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La siguiente escena ha aparecido en las pantallas de cine, en las páginas de libros populares y en la imaginación de miles o tal vez de millones, que la anhelan… ¿Podríamos estar incluidos?:
En un día que parecía ser como cualquier otro, millones de personas en todo el mundo se esfuman de repente. Al instante, se impone el caos: Aviones sin su piloto se precipitan a tierra y automóviles sin conductor se descontrolan súbitamente. Se forma un caos en las familias cuando desaparecen padres o madres, y sus seres queridos hallan únicamente la ropa que quedó atrás, donde estaban de pie o dormidos.
Los noticieros del mundo publican historias de anarquía, confusión y desesperación; y quienes quedaron atrás hacen lo posible por comprender lo que ha sucedido. Mientras tanto, los líderes mundiales asumen nuevos poderes, asegurando que traerán paz y orden a una civilización confundida.
Para quienes quedaron atrás, el suceso los deja atónitos ante lo inexplicable… por lo menos al principio. Poco a poco algunos se empiezan a dar cuenta de que todos los desaparecidos eran cristianos. Aquel día trascendente, Jesucristo había venido en secreto para reunir a sus fieles seguidores y llevárselos al Cielo, poco antes de empezar los días de sufrimiento conocidos como la gran tribulación. Entre los líderes mundiales que asumen el poder se encuentra el anticristo, listo para instituir una religión falsa e imponer su voluntad diabólica.
Varios años después, y desatada la ira de Dios sobre la humanidad, tiene lugar la segunda venida de Jesús, esta vez de forma visible y pública: Es el momento cuando regresa con sus seguidores para acabar con los malos y dar comienzo al Reino de Dios.
Millones de personas en todo el mundo creen sinceramente que en el futuro cercano ocurrirá este suceso o algo parecido. Su mayor esperanza es contarse entre los cristianos que desaparecerán en aquel momento, en un hecho que suele llamarse el rapto.
La idea de un rapto como el descrito es la creencia de muchos evangélicos, quienes esperan que Jesucristo venga en cualquier momento, sin ninguna advertencia, para llevárselos al Cielo, donde serán protegidos de los años de asoladora tribulación que seguirán. Este concepto se ha creído tan apasionadamente que, para muchos, cuestionar alguno de sus elementos equivale a cuestionar la propia Biblia. Aun así, en los aproximadamente 200 años desde que empezó a extenderse la doctrina, muchos sí la han cuestionado. Los observadores atentos han señalado que, si bien la escena del rapto secreto concuerda con algunos datos bíblicos, al parecer no concuerda con todos.
Indudablemente hay versículos que hablan de los cristianos reuniéndose con Jesucristo en las nubes cuando venga, ¡pasajes que deben llenar a sus seguidores de una esperanza profunda y decisiva! Más adelante, analizaremos algunos de esos textos, descripciones inspiradas del suceso que el apóstol Pablo llama “la esperanza bienaventurada” (Tito 2:13).
También hay otros pasajes que se encuentran en el libro del Apocalipsis, donde se advierte de una tribulación que vendrá sobre el mundo como una pesadilla bajo el anticristo y la bestia. Hay más de un pasaje profético inspirado que habla de ese tiempo venidero, la gran tribulación, como el más horrendo en toda la historia humana, peor que cualquiera que haya sucedido antes y cualquiera que vendrá después. Esos pasajes también los analizaremos.
Pero en la mente de muchos persisten las dudas. Mientras unos buscan en la Palabra de Dios y ven promesas de protección durante la gran tribulación, otros señalan pasajes donde se da a entender que los cristianos tendrán que vivir esa tribulación. Aunque el encuentro profetizado con Jesucristo en las nubes es innegable, algunos dudan que este encuentro ocurra años, en vez de días o incluso momentos, antes de que Jesucristo luche contra los ejércitos del mundo.
El resultado es que han proliferado varias versiones del rapto, desde los años cuando comenzó a difundirse ampliamente la idea a comienzos del siglo 19. Los creyentes han tenido que dar diferentes nombres a las diversas versiones de la teoría. Por ejemplo, quienes creen en un rapto secreto antes de la gran tribulación (como la escena presentada al comienzo de este capítulo), suelen decir que creen en un rapto pretribulación, conforme al cual los cristianos serán protegidos en el Cielo durante los años de prueba y sufrimiento en la Tierra.
Por otra parte, quienes aseguran que habrá un rapto después de la gran tribulación, al regreso de Jesús para gobernar al mundo, creen en un rapto postribulación, en cuyo caso los cristianos deberán soportar las pruebas de la gran tribulación y vivir el terror del anticristo. Con el paso de los años, a medida que las ideas se han multiplicado, también lo han hecho sus nombres, aunque para la gran mayoría el rapto equivale a un rapto secreto.
Las discrepancias sobre muchos de estos puntos han llevado a la fracturación y fragmentación de congregaciones y familias. Muchas son las páginas que se han escrito, muchos los sermones que se han pronunciado, y muchas las palabras airadas entre amigos que pretenden convencer a los otros acerca de la verdad de una u otro teoría.
Jesucristo, por supuesto, no desea que entre sus fieles reine la confusión, sino, en palabras del apóstol Pablo: “Que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10). Es claro que la confusión en torno a este tema no se debe al Padre ni a Jesucristo: “Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las Iglesias de los santos” (1 Corintios 14:33). Señalamos que aquí “santos” significa todos los verdaderos discípulos de Jesucristo, estén donde estén. Dios espera que entre todos los creyentes reinen la paz y la unidad.
Si deseamos esa paz, si deseamos hablar una misma cosa, sin divisiones, entonces será preciso aclarar el tema del rapto. Dios el Padre no solo busca creyentes sinceros, sino creyentes comprometidos con la verdad (Juan 4:23-24). Lo importante es la verdad.
Siendo así, ¿cuál es la verdad acerca del rapto? ¿Lo habrá? En ese caso, ¿podrá ocurrir en cualquier momento? ¿Ocurrirá antes de la gran tribulación, o después? ¿Estarán los cristianos protegidos en los tiempos peligrosos que se avecinan, o será preciso que todos, o algunos, padezcan?
En los capítulos siguientes, veremos primero cómo se desarrolló la idea del rapto. Luego pasaremos a la Palabra de Dios inspirada, para comprender qué ocurrirá exactamente en el tiempo del fin, basados directamente en los mensajes inspirados de las Escrituras. Nos propondremos seguir las instrucciones inspiradas del apóstol Pablo: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).
De todas las teorías que promueven la idea de un rapto, la variante de mayor acogida es indudablemente el rapto pretribulación o rapto secreto. Cuando se dice “el rapto”, esto es lo que a muchos, o a la mayoría, les viene a la mente. Las encuestas en el último decenio han indicado que entre el 40 y el 50 por ciento de los cristianos evangélicos creen en un rapto pretribulación, lo mismo que uno de cada tres pastores protestantes. Esto es aproximadamente el doble de los pastores que creen en un rapto después de la tribulación.
La idea tras del rapto secreto es que el regreso de Jesucristo, para reunir a los fieles cristianos, será invisible para aquellos que Él no arrebate, lo que podrá ocurrir en cualquier momento y que vendrá sin ninguna advertencia. Cuando ocurra, los creyentes del mundo desaparecerán instantáneamente, arrebatados a lo alto junto con los fieles muertos que volverán a la vida, y se reunirán para encontrarse con Jesucristo en las nubes. De allí, los llevará al Cielo a esperar varios años hasta la gran tribulación, que hará estragos con la humanidad dejada en la Tierra. Terminados esos años de sufrimiento, Jesús se aparecerá ante todo el mundo de modo visible y público, junto con los cristianos resucitados y glorificados, para destruir al anticristo y sus fuerzas malévolas, y dar comienzo al Reino de Dios.
Quienes creen en esta versión dicen que la ven reflejada en 1 Tesalonicenses 4:13-17, posiblemente el pasaje más importante para esta doctrina. Sin embargo, antes del siglo 19, incontables millones leyeron ese pasaje sin creer en un rapto secreto que arrebataría a los fieles antes de la gran tribulación. Tampoco hay ninguna constancia clara de que antes de ese momento, se enseñara sobre un rapto secreto e invisible. Si bien puede hallarse algún comentario aislado de algún erudito anterior al siglo 19, que podría reflejar un aspecto o creencia relacionada con la teoría del rapto, a menudo se requiere algo de imaginación para ver la doctrina moderna plenamente reflejada en ellos.
Visto lo anterior, quizá convenga repasar el origen de la enseñanza moderna sobre el rapto, antes de estudiar el testimonio bíblico, que a fin de cuentas, es el único que importa.
La palabra rapto tiene una larga historia, pero su asociación con la doctrina que ahora lleva ese nombre es de los últimos 200 años. Se deriva del latín rapere, que significa arrebatar violentamente, o llevarse por la fuerza. El teólogo católico Jerónimo del siglo 4, empleó la palabra latina rapiemur para traducir la frase “seremos arrebatados” de 1 Tesalonicenses 4:17, en lo que vendría a ser la Vulgata latina, comisionada por el papa Dámaso I.
Del latín, la palabra pasó al español como raptar, con el mismo significado de arrebatar o llevarse por la fuerza. El sustantivo rapto llegó a aplicarse en sentido figurado a ciertos estados súbitos de éxtasis o arrebato religioso.
La primera aplicación de la palabra “rapto” al ascenso de los cristianos para encontrarse con Jesucristo en el aire, se atribuye al clérigo inglés Thomas Broughton alrededor del año 1768. Broughton, al parecer, pensaba que su aplicación de la palabra “rapto” al ascenso de los cristianos era algo novedoso. Pero, como veía el hecho simplemente como el fin el mundo y el juicio final, sin nada que siguiera después, su empleo de la palabra quedó muy corto considerando lo que llegaría a ser la doctrina del rapto con el tiempo.
La moderna acepción de la palabra rapto, que sugiere un encuentro secreto con Jesucristo, una reunión súbita años antes de que regrese en su gloria para dar inicio a su reinado, tendría que esperar otros 60 años.
