente, podemos acudir al padre perfecto, Dios mismo, y buscar su ayuda cuando a nosotros nos falta. Dios nos dice en su palabra que “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:8). Como padre nuestro, Dios aplica el mismo principio, estando siempre dispuesto a darnos toda la ayuda que necesitamos, siempre y cuando acudamos a Él.

Con mucha frecuencia, los padres se dan cuenta de que no tienen la sabiduría necesaria para manejar las circunstancias difíciles y frustrantes que se presentan al criar hijos. En la historia de mi familia hubo muchas situaciones en que mi esposa o yo nos vimos “contra la pared”. Sin embargo, Dios nos ha hecho una promesa como hijos espirituales suyos: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente” (Santiago 1:5).

Cuando alguna situación familiar resulta especialmente difícil, es hora de buscar con más fervor la ayuda, la sabiduría y la orientación de Dios. En cierta ocasión, cuando los discípulos de Jesús se sintieron frustrados por su incapacidad de echar fuera un demonio, Él les dijo: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (Marcos 9:29). Y así es con muchos problemas difíciles en la vida, entre ellos la crianza: algunos problemas no se resuelven “sino con oración y ayuno”. En el ayuno, nos acercamos más a nuestro Dios, reconociendo nuestras debilidades y nuestra necesidad absoluta de su guía, sabiduría y conocimiento. Dios promete que cuando lo buscamos así, activamente y por medio del ayuno, “ yo, el Señor, te guiaré siempre” (Isaías 58:11, Reina-Valera Contemporánea). Para recibir, ¡primero tenemos que pedir!

Principio #2:
Pensar primero en los hijos

La naturaleza humana, y el mundo que nos rodea, nos enseñan un principio muy contradictorio: “Búscate, hállate a ti mismo y atiende al ‘número uno’ porque nadie más lo hará por ti”. ¿Y qué ocurre cuando seguimos el consejo del mundo y nos situamos como “el número uno”? Si así lo hacemos, desatendiendo nuestras responsabilidades como padres, dejaremos un vacío en la vida de nuestros hijos, ¡vacío que la sociedad y la mentalidad satánica se ocuparán de llenar! Recuerde: Nosotros podemos descuidar la formación de nuestros hijos, ¡pero Satanás nunca va a descuidar lo que pueda hacer por influir en ellos!

La amonestación del apóstol Pablo a los filipenses viene muy al caso: “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:4–5). Muchos padres, y más especialmente las madres, recuerdan las innumerables ocasiones en que se despertaron a medianoche con el llanto de un recién nacido. Raros son los que cierran los oídos, pensando: “Necesito dormir; yo también tengo que cuidarme”. Para la mayoría, es natural dar prelación a las necesidades físicas de sus hijos sobre las suyas propias… pero son excepcionales los que dan prelación a las necesidades espirituales de sus hijos a largo plazo. Como padres, debemos preguntarnos de vez en cuando: ¿He puesto las necesidades del “yo” adelante de la necesidad de formar a mis hijos “a la imagen de Dios”? Situar primero las necesidades espirituales de los hijos es algo que exige una inversión de tiempo. Sin embargo, Dios desea que aprovechemos toda oportunidad para enseñarles las pautas divinas. “Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:7).

Principio #3:
Que la influencia principal en los hijos sea una mente centrada en Dios

Recibir la responsabilidad de formar mentes juveniles a la imagen de Dios es un llamamiento elevado. No podemos lograr esto con solo desearlo, sino que requiere una enorme inversión de tiempo y esfuerzo, así como atención cuidadosa a los papeles que Dios ha dispuesto para los padres. Él quiere que el esposo dé todo su respaldo a la mujer como “cuidadosa de su casa” (Tito 2:5). Cuando una esposa y madre puede dedicar sus horas a ser “cuidadosa de su casa” de tiempo completo, puede crear un ambiente cálido y positivo a la vez que sirve de influencia principal en la formación del carácter de los pequeños. Enviar a un niño en edad prescolar a una guardería infantil durante sus años formativos es algo que altera notoriamente la dinámica de la crianza cuando se busca formar hijos “a la imagen de Dios.” Día tras día, los niños en tales situaciones aprenden a ver la vida por el lente de otros niños y adultos que los rodean. Entonces la pregunta importante para los padres es: ¿Deseo que la mente de mi niño sea formada por nuestra familia, o por el mundo?

