El plan de Dios para un matrimonio feliz

booklet cover
Díganos lo que piensa de este folleto

Un matrimonio puede ser realmente dichoso. ¡Hay “claves” y principios confirmados por la experiencia que contribuyen a su felicidad! Nuestro éxito depende de nuestra voluntad de practicar estas claves en nuestra vida matrimonial.

Preámbulo

Decenas de mujeres me han dicho con llanto en los ojos: “¡Mi esposo no me habla! Es distante. Ya no me dice nada. Aunque compartimos la misma casa y la misma comida, la mayor parte del tiempo me siento sola”.

La descomposición del matrimonio y la familia en las sociedades occidentales es una epidemia. Las estadísticas son espantosas, y serían mucho peores si no fuera porque millones de parejas optan por convivir sin el beneficio del matrimonio. Como no hubo boda, cuando estas parejas se separan, tampoco se registra un divorcio… cosa que sucede mucho más pronto que si se tomaran el trabajo de casarse.

Entre los países con las tasas de divorcio mas alta se encuentran: Bélgica (74%), Portugal (68%), España (61%), y Estados Unidos (55%). Estos países son seguidos cada vez más de cerca por algunos países de Iberoamerica como Panamá (27%), Venezuela (27%), Brasil (21%) y Ecuador (20%). (Reuters.com/news. Publicacion 26 de mayo de 2014. Actualidad.vt.com mapa-pais-tasa-divorcios). Se estima que decenas de millones de personas en el mundo han pasado en algún momento por el trauma del divorcio, y otras decenas de millones (hijos, familiares y amigos) han sufrido los profundos efectos del divorcio. Es triste decirlo, pero el divorcio es “tan cotidiano como una taza de café”.

¿Qué dice Dios?

¿Qué dice Dios sobre el divorcio y el verdadero significado y propósito del matrimonio? Es importantísimo comprenderlo, pues la historia muestra que toda nación cuya sociedad permita o haga que sus familias se desmoronen, acaba por desintegrarse. La mayoría de los historiadores señalan que “la descomposición de la familia” fue uno de los síntomas, si no una de las causas, de la caída del Imperio Romano. En la prensa leemos artículos que narran cómo los jóvenes en los hogares sin padre tienden a caer en las drogas, las relaciones sexuales ilícitas y el crimen mucho más que los que se crian en el seno de una familia estable.

Concretamente, unos 20 millones de niños estadounidenses menores de 18 años viven con uno solo de sus padres. Esto representa el 28% del total. La mayoría de estos (un 84%) viven con la madre. En otras palabras, ¡aproximadamente 17 millones de niños en los Estados Unidos viven en un hogar sin padre! En México, 5.3 millones de niños viven solamente con su madre (inmujeres.gob.mx), y en Bolivia y Colombia, esta cifra es de más de 3 millones de niños en cada país (DANE.gov.co).

No es extraño que la criminalidad juvenil haya aumentado en espiral desde hace décadas. No es extraño que hayamos producido una generación entera de jóvenes que obran mal al parecer sin temor alguno. Parece que no tuvieran conciencia. Son descarados en su sarcasmo y su rebeldía contra las normas de la sociedad y contra las leyes de Dios. Como ha observado más de uno, esta es la generación desafiante. En una profecía que sin duda se refiere simbólicamente a nuestros días, el profeta Isaías escribió: “Les pondré jóvenes por príncipes, y muchachos serán sus señores. Y el pueblo se hará violencia unos a otros, cada cual contra su vecino; el joven se levantará contra el anciano, y el villano contra el noble” (Isaías 3:4-5).

En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo dice que “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1-5). ¡Las personas así, ingratas, impías, implacables y desobedientes a los padres, difícilmente formarán un hogar y un matrimonio firme, estable y lleno de amor!

Lo que necesitamos, pues, son algunas “claves” para forjar un matrimonio basado en el amor a Dios y en los principios que Él nos dio, y que nos señalan el camino que debe seguir todo matrimonio para ser verdaderamente feliz. Los principios que veremos a continuación, fueron recopilados durante más de 50 años de experiencia pastoral, consejería familiar, mucha lectura y estudio y más de 45 años de experiencia en un matrimonio feliz.

Forjar un matrimonio basado en el amor a Dios

La Escritura dice: “Si el Eterno no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmos 127:1). Muchos lectores quizá deban volver atrás y convencerse de nuevo de que Dios    es real.   Nosotros no existimos “por   que sí”. Es obvio que nuestra mente humana fue creada por algo superior a nosotros. Las leyes que nos rodean, como las de gravedad, inercia y termodinámica, exigen que haya un gran Legislador. Los diseños magníficos del organismo humano, las plantas, los animales y los astros evidencian que hay un gran Diseñador. Las profecías inspiradas de la Biblia, que se han cumplido y se están cumpliendo ahora, patentizan la realidad de un Dios personal, un Dios que lleva el control del universo y que interviene en su creación. ¡Un Dios que está haciendo realidad un propósito supremo en la Tierra!

A medida que usted llegue a conocer al Dios real, comprenderá que Él sabe qué es lo mejor para usted en cada aspecto de su vida, entre ellos el matrimonio. Él es quien nos creó varón y hembra. Él es quien creó nuestro cuerpo y nuestra mente, y quien diseñó específicamente las diferencias entre nosotros e incluso las maneras diferentes como piensan los hombres y las mujeres y su modo particular de ver el mundo que los rodea.

Ese gran Creador hizo a la mujer y al hombre, y los hizo el uno para el otro. Ciertamente, Él sabe más que todos los sicólogos y consejeros matrimoniales sumados, cómo funcionan nuestro cuerpo y mente y cuál es el mejor modo de relacionarnos dentro del matrimonio. La Santa Biblia nos dice: “El Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). Y más adelante leemos: “Dijo el Eterno Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (v. 18).

El varón solo no está completo. Adán sintió que estaba incompleto… y solitario. No tenía nadie de su especie con quién hablar e interactuar. No tenía nadie a quien amar y querer, nadie con quien pudiera sentir en lo más hondo de su ser que se pertenecían de verdad el uno al otro.

Nuestro Padre Celestial lo sabía.

Entonces Dios, haciéndolo caer en un profundo sueño, literalmente le sacó una costilla ¡y la convirtió en una mujer! Podría haberlo hecho de otra manera, desde luego, pero Él quiso demostrar tanto al hombre como a la mujer que ellos deben estar unidos. Por eso sacó algo del costado de Adán, cerca de su corazón, e hizo a Eva. “Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona porque del varón fue tomada” (v. 23).