Hacia finales de los años 1700 y comienzos de los 1800, lo que se consideraba“cristianismo” casi universalmente, era algo muy alejado del cristianismo de Jesucristo y la Biblia. De la Iglesia que Jesucristo había fundado quedaba, como lo había prometido, un remanente muy pequeño y mayoritariamente oculto: una Iglesia que no era ni Católica romana, ni Ortodoxa oriental, ni protestante (Mateo 16:18). Pero la arrolladora mayoría de quienes se declaraban cristianos, aceptaban convicciones que poco tenían en común con la fe bíblica que Jesús había predicado.
En particular, con el paso de los siglos, el mundo públicamente conocido como cristiano, había adulterado los antiguos conocimientos proféticos, y había empezado a interpretar prácticamente toda la profecía bíblica como algo metafórico o simbólico. Por ejemplo, los mil años del reinado de Jesucristo que se mencionan en Apocalipsis 20, se tomaron como símbolo de la creciente influencia del cristianismo en su proceso de convertir al mundo, y no como un verdadero reinado de Jesucristo en la Tierra. La gran tribulación de Mateo 24, el Reino de Dios, y muchos otros elementos proféticos en la Biblia; así como las enseñanzas de Jesús, se redujeron a lo mismo: simples metáforas.
Esta espiritualización de las profecías bíblicas se impuso en las corrientes principales del cristianismo nominal, como el catolicismo, la comunión anglicana y la enorme serie de grupos protestantes. Hubo, por supuesto, unas pocas excepciones en la periferia: Creyentes, para quienes algunas profecías de la Biblia apuntaban a hechos reales y futuros. Pero los escritos en ese sentido eran escasos y casi universalmente menospreciados.
El conocido historiador Edward Gibbon del siglo 18, en su obra maestra: Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, escribió sobre el alejamiento del concepto literal del Reino de Dios profetizado y el reinado milenial de Jesucristo: “La doctrina del reinado de Cristo en la Tierra se trató primero como una alegoría profunda, poco a poco se fue considerando como una opinión dudosa e inútil, y al final se rechazó como invento absurdo de la herejía y el fanatismo”. Tomar las palabras de las promesas proféticas de Dios como literales para el futuro, era una señal de un hereje o un fanático.
En ese medio claramente antibíblico, unos pocos reaccionaron contra la adulteración de la Palabra divina. Grupos pequeños empezaron a abandonar las religiones principales, buscando prácticas y conceptos bíblicos que consideraban próximos a las palabras literales de la Biblia, si bien fue inevitable que retuvieran muchos errores y herejías de sus religiones originales. Estos grupos de creyentes, sinceramente insatisfechos, generaron un medio natural donde podría arraigarse la idea de un rapto.
En este medio cayó John Nelson Darby, antiguo clérigo de la Iglesia de Irlanda. Muchos, si no todos, lo consideran el más importante pensador tras la idea de un rapto secreto.
A principios del siglo 19 Darby se contaba entre los muchos que, insatisfechos con lo que consideraban prácticas antibíblicas en la fe y práctica del anglicanismo y el catolicismo, comenzaron a formar sus propios grupos en varios lugares de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Una de sus inquietudes principales era la profecía bíblica, que, para ellos, debería tomarse en serio y literalmente como la revelación de Jesucristo sobre acontecimientos futuros. En las décadas de 1820 y 1830, comenzaron a aparecer conferencias en lugares como Dublín, Irlanda, y Albury, Inglaterra; donde los creyentes se reunían con la esperanza de comprender las profecías de la Biblia más detalladamente.
La mayor parte de los historiadores señalan una serie de conferencias en Powerscourt House, en el condado de Wicklow, Irlanda, entre 1831 y 1833, como el punto donde se empezó a formular la idea de un rapto secreto según Darby: La noción de que habría un regreso preliminar invisible de Jesús a la atmósfera terrestre, con el fin de arrebatar a los cristianos verdaderos y llevárselos al Cielo antes de que comenzaran los terrores de la gran tribulación bajo el anticristo. Según esta teoría, el suceso del rapto podría ocurrir en cualquier momento y sin ninguna advertencia previa.
Muchos atribuyen exclusivamente a Darby la idea de un rapto secreto, aunque no es clara la manera en que llegó a su interpretación. Otros no señalan el estudio que hizo Darby de las Escrituras ni sus discusiones con otros creyentes durante las conferencias sobre profecía, sino que atribuyen el mérito a otros. William Kelly, amigo y defensor sincero de Darby, mencionó que Thomas Tweedy, otro miembro del grupo llamado: Hermanos de Plymouth, había escrito a Darby señalando que ciertos pasajes en 1 y 2 Tesalonicenses sugieren un rapto secreto. El historiador Crawford Gribben, de la Universidad de Queens en Belfast, dice que es muy posible que Tweedy, y no Darby, merezca el crédito por la idea.
Aun en tiempos de Darby, hubo quienes lo acusaron, junto con sus colegas, de haber tomado la idea de un rapto secreto de los pronunciamientos extáticos de los carismáticos de las congregaciones de Edward Irving, contemporáneo y asociado de Darby, y más específicamente de las visiones de una joven llamada Margaret MacDonald. Los seguidores de Darby niegan con vehemencia esta conexión, señalando que, para él, las supuestas visiones, así como al extático hablar en lenguas extrañas como en un trance, eran de índole enteramente demoníaca.
Resulta difícil aclarar los detalles por cuanto la mayoría de las fuentes fidedignas son ante todo folletos y cartas de rivales, muchos de ellos llenos de acusaciones y versiones diferentes; puesto que los Hermanos de Plymouth también tuvieron entre sí discordias, desacuerdos y fraccionamientos por diversas doctrinas… incluidas discusiones acerca del rapto, mientras se iban fragmentando en variedad de sectas opuestas.
Sean cuales fueran los hechos en disputa, los detalles importantes son claros. La idea de un rapto secreto pretribulación surgió a comienzos del siglo 19 entre el grupo de los Hermanos de Plymouth de las islas Británicas. Ya sea que Darby la haya originado o que haya adaptado ideas que tomó de otros, su enérgica labor de desarrollar la idea de un rapto secreto pretribulación, y de darle una extensa difusión, es de amplio reconocimiento. Hay escasa mención antes del siglo 19 de alguna creencia en un rapto secreto e invisible al comienzo de la gran tribulación, y ninguna constancia en absoluto de que tal concepto se tomara en serio. Pero una vez concebida, la idea no podía restringirse a las islas Británicas. Darby y otros viajaron por toda Europa y cruzaron los mares para difundir sus teorías. Los recorridos de Darby lo llevarían a Canadá, a los Estados Unidos y Australia, donde muchos recibieron con entusiasmo su proclamación de un rapto secreto.
Lo más significativo es que la teología de Darby y su modo de ver la profecía iban a influir en el abogado y teólogo estadunidense Cyrus Ingerson Scofield, quien tomó las ideas de Darby y las incorporó en su Biblia anotada de Scofield, que fue muy difundida. Publicada en inglés en 1909 y revisada en 1917, la Biblia de Scofield ejercería un poderoso impacto en el movimiento evangélico estadunidense, cuando el trauma de la Primera Guerra Mundial revivió el interés en lo que decía la Biblia acerca del fin del mundo.
En 1970, el predicador evangélico estadounidense Hal Lindsey publicó: La agonía del gran planeta Tierra, que popularizó la idea de un rapto secreto pretribulación y contribuyó a establecerla como elemento permanente de las creencias evangélicas. Más tarde, en 1995, los autores Tim LaHaye y Jerry B. Jenkins publicaron la primera entrega de su serie: Dejados atrás, que alcanzó una enorme popularidad.
La primera novela de LaHaye y Jenkins, de gran venta en todo el mundo, presentó un argumento ficticio con una mezcla de misterio, acción y referencias bíblicas para ilustrar su idea de un rapto secreto pretribulación. Para muchos, en los años 1990 y comienzos de los 2000, las novelas de la serie Dejados atrás fueron su primer contacto con la idea de un rapto secreto, y la noción de que Jesucristo podría regresar en cualquier momento, en estado invisible, para llevarse a sus seguidores al Cielo antes de comenzar el reinado del anticristo.
La situación narrada por LaHaye y Jenkins habría sido muy familiar para Darby y los Hermanos de Plymouth, pues coincidía bien con la novedosa interpretación de la profecía bíblica que ellos habían planteado casi 200 años antes. La idea propuesta por Darby y sus correligionarios ha tenido tanta influencia, que incluso quienes discrepan con ellos suelen plantear sus propias ideas en términos parecidos, por ejemplo, un rapto postribulación, en vez de un rapto pretribulación.
El rapto secreto nunca logró aceptación universal. Si bien la idea parece coincidir con ciertos versículos importantes en la Biblia, no parece cuadrar con otros, lo que ocasiona su rechazo por muchos creyentes en la Biblia. Pero las alternativas propuestas por la mayoría de quienes discrepan, parecen tener sus propias deficiencias. Las creencias opuestas sobre este punto han convertido a amigos en enemigos, y han causado la división amarga de congregaciones y familias… como ocurrió en tiempos de los Hermanos de Plymouth hace 200 años.
Esas divisiones se reducen a una sola e importantísima pregunta: ¿Es acaso verdad?
Los orígenes históricos pueden arrojar alguna luz, y las controversias pueden generar dudas… pero no vienen a ser la forma de determinar la verdad o falsedad de una creencia. Esta prueba corresponde únicamente a la Palabra de Dios… y es a la Palabra que ahora acudimos.
Hemos observado la historia de la teoría del rapto, y vimos sus orígenes hace unos 200 años en las islas Británicas, pero saber esos orígenes no nos ha dado la respuesta a la pregunta: ¿Es acaso verdad?
Parece desconcertante que una idea que forma parte esencial de la fe de muchos, no muestre constancias de que se haya enseñado seriamente antes del siglo 19, hecho que voluntariamente reconocieron sus iniciadores en ese momento; pero, ¿es esto motivo suficiente para descartarla? Al fin y al cabo, Jesús prometió que sus palabras no pasarían (Mateo 24:35), aunque eso no significa que fuera imposible perder la interpretación correcta de esas palabras durante algún tiempo. ¿Será que Darby y sus colegas descubrieron de nuevo un significado que Jesucristo siempre dio a sus palabras, pero que se había perdido junto con otras verdades durante la apostasía y en las herejías que tanto afectaron al cristianismo convencional durante siglos?