Muchos padres dirán: “Sí, sabemos que lo ideal es que la madre esté de tiempo completo en casa, pero no podemos darnos ese lujo”. Lamentablemente, muchas madres sí se ven obligadas a trabajar para que la familia pueda cubrir sus necesidades. Pero no olvidemos otra dimensión vital de la ayuda y el apoyo: Dios mismo. Sus recursos no son limitados, ni es limitada su capacidad de proveer para sus hijos. Si entregamos nuestro anhelo a Dios en oraciones frecuentes, recordándole que realmente deseamos criar hijos que lo amen y sigan su camino de vida, ¡Él escuchará! Pídale que le muestre cómo economizar o hacer su parte para reducir los gastos o aumentar los ingresos. A menudo, lo que parece imposible resulta posible, Dios mediante, si confiamos plenamente en Él y pedimos conforme a su voluntad: “Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).

La palabra de Dios también dice: “Los que buscan al Eterno no tendrán falta de ningún bien” (Salmo 34:10). Como Dios sabe el valor del papel materno en el hogar, podemos confiar en que Él proveerá para hacerlo posible. Para esto, quizás sea necesario que la familia reduzca su nivel de vida en lo material, pero si la meta principal es formar hijos a la imagen de Dios, ¡Él nos asegura que con su ayuda, es posible lograrlo!

Muchas parejas descubren que cuando la madre deja de trabajar, la familia no queda tan “colgada” económicamente como habían temido. Al renunciar a su salario, ella también renuncia a muchos gastos extra que son propios de una madre que trabaja: pagos para un segundo automóvil, quizás, con su seguro y gasolina adicional, ropa para el trabajo, cuentas de lavandería, comidas en restaurantes y alimentos procesados para la familia. Es así como la pérdida de ingresos resulta muy inferior a lo que se pensaba.

Cuando la madre puede estar en casa de tiempo completo, la mente de sus hijos, absorbente como una esponja, no estará formada y guiada principalmente por el mundo, sino por unos padres atentos y dedicados. Si bien las circunstancias familiares varían, en general es cierto que cuanto más tiempo dure la presencia materna en casa, mejor será para los hijos. Algunos padres que tienen los recursos para hacerlo optan por educar a sus hijos en casa para evitar el ambiente y enseñanza de las escuelas en la sociedad actual. Ciertamente hay casos en que la madre tiene que trabajar y no puede brindar un medio “ideal” para sus hijos. El nuestro no es un mundo ideal y nosotros tenemos que navegar lo mejor que podamos en circunstancias que están fuera de nuestro control. Para las familias uniparentales la carga es aun mayor, y solo se alivia mediante una relación muy estrecha con Dios Padre y Jesucristo. Para salir adelante, los padres o madres sin cónyuge hacen todo lo posible por buscar la guía de Dios, rogando que les conceda más ayuda y capacidad para cubrir las necesidades espirituales de los pequeños. Dios mismo se interesa especialmente por las viudas y viudos que luchan por formar a sus hijos “a la imagen de Dios”. Él dice que es “Padre de huérfanos y defensor de viudas(Salmo 68:5).

Principio #4:
Cultivar el concepto de que “somos diferentes del mundo”

Ser diferente del mundo no significa que los cristianos sean “mejores” ni que tengan pretensiones de superioridad. Sí significa que los cristianos deben reconocer que tienen unas normas diferentes y un llamamiento diferente, los cuales deben transmitir a sus hijos. Ser diferente del mundo no es algo de qué avergonzarse, ¡sino algo que el cristiano debe agradecer y buscar! No hay duda de que el pueblo de Dios es único en muchas cosas, al punto que se le llama “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9).

Como pueblo escogido y adquirido por Dios, los cristianos tienen una serie de normas diferentes: las leyes divinas, y un orden de prelación diferente en la vida: buscar “primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33). Si los hijos perciben que sus padres temen o se avergüenzan de ser diferentes del mundo, asimilan una norma equivocada: Lo que piensa de nosotros la gente del mundo es más importante que lo que piensa Dios.

Podemos ayudar a nuestros hijos a tener valores diferentes, a valorar los caminos de Dios, reiterando continuamente los beneficios de esos caminos en oposición a las penas  naturales de seguir al mundo. Ciertamente, esto requiere una gran inversión de tiempo y energía, ¡pero la recompensa es inmensurable!