En el idioma hebreo original, este versículo dice así: “Esta será llamada Ishah [de Ish] porque fue tomada de Ish [varón]”. Fue así como Dios hizo una “ayuda” idónea para Adán (v. 20), alguien con quien él pudiera relacionarse, con quien pudiera compartir sus pensamientos, sus planes, sus esperanzas y sueños.

El propósito de Dios para el matrimonio

Es esencial comprender desde un principio que el hombre y la mujer fueron creados por Dios. Él dispuso que compartieran la vida en amor. Sin embargo, la mujer fue hecha como “ayuda” para el hombre. Fue hecha del hombre, y pese a todos los pronunciamientos de los “expertos” modernos, la mujer puede hallar su mayor felicidad y satisfacción relacionándose, ayudando y complementando a su marido en la vida matrimonial, dando a luz hijos y administrando un hogar.

Satanás el diablo, quien a su vez es muy real, hace todo lo posible para borrar este concepto de la mente de los jóvenes. Mediante sicólogos y consejeros matrimoniales, mediante las comunicaciones masivas y aun mediante el sistema educativo, está empeñado en atacar el plan de Dios para la familia. Está activamente publicando el concepto de que la humanidad no fue creada por un Dios real. Desea hacernos creer que evolucionamos “al azar”, que nuestra vida no obedece a ningún propósito supremo y que los hombres y mujeres no son esencialmente diferentes en muchas cosas, por lo cual no importa qué papeles asuman ni cuál de ellos sea el líder en la familia.

Ahora Satanás ha comenzado a difundir también en ciertos segmentos de nuestra sociedad la idea de que una “familia” no tiene que estar formada por un esposo y una esposa. Pueden ser dos o más personas del mismo género que simplemente “viven juntas”. Pero si usted cree en la Biblia, vea lo que dijo Jesús acerca del matrimonio: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:4-6). Jesús sitúa a Dios en el centro de la escena. Muestra que Dios sí creó a la primera mujer para el primer hombre. Los hizo juntarse como marido y mujer, convirtiéndolos en “una sola carne” dentro de esta relación dispuesta por Él. La intención de Dios es que todos los matrimonios sean conforme a este ejemplo.

Jesús explicó que Dios permitió el divorcio entre esposos solamente a causa de la “dureza” de sus corazones. Y aun así, la única causal es la inmoralidad sexual. Jesús se refirió claramente a la “historia de la creación” en Génesis como un hecho. Reconoció que Dios “varón y hembra los hizo” (v. 4). También dijo respecto del matrimonio: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (v. 6). Si en el corazón mismo de su matrimonio se encuentra esta profunda convicción, de que es Dios quien ordena el matrimonio, su probabilidad de éxito será infinitamente mayor.

La responsabilidad del esposo

Sin duda, un hombre no debe casarse con una mujer si no la ama sincera y verdaderamente. Reconozcamos, sin embargo, que millones de hombres desconocen el significado de la palabra "amor". Las películas y los malos ejemplos los han llevado a confundir "amor" con deseo. Parecen creer que un apetito sexual, bajo y animal, o el ansia de "obtener" satisfacción con otra persona del género opuesto, constituye el amor. ¡Nada más lejos de la verdad!

El amor verdadero implica dar. Es compartir los planes, las esperanzas, los sueños entre dos personas que anhelan forjar toda una vida conjunta hasta que la muerte los separe. Si no pueden hablar de sus cuitas, sonreír mirándose a los ojos, compartir pequeñas alegrías e intimidades y aferrarse el uno al otro en los momentos de prueba, entonces su amor no es un amor real.

El apóstol Pablo dio esta orden: "Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas" (Colosenses 3:19). Algunos maridos caen fácilmente en la "aspereza" y la amargura porque su mujer no da la talla de un ídolo angelical de perfección ¡que vive únicamente en sus fantasías! ¡Dios nunca dispuso que la esposa fuera un ídolo! No la diseñó para que fuera perfecta en esta vida, ¡como tampoco diseñó así al hombre! ¡No tuvo la intención de que ella fuera una perfecta ama de casa, madre, compañera y diosa sexual en una misma persona!

El Hacedor de todos nosotros la diseñó y la creó para ser una compañera dulce, una ayuda y una inspiración para un hombre que, a su vez, se diera a sí mismo, compartiera sus planes, esperanzas y sueños con ella, le diera ánimo y guía, y que además dirigiera (no controlara) el hogar con una actitud de confianza y amor.

Con mucha frecuencia, especialmente en nuestro mundo moderno, los hombres parecen creer que a la mujer es a la única a quien le corresponde hablar de cosas espirituales e instruir a los hijos en los asuntos de Dios y la Iglesia. Esto es un error, y todo hombre que incumpla su responsabilidad en este sentido ¡está vendiendo su primogenitura! Lo que Dios dispuso es que el hombre cumpla sus responsabilidades y sea el líder espiritual en el hogar.

Veamos esta afirmación en las escrituras: "Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo" (1 Corintios 11:3).

Todo hombre tiene la oportunidad en la vida de ser el representante directo de Dios sobre su propia casa en: La enseñanza, la instrucción, la dirección y la inspiración de su esposa y sus hijos para que aprendan y obedezcan las palabras de la Santa Biblia y que adoren y sirvan al Dios que los creó. La mayor parte de las mujeres y niños responden al instante y con gusto cuando el hombre cumple con su deber. Los hombres tienen que darse cuenta de esto. Deben ser un ejemplo dinámico de dedicación a su Creador, de estudio de su Palabra, de oración a Dios antes de las comidas y de oración en familia, así como oración privada de rodillas en la habitación, clóset u otro lugar privado.

El hombre debe dar un ejemplo de dominio propio en el temor de Dios. Debe mostrar que es suficientemente hombre y suficientemente fuerte para dominar sus apetitos:  venciendo su afición al tabaco, controlando su consumo de alcohol y demás impulsos, restringiendo sus emociones y dirigiéndolas por las vías correctas, controlando y guiando su lengua conforme a la "ley de bondad". De esta manera le dará buen ejemplo a sus hijos o hijas, quienes jamás lo olvidarán. Es un ejemplo que, además, le ganará el respeto, la admiración y el amor de una esposa sensible y sabia.