¿Cómo saberlo? Como vimos al final del capítulo anterior, la única prueba real de la verdad no es histórica, no es científica ni filosófica; y ni siquiera es cuestión de sentido común. La prueba de la verdad es la Palabra de Dios.
Orando a su Padre la víspera de su crucifixión, Jesús dijo: “Tu Palabra es verdad” (Juan 17:17). Esa Palabra, la Palabra de Dios, escrita y preservada para nosotros como la Sagrada Biblia, nos forma el criterio según el cual la idea del rapto se tiene en pie o cae.
Visto lo anterior, cada uno de nosotros tiene ante sí una pregunta importante, que solamente puede responder por sí mismo: ¿Estoy dispuesto a hacer de lado mis convicciones de siempre si veo que la Biblia enseña algo diferente? Francamente, esa respuesta, para muchísimos, es “No”. Cuando ven que la Palabra de Dios los lleva claramente hacia una conclusión diferente de la que prefieren, la que siempre han tenido y desean seguir teniendo, abandonan la búsqueda de la verdad y se quedan con la idea anterior.
Jesús solía presentar desafíos como estos a los dirigentes religiosos y a los fieles oyentes de su tiempo, mostrándoles que los conceptos tradicionales que tan apasionadamente acogían, y que creían ser reflejo de la Palabra de Dios, eran simplemente tradiciones de hombres y no de Dios. Lamentablemente, cuando se les mostró la diferencia entre la Palabra de Dios y lo que creían, muchos hacían de lado la primera para atenerse a sus tradiciones (Marcos 7:6-13).
El reto que debemos afrontar es actuar como los bereos de la antigüedad. Cuando les presentaban conocimientos nuevos y diferentes de sus creencias anteriores, consultaban la Palabra de Dios “para ver si estas cosas eran así”. Comparando a los bereos con los tesalonicenses que no renunciaban a sus conocimientos anteriores, la Biblia dice: “Estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la Palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
No nos equivoquemos, no es fácil hacerlo y la mayoría no lo harán. Se aferrarán a lo que ya creían antes de hallarse frente a frente con la Palabra de Dios. En vez de alterar su creencia para compaginarla mejor con las Escrituras, torcerán estas últimas para hacerlas encajar con lo que ya creen, por mucho que tengan que desvirtuarlas o alterarlas. Pero el apóstol Pablo nos advierte: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Nuestro deber es poner a prueba nuestras creencias consultando la Palabra de Dios, conservando las que concuerden con ella y mostrando la valentía de desechar las creencias que no concuerden.
Si no podemos ser como los de Berea, si no podemos hacer acopio de racionalidad y someter nuestras creencias a la verdad de Dios, y cambiarlas si es necesario, de poco servirá continuar este estudio sobre la idea del rapto. En cambio, si logramos ser como los de Berea, el camino es claro. Desechemos nuestras creencias anteriores: Rapto pretribulación, rapto postribulación, no rapto o cualquier otra; y dejemos que la Biblia nos instruya. Cuando veamos claramente el cuadro que se presenta en las Escrituras, podremos volver a nuestras creencias y saber qué conservar y qué desechar.
Así es como procederemos en el resto del presente folleto. Si estamos dispuestos a descubrir lo que la Biblia realmente dice sobre la esperanza bienaventurada de los cristianos, comencemos.
Para comenzar, leamos una de las afirmaciones más claras que hay en la Palabra de Dios, concerniente a lo que pasará con los fieles discípulos al regreso de Jesucristo: 1 Tesalonicenses 4:13-18, el mismo pasaje que vimos antes, donde la Vulgata latina emplea la palabra rapiemur (de rapere), raíz, como ya lo señalamos, de las palabras castizas “raptar” y “rapto”.
El pasaje es hermoso. Es una inspiradora descripción, ¡la esperanza bienaventurada que todos los verdaderos discípulos de Jesucristo anhelan ver convertida en realidad!
“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en Él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del Cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras”.
Sin duda, ¡ningún momento de esta vida se podrá comparar con ese día! Cuando el apóstol Pablo nos dice: “Vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:12-13), debía estar pensando en lo que será ese momento.
Las palabras son sumamente claras, y deben ser aceptadas por todos los que creen en la verdad de las Escrituras. Si alguien niega los hechos literales relatados en este pasaje: El regreso de Jesucristo proveniente del Cielo, la voz de un arcángel y el sonar de la trompeta de Dios, el ascenso de los muertos en Cristo para recibirlo en el aire, y la correspondiente transformación de los vivos para subir con un cuerpo espiritual; debemos descartarlo como engañado o engañador. Pablo además dice: Estos sucesos son tan seguros como la propia resurrección de Jesucristo cuando se levantó del sepulcro, y los llama nuestro consuelo en tiempos de penalidades y tribulación. Entonces, ¡hay que creerlos!
Y debemos, conforme a nuestro plan, dejar que este pasaje nos enseñe, sin tratar de encajar dentro de este nuestras propias ideas. El pasaje habla de los creyentes, vivos y muertos, que suben para reunirse con el Señor en el aire. Pero tomemos nota: No dice que esto ocurrirá en secreto. El anuncio de una voz de mando, unida a una trompeta y a la voz de un arcángel, parece indicar lo contrario de algo que se hace en silencio y en secreto, al menos en la superficie. Buscaremos otros pasajes de las Escrituras para aclarar este detalle.
Notemos también que este texto de 1 Tesalonicenses no señala específicamente el momento en que ocurre el hecho, aunque sí da unas pistas importantes que no debemos pasar por alto. Vemos la resurrección, ascenso y glorificación ocurriendo simultáneamente con el sonido de una trompeta angélica. Tengámoslo presente al leer una segunda promesa paralela sobre el mismo suceso.
La promesa paralela se encuentra en una carta que el apóstol Pablo dirigió a otra congregación de creyentes: La de Corinto.
Los hermanos de Corinto, como los de Tesalónica, tenían preguntas sobre la esperanza de los cristianos después de esta vida. Cimentando la esperanza de una resurrección futura sobre la resurrección de Jesucristo en el pasado (vs. 12-22), como lo hizo para los tesalonicenses (1 Tesalonicenses 4:14), el apóstol busca dar a los corintios una idea del poder y la gloria que nos espera en la vida eterna. Es un pasaje de esperanza y poder, y contiene elementos que deben resonar dramáticamente en nosotros después de haber leído 1 Tesalonicenses 4. Ciertamente, recomendamos leer 1 Corintios 15 en su totalidad, sin embargo, para el interés que nos ocupa podemos centrarnos en los versículos 50-53.
“Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad”.
Hay que ser deliberadamente ciego para no ver el paralelismo entre estas dos versiones del glorioso acontecimiento. Ambas hablan de la resurrección de los discípulos fallecidos. Ambas muestran los vivos al lado de ellos, transformados de carne y sangre a espíritu inmortal e incorruptible (vs. 42-49). Ambas presentan el sonido de una gran trompeta. Y mientras una se refiere a la venida de Jesucristo, la otra nos habla de heredar el Reino de Dios; hecho que en otros pasajes se relaciona con su venida: “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo de Hombre viniendo en su Reino” (Mateo 16:28). Como nos lo anuncia el apóstol Juan: “Cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es” (1 Juan 3:2).
Estos dos pasajes: 1 Tesalonicenses 4 y 1 Corintios 15, son extraordinariamente concordantes. Y concuerdan con otros pasajes, como Mateo 24:30-31, donde vemos a los ángeles reuniendo a los justos “con gran voz de trompeta”. Como dijo Jesucristo hace mucho tiempo: “La Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35).
Insistimos en que solamente un ciego llegaría a la conclusión de que estos pasajes en 1 Tesalonicenses 4 y 1 Corintios 15 se refieren a dos sucesos diferentes.
Además de todos los puntos de encuentro entre los dos pasajes, 1 Corintios 15 añade un detalle de suma importancia, que nos permite resolver la situación de la cronología de este hecho. Leamos de nuevo, prestando especial atención a 1 Corintios 15:51-52: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”.
Vemos que la resurrección y transformación de los justos y su reunión con Jesucristo ocurrirán, no cuando suene una trompeta cualquiera, sino “a la final trompeta”. Esto revela que habrá una serie de trompetas, y que la resurrección y ascenso de los fieles discípulos debe ocurrir al final de esta secuencia, cuando se toque la última de esas trompetas.
Recordemos que el propósito es aclarar los sucesos profetizados para los últimos días conforme a su revelación en la Palabra de Dios. Por lo tanto, este detalle inspirado por Dios nos obliga a preguntar: ¿Hay algún pasaje en las Escrituras donde se habla de una serie de trompetas en los últimos días? Si hallamos esa serie de trompetas angélicas, habremos localizado el preciso momento cuando ocurrirá esta resurrección y transformación de los discípulos fieles.
¿Existe el pasaje? Sí existe. La Biblia sí revela una serie de trompetas en el tiempo del fin, como nos lo harían suponer las palabras del apóstol Pablo. A continuación pasaremos a estudiar sobre esas trompetas.
Hemos visto que la resurrección de los fieles ya muertos, y la transformación de los verdaderos discípulos al subir por el aire para encontrarse con Jesucristo, tendrán lugar a la final trompeta, lo que indica que en los últimos días el mundo será sacudido por una serie de trompetas. Veamos estos hechos en las Escrituras y exploremos el tema sin el estorbo de nuestras propias ideas o expectativas.
Si localizamos la secuencia de trompetas angélicas de los últimos días, encontraremos el momento cuando los discípulos fieles subirán a reunirse con el Señor en las nubes, o sea, la esperanza bienaventurada. Y efectivamente, la secuencia de trompetas de los últimos días se encuentra en el libro del Apocalipsis.