Principio #5:
Proteger la mente infantil de las influencias impías

Es importantísimo que protejamos a nuestros hijos de la influencia de Satanás y sus arremetidas propagandísticas, pero tampoco queremos que sean ingenuos e ignorantes de cómo es el mundo, ya que esto los haría más vulnerables a las maquinaciones de Satanás. Jesucristo expresó un parecer similar cuando le pidió a Dios que protegiera a sus seguidores: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15).

Ciertos padres, al buscar el barrio donde comprarán casa o alquilarán un apartamento, prestan atención a que haya otros niños con quienes los suyos puedan jugar. Es una decisión excelente… si deseamos formar hijos que pasen la mayor parte de su tiempo absorbiendo la mentalidad del mundo. Cuando nuestra familia ha buscado donde vivir, nos ha agradado mucho encontrar un vecindario más viejo y con pocos niños. ¿Acaso pretendemos aislar a nuestros hijos? De ninguna manera. Nuestro objetivo ha sido que estén con otros niños en actividades estructuradas y supervisadas, no como “tiempo libre” sin reglas ni vigilancia.

Cuando criábamos a nuestros hijos, estimulamos su participación amplia en las ligas atléticas del lugar. Los dos chicos y las dos chicas hacían actividades supervisadas como béisbol infantil, fútbol, gimnasia, ballet, baile de tap y natación. Tenían trato con niños de todo tipo, pero con alguna finalidad. Es decir, que estaban participando en actividades basadas en la instrucción y el esfuerzo de equipo.

Lo que procurábamos evitar eran actividades no supervisadas con los chicos del barrio, fuera en un callejón, o en el bosque, o en algún lugar de reunión de jóvenes o en el cine, o incluso en casa de los amigos si los padres no estaban presentes. No queríamos darles la “luz verde” para andar libremente con la mentalidad del mundo, “siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2). Con esto no digo que deseáramos apartar a nuestros hijos enteramente del mundo, sino que queríamos que conocieran al mundo de un modo estructurado y controlado.

Aunque nosotros tenemos amigos no cristianos, nuestros verdaderos amigos deben ser del pueblo de Dios, y es importante enseñar a nuestros hijos la pauta clara de Dios en este sentido: que no nos amarremos “en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14). No significa para nada que nos creamos mejores que los demás, pero significa que tomamos la palabra y los principios de Dios en serio. Si saturamos la mente con amistades estrechas en el mundo, con el tiempo esto nos hará enfocarnos menos en el Reino de Dios y más en las cosas del mundo de Satanás.

Si animamos a nuestros niños pequeños y menos pequeños a andar bien metidos en el mundo (durmiendo en casa de los vecinos, teniendo amistad estrecha con ellos, o en bailes de la escuela y salidas en pareja), estaremos invitándolos lentamente, pero con seguridad a aceptar la influencia y mentalidad del mundo. El tiempo que pasan juntos es sin duda un factor de amistad con el mundo, y Dios nos advierte a todos: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?” (Santiago 4:4). Las amistades estrechas en el mundo se convierten inevitablemente en un nexo creciente con la sociedad y con un sistema de costumbres que es ajeno al pueblo de Dios.

Lo anterior no significa que debamos evitar “el mundo” a toda costa. Hay en la sociedad muchas personas “buenas” que hacen lo mejor que pueden por llevar una vida moral. Pero si nuestra meta en la formación de los hijos es criar la próxima generación “a la imagen de Dios”, sepamos que es más factible lograrlo si animamos a los hijos a formar sus amistades más estrechas y profundas con otros que siguen el mismo camino hacia el Reino. Recordemos que cada aspecto de la crianza debe girar en torno a la pregunta: ¿Esto aumenta o reduce la probabilidad de que mi hijo o hija crezca “a la imagen de Dios”?

 

Capítulo 7
El camino de Dios en acción

Siendo el enfoque central de la crianza el formar hijos “a la imagen de Dios”, es decir con los valores, pensamientos y modo de vida de Jesucristo, un aspecto vital de esta crianza es forjar el carácter mediante las actividades e interacciones en el seno familiar.

La mayor parte de los niños crecen bajo la influencia de la sociedad, ejercida en gran parte por el imperio del sistema escolar, las lecciones pervertidas del cine y la televisión, y el efecto penetrante de otros jóvenes. Los padres, con su enseñanza amorosa y su ejemplo de rectitud, procuran contrarrestar los efectos corrosivos de una sociedad carente de Dios, pero hace falta un componente más. Así resume Dios la crianza de los hijos que Él desea ver: “Y amarás al Eterno tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos” (Deuteronomio 6:5–8).