Si usted está dispuesto a estudiar la Biblia y a ver lo que dice sobre el matrimonio, si está dispuesto, con la ayuda de Dios, a cumplir las enseñanzas, principios y ejemplos bíblicos en su matrimonio, entonces recibirá gran bendición. Si una pareja de recién casados se pone de rodillas y le implora a Dios sinceramente que la dirija y la guíe en su matrimonio, y si luego los dos estudian su Palabra inspirada y la siguen, tendrán una especie de "Cielo en la Tierra", al menos en lo que respecta a su vida matrimonial.

Aunque esto sorprenda a algunos que desconocen los caminos de Dios, no deja de ser un hecho. Yo he visto estos principios funcionar en mi propio matrimonio y en los de muchas parejas que confiaron en Dios. En la medida en que sigamos esta enseñanza, veremos los resultados.

¡A cada uno le corresponde tener a Dios en el centro  mismo de su matrimonio!, y buscar la voluntad de Dios de todo corazón y en todos los aspectos de su unión, ¡y luego cumplirla!

Compromiso y confianza

Una de las ceremonias nupciales tradicionales incluye la expresión "hasta que la muerte nos separe". Aunque muchos jóvenes desprecian esta idea, es absolutamente esencial que todo matrimonio se edifique sobre ella. Tal como hemos visto, Dios fue quien ordenó el matrimonio. Jesucristo fue quien dijo: "Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mateo 19:6). Si bien los sicólogos, consejeros  e incluso muchos  ministros  llamados  cristianos parecen deseosos de brindar toda suerte de "válvulas de escape" a los casados, ¡Dios no! Cierto es que la "inmoralidad sexual" (porneia en griego) es causal de divorcio reconocida por Dios, pero lo que la voluntad divina expresa, es que el matrimonio sea un compromiso ¡de toda la vida! Notemos este pasaje clave en la Biblia que es la revelación divina para la humanidad: "Esta otra vez haréis cubrir el altar del Eterno de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque el Eterno ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno (la traducción correcta es: no los hizo él uno), habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Porque el Eterno Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo el Eterno de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales" (Malaquías 2:13-16).

En los versículos citados, Dios habla del matrimonio como un "pacto". Muestra que uno de los objetivos del matrimonio es producir "una descendencia para Dios". Es obvio que para ello se requiere una relación estable y amorosa. Tres veces en este pasaje, Dios habla de alguien que obra de modo "desleal" y desbarata un matrimonio.

Habla así porque, entre otras cosas, el matrimonio es una "prueba". Es una prueba para ver si seremos leales a las instrucciones divinas respecto del matrimonio y la pareja con quien compartimos esta relación santificada. ¿Cuánto "dará" usted de sí mismo a ese otro ser humano? ¿En qué medida tendrá paciencia, bondad y humildad con el fin de que la unión funcione? Además, Dios dice que Él "aborrece" el divorcio (v. 16). No aborrece a los divorciados, pero sí odia el egoísmo, la lujuria, la vanidad, el egocentrismo y la "deslealtad" que casi siempre están presentes cuando un matrimonio se deshace en un divorcio.

La poderosa enseñanza del apóstol Pablo debe tenerse en cuenta en todo matrimonio: "Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella" (Efesios 5:22-25). Estos versículos muestran claramente que el matrimonio es un símbolo de la relación entre Cristo y la Iglesia. La relación es de total sumisión el uno al otro y a la voluntad de Dios. Debe ser una relación que se mantiene "hasta que la muerte nos separe". Debe simbolizar el amor, el interés total y generoso por el otro, así como la confianza y estabilidad que de ello resultan y que existen entre Cristo y su Iglesia.

Un buen matrimonio requiere esfuerzo

Para tener este tipo de relación ordenada por Dios en el matrimonio, ¡ambas partes tienen que esforzarse! Tienen que dedicar a su unión la energía y el razonamiento que un científico dedicaría a un invento importante. Las parejas que alcanzan verdadero éxito y felicidad  jamás  dan por sentado su matrimonio. Las parejas realmente cristianas oran con frecuencia por su matrimonio. Estudian la Biblia y otras fuentes para mejorar su relación. Y asumen el compromiso mutuo de hacer durar su unión "hasta que la muerte los separe".

Todo esto va forjando dentro del matrimonio un sentido de confianza y estabilidad. Como escribió el autor de los Proverbios: "Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas. El corazón de su marido está en ella confiado, y no carecerá de ganancias. Le da ella bien y no mal todos los días de su vida" (Proverbios 31:10-12). ¡Qué hermosa imagen de servicio amoroso y dedicación de parte de una esposa piadosa! Una esposa merece la más profunda estimación, como un tesoro.

Un hombre con una esposa realmente amorosa debe responder a la misma altura "dando su vida" por ella: amándola, honrándola, protegiéndola, sustentándola y sirviéndola en todas las formas. Además ningún esposo debe permitir nunca, jamás, que su mente o sus emociones se envuelvan románticamente con otra mujer. Jesucristo llama adúltero a este tipo de pensamiento lujurioso: "Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mateo 5:28).

Si la persona acostumbra cometer esta clase de traiciones, no solamente causará estragos a su esposa y su matrimonio, sino que también causará profunda pena y dolor (por no hablar de ira) al esposo de la otra.

Aquel que nos hizo hombre y mujer nos dice: "Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace" (Proverbios 6:32). Algunas versiones traducen del hebreo original como "es falto de corazón" en vez de "es falto de entendimiento", porque una conducta tan mal concebida, tan perversa y egoísta, acabará por "desgarrarle el corazón" a un esposo amoroso que descubre que lo han defraudado y deshonrado de este modo. Y lo mismo puede decirse de la esposa que se ve defraudada. Los sentimientos profundos de amor y confianza, de hogar y familia, de profunda dedicación y seguridad, ¡se rompen en mil pedazos! Con razón este pasaje prosigue así: "Porque los celos son el furor del hombre, y no perdonará en el día de la venganza. No aceptará ningún rescate, ni querrá perdonar, aunque multipliques los dones [regalos]" (vs. 34-35).

Todos los que estamos casados, o que podemos estarlo en el futuro, debemos asumir el compromiso profundo de honrar nuestro matrimonio en todo. Debemos estudiar la palabra de Dios sobre este tema, orar diariamente por nuestro matrimonio y familia, agradecer a Dios con frecuencia el habernos dado una pareja cariñosa y fiel, y hacer todo lo que esté de nuestra parte, con la ayuda de Dios, para forjar un profundo sentimiento de amor, confianza y estabilidad en nuestra unión. "Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol" (Eclesiastés 9:9). ¡En esta vida física, no hay bendición mayor que una relación santificada como esta!