Aunque muchos dejan de lado el libro del Apocalipsis como si fuera un libro opcional que sencillamente no se entiende por lo difícil, esto contradice las intenciones de Jesucristo. Lo siguiente fue escrito por su inspiración en los primeros versículos:
“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la Palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca (Apocalipsis 1:1-3).
Notemos que quienes leen y oyen las palabras del Apocalipsis recibirán la bendición divina. Veamos también que Jesús concedió las visiones a Juan “para manifestar a sus siervos” sucesos que se encuentran en el futuro cercano.
Y efectivamente, desde las cartas a las siete Iglesias en los capítulos 2 y 3 hasta su último capítulo, el libro del Apocalipsis hace exactamente lo que dice Juan. Ofrece una revelación profética del paso de la historia desde los tiempos del apóstol Juan en el siglo primero, hasta los tiempos del fin y el establecimiento del Reino de Dios.
En el capítulo 6 del Apocalipsis, Juan detalla la revelación de siete sellos proféticos, que son claves para entender el encuentro de los fieles discípulos con su Salvador en el aire. En una visión, Juan ha visto un pequeño rollo sellado con siete sellos, que se entrega al Cordero, Jesucristo, único digno de abrirlos (Apocalipsis 5). A medida que el Salvador va abriendo los sellos uno por uno, se revela una secuencia de sucesos profetizados para los últimos días. Los primeros cuatro sellos representan los cuatro jinetes del Apocalipsis, famoso símbolo de un cristianismo falso, guerras en el mundo, hambrunas terribles y el azote de la enfermedad (Apocalipsis 6:1-8).
Los jinetes representan situaciones extremas en el tiempo del fin, que llevan a su culminación los mismos cuatro padecimientos citados por Jesús en Mateo 24:4-7, incluso en el mismo orden exacto. Refiriéndose a los cuatro jinetes, leemos: “Se les dio poder sobre la cuarta parte de la Tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la Tierra” (Apocalipsis 6:8 Biblia de Jerusalén).
La secuencia profética continúa con el quinto sello, que corresponde al martirio de los verdaderos discípulos (Apocalipsis 6:9-11). En otro pasaje, Jesús habla de este tiempo cuando “habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21). Será un tiempo tan espantoso que ningún tiempo terrible anterior se le podrá comparar. El Antiguo Testamento también menciona este tiempo y lo llama: “Tiempo de angustia para Jacob” (Jeremías 30:7), no solo refiriéndose a Israel, sino primordialmente a los pueblos de los Estados Unidos y de la mancomunidad Británica, descendientes de los hijos de José (Para más información sobre la identidad de estas naciones según la profecía, les invitamos a leer nuestro folleto gratuito Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía).
Consideremos las ramificaciones de las palabras de Jesús. Pensemos en el horror que fueron los campos de la muerte en Camboya, el genocidio en Ruanda contra el pueblo tutsi, la masacre de Nankín, el genocidio en Armenia, la hambruna en Ucrania, el holocausto. Jesús dice aquí que la futura gran tribulación será un tiempo tan espantoso que ninguno de los horrores anteriores podrá compararse… tanto que, si Dios no interviene, “nadie sería salvo” (Mateo 24:22). Sería el fin total y completo de toda vida en la Tierra.
Felizmente, Dios sí va a intervenir. Los próximos sellos en Apocalipsis 7 presentan esa intervención en el debido momento. Pero antes, comprendamos bien el simbolismo empleado en el quinto sello. Durante el futuro tiempo de tribulación, muchos discípulos verdaderos serán muertos, y estos figuran en la visión de Juan como almas debajo del altar (Apocalipsis 6:9). ¿Vivirán las almas de los muertos bajo un altar en el Cielo? No: el simbolismo aquí es claro para quienes conocen los sacrificios del altar, como los conocerían los discípulos del primer siglo. La base del altar de los sacrificios en el templo de Dios es el lugar donde se derramaba la sangre de las ofrendas por el pacado (Levítico 4:7, 18 y otros). Y en la visión de Juan, la sangre acumulada de los mártires, derramada por su sacrificio, clama pidiendo venganza (Apocalipsis 6:10), como ocurrió con la sangre del justo Abel (Génesis 4:10).
Más adelante examinaremos esto en mayor detalle, por el momento podemos señalar que hay varios pasajes donde se explica cómo, de principio a fin, esta persecución y sufrimiento en los últimos días será de tres años y medio: “tiempo, y tiempos, y medio tiempo” o “cuarenta y dos meses” (Daniel 7:25; Apocalipsis 13:5-7).
En cierto momento durante esos años de sufrimiento, se abrirá el sexto sello y se producirán las señales celestes: Un gran terremoto, el oscurecimiento del Sol, la Luna enrojecida como sangre, estrellas (meteoros) que caen del Cielo, y la sacudida de todo monte e isla hasta removerlos de su lugar (Apocalipsis 6:12-17).
¡Estas señales milagrosas y catastróficas anunciarán que el Padre y Jesucristo están a punto de intervenir personal y dramáticamente en los asuntos del mundo! Las señales celestes representan una transición de la ira de Satanás manifestada en la Tierra, hacia un tiempo denominado el día del Eterno, cuando el Padre y el Cordero desatarán su ira.
El día del Eterno, que corresponderá al año final de los tres años y medio profetizados (Isaías 34:8; 63:4), es un momento que el Padre y el Hijo llevan mucho tiempo esperando. Con razón se anunciará su llegada a toda la humanidad con señales asombrosas y milagrosas en el Cielo y en la Tierra, prodigios que sacudirán a toda la creación.
El día del Eterno se anunciará cuando Jesucristo abra el séptimo y último sello del Apocalipsis. “Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el Cielo como por media hora. Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas” (Apocalipsis 8:1-2).
¡Leamos atentamente! Pablo nos dijo que la resurrección y glorificación de los discípulos, el día de su encuentro con el Salvador en las nubes, ocurriría al sonar la última de una serie de trompetas. Por eso hemos buscado una serie de trompetas angélicas en el tiempo del fin, ¡y aquí está! “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4).
Si queremos localizar la resurrección y glorificación de los discípulos y su ascenso para encontrarse con Jesucristo en el aire, como leemos en 1 Tesalonicenses 4 y 1 Corintios 15, ya sabemos dónde hallarlo. Las palabras inspiradas de Pablo nos dicen que tendrá lugar a la “última trompeta” de esta secuencia de siete mencionadas por Juan, que sonarán durante el año que será el día del Eterno.
Antes de sonar la séptima trompeta, las seis que le anteceden causarán estragos. Sobre ellas se lee en Apocalipsis 8 y 9. En el curso del año que durará el día del Eterno, la tercera parte de la vida vegetal en la Tierra se quemará, la tercera parte de los mares se convertirá en sangre, se destruirá la tercera parte de los barcos y la vida marina, la tercera parte de las aguas de la Tierra se volverán amargas y un tercio del Sol, de la Luna y de las estrellas dejará de brillar. Entonces, como resultado del intercambio militar más destructivo de la historia, un tercio de la humanidad será exterminada.
Por algo se presenta el día del Eterno como “grande… y muy terrible” (Joel 2:11). Las Escrituras nos dicen: “Es amarga la voz del día del Eterno… Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de oscuridad, día de nublado y de entenebrecimiento, día de trompeta y de algazara” (Sofonías 1:14-16).
Ese año de catástrofes representa la ira de Dios desatada sobre una humanidad no arrepentida. Y estos terrores están anunciados solo por las primeras seis de las siete trompetas.
Enseguida leemos acerca de la séptima y última trompeta: “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el Cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y Él reinará por los siglos de los siglos’” (Apocalipsis 11:15).
Aquí vemos el Reino de Dios declarado al mundo. Las demás autoridades de la Tierra, en particular el satánico anticristo y bestia, perderán toda su influencia cuando el gobierno del mundo pase al Cordero de Dios, Salvador de la humanidad.
El Apocalipsis indica con indudable claridad que el Reino de Dios se anunciará al mundo cuando el angel toque la séptima y última trompeta. Y Pablo dice que la última trompeta señala el momento cuando los discípulos de Jesucristo resucitarán, y serán transformados para encontrarse con su Salvador en el aire. El testimonio innegable de la Palabra de Dios es que todo ocurre en un mismo suceso. Si no estamos dispuestos a negar el testimonio de las Escrituras, en el sentido de que todos estos hechos ocurrirán a la última trompeta, entonces no podemos decir que el momento de la resurrección y reunión con Jesucristo en el aire, es diferente del momento final del día del Eterno, cuando se proclamará el Reino de Dios.
Con razón Pablo señaló que heredaremos el Reino de Dios al tiempo que habló de la resurrección (1 Corintios 15:50). Ese es el momento, a la última trompeta, en que se va a inaugurar el Reino de Dios y los fieles discípulos resucitados lo heredarán, ¡listos para comenzar su reinado con Jesucristo!
Ocurrido esto, quedará poco por cumplirse en el tiempo del fin, salvo las siete plagas finales con las cuales “se consumaba la ira de Dios” (Apocalipsis 15:1), y que culminará con la llegada de Jesucristo y su esposa glorificada, su Iglesia, que bajarán del Cielo cabalgando en caballos blancos y para destruir a los ejércitos que se habrán atrevido a reunirse desafiando al “Rey de reyes y Señor de señores” (Apocalipsis 19:16). La lectura de las siete plagas finales, la totalidad de las aguas de la Tierra convertidas en sangre y la muerte de toda la vida marina, calor ardiente que abrasa la piel y dolor constante que hace morderse la lengua (Apocalipsis 16), deja absolutamente claro que la Tierra y sus habitantes podrán sobrevivir solo unos días, y no los meses o años que exige la versión de un rapto pretribulación. Si estas plagas duraran más de unos días, se extinguiría toda la humanidad.
Antes de seguir adelante, conviene hacer una pausa para resumir lo que hemos visto hasta aquí en las Escrituras. Recordemos que este testimonio son palabras de la Biblia, y no de predicadores ni teólogos. Son hechos consignados en la Palabra de Dios. Quizá todavía no nos revelen el panorama entero … pero cualquiera que sea ese panorama, tiene que concordar con el relato inspirado de los hechos.