Notemos lo que se dice a los padres respecto de estas enseñanzas basadas en los principios divinos: “Y las atarás como una señal en tu mano”. ¿Qué significa esto? Atar los principios de Dios “como una señal en tu mano” ¡significa las actividades diarias de la vida familiar! ¡Toda la enseñanza teórica del mundo no bastará sin una buena dosis de “desarrollo del carácter en acción”! Las actividades en familia son un recurso valiosísimo para enseñar los principios de Dios. Ciertamente, los hijos aprenden mucho “oyendo” (las enseñanzas paternas) y “viendo” (el ejemplo paterno), pero es mucho lo que aprenden también “haciendo” (poniendo en práctica los principios divinos).

¿Cómo se incorporan las actividades e interacciones familiares dentro de la crianza? El objeto de las actividades familiares es formar relaciones fuertes y sanas. Todas las leyes espirituales de Dios se dirigen a formar una relación fuerte con Dios (amar a Dios por encima de todo) y relaciones sanas con las personas (amar a los demás como a nosotros mismos). Al ir forjando relaciones cálidas y activas con sus hijos, ¡los padres están sentando las bases para una futura relación cálida y activa con Dios Padre y con Jesucristo!

En cambio, los jóvenes que crecen en un ambiente estéril con poca o ninguna interacción paterna o materna difícilmente adquieren la capacidad de identificarse con Dios y amarlo como su padre espiritual. Muchos crecen con padres que no se ocupan de ellos, y como adultos sienten gran dificultad para identificarse con la autoridad de Dios como padre. Los niños que han visto a sus padres como personas alejadas, duras o severas muy posiblemente tendrán un concepto de Dios como alguien igualmente alejado, duro o severo.

Se ha dicho con frecuencia que la amistad es fruto del tiempo que se pasa en compañía de otro. También puede decirse que un carácter recto desarrollado en la infancia depende en gran parte de la calidad del tiempo que un hijo pasa con sus padres. Muchos adultoscon quienes he hablado reconocen que uno de los grandes vacíos ensu vida ha sido la falta de una madre o un padre que se interesara einterviniera activamente en su niñez. Quizás el padre trabajaba largas horas y llegaba agotado, para caer enseguida delante del televisor o desaparecer para ocuparse en otra actividad. Quizás la madre se dedicaba principalmente a su carrera o sus intereses personales y no dedicaba tiempo de calidad a sus hijos en los momentos cruciales. Sean cuales fueran las circunstancias, al faltar la dedicación parental se pierden muchas oportunidades importantes en los años formativos del hijo. Los niños desatendidos, que se la pasan delante del televisor o con amigos, videojuegos o la Internet, empezarán a identificarse más con la sociedad que los rodea que con los valores de sus padres.

Los padres que comprenden el valor de las actividades familiares caracterizadas por la interacción cálida y cariñosa verán muchas oportunidades para compartir el camino de Dios con sus hijos. Estos pueden aprender y vivir la alegría de la generosidad y compasión por otros, del esfuerzo conjunto, del amor por la creación divina, de las relaciones familiares estrechas, y muchos otros elementos de la vida cristiana que demuestran la validez de los caminos de Dios en su propia vida.

Las siguientes son algunas actividades que los padres pueden promover para aprovechar el tiempo en familia como modo de reforzar los principios de Dios.

Actividades recreativas

Algunos padres piensan que todas las actividades recreativas son iguales, pero los hijos adultos, al recordar su niñez, no parecen concordar. Cuando recientemente pregunté a mis cuatro hijos qué actividades familiares recordaban y valoraban más, no mencionaron los paseos a Disneylandia ni a otros lugares de atracciones, y tampoco el viaje a una exótica isla en el Pacífico. Lo que más recordaban y valoraban era el tiempo que pasamos juntos en diferentes actividades de familia que incluían mucha conversación y mucha interacción. En palabras de una de mis hijas, “tenía más que ver con el ambiente familiar que con la actividad en sí”.