Comunicación sincera y cordial

Como se dijo antes, veintenas de mujeres me han dicho con desesperación: "¡Mi esposo sencillamente no me habla! Por eso no hay intimidad entre nosotros: él no me cuenta nada. Se sienta con cara de aburrido a la hora de la cena y por la noche se pone a leer el diario o a mirar televisión".

El anterior ejemplo es típico de millones de parejas. En muchos casos, uno de los dos al menos cree que se está comunicando. Pero el otro (normalmente la mujer) sabe que no es así y se siente sola y frustrada. Siente que ella y su marido simplemente viven en la misma casa. No necesariamente pelean ni se hacen daño físico o siquiera verbal. Pero no hay esa cercanía, esa comunicación abierta, ese compartir de dos vidas ni ese amor que debería existir.

Cierta autoridad en el tema citó a una mujer que llevaba diez años de casada, y que habló así de su matrimonio: "Me parte el alma. Antes de casarme, salía a un restaurante y me bastaba dar una mirada al salón para saber quiénes eran casados y quiénes no. Si la pareja comía en silencio total, o si la mujer parloteaba mientras el hombre comía haciendo de cuenta que ella no estaba allí, entonces eran casados. Yo me propuse que eso jamás me sucediera… pero me sucedió".

¿Por qué hay casos como este? ¿Por qué los esposos y esposas (los que más deberían comunicarse a fondo) no lo hacen?

Amar significa compartir. Todo esposo que se precia de serlo debe cultivar el hábito de comentar sus planes y esperanzas con su esposa, contarle sus pensamientos y deseos más profundos… ¡y no sólo los negativos! De este modo, le hace sentir que ella verdaderamente es "parte" de él. Esta actitud y este trato son mucho más importantes para una mujer de lo que se imaginan los hombres. No obstante, muy pocos comparten su vida en esta forma con su pareja.

¿Por qué?

Los recién casados suelen esforzarse por aprender y adaptarse a las actitudes y preferencias del otro. Les agrada intercambiar opiniones sobre casi todo.

Pasan algunos meses, y después de conocer mutuamente sus opiniones, cuando les parece que entienden sus actitudes, el interés y la emoción de "llegar a conocerse" termina.

Al proseguir la vida en común, y con la llegada de los hijos, la mujer suele interesarse y hablar cada vez más de sus hijos y de mil detalles domésticos que en general son de escaso interés para el marido. La pareja cree conocer lo que el otro piensa de ciertos temas y no se toma el trabajo de comentar.

Respecto de sus hijos, la mayoría de los esposos solamente quieren escuchar lo bueno. Si la esposa le confía los problemas detallados de la crianza de la familia, él se irrita o se aburre. Cuando los hijos están pequeños es cuando más siente la esposa que le hace falta su marido. Sin ningún adulto en la casa con quién hablar, el marido con frecuencia se escabulle detrás del diario o prende el televisor antes que soportar lo que para él es "la repetición de la repetición" de una sarta de frustraciones domésticas.

Un esposo debe tratar a su esposa como su "novia". Debe cultivar y forjar un ambiente de amor, romanticismo e intimidad en el hogar, saludándola con un beso, tomándole la mano cuando salen a caminar y abrazándola con frecuencia durante el día y manifestando su cariño de un modo abierto y generoso.

El amor verdadero implica un profundo y permanente respeto. El hombre debe sentir gratitud para con esa mujer que ha decidido unirse a él por encima de todos los demás y hasta la muerte. Debe respetar este hecho, así como las muchas cualidades de ayuda, paciencia y servicio que prácticamente toda esposa posee. Debe fomentar lo mejor que hay en ella y no tratarla con menosprecio ni críticas humillantes, las cuales, la mayoría de las veces, sólo logran rebajarla y hacerla responder de igual forma.

El hombre debe respetar a su esposa como un ser humano adulto hecho a la imagen de Dios. Tiene que comprender que un día, conforme al plan de nuestro gran Creador, ella será un ser espiritual glorificado y gobernará junto con Cristo sobre la Tierra. ¡Incluso, regirá sobre los ángeles! (1 Corintios 6:3).

Cuando hay comprensión y respeto, todo marido que sea verdaderamente cristiano debe compartir sus ideas, sus planes y su vida con aquella hermosa persona que eligió como compañera para siempre. "Mi esposa es mi mejor amiga" debe ser no una expresión superficial sino una realidad. La pareja que es una verdadera amiga nos ayuda a elevar la autoestima, nos anima en los momentos difíciles y nos hace sentir siempre acompañados. Las parejas que pueden hablar sinceramente de lo que es importante para los dos, incluida su propia relación, son mucho más felices y tienen mayor posibilidad de disfrutar de un matrimonio estable y duradero. Aunque se perciba algún riesgo al abrir el corazón a otro, resulta mucho mejor hablar sobre los problemas que encerrar las heridas y los malos entendidos hasta que se enconen y revienten.

Comuníquese de un modo positivo

paciones más íntimas de nuestra pareja no implica automáticamente "juzgar" ni aconsejar. A menudo, lo que más conviene es simplemente escuchar. Luego, con el tiempo, su pareja probablemente le pedirá su consejo o comentario. Pero debe hacerse por iniciativa de la otra persona, no la suya. A nosotros nos corresponde mostrar amor e interés sinceros. Debemos estar dispuestos a dedicar tiempo a nuestro cónyuge para "escuchar", manifestando interés genuino por lo que está diciendo y viviendo. En este proceso, aprenda a hacer preguntas y animar a la otra persona a hablar a fin de captar bien la situación: "Dime más". "Ya veo". "¿He entendido bien lo que quieres decir?" "No me había dado cuenta. Por favor ayúdame a entender más a fondo para que tu preocupación sea mía también". Expresiones como estas señalan el interés y el cariño que uno siente por el otro.

¡Nunca, jamás se aproveche de la franqueza o la confesión de su pareja! La hará cerrarse como una almeja en el futuro. Tome las intimidades verbales que ustedes comparten en el matrimonio como algo sagrado, que se ha de guardar dentro de la mayor confianza y que nunca saldrá de ustedes dos ni servirá de "garrote" para tomar ventaja en una discusión o en cualquier situación que se presente en adelante.