Los discípulos de Jesucristo, tanto los muertos como los que estén vivos cuando el Mesías regrese, serán levantados hacia las nubes para recibirlo cuando suene la última de una secuencia de siete trompetas. La secuencia de trompetas, que culminará con el regreso de Jesucristo, se encuentra en el libro del Apocalipsis, y en la exposición hecha por Jesús de los hechos que tienen que ocurrir en los tiempos del fin antes de su regreso. Como lo hemos visto, la Palabra de Dios revela el siguiente orden:
Los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgarán, trayendo, en secuencia, un cristianismo mundial falso, guerras étnicas, hambrunas y enfermedades.
Ocurrirá un martirio de los discípulos durante la gran tribulación, tiempo de sufrimiento sin precedentes.
Finalizando dos años y medio de la tribulación (Mateo 24:29), habrá en los Cielos y en la Tierra señales prodigiosas que anunciarán la llegada del día del Eterno, el cual durará un año.
Siete ángeles tocarán siete trompetas en el curso de ese año, para anunciar diversos castigos a la humanidad no arrepentida y otros sucesos de los últimos días.
La séptima y última trompeta anunciará la inauguración del Reino de Dios y el reinado de Jesucristo, al tiempo que viene sobre las nubes y sus seguidores, vivos y muertos, se levantan y son glorificados para encontrarlo en el aire.
La ira de Dios se completará con una serie de plagas destructoras que durarán unos pocos días.
Entonces Jesucristo, y sus discípulos fieles resucitados y glorificados, llegarán del Cielo montados en caballos blancos para vencer a los ejércitos reunidos del falso profeta y la bestia, y asumir el gobierno del mundo, dando comienzo al esperado Reino de Dios de mil años.
Esta secuencia ordenada de sucesos, que se revela claramente en el libro del Apocalipsis, coincide no solamente con el relato de Pablo sobre el ascenso de los discípulos para reunirse con su Salvador en la resurrección, sino también con las explicaciones dadas por Jesús en otros pasajes. Por ejemplo, veamos la famosa profecía en Mateo 24 de Jesús en el monte de los Olivos. Allí, el mismo Hijo divino de Dios, que inspiró la visión de Juan en el libro del Apocalipsis, expuso exactamente la misma secuencia de hechos:
“Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el Sol se oscurecerá, y la Luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del Cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el Cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la Tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del Cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del Cielo hasta el otro” (Mateo 24:29-31).
La secuencia de Jesús concuerda exactamente con los detalles del Apocalipsis y de Pablo: La tribulación, luego las señales celestes, luego la llegada del Hijo del Hombre con poder y gran gloria al sonido de una trompeta cuando reúne a los suyos en el aire.
Si rechazamos la secuencia de los hechos, rechazamos el testimonio claro de la Palabra de Dios.
Habienfo revisado el panorama de los últimos días según la Biblia, y examinado la serie de hechos como los expone la Palabra de Dios, tenemos que sacar conclusiones… aunque vemos también que quedan preguntas importantes por responder.
Primero, vendrá un tiempo cuando los justos que hayan muerto y los que estén vivos serán glorificados y se encontrarán con su Salvador en las nubes. Varios pasajes de las Escrituras dan testimonio de esta gloriosa verdad, que merece nuestra fe completa y total. No debemos permitir que nadie nos quite esta conclusión. Pablo veía en esa resurrección “la esperanza bienaventurada” (Tito 2:13), y le consolaba saber que “me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:8).
En segundo lugar, este acontecimiento, la ascensión al Cielo y la glorificación de los discípulos fieles, será todo lo contrario de un secreto. Será dramático y público. Se producirá después del momento más traumático que el mundo jamás haya visto, lo peor que un Satanás enfurecido puede infligir a la humanidad, y por medio de ella, seguido de un año de dramática intervención de Dios en los asuntos mundiales, culminará con la señal del Hijo del Hombre en el Cielo, que hará que los que no se hayan arrepentido del mundo se lamenten y clamen con ira y desesperación.
Pablo sitúa el encuentro con Jesucristo en el aire exactamente al sonar la última de las siete trompetas. Juan deja muy claro en el Apocalipsis que no se tratará de un acontecimiento secreto ni oculto.
Por último, es claro que los creyentes no pasarán años en el Cielo antes de que Jesucristo regrese a establecer el Reino de Dios en la Tierra. El tiempo que transcurrirá entre el ascenso a las nubes para reunirse con el Señor, la última trompeta y su regreso a la Tierra como su esposa glorificada para vencer a sus enemigos puede ser, cuando mucho, unos diez días, pero no meses ni años. Si las últimas plagas duraran más que eso, no quedaría nadie con vida a quienes Jesucristo pudiera gobernar.
Partes de la teoría del rapto secreto, como el encuentro con el Señor en el aire y el regreso a la Tierra para impartir el juicio de Dios, coinciden con las Escrituras; pero es claro que otros aspectos importantes no concuerdan con lo que dice la Biblia. Los discípulos no serán arrebatados en el aire para reunirse con Jesucristo antes de la gran tribulación, sino que lo encontrarán después de la gran tribulación al final del día del Eterno, inmediatamente antes de que empiecen los mil años del Reino de Dios en la Tierra.
¿Significa lo anterior que es correcto creer en el rapto postribulación? ¿Tendrán que afrontar todos los discípulos que estén en vida la ira del anticristo y las fuerzas persecutorias de la bestia del Apocalipsis cuando comience la gran tribulación? Ciertamente, muchas profecías en el Apocalipsis y otros pasajes hablan de mártires en ese tiempo. Pero, ¿acaso no habrá protección para ningún discípulo de Jesús durante ese período tan espantoso?
Al fin y al cabo, Jesucristo dijo a sus seguidores que oraran rogando que no tengan que vivir los horrores de estos acontecimientos terribles al final de los tiempos.
Lo dijo en la misma profecía del monte de los Olivos que antes mencionamos:
“Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la Tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre (Lucas 21:34-36).
Hemos visto que los fieles serán arrebatados al Cielo después de los acontecimientos de la gran tribulación. Pero muchos de esos fieles habrán muerto com mártires durante la gran tribulación antes de que Cristo venga por su pueblo. Entonces, ¿cuál es y dónde está la protección prometida? ¿Y por qué Jesús también dice que debemos orar para que seamos considerados dignos de escapar de estos mismos acontecimientos?
Estos puntos se pueden conciliar, pero, ¿cómo? Continuemos nuestra búsqueda para “probar todas las cosas” usando la Biblia, sin añadiduras de ideas preconcebidas, para entender el panorama del fin de los tiempos, y descubramos juntos el estímulo, y la advertencia, que la Palabra de Dios tiene para nosotros.
Hasta ahora, hemos visto que el arrebatamiento de los discípulos para reunirse con Jesucristo en el aire es un hecho claro según la Escrituras. Pero, al mismo tiempo, hemos visto claramente que no ocurrirá hasta que suene la última de siete trompetas en el tiempo del fin, tres años y medio después del comienzo de la gran tribulación y el gran martirio de los fieles discípulos de Jesucristo.
A primera vista, esto quizá parezca favorecer el concepto postribulación, que no da cabida a la protección de los discípulos en esos años terribles. Pero no es el panorama total, pues hemos visto también que Jesucristo dice a sus seguidores: “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lucas 21:36).
Como la reunión de Jesucristo con los creyentes en el aire será después de la tribulación, ¿cómo pueden entonces ser protegidos mientras transcurre? Y, ¿por qué dice Jesucristo que es posible escapar si habrá persecución y martirio durante la tribulación?
Debemos seguir examinando el panorama presentado por las propias Escrituras. Al hacerlo, encontraremos que Dios se reserva muchos detalles, lo que indudablemente es prerrogativa suya: “Las cosas secretas pertenecen al Eterno nuestro Dios” (Deuteronomio 29:29). No obstante, veremos también que sí revela muy claramente algunas partes fundamentales de su plan.
En primer lugar, vemos que los comentarios de Jesús acerca de la protección durante las pruebas de la ira de Dios que vendrá, se insinúan y comentan a lo largo de las Escrituras. Por ejemplo, Dios nos insta: “Buscad al Eterno todos los humildes de la Tierra, los que pusisteis por obra su juicio; buscad justicia, buscad mansedumbre; quizá seréis guardados en el día del enojo del Eterno” (Sofonías 2:3). Y también:
“Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación. Porque he aquí que el Eterno sale de su lugar para castigar al morador de la Tierra por su maldad contra Él; y la Tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no encubrirá ya más a sus muertos” (Isaías 26:20-21).
Así como el Eterno protegió a la familia del justo Noé dentro del arca, cuando desató un diluvio sobre los malos de la Tierra, y así como protegió a las familias de Israel durante las últimas plagas que vinieron sobre los egipcios, también protegerá a muchos discípulos en el tiempo de la ira que vendrá.
Observemos, sin embargo, que sus ofrecimientos de protección son condicionales. Cada ejemplo mencionado cita medidas que deben tomar quienes deseen protección. “Entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas”, dice el profeta. “Buscad al Eterno”, amonesta Sofonías, “buscad justicia, buscad mansedumbre”.
Noé caminó con Dios y se dedicó a la construcción del arca. Y los israelitas se salvarían de la última plaga en Egipto únicamente si cumplían las instrucciones divinas sobre el cordero pascual (Éxodo 12:6-7, 12).
Observemos también que, en las palabras a sus seguidores, Jesús declara que escapar de los días espantosos que vendrán es posible pero con condiciones. Afirma que quienes deseen protección deberán ser “tenidos por dignos” (Lucas 21:36). Esto nos dice, que en esos tiempos, unos seguidores serían “tenidos por dignos” de protección, y otros no.
Siendo así, es importante que comprendamos qué es ser “tenido por dignos” en los tiempos del fin, y conocer más detalles sobre la protección. De todos los pasajes que apuntan al tiempo de protección y refugio, dos se destacan por ser especialmente valiosos para nuestros fines. Ambos se encuentran en el libro del Apocalipsis, el primero hacia el final de los famosos siete mensajes a las siete iglesias, consignados en Apocalipsis 2 y 3.