Es interesante señalar que el dinero que se invierta influye poco en el valor del tiempo. Entre las primeras actividades que citaron mis hijos estaban las más sencillas, como excursiones al río cerca de donde ellos se criaron. Eran momentos en que nos deteníamos a mirar un insecto o a escuchar un pato que bajaba por el agua, o momentos en que nos asombrábamos ante la enorme variedad de la flora que crecía en las riberas. Estas oportunidades de admirar las obras de Dios en una tarde tranquila eran como un salón de clase dentro de la vida real, donde hacíamos ver la mente impresionante del Creador y explicábamos la teoría ilógica y “falsa religión” de la evolución. El tiempo que pasamos juntos hablando, tirando piedras al río y ayudando a los niños a pasar por algún tronco caído en el camino, era una manera más de decir “te quiero; eres importante para mí y me interesa lo que piensas”. Es obvio que los padres en este mundo ajetreado siempre pueden encontrar algo aparentemente más valioso para hacer en casa, pero estos son los momentos en que los hijos van afirmando, uno por uno, los lazos familiares.

En mi oficina tengo una foto que significa mucho para mí. Mis hijos y yo aparecemos con mochilas ante un fondo de montañas cubiertas de nieve. Siendo ellos muchachos, habíamos decidido que los tres haríamos una excursión por la senda llamada Juan Muir con sus paisajes preciosos en las sierras de California. Antes, nos pusimos en forma mediante una rutina de carreras y levantamiento de pesas. Nos motivamos unos a otros, ¡y no pude evitar la dura realidad de ver a mis hijos adolescentes más veloces que yo al correr y más fuertes al levantar pesas! El esfuerzo se prolongó un año y la meta fue contagiosa al punto de atraer a mi hija menor. El respeto y compañerismo que sentimos formó un lazo que todavía nos trae recuerdos muy gratos. ¡Trabajamos duro en compañía, planeamos, y realizamos una excursión que queda grabada por siempre en nuestra memoria!

Más recientemente, dos de nuestros hijos nos acompañaron a mi esposa y a mí en una excursión de un día por la nieve hasta el borde de un precipicio de 900 metros sobre el valle de Yosemite en el famoso parque nacional de ese nombre. Éramos novatos en el uso de raquetas de nieve y fue mucho el esfuerzo y mucho lo que resoplamos y jadeamos recorriendo aquellos kilómetros de terreno nevado. Cuando por fin llegamos al auto “con la lengua afuera”, nuestro hijo dijo: “Me parece que las actividades como esta, en que trabajamos duro y nos cansamos mucho, nos unen de una manera especial”. ¡Es muy cierto! Las horas transcurridas en el sofá, sentados delante de una película sin mover un músculo, no son lo que forma lazos familiares ni valores familiares. Es el tiempo que pasamos juntos interactuando. El objetivo, pues, es que los padres siempre se propongan incorporar o resaltar algún principio de carácter a la vez que todos se divierten en familia.

Son muchas las actividades que los padres pueden incorporar en su vida familiar para ayudar a los hijos a desarrollar un buen carácter a la vez que amplían sus intereses y su educación y adquieren más roce social. Una visita a lugares y museos históricos sirve para resaltar los aportes de quienes nos precedieron y enseñar la lección de agradecer la contribución y el sacrificio de otros. Las actividades culturales, como un concierto edificante, ayudan a los hijos a aprender y apreciar música armoniosa e inspiradora. Basta un pequeño esfuerzo para hacer ver que a Dios le agrada la armonía y el equilibrio en la música, lo mismo que en su creación y en una vida ceñida a sus pautas divinas.

Una ética del trabajo equilibrada

Hay dos actitudes extremas hacia el trabajo, y muchos jóvenes se crían dentro de una u otra. Hay quienes adquieren de sus padres la idea de que el trabajo es un mal que se debe evitar en la medida de lo posible. Innumerables son las personas que despilfarran su dinero sobrante en loterías, juegos de azar o apuestas, en busca del “golpe de suerte” que los libre de la pesadumbre del trabajo. Otros ven a sus padres subsistir durante años a punta de beneficencia del Estado y haciendo muy poco por mejorar la situación en la que se encuentran y su actual estilo de vida.