Al mismo tiempo es de vital importancia tener una actitud de admiración y respaldo hacia su cónyuge. El elogio debe ser sincero y, la mayoría de las veces, específico: Felicitar  a su esposa por la cena que preparó con tanto cariño y esmero, elogiar al marido por levantarse primero y preparar el café. Estas son palabras de consideración y agradecimiento que inspiran al otro y fomentan el amor dentro del matrimonio. Pensemos en esta palabra: "agradecimiento". Jamás olvido las expresiones reiteradas de gratitud y aprecio pronunciadas por mi madre. Esas palabras nos movían a todos a amarla y apreciarla más, y con seguridad contribuyeron mucho a la felicidad y estabilidad de la unión entre mis padres, que fue larga y llena de gozo.

Recuerde que especialmente en el matrimonio, debemos procurar que nuestra comunicación sea positiva. ¡No es positivo andar quejándose o criticando al otro! Las afrentas y los reproches son destructivos para el matrimonio y hay que evitarlos a toda costa. ¡Es una verdadera idiotez que un hombre se la pase fustigando y corrigiendo a su esposa! ¿Acaso ella puede  responder cariñosamente cuando el marido no hace sino condenarla y rebajarla? La Biblia dice muy claramente que la esposa hace igualmente mal si se la pasa quejándose o sermoneando a su esposo. "Mejor es vivir en un rincón del terrado que con mujer rencillosa en casa espaciosa" (Proverbios 21:9).

De nuevo, el intercambio cariñoso y positivo de información, así como los planes y sueños compartidos por los esposos, son la esencia de un matrimonio feliz. ¡Piénselo! Hasta Dios "comparte" sus esperanzas y planes con nosotros, ¡simples mortales! "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer" (Juan 15:15). Si el Cristo viviente tiene suficiente interés por nosotros como para compartir "todas las cosas" que oyó de su Padre, ¿cuánto más debemos estar dispuestos nosotros a abrirnos y exponer nuestras ideas y sueños con nuestro propio cónyuge?

Trabajen y sueñen juntos

Recuerden juntos el pasado y revivan los pensamientos cuando tal vez sentados en la ladera de una colina pensaban en el futuro. Comenten y analicen esos sueños con cariño y comprensión el uno por el otro. Luego esfuércense y oren juntos para hacerlos realidad.

De la misma manera, vuelvan a vivir las esperanzas y aspiraciones de una joven que solía andar sola al atardecer por los campos de su padre, soñando con un esposo y un hogar, con hijos, seguridad, cariño, risas y alegría. Esfuércense juntos para hacer realidad los sueños de ella.

Aprendan a responder el uno al otro de modo abierto y amoroso. No guarden secretos indebidos. No guarden rencores. Esta vida es la única que tienen, su pareja es la única que tienen y es su único amor. Aprendan a pensar y sentir al unísono, resolviendo todos sus problemas juntos, en equipo. La tranquilidad y el aliento mutuo que sentirán, unido al amor caluroso que vivirán, traerá una dimensión adicional de comprensión y un mayor sentido de propósito y alegría en la vida, que no se alcanzan de ningún otro modo. Sin duda, "no es bueno que el hombre esté solo" (Génesis 2:18).

Casarse es entregarse por completo

Más que cualquier otro ser humano, Jesucristo manifestó el amor de Dios. Lo hizo de muchísimas maneras, pero una de las más importantes y obvias fue que dio su vida voluntariamente y derramó su sangre para ser nuestro Salvador.

Tal como hemos visto, la relación entre Cristo y la verdadera Iglesia simboliza la relación entre el marido y la mujer. Después de una vida de dar y servir, al finalizar su tiempo como ser humano, Jesucristo se dio a sí mismo por la Iglesia. Asimismo se instruye a los esposos: "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama" (Efesios 5:25–28).

Normalmente, cada uno de nosotros piensa en sus propias necesidades. Nos ocupamos de nuestros propios deseos. Nos damos gusto en lo que queremos. Pero en el matrimonio Dios nos ha hecho "una sola carne" y debemos aprender a pensar como tal. Debemos considerar constantemente las necesidades y deseos de nuestra pareja y pensar cómo atender a nuestra "media naranja". Esto implica pensar y planear y ejercer dominio propio. Implica darse a sí mismo a otro ser humano. ¡Eso es el matrimonio! ¡De eso se trata!

Uno de los dichos más importantes de Jesucristo lo encontramos en el libro de los Hechos, donde el apóstol Pablo consignó estas palabras: "En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras  del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Hechos 20:35, Biblia de Jesuralén). Especialmente en el matrimonio, realmente hay mas felicidad en dar que en recibir. Es así porque en la mayoría de los casos, mientras más damos, más recibimos. Mientras más sirvamos, infundamos ánimo y demos, más encontramos que nuestra pareja tiende a hacer lo mismo. Ambos damos. Ambos servimos. Ambos sentimos gusto y aun dicha por el cariño y el aprecio que este círculo virtuoso genera en nuestro matrimonio.

Todo esposo debe siempre reflexionar concienzudamente, preguntándose cómo puede incrementar la alegría y satisfacción de su esposa en la vida. Quizás sea ayudándole a lavar la loza y con los quehaceres domésticos. O más bien, debe hacer prácticamente todo el trabajo pesado en casa. Podría animarla a dormir más, a hacer más ejercicio, tener más horas de distracción o un cambio de rutina. Si la familia tiene los medios, podría sacarla a cenar una o dos veces por semana, o llevarla unos días de "luna de miel" para romper la rutina normal de su trabajo. Sin duda puede enriquecer la vida de su esposa y la suya  propia  invitándola  a  conciertos  sinfónicos, museos de arte, conferencias educativas y otras actividades edificantes. Todas estas cosas, dentro de lo que sea apropiado en cada situación individual, son solo algunas maneras en que un esposo puede "dar" a su esposa.