Muchos no entienden esos siete mensajes, aunque son cruciales. Son, efectivamente, siete cartas escritas a siete congregaciones que se encontraban sobre una ruta de correos en el primer siglo, pero también son mucho más.
Recordemos el primer versículo del Apocalipsis, donde leemos que Jesucristo estaba revelando “a sus siervos las cosas que deben suceder pronto”. Y el libro procede a hacer eso mismo, revelando a Juan, en visión, cosas que empezarían a suceder en sus días y continuarían hasta el regreso de Jesucristo; distantes, para Juan, unos dos mil años en el futuro. Los siete mensajes consignados en Apocalipsis 2 y 3 están ligados a lo que vivían esas congregaciones, pero también incluyen elementos que no se cumplieron a finales del primer siglo. Esto porque las siete cartas eran a la vez proféticas. Revelan siete eras sucesivas de la pequeña y atribulada Iglesia fundada por Jesús, desde sus comienzos en el primer siglo, hasta los años anteriores al dramático regreso de Jesucristo.
Esta verdad arroja luz sobre los 2.000 años de historia de la Iglesia de Dios, y muestra que los mensajes proféticos corresponden a las eras de la verdadera manada de Jesucristo en el transcurso de los siglos. Para más detalles al respecto, les invitamos a estudiar nuestro folleto: La Iglesia que no pudieron destruir, pueden descargarlo en nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org.
Entendidas estas cosas, la situación de La Iglesia de Dios en el tiempo del fin queda clara en Apocalipsis 3. Durante la penúltima era de la Iglesia, dominaría un cuerpo vibrante de discípulos entusiastas, simbolizado por la congregación de Filadelfia (Apocalipsis 3:7). Esta Iglesia, pequeña pero resuelta, predicaría el evangelio del Reino de Dios, pasando por las puertas que Jesucristo le abriría; aferrada a las preciosas verdades que le revelaría (v. 8).
En cambio, en la siguiente y última era de la Iglesia, antes del regreso de Jesucristo, quienes mostrarían el vibrante espíritu de Filadelfia serían menos, y menor su influencia y relevancia dentro del Cuerpo Cristo. El principal grupo de fieles al final de los tiempos no sería un reflejo de la fervorosa congregación de Filadelfia, sino de la congregación de Laodicea (v. 14). No estarían dedicados con ardor a la obra de predicar el evangelio de Jesucristo al mundo, ni rehusarían transigir con su la fe, sino que se conocen en las Escrituras como cristianos tibios; no fríos, pero tampoco creyentes fervientes de las verdades de Dios y la comisión que Jesucristo encomendó a su Iglesia.
Amonestando al cristiano de actitud laodicense en los últimos días, Jesús advierte: “Estoy para vomitarte de mi boca” (v. 16 versión Nacar Colunga). Lo reprende por confiar neciamente en su propia condición espiritual, siendo en realidad “desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (v. 17). Por lo tanto, explica en el versículo 18: tendrá que ser “refinado en fuego”, símbolo bíblico de tribulación y persecución, a fin de alcanzar la riqueza espiritual y vestirse de acciones y conductas de justicia “vestiduras blancas”.
Después de padecer, los laodicenses podrán verse como realmente son, como habiéndose ungido los ojos con colirio (v. 18), y se arrepentirán de su tibieza. Aunque la persecución en la tribulación suena como algo terrible, Dios les asegura que lo motiva su amor por ellos, que busca ayudarles a descubrir el celo que les faltaba (v. 19). Leemos: “Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:4-6; ver Proverbios 3:11-12).
Aunque las Escrituras muestran que esta actitud laodicense predominará en los últimos días, también se profetiza que habrá al mismo tiempo una manada más pequeña de filadelfinos, que serán protegidos de la prueba de fuego mundial que los laodicenses deberán soportar: “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la Tierra. He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Apocalipsis 3:10-11).
Esta profecía no se cumplió en el primer siglo. “La prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra”, es la gran tribulación, tiempo en el cual quienes tengan el celo de Filadelfia, aquellos que según palabras de Jesús en Lucas 21:36, serán “tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán”, recibirán protección en la gran hora de la prueba.
Entender las dos actitudes diametralmente opuestas de los miembros del pueblo de Dios en los tiempos del fin, nos ayuda a comprender otro pasaje del libro del Apocalipsis, y dar respuesta a la pregunta importante de dónde estará el lugar de protección. Leemos sobre la Iglesia de los últimos días, presentada en símbolos como una mujer perseguida por el diablo, quien también simbólicamente es una serpiente semejante a un dragón. Y así como se prometió a los cristianos filadelfinos, vemos a la mujer, la Iglesia, recibiendo protección en la hora de la prueba y persecución:
“Cuando vio el dragón que había sido arrojado a la Tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón [Jesucristo, ‘el primogénito entre muchos hermanos’ (Romanos 8:29)]. Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo. Y la serpiente arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que fuese arrastrada por el río. Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había echado de su boca. (Apocalipsis 12:13-16).
La Biblia se vale de estas aguas como símbolo de grandes multitudes de personas o ejércitos (ver Apocalipsis 17:15; Isaías 8:7; 59:19), y Jesús indica claramente que esos ejércitos serán frustrados por medios sobrenaturales cuando Dios permita que su pueblo escape “al desierto, a su lugar”.
El pasaje no termina allí. Hemos visto cómo las profecías de Filadelfia y Laodicea revelan que un grupo de celosos discípulos será protegido de la gran tribulación, mientras que el grupo más grande, el de los cristianos tibios, deberá sufrirla, y Apocalipsis 12 relata el mismo episodio. Cuando la mujer huye de los ejércitos que la persiguen, el versículo 17 nos dice que “el dragón [Satanás] se llenó de ira” y “se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”.
Apocalipsis 12 concuerda perfectamente con Apocalipsis 3: Una parte de la Iglesia será protegida en “la hora de la prueba” y la otra parte tendrá que padecerla. Algunos dicen que la mujer de Apocalipsis 12 es Israel física, pero eso no es bíblico. Israel física no tiene “el testimonio de Jesucristo”. Jesucristo es “el primogénito entre muchos hermanos”, o sea, los discípulos (Romanos 8:29). Y todos los discípulos deben guardar “los mandamientos de Dios” (1 Corintios 7:19).
Habrá miembros de la verdadera Iglesia de Dios que poseen el testimonio de Jesús y guardan los mandamientos de Dios, aunque sea tibiamente, quienes sentirán el peso de la ira satánica y padecerán la persecución del anticristo y la bestia del Apocalipsis (Apocalipsis 13:7). La gran tribulación vendrá a ser su oportunidad de comprar de Dios “oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez” (Apocalipsis 3:18).
Hemos visto que, si bien la idea del rapto se equivoca en cuanto al lugar de protección, sí habrá discípulos a quienes Dios protegerá de la tribulación venidera en el tiempo del fin, aquellos que Dios encuentre haciendo su obra con celo, obediencia y ardor.
Pero, ¿dónde serán protegidos? ¿Y cómo? La teoría del rapto asegura que esa protección ocurrirá en el Cielo, pero ya hemos visto en el testimonio claro de las Escrituras que los fieles discípulos no subirán a reunirse con Jesucristo hasta después de terminada la tribulación.
La respuesta se encuentra en Apocalipsis 12, para quienes leen cuidadosamente la Palabra de Dios.
Observemos nuevamente la inspirada descripción del lugar donde será protegida la mujer: “Se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo” (v. 14).
Algunos pensarán que “las dos alas de la gran águila” da a entender que la mujer [la Iglesia] volará por el aire, pero no podemos tomar eso como un hecho. Dios dice que los antiguos israelitas también huyeron “sobre alas de águilas” (Éxodo 19:4), pero es indudable que en el Éxodo salieron de la tierra de Egipto a pie.
Más aún, el detalle vital aquí es el lugar de protección de la mujer: el “desierto”.
Podemos recorrer toda la Biblia desde el Génesis hasta el Apocalipsis y jamás encontraremos el término “desierto” aplicado al Cielo. Quien desee confirmarlo por sí mismo, puede tomarse el tiempo de buscar ahora, y encontrará que Dios jamás llama “desierto” al Cielo.
Por el contrario, la palabra griega traducida aquí como “desierto” es erēmos, que significa un lugar desolado, inhóspito, solitario y con frecuencia deshabitado. Se aplica a los lugares desiertos donde el diablo tentó a Jesús tras 40 días de ayuno (Mateo 4:1), y el desierto donde murió la primera generación de israelitas donde caminaron 40 años (Hebreos 3:17). Y cuando Jesús se lamenta por los pecados de Jerusalén diciendo: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mateo 23:38), la palabra que emplea es la misma: erēmos.
Este vocablo no se emplea jamás para indicar el glorioso ámbito del Cielo donde Dios y los ángeles moran en esplendor. El Cielo se asemeja a un paraíso (2 Corintios 12:4), lo diametralmente opuesto a un desierto árido y desolado. Y cuando consideramos que la tierra tragará a los ejércitos humanos que persiguen a los fieles discípulos (Apocalipsis 12:16), ¿acaso no tiene mucho más sentido que el lugar de protección sea en la Tierra?
Los discípulos fieles y llenos de ardor en los últimos días no serán protegidos en el Cielo, pero sí serán protegidos. Y el lugar de protección o refugio será en un paraje desierto e inhóspito aquí en la Tierra.
Hemos visto que, si bien la teoría del rapto acierta al reconocer que Dios ofrecerá protección contra la gran tribulación, yerra en cuanto a las personas que recibirán la protección, los “tenidos por dignos”, y también en cuanto a la ubicación del lugar.
Es muy natural preguntarse: ¿Dónde será ese “desierto”? Recordemos que en la Biblia buscamos la verdad, y no especulaciones humanas. Es claro que por ahora Dios se ha reservado ese detalle, si bien abundan las especulaciones. Hay quienes consideran que un lugar de protección probable sería la antigua ciudad de Petra, en el Suroeste de Jordania, aunque ninguno de los pasajes citados para indicar ese sitio realmente es suficiente… ¡y quizá con razón! Pensemos cuántos tendrían desde ahora la tentación de mudarse cerca de ese lugar, con la idea de encontrarse a un paso del sitio donde esperan hallar protección. Pero las Escrituras indican claramente que la proximidad no será un factor cuando Dios decida quiénes serán protegidos, y quiénes deberán pasar por la gran tribulación.