En el otro extremo, muchos padres trabajan arduamente por avanzar en la vida, aun a costa de sacrificar a sus propios hijos. Piensan que, si trabajan duro, y largas horas, ganarán dinero suficiente para darles a sus hijos una “buena vida”. En realidad, muchos chicos reciben abundancia de “juguetes” electrónicos ofrecidos por padres que son muy trabajadores pero que en el fondo se sienten culpables porque rara vez se dejan ver de sus hijos. A estos les aprovecharía infinitamente más el ejemplo de unos padres que no solo cubren las necesidades físicas básicas, sino que también cubren las necesidades emocionales y espirituales de sus hijos invirtiendo tiempo en la formación de su personalidad, su manera de pensar y su desarrollo espiritual, a la vez que ríen y se divierten con ellos.

Los proyectos colectivos de los padres y madres con sus hijos ayudan mucho a inculcar una ética laboral equilibrada. Al emprender alguna obra en familia, los padres ayudan a enseñar el valor del trabajo y al mismo tiempo el sentido del trabajo en equipo y la necesidad de que cada uno haga su parte. El proceso de trabajar juntos fomenta una mentalidad de “nosotros” y no de “yo”, lo que a su vez promueve la seguridad personal que viene cuando el niño se siente parte de una unidad familiar. En nuestra familia, los proyectos de trabajo más frecuentes eran en el jardín, donde cada uno, cualquiera que fuese su edad, echaba una mano. Siempre había hojas por recoger, plantas que podar, malezas que arrancar, pisos que barrer y un césped que podar.

Nuestros hijos se ríen recordando que la actividad preferida de su madre un día en especial, era trabajar al aire libre con toda la familia. Después de un buen desayuno y la lectura de tarjetas hechas a mano, su petición para ese día era que todos pasáramos unas horas con ella en su jardín de flores podando juntos las rosas y arbustos llenos de color. Sin duda, los niños preferirían estar nadando o disfrutando alguna otra actividad, pero aprendieron que las labores colectivas daban como resultado una madre muy agradecida… y un jardín hermoso al cual todos habíamos contribuido y que todos podíamos disfrutar juntos. Su madre había trabajado y sudado junto con los demás, aunque fuera un día especial.

Es diferente la situación de cada familia, y no todas tienen un jardín donde los hijos aprendan a laborar juntos, pero el interior de la casa o apartamento siempre ofrece oportunidades. Hay cuartos para barrer, baños para asear, ventanas y espejos para brillar y basura para sacar. Es importante que a cada hijo se le asignen labores apropiadas para su edad y que todos trabajen junto con uno o ambos padres.

Si bien enseñamos a los hijos que, como miembros de la familia, se esperaba que cada uno hiciera su aporte, también reconocíamos que los quehaceres ofrecen una oportunidad para aprender a manejar el dinero. Decidimos fijar ciertas sumas para los diferentes quehaceres, algunos de ellos diarios, otros semanales y otros que dependían de la iniciativa del niño y de cuánto deseaba ganar. Era interesante observar la índole de los cuatro: unos se apresuraban a gastar su pequeño ingreso en cosas pequeñas y otros ahorraban sin gastar nada. Con el tiempo, todos llegaron a comprender que las cosas materiales de la vida se tienen que ganar, y que el dinero adquirido con esfuerzo puede desaparecer rápidamente si se gasta en cosas frívolas o pasajeras.

Cuando los hijos cumplen sus deberes en la casa, adquiriendo a la vez una ética del trabajo apropiada, también aprenden otro concepto de suma importancia: la responsabilidad. Esto les hace sentir que pertenecen a la unidad familiar y tienen la satisfacción personal de haber cumplido su deber o compromiso. El sentido de la responsabilidad también los prepara para el mundo real del adulto, donde el cumplimiento de las obligaciones en la universidad y en el trabajo es crucial para el éxito. En última instancia, el concepto de la responsabilidad personal los prepara mejor en lo que respecta al compromiso con Dios, sus leyes espirituales y su camino de vida.

El interés generoso… en acción

Jesucristo y los apóstoles enseñaron que el fundamento mismo del camino de vida divino es el rasgo del carácter que se llama amor. El Salvador declaró: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12). Pablo lo resumió bien al decir: “El  amor  no hace  mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). Esta característica esencial de Jesucristo y del Padre se puede describir como un “interés generoso” por lo demás.