A su vez, la esposa debe reflexionar con frecuencia sobre cómo puede enriquecer la felicidad de su esposo así como su vida física, emocional e intelectual. Podría preparar sus comidas favoritas con más frecuencia. O bien, puede animarlo a hacer más ejercicio y a dormir más, y a que se cuide para prolongar su vida. Quizás pueda hacer una siesta por la tarde o después del trabajo, o bañarse y cambiarse de ropa para verse y sentirse más despierta y bonita cada tarde, como hacía en el noviazgo. Puede alentarlo a expresar sus opiniones sobre los hechos de actualidad o temas espirituales. De una manera u otra, ella puede responder generosamente al cariño de su esposo y hacer lo que esté a su alcance para que él se sienta apreciado… y muy agradecido por haberse desposado con una mujer tan amorosa.

Muchos dicen que el matrimonio debe ser un arreglo de 50–50. El hombre lleva la mitad de la carga y la mujer lleva la otra mitad. Sin embargo, ¿quién determina cuál es la "mitad" de cada uno si no están de acuerdo? El verdadero amor implica dar sin esperar nada a cambio. Es dar el ciento por ciento… e ir más allá de lo que creemos que nos "corresponde".

Cristo habló de este principio de hacer más de lo que nos corresponde cuando dijo: "A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos" (Mateo 5:41). Sí, aunque humanamente no le agrade, lleve la carga otra milla en favor de su pareja. Dios suplirá lo que a usted le falte. Pídale ayuda para dar más afecto, amor y respeto, y con el tiempo recibirá las recompensas y beneficios de un matrimonio mejor.

Piense, pues, en maneras de dar a su cónyuge. Algún pequeño regalo o unas palabras de aprecio hacen mucho. Un abrazo o beso inesperado no requieren esfuerzo de nuestra parte y pueden ser un tesoro para el otro. Una pregunta sencilla como: "¿Cómo te fue hoy?" puede ser como un regalo para su esposo o esposa, si abre la puerta a la expresión de sentimientos e ideas personales.

Conozco a una pareja que vive muy ocupada y sin embargo saca  tiempo  para demostrar su amor e interés recíproco.  Cierta noche,  mientras  ella servía  la cena, le  preguntó al esposo: "¿Necesitas algo más?" Él sonrió y dijo: "Necesito tu amor". Ella también sonrió. Entonces él apartó su silla de la mesa, ella se sentó en su regazo y se abrazaron y se besaron. Esta espontaneidad, este anhelo de darse el uno al otro, no puede menos que generar un ambiente de amor y paz.

No siempre es romántico ni es siempre idealista, pero noche y día, año tras año, la pareja feliz se esfuerza por "dar" de sí al otro. Cada uno procura, por todos los medios posibles, ayudar a su pareja a hacer realidad todo el potencial humano que Dios dispuso. ¡No "obtendremos" un matrimonio feliz si no aprendemos a dar un matrimonio feliz!

Aprendan a perdonar

Otra necesidad absoluta en un matrimonio realmente feliz es el perdón. Cuando dos personas comparten toda su vida, cuando están juntas buena parte de cada día y de la noche, es inevitable que surjan algunos roces. Al fin y al cabo, somos humanos. La mejor manera de resolver este problema, es hacer lo que Dios ordena.

Enfurruñarse, amargarse, pensar mal del otro o atribuirle toda la culpa resulta insensato. No sirve sino para crear más problemas, más disgustos y posiblemente hasta un divorcio. Ciertamente, como hemos visto, hay que hablar de las ofensas y los malos entendidos. Procure escuchar de verdad el punto de vista del otro. ¡No se quede allí pensando en lo que usted va a decir! No piense cómo va a contraatacar o a "desquitarse".

¿Desquitarse?

¿Desquitarse con quién? Si usted capta plenamente y acepta el hecho de que usted y su pareja son "una sola carne" unida para Dios por toda la vida, ¡entonces no intentará "desquitarse" consigo mismo! El mal se lo haría a sí mismo.

Si después de una discusión familiar o de un desacuerdo serio con su pareja sobre alguna ofensa, sea real o imaginaria, usted sigue enojado o molesto con el otro, ¿qué debe hacer? Nuevamente, debe hacer lo que Dios siempre manda en esas situaciones: ¡perdonar al otro!

"¡Pero la culpa fue de él, o de ella!" decimos. "Y además, ¿cómo voy a perdonar si ni siquiera me ha pedido perdón?" La oración ferviente y la guía de Dios nos enseñan a perdonar a toda clase de personas por todo tipo de "males" reales o imaginarios que nos hayan hecho: el conductor que se nos atravesó a la entrada de la autopista, el niño vecino que escucha su música rock a todo volumen por la noche o la vecina que estuvo chismeando de nosotros.

Hablando de acciones muchísimo peores que estas, Jesucristo que es nuestro máximo ejemplo dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).

Todos debemos llegar a comprender que la mayoría de las personas no nos hacen daño "con intención". No es su intención obrar mal. Simplemete son humanos. Pronuncian palabras ofensivas sin pensarlo o actúan de modo nocivo sin reflexionar sobre lo que realmente hacen. Y muchas veces, eso "duele".

Sin embargo, Aquel que dio su vida por nosotros también nos instruye así: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (Mateo 6:14–15). Si de este modo debemos perdonar a todas las personas, ¿cuánto más debemos perdonar a nuestra preciosa pareja que se ha convertido en nuestra propia carne y hueso?

Si su esposo continúa entrando en la casa con los zapatos sucios con lodo del jardín o grasa del taller, no es el fin deol mundo. Si su esposa continúa quemando las tostadas una o dos veces por semana, no es cuestión de vida o muerte.

Aprenda a dirigirse a su cónyuge de un modo constructivo. Hable las cosas, desde luego, pero si algunas de estas flaquezas humanas persisten, incluso por años, entonces usted continúe perdonando. ¿No es mejor raspar las tostadas quemadas de vez en cuando, que vivir solo, comer sin compañía y no tener con quién hablar o calentarse en las noches frías? No olvide jamás estas palabras de Jesús: "Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete" (Mateo 18:21–22).

El espíritu de perdón

Es importante que con frecuencia le roguemos a Dios que nos dé el "espíritu de perdón". Para algunos, parece terriblemente difícil perdonar a los demás. Es casi como si les agradara guardar rencores y resentimientos durante años.

Recuerde que nuestra ira contra otros humanos generalmente no les hace daño a ellos. ¡Quizá ni siquiera estén enterados! En cambio, a nosotros sí nos hace daño. Nos torna abatidos y de un mal humor que es muy difícil de sobrellevar. Los profesionales saben que estas emociones negativas son factores que contribuyen a causar úlceras, trastornos digestivos, presión alta, e incluso ataques cardiacos. ¡Las emociones negativas nos pueden matar!