Pero sí nos dice claramente a cada uno de nosotros cuál debe ser nuestro punto de atención: ser tenido por digno.
Cuando llegue el momento, Dios podrá advertir a los miembros fieles y entusiastas de su Iglesia que huyan a un lugar seguro, y podrá decirles dónde queda y cómo llegar hasta allí. Le verdadera pregunta es si nos contaremos o no entre los discípulos fieles y celosos que recibirán protección. Eso es en lo que debe ocuparnos.
Hasta aquí debe estar claro que el tema del rapto no es un simple problema teórico o académico, un tema de debate para los teólogos o de discusión para los creyentes. Al final, todo se reduce a un hecho inevitable, y a una decisión que debemos hacer al aproximarse el regreso de Jesucristo.
Hemos visto, conforme a la secuencia de los hechos revelada claramente en las Escrituras, que cuando llegue la gran tribulación, los discípulos todavía estarán en la Tierra, y no en el Cielo. Cuando comiencen los años de persecución y sufrimiento, faltarán tres años y medio para el ascenso en el aire y el encuentro con Jesucristo a la séptima trompeta, y faltarán dos años y medio para que suene la primera trompeta al comienzo del año que se conoce como el día del Eterno.
Hemos visto también que Dios exigirá que algunos discípulos padezcan ese tiempo de persecución y sufrimiento, que los limpiará y perfeccionará para cumplir su papel en el futuro Reino. En cambio, otros discípulos serán “tenidos por dignos” a los ojos de su Salvador, y tendrán una forma de escapar a un lugar seguro. Entonces, la pregunta vital es esta: ¿Cómo podemos ser tenidos por dignos?
Ya hemos considerado esta pregunta y la hemos respondido muy brevemente: Ser llenos de celo, no transigir, apoyarla obra de Dios de predicar el evangelio.
Sin embargo, la pregunta es muy importante para dejarla en términos generales. Y la Biblia nos da los detalles que debemos saber para ser tenidos por dignos.
Jesús se refiere a los fieles con espíritu filadelfino como los que “[han] guardado mi palabra, y no [han] negado mi nombre” (Apocalipsis 3:8). ¿Qué quiere decir esto?
En Mateo 24:5, Jesús habla de muchos engañadores que vendrán “en mi nombre”; por tanto, llevar el nombre de Jesucristo y decirse cristiano no basta. Y guardar su palabra es muchísimo más que almacenarla en la memoria. ¿Cuál es la diferencia según Jesucristo? Veamos:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23).
Notemos que Jesús habla aquí de quienes no solamente se arrogan su nombre, sino que también hacen milagros en su nombre, y rechaza a esas personas diciendo: “Nunca os conocí”. ¿Por qué los desconoce? Porque los llama: “Hacedores de maldad” o, como dice la Nueva Traducción Viviente: “Ustedes, que violan las leyes de Dios”.
Jesucristo los desecha porque se arrogan su nombre, y desatienden y desobedecen los mandamientos de Dios.
Muchos pasajes exponen el mismo punto, como la afirmación: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4). Pablo también afirma que quienes dicen conocer a Dios de palabra pueden, sin embargo, negarlo de obra, o sea con lo que hacen: “Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan” (Tito 1:16).
No podemos desobedecer los mandamientos de Dios voluntaria y continuamente, y pretender que nos lleve a un lugar de refugio, protegidos de la futura gran Tribulación.
En Apocalipsis 19, quienes volverán a la Tierra en gloria y compañía de Jesucristo vienen: “Vestidos de lino finísimo, blanco y limpio” (v. 14). Este es el atavío de “su esposa [que] se ha preparado” (v. 7). ¿Qué representan los vestidos blancos y limpios? El pasaje dice claramente: “El lino fino es las acciones justas de los santos” (v. 8).
Y, ¿qué son las acciones justas según la Biblia? Aunque el tema es muy complejo para resumirlo en este breve escrito, un elemento importante queda claro en la proclamación del rey David ante Dios: “Todos tus mandamientos son justicia” (Salmos 119:172).
Las ideas de que la gracia y la ley no tienen nada que ver la una con la otra, y que nosotros no tenemos que hacer nada en respuesta a la salvación que Dios nos ofrece, son mentiras proclamadas por un cristianismo falso. A quienes deseen mayor claridad sobre este aspecto, les invitamos a solicitar nuestro folleto gratuito: La ley o la gracia: ¿Cuál de las dos? O pueden descargarlo ingresando a nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org. La verdad del asunto es mucho más hermosa de lo que imaginen quienes se suman a uno u otro lado de la cuestión.
El mundo en torno a los discípulos les presiona cada vez más a que transijan en su fe con una forma de cristianismo que es falsa y corrupta, y que sostiene los mandatos de Dios de dientes para afuera, pero en realidad los socavan o desvirtúan. Y transigir de esta manera tiene un alto precio. Solamente quienes perseveren en obedecer los diez mandamientos y las leyes de Dios, serán protegidos de “la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero” (Apocalipsis 3:10), la gran tribulación.
La referencia a los discípulos de Filadelfia en Apocalipsis 3, revela otra característica de quienes serán protegidos, son los dedicados a la comisión de Jesucristo, que es predicar al mundo el evangelio del Reino de Dios.
Hablando de estos discípulos, los más fieles, Jesús dice que les pone una “puerta abierta” (v. 8). Estas puertas que el mismo Dios abre simbolizan oportunidades para su Iglesia de predicar el mensaje de Jesucristo al mundo inconverso (1 Corintios 16:9; 2 Corintios 2:12; Colosenses 4:3). Jesús le ordena a su Iglesia predicar el evangelio del Reino de Dios al mundo (Mateo 28:18-20; Marcos 16:15-16; Lucas 24:46-47; Juan 20:21). Y quienes tienen el espíritu de Filadelfia toman este mandato tan en serio como toman todos los mandamientos.
Cuando los discípulos de Jesucristo se concentraban en el momento de su regreso, les recordó cuál era su primera prioridad: Llevar su mensaje “hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:6-8). Y profetizó que los tiempos del fin se cumplirían pero que antes “será predicado este evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones” (Mateo 24:14).
Quienes serán protegidos en un lugar de refugio, serán los que han hecho suya la comisión de Jesucristo, no con un espíritu de tibia apatía, sino con un espíritu de celo y resuelto. En el primer siglo, la Iglesia primitiva fue modelo de esta entrega resuelta, cuando, afrontando la persecución, le pidieron a Dios valor y fuerza para hablar con más denuedo todavía (Hechos 4:29).
Este espíritu ferviente es muy importante para Dios, este desear que hasta el último rincón de la Tierra escuche el mensaje de arrepentimiento del pecado, y preparación para el Reino venidero. Por medio del profeta Daniel, Dios se refirió a los que serán glorificados cuando Jesucristo regrese como “los que enseñan la justicia a la multitud” (Daniel 12:3).
Esto se aplica no solamente a quienes hayan sido ordenados para difundir el mensaje del Reino venidero de Dios, sino también quienes apoyan a los ordenados, a los que ruegan a Dios por ellos, a los que proveen económicamente y sirven de otras maneras como colaboradores en el cometido de Jesucristo: (ver Romanos 16:3; Filipenses 4:3; Colosenses 4:11). El apóstol Pablo elogió a quienes lo apoyaban como colaboradores, ya que sin su ayuda no podía predicar el evangelio eficazmente. Por medio de su apoyo, ellos también estaban enseñando justicia a la multitud y participando en la obra de Dios.
Por último, no dejemos de ver lo obvio. En el mismo pasaje donde nos ofrece protección, Jesús dice: “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lucas 21:36).
Vemos aquí dos palabras de guía: velar y orar siempre.
Respecto de la primera, ¿a qué se refería con “velar”? Hasta cierto punto, previendo el regreso de Jesucristo, nos anima a observar las condiciones del mundo. Jesús condenó a los líderes religiosos que no sabían distinguir “las señales de los tiempos” (Mateo 16:3); y nosotros no debemos caer en esa misma categoría, sino ser como los tesalonicenses de quienes dice Pablo: “Vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día [el regreso de Jesucristo en el tiempo del fin] os sorprenda como ladrón” (1 Tesalonicenses 5:4).
Debemos estar familiarizados con las señales en el mundo que indican la proximidad del regreso de Jesucristo. Esas señales deben impulsarnos a procurar estar listos. Pero la amonestación de “velar” se refiere a mucho más que observar al mundo, se refiere a observarnos a nosotros mismos. Precisamente antes de hablar de ser tenidos por dignos de escapar, Jesús dice: “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día” (Lucas 21:34).
¡Los “afanes de esta vida” pueden ser mortales! En su parábola del sembrador, Jesús se refiere a quienes empiezan con un gran entusiasmo por la Palabra de Dios y por el evangelio de su Reino, pero dice que luego “el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Mateo 13:22).
Si deseamos ardientemente estar entre los tenidos por dignos, debemos dar frutos (Juan 15:8; Gálatas 5:22-23), y observar por nosotros mismos, velando para que los afanes de esta vida no nos sobrecarguen y distraigan.
Y debemos orar siempre. La fe que Dios el Padre busca en los discípulos de su Hijo es más que una lista de mandamientos, y más que diezmar con regularidad a un ministerio. Los escribas y fariseos en tiempo de Jesús se fijaban solo en cosas como estas, por lo general a medias, y Jesús dijo que su justicia era muy inferior a lo que Dios deseaba (Mateo 5:20).
Lo que el Padre busca son personas que ansíen tener una relación con Él y con su Hijo. Son claras las palabras de Jesús: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Como hemos señalado, no se puede tener una relación así si no estamos dispuestos a obedecer sus mandamientos (1 Juan 2:3). Y con todo eso, nuestro fundamento debe comprender algo más.