Para que nuestros hijos realmente deseen seguir a sus padres en el camino de Dios, ¡es absolutamente esencial que aprendan este rasgo mediante las acciones de los padres! Obviamente, es necesario que los padres demuestren interés generoso entre sí y por sus hijos, día tras día. Si no lo hacen, no lograrán el resultado deseado ni con todos los sermones e instrucciones del mundo. Los hijos son críticos muy observadores, y suelen citar la hipocresía como la razón que los hizo abandonar las convicciones religiosas de sus padres. Esta constancia en el interés generoso por los demás es la base de los diez mandamientos: los primeros cuatro exigen amor generoso por Dios y los otros seis exigen amor generoso por el prójimo.

Un aspecto que no se enseña lo suficiente es el interés generoso que los hijos deben ver dirigido hacia personas fuera de la familia inmediata. Si este rasgo se dirige únicamente hacia el interior de la familia, los hijos pueden convertirse en personas egocéntricas y sin compasión por los demás. Un hijo o un padre que solamente ve la necesidad de interesarse por su familia jamás verá la necesidad de la Obra de Dios, que es la comisión de la Iglesia: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Cristo enseñó claramente: “Den gratuitamente lo que gratuitamente recibieron” (Mateo 10:8, versión Reina-Valera Contemporánea).

Los diezmos y ofrendas que se dan con buena voluntad a la Obra de Dios enseñan a los hijos que el mundo es mucho más que el seno familiar. Ellos pueden emocionarse y entusiasmarse viendo adónde van sus ofrendas y diezmos, dándose cuenta de los beneficios para los demás. Por ejemplo, cuando nuestra hija menor comprendió que su aporte cubría el costo de imprimir y enviar un folleto de la iglesia a alguien que miraba el programa de televisión de nuestra iglesia, decidió aumentar su ofrenda, viendo que ella como individuo cumplía una parte en la “Obra” de Dios. Las conversaciones y oraciones en familia también llevan a las mentes juveniles a pensar en algo más grande: el sentido y la meta de la vida. De este modo, les da una perspectiva positiva sobre un plan que es mucho más amplio que nuestra existencia física. La actitud positiva, y nunca condenatoria de los padres les ayuda a sentir que desean ser parte del cuerpo espiritual de Cristo a medida que van madurando.

Otro factor clave para que los hijos aprendan a interesarse por los demás es dar activamente de su tiempo. Hace unos años, nuestra familia participó con otros miembros de nuestra iglesia en un programa de “Adopción de los ancianos”. Al principio, tomamos parte con la idea de ayudar a los ancianos en su soledad. Poco a poco comprendimos que había muchas recompensas, ¡no solo para nosotros sino para nuestros hijos! Al prepararnos para cada visita, les recordamos que si bien sus abuelos “verdaderos” vivían lejos, los ancianos en la Iglesia estaban “emparentados” por medio de un mismo “Padre espiritual”, y que podían considerarlos como una especie de abuelos también. Nuestros hijos comenzaron a esperar estas visitas con un gusto especial, y disfrutaban llevando tarjetas, galletas o dibujos a sus nuevos “abuelos”. Aprendieron a escuchar en silencio las historias de los “abuelos”, a mirar con atención los objetos que estos les mostraban y comenzaron a interesarse por un tiempo pasado en el cual no habían pensado antes. Además, ¡les encantaba el amor y la calidez que los ancianos les brindaban!

¡El camino de Dios funciona!

La crianza de los hijos es una de las empresas más difíciles en la vida de una persona, ¡pero al mismo tiempo puede ser la experiencia más enriquecedora y satisfactoria de la vida! Abundan las preocupaciones, frustraciones e inquietudes, pero no hay nada mejor para unos padres que ver a sus hijos disfrutar genuinamente del camino de vida de Dios. Comprendemos que no todos los hijos criados en la Iglesia van a “captar la visión” y desarrollarse “a la imagen de Dios”, ¡pero podemos dar por seguro que nuestros esfuerzos nunca serán en vano! Aun cuando los hijos se desvíen del rumbo aprendido en el hogar, los que han aprendido y visto la demostración del camino de Dios en la niñez tendrán un fundamento en el cual confiar, sea en esta vida o en el Reino de Dios.

No hay herencia más afortunada que los padres puedan dar a sus hijos que la de ver, oír y vivir a plenitud las bendiciones que vienen cuando se elige la obediencia y la realización personal en Dios. Los padres que aplican su tiempo y dedicación, expresando amor e interés genuino por sus hijos, serán recompensados con bendiciones para ellos y sus hijos ¡hasta el fin de sus días! “He aquí, herencia del Eterno son los hijos; cosa  de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos  habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos” (Salmo 127:3–5).