Pídale al Padre celestial que le ayude a superar esta tendencia y a amar y perdonar a todo el mundo, ¡especialmente a su cónyuge! Procure cambiar su modo de pensar para no sentirse ofendido tan fácilmente. Recuerde que Dios es el "Padre de misericordias" (2 Corintios 1:3). Al darse cuenta de su propia necesidad de que lo perdonen una y otra vez, pídale a Dios que le ayude a perdonar a otros.

El apóstol Pedro les dice a todos los hombres que den"honor" a su esposa, "como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo" (1 Pedro 3:7). Prosigue con unas instrucciones que se aplican a toda la vida cristiana pero especialmente a la vida matrimonial: "Sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición. Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño. Apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala" (vs. 8–11).

Debemos ver el matrimonio como una especie de "taller" donde aprendemos cómo dar, cómo compartir y cómo perdonar a los demás continuamente. Al estudiar atentamente los versículos anteriores, se hace obvio que Dios quiere que aprendamos a tratar a nuestra pareja con especial bondad y cortesía. En la mayoría de las uniones, cada miembro de la pareja aprende muy pronto a subestimar al otro. Tiende a descuidarse y a hablarle al otro sin delicadeza ni respeto. Puede olvidar que es fácil herir con palabras y acciones desconsideradas. Pueden olvidar la importancia vital de "buscar la paz y seguirla" en el matrimonio.

¡Piénselo! Piense que a su pareja probablemente le cuesta soportar todos los actos de egoísmo y las idiosincrasias que lo caracterizan a usted (¡y a todos nosotros!). Si la situación fuera a la inversa, ¿desearía usted soportarse a sí mismo?

Nadie puede vivir con alegría si guarda adentro ofensas y rencores, especialmente contra su pareja. Siendo así, aprenda, con la ayuda de Dios, a perdonar a su cónyuge todos los días y sigan adelante los dos, forjando una relación verdaderamente íntima y amorosa.

Edifiquen su propio reino familiar

Construir un matrimonio feliz también incluye la idea de construir un "reino familiar". Hay un dicho que dice: "La casa de un hombre es su castillo". Esto se debe aplicar a toda la familia, donde él es el rey, su esposa es la reina amada y los hijos son los príncipes y princesas reales que deben formarse correctamente para cumplir sus obligaciones futuras. Los padres colaboran con entusiasmo para asegurar que estos futuros líderes reciban el apoyo, la guía, la disciplina y la formación necesaria para el papel importante que cumplirán en el porvenir.

La combinación inteligente y feliz de estos dos conceptos en el matrimonio, o sea la unión abierta y amorosa de dos cuerpos, corazones y mentes y la creación de ese "reino familiar", puede y debe generar una oportunidad y un ambiente en que el varón y la mujer hallan su plena realización. Esta realización la describe el Salmista diciendo: "Bienaventurado todo aquel que teme al Eterno, que anda en sus caminos… Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa" (Salmos 128:1, 3).

Una vez que captamos y asimilamos estos conceptos relacionados con el significado y propósito del matrimonio, ¿por qué no proponernos edificar nuestra unión y nuestro hogar en torno a ellos? En vez de un marido y una mujer aburridos y sin interés por conocer los pensamientos del otro, ambos deben sentir un enorme entusiasmo por el "reino familiar" en miniatura que están construyendo juntos. Habrá un interés común y un propósito común que los lleve a enseñar y a mejorar su hogar y su posición económica y a planear el futuro: su futuro.

En un matrimonio realmente dichoso, no es "mi casa", "mi auto" ni "mi cheque del sueldo", sino que la actitud es: "nuestra casa, nuestros ingresos, nuestro futuro".

Construyan juntos su "castillo"

Es así como la actitud compartida será una que mira siempre hacia adelante y que planea las mejoras en aquel "castillo" que es su casa. Se tendrán en cuenta siempre los conocimientos, el gusto y la habilidad de la mujer en temas como la decoración del hogar, el cuidado del jardín y la obtención de los electrodomésticos. Toda compra grande, como la de una casa o un automóvil, será un proyecto de familia, que brinda la oportunidad y el beneficio de que el esposo y la esposa compartan esta experiencia.

¿Qué no tienen nada de qué hablar?

Al contrario, tienen mucho de qué hablar. Esa es la respuesta correcta.

Sin caer en necedades ni fantasías, los casados deben verse como "socios" en una gran aventura: la de construir juntos una carrera, un negocio y una vida. Deben estar de acuerdo en su manera de relacionarse con amigos, familiares y conocidos. Con la plena participación de los dos, deben discutir y planear su estrategia conjunta y plantear en detalle lo que cada uno puede aportar para acercarse más a sus metas en la vida.

También están los hijos. ¡Son un vasto terreno de conversación, planeación, resolución conjunta de problemas e intercambio de esperanzas y sueños!

Es muy grande el sentido de unidad que se genera al hablar con frecuencia de las metas familiares. Si los dos trabajan, quizá convenga hablar detenidamente de cómo apartar lo suficiente para que ella pueda dejar de trabajar luego de algunos años y empiecen a tener hijos. Más adelante, los dos deberán planificar el aspecto económico y otros detalles para el momento en que él o ella, o ambos, tengan que jubilarse. ¿Cómo se darán el lujo de hacerlo? ¿A dónde podrán mudarse para reducir los gastos? ¿Qué estilo de vida les brindará a ambos las satisfacciones personales que necesitan a medida que se presentan estas situaciones? ¿Podrán montar algún negocio casero que les permita seguir ganando al menos un ingreso modesto después de que uno o ambos se jubilen?

Si el marido y la mujer pueden trabajar juntos como un "equipo", su matrimonio puede tener muchísimo más sentido para ambos.    Cada   uno  estará  siempre  aportando  al  "reino  familiar". Cada uno estará dando, construyendo y compartiendo la gran aventura de la vida, ¡unidos de un modo muy especial!

El romanticismo es de vital importancia

Hemos dejado el tema del "romanticismo" para el final. Aunque es el catalizador que atrae a los jóvenes, con frecuencia les hace olvidar la importancia de los demás aspectos dentro del matrimonio, muchos de los cuales acabamos de tratar.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no dejar el "romanticismo" o los sentimientos por fuera. Por mucho tiempo que lleven dos personas casadas, por "ancianas" que parezcan, no pierden la necesidad de recibir cariño ni de vivir un amor romántico. El deseo de besar y de abrazar, de "tener a alguien", es casi tan fundamental para muchos como lo es respirar. ¡Lo cual no tiene nada de malo!