Hasta Jesucristo, cuya obediencia era perfeta y completa, buscaba con frecuencia a su Padre en oración. Pedía que bendijera su comida (Mateo 14:19), acudía a su Padre en sus decisiones importantes (Lucas 6:12-13), agradecía a su Padre por escucharlo y contestar sus oraciones (Juan 11:41-42), y le llevaba sus penas y dolores del corazón (Mateo 26:36-44). Su relación con el Padre era tal, que sus discípulos se sintieron movidos a pedir que les enseñara a orar como Él oraba (Lucas 11:1). Quienes deseen buscar a Dios más plenamente en oración, les rogamos solicitar nuestro folleto gratuito titulado: Cómo orar para que Dios responda: 12 claves. O puede descargarlo desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org.
Jesús veía en el Todopoderoso mucho más que a un Dios cuyas reglas debía obedecer. Veía también a su Padre, y aportaba en esa relación buscándolo constantemente y buscando su voluntad en oración y en las Escrituras, y luego andando de conformidad con ellas.
Quienes van a ser protegidos por Dios en un lugar de refugio durante las pruebas que vendrán, serán los que hayan forjado una relación con Él, que hayan aprendido a obedecerle con amor, que hayan respaldado su obra de llevar el mensaje de Jesucristo al mundo; y que hayan buscado su Reino por encima de todo lo que este mundo ofrece (Mateo 6:31-33). Estas cualidades serán características de quienes serán “tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre”. Y son cualidades que el discípulo tiene que desarrollar. A los seguidores de Jesucristo que no las adquieran en los tiempos del fin, antes de la gran tribulación, el Padre hará que las adquieran durante la gran tribulación.
Al comienzo de esta investigación, dijimos que someteríamos a prueba las diferentes ideas acerca del rapto, atendiendo a la amonestación de Pablo de: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). También dijimos que la forma de probar esas ideas sería dejar que la Biblia nos dijera, en sus propias palabras, la verdad sobre los sucesos de los últimos días y su secuencia.
Habiéndolo hecho, ahora tenemos que acoger la verdad: Que todos los verdaderos discípulos, los fallecidos y los que aún estén vivos cuando Jesucristo regrese, lo van a encontrar en las nubes. Este hecho futuro es más cierto que la salida del Sol. Desechemos la idea antibíblica de que ocurrirá antes de la gran tribulación, porque el hecho ocurrirá a la última trompeta, y hemos visto que la tribulación comenzará aun antes de sonar la primera trompeta.
Y atengámonos a la verdad de que Dios va a ofrecer protección durante la tribulación a sus hijos fieles, aunque otros tendrán que vivir esa prueba espantosa. Al mismo tiempo, debemos desechar la idea de que la protección ocurrirá en el Cielo, ya que no será allí sino en algún desierto en la Tierra.
Al dejar que la Biblia hable por sí misma, la verdad asume una claridad inobjetable. Y esa verdad no se fundamenta en la teoría del rapto, es decir, en ninguna de sus variantes.
En este punto, sería lógico preguntar: En vista de que la Palabra de Dios deja tan claro un escenario que contradice los elementos esenciales de esa teoría, ¿por qué tantos creen que la Biblia enseña un rapto secreto?
Una respuesta importante es que es necesario que Dios nos abra la mente para que comprendamos su verdad (Lucas 24:32, 45). La verdad de Dios no está al alcance con solo la razón humana, sin la ayuda de su Espíritu (1 Corintios 2:14). Los hombres y mujeres no pueden venir a Jesucristo en esta vida si el Padre no los llama y los acerca (Juan 6:44), y no está llamando y abriendo la mente de todo el mundo en esta era (1 Corintios 1:26-29). Respecto a quienes no son llamados en esta vida, revela que se les abrirán las Escrituras más adelante… después del milenio; cuando todos los muertos, grandes y pequeños, resucitarán a la vida mortal, y los libros de la Biblia por fin se abrirán ante ellos (Apocalipsis 20:12). Ese espléndido período al final del plan divino de salvación es el tema de nuestro folleto gratuito titulado: ¿Es este el único día de salvación? Quienes no lo hayan leído pueden solicitarlo gratuitamente o descargarlo desde nuestro sitio en la red: ElMundodeMañana.org.
Otra razón por la cual tantos piensan que se enseña el rapto en la Biblia, es que presuponen que es verdad. Esto genera una especie de filtro, como los filtros empleados por un fotógrafo frente al lente de su cámara. Un lector de la Biblia que ya cree en un rapto secreto y que lee un pasaje de las Escrituras a través de ese filtro, fácilmente ve un rapto secreto pretribulación reflejado en el pasaje, aunque las palabras del texto tienen otra forma de verlas.
Podemos constatarlo haciendo una prueba sencilla. Veamos este pasaje: “Estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada” (Mateo 24:40-41).
Ahora preguntemos: ¿Hay algo en este pasaje que compruebe que la teoría del rapto es verdad? El rapto ni siquiera se menciona en este pasaje.
El pasaje no puede comprobar que la teoría del rapto es verdad, porque ya hemos visto que un rapto secreto pretribulación no concuerda con la secuencia de hechos descritos claramente en la Biblia. La transformación de los discípulos y su ascenso para reunirse con Jesucristo en el aire, ocurrirá después de la gran tribulación… y la Escritura no puede ser quebrantada (Juan 10:35).
Acoger la verdad, la secuencia de los hechos dada en la Biblia, hace posible quitarnos el filtro del rapto, y ver el pasaje con nuevos ojos. Entonces vemos que no menciona un rapto secreto, y que para verlo es necesario que lo insertemos allí.
Esto nos abre el entendimiento para ver el pasaje de otra manera. Por ejemplo, notemos que está rodeado de pasajes cuyo tema central no es la protección, sino el castigo, de las personas que no hacen caso. Dice que son tomadas, pero no en un sentido positivo. Al contrario, habla de cómo el gran diluvio en tiempos de Noé cayó sobre los que no se arrepintieron “y se los llevó a todos” (Mateo 24:39). Entonces el hecho de ser tomado o llevado no era bendición.
En la misma profecía, Jesús dice a sus seguidores que huyan físicamente en busca de seguridad antes de que empiece la tribulación, sin esperar una desaparición misteriosa (vs. 15-21). Esto queda claro en un Evangelio sinóptico: “En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en casa, no descienda a tomarlos; y el que en el campo, asimismo no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará” (Lucas 17:31-33).
Esto es muy diferente de esperar pasivamente a ser “arrebatados” en el Espíritu. Se trata de una huida activa a un lugar en la Tierra, y que la persona activa elija dejar atrás sus bienes terrenales y huir físicamente.
Cuando aceptemos la secuencia bíblica de los hechos y nos quitemos el filtro del rapto, comenzaremos a ver estos versículos y otros de una nueva manera. Y veremos que ninguno de ellos exige creer en el rapto, sino que, al contrario, todos concuerdan perfectamente con la secuencia bíblica.
Por último, conviene preguntar: Si el empleo del término rapto se originó con una idea bien intencionada, pero en el fondo antibíblica, que se promovió hace 200 años; y si la verdad de las Escrituras no concuerda con ninguna de las ideas que se desprendieron en esos 200 años de disputas, ¿qué objeto tiene emplear la palabra rapto?
La Biblia ya tiene un nombre para lo que sucederá a la última trompeta, donde leemos: “Los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años” (Apocalipsis 20:5-6).
No es necesario dar un nombre nuevo a un suceso que ya se nombra claramente en las palabras inspiradas por un Dios todopoderoso. Lo que esperan los discípulos fieles es la primera resurrección. El apóstol Pablo declaró que su esperanza era la resurrección (Hechos 23:6; 24:15, 21). Enseñó que los discípulos deberían buscar su consuelo en la esperanza de la resurrección (1 Tesalonicenses 4:16-18). Jesucristo declaró: “Yo Soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25).
De todos los que escribieron y hablaron en el Nuevo Testamento, ninguno señaló un hecho que se llamara el rapto. En cambio, sí hablaron de la resurrección, y emplearon esta palabra constantemente, como la emplea el mismo Señor.
Quizás es hora de retirar la palabra rapto de nuestro vocabulario, y aceptar el vocablo que se da en la Palabra de Dios para este magno suceso: La primera resurrección.
Verdaderamente, la resurrección y glorificación de los fieles al regreso de Jesucristo, es la esperanza de sus seguidores en todos los tiempos. El apóstol Pablo, contando cómo dejó atrás todo lo que había adquirido en su vida pasada, dijo que, en la fe, lo que buscaba en Cristo era “conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:10-11).
Ese día vendrá. Al sonido de la trompeta del séptimo ángel, los ángeles del Cielo serán enviados a los cuatro vientos, para acompañar a los elegidos de Dios al encuentro con su Hijo, nuestro Salvador.
Los discípulos fieles que han muerto a lo largo de los siglos resucitarán, recibirán un cuerpo nuevo e incorruptible, y serán llevados a las nubes para encontrarse con Jesucristo. Los muertos resucitarán enseguida y los discípulos que estén con vida serán transformados. Todo dolor que hayan sentido quedará relegado para siempre al pasado, cuando la corrupción se vista de incorrupción y lo mortal se vista de inmortalidad.
Para los nacidos de Dios en esta primera resurrección, la muerte será devorada para siempre (1 Corintios 15:54).
Esperándonos al final del viaje por los Cielos estará Jesucristo glorificado, listo para recibir a su esposa quien podrá mirarlo cara a cara en su gloria por primera vez. Y al mirarlo, los discípulos resucitados verán en qué se habrán convertido: cada uno estará transformado a la imagen de Dios (2 Corintios 3:18; 1 Juan 3:2).
A partir de entonces, Jesús y su esposa comenzarán juntos la eternidad, para no separarse jamás. Unida, la Familia de Dios, ahora ampliada, dará comienzo al Reino de Dios y a lo que tanto se ha esperado: “La restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21).
Esta es la esperanza bienaventurada de todos los verdaderos discípulos. Que Dios traiga pronto ese día.
Y que Dios nos ayude a aceptar estas promesas y a vivir en la primera resurrección, “junto a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:8).