El gran Dios Todopoderoso que nos hizo varón y hembra diseñó específicamente nuestras partes íntimas. Hizo al varón y la mujer atractivos el uno para el otro. Puso dentro de nosotros los sentimientos y emociones que nos llevan a la expresión sexual. ¿Cuál es la primera constancia escrita de una orden impartida por Dios a Adán y Eva? "Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla" (Génesis 1:28).

Notemos que al dar a nuestros primeros padres el "regalo" de la sexualidad y la reproducción humana, Dios "los bendijo". Es así porque la sexualidad, bien entendida dentro de los confines de la unión matrimonial, ciertamente es una bendición. En el sentido físico, produce la unión total del corazón, la mente, las emociones y los cuerpos de dos seres humanos tan profundamente enamorados que se han entregado mutuamente por toda la vida. Como hemos visto, al juntarse representan la unión total que un día será realidad entre Cristo y la verdadera Iglesia de Dios (Efesios 5:22–25).

¡Esta unión ordenada por Dios de un hombre y una mujer dentro del matrimonio es tan importante, que Dios la protege con uno de los diez mandamientos! "No cometerás adulterio" (Éxodo 20:14). Jesucristo, además, amplió o profundizó este mandamiento, haciéndolo aun más firme: "Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mateo 5:27–28).

Si la unión sexual dentro del matrimonio sirve como una reafirmación del amor, la confianza, el espíritu de dar de cada cónyuge al otro, entonces es algo hermoso y sagrado a los ojos de Dios. Es, además, algo que no debe degradarse presentándolo como algo burdo y grosero por su presentación constante en películas, programas televisados y otros medios de comunicación. Esto solamente rebaja gravemente aquello que Dios dispuso como la expresión  física suprema  del  amor  matrimonial y como símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia.

Como todos podemos ver, Satanás es "diabólicamente" astuto en la forma como degrada y abarata las bendiciones de Dios incitando al mal uso de las mismas. Incitando a millones de personas a abusar de este regalo que es la sexualidad, Satanás puede deshacer la base dispuesta por Dios para toda sociedad decente: el hogar y la familia. ¡Esto es exactamente lo que está ocurriendo en la mayoría de nuestras sociedades ahora! Lo que Dios desea es que los jóvenes casados se amen plenamente. Su revelación inspirada nos dice: "Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios" (Hebreos 13:4).

La Biblia también nos instruye así: "Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. ¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña?" (Proverbios 5:18–20).

Cuando un par de jóvenes se enamoran, suelen pasar mucho tiempo en actividades románticas. Dan largas caminatas bajo la luna. Cenan en algún café romántico. Quizá salgan a bailar. Se toman de la mano, ríen juntos y se esfuerzan por entender y apreciar a fondo a este ser que están considerando como su posible pareja para toda la vida. Casi siempre andan limpios, arreglados y quizá hasta perfumados. Harán todo lo posible por "presentarse bien" en todos los detalles.

En cambio, terminado el período del noviazgo, la boda y la luna de miel, la mayoría de las parejas empiezan a descuidarse. El esposo quizá no se bañe bien antes de acostarse. La esposa se deja el cabello como un trapero o anda mal vestida dentro de la casa. Tal vez "se le olvida" bañarse o ponerse un vestido atractivo y arreglarse para que él la encuentre especial cuando llegue del trabajo. Hoy, con tantas esposas dentro de la fuerza laboral, esto resulta aún más difícil.

¡Es importante que los dos, marido y mujer, se esfuercen por mantener viva la llama del romanticismo! Deben hacer todo lo posible por brindar al otro aquella atención especial y aquel trato cortés que tenían cuando eran novios y recién casados. Un esposo lleno de amor se despide de su mujer con un beso por la mañana, le da un abrazo especial y un beso cuando regresa del trabajo, le agradece y la besa de nuevo "de postre" después de la cena. Quizá le ayude a guardar la loza, se le acerque y la abrace mientras ella hace los quehaceres, etc. Ambos deben ser generosos en sus manifestaciones de cariño y aprecio. Así, el "desenlace" vendrá de un modo fácil y natural. Como los dos se han estado "amando" todo el día y manifestándolo de un modo físico, su matrimonio será algo lleno de alegría y hermosura.

Reflexione y preste mucha atención a este aspecto tan vital de su unión. No permita que nada se interponga en el proceso de forjar este ambiente romántico y amoroso en su hogar. No permita que interfieran las "preocupaciones por el trabajo". No deje que los asuntos de los hijos, el empeño por mantener la casa en "perfecto" orden, ni nada más, le impidan generar en su hogar y matrimonio aquel romanticismo y aquella alegría especiales que su Creador dispuso.

Esposos, no sean exigentes ni malhumorados con su esposa. Anímenla, ámenla de modo que ella desee responder a su afecto y a sus bondades constantes. Procure "darse" a ella de todos los modos que pueda, y haga lo posible por brindarle una vida plena y feliz.

Esposas, dediquen el tiempo y esfuerzo necesario para ser la "amada" de él. Respondan a sus atenciones y aliéntenlo de todos los modos que puedan. Dentro de las leyes de Dios, procuren hacerlo sentir contento y realizado. Sonríanle, bromeen con él, devuélvanle sus besos con pasión y háganlo sentir feliz de haberse casado con usted.

De todas estas maneras, y de muchas más, cada uno de nosotros debe aprender a amar sinceramente a nuestra pareja. ¡Póngase de rodillas y ruegue a Dios que le ayude a tener el cariño que debe tener, a ser el esposo o esposa que debe ser! Y exprésele su gratitud por haberle dado una pareja para toda la vida, con quien pueden ser amantes, amigos y compañeros, con quien pueden compartir plenamente las bendiciones de nuestra existencia física.

Pídale a Dios que le ayude a aplicar todas estas "claves" para un matrimonio lleno de felicidad. Luego, y pese a las dificultades y pruebas que nos llegan a todos, usted tendrá alguien verdaderamente "especial" que lo reanime y lo ayude en el camino. Y en esta unión dispuesta por Dios que llamamos matrimonio, estará aprendiendo de un modo extraordinario, cómo obedecer el segundo de los grandes mandamientos de nuestro Creador: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:39).