La verdad sobre los diez mandamientos

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Los mandamientos de Dios no son reglas frías, sino un reflejo del amor divino que nos permite disfrutar el mundo de mañana desde ahora.

¿Estamos enterados de que la Biblia contiene cantos de amor? Para algunos, sería difícil imaginarlo, pero no por eso es menos cierto. Algunos de nuestros lectores conocedores de la Biblia pensarán en el Cantar de los cantares, de significado indudablemente valioso, y que es una parte hermosísima de la Biblia. Pero un canto de amor que a la mayoría no se le ocurriría es el Salmo 119, que el rey David, el compositor más famoso de Israel, llenó de pasión, alabanza y sentida devoción.

¿A qué dirigía tanta emoción? Por extraño que parezca, a los diez mandamientos.

Si esto nos sorprendiera, deberíamos ampliar nuestra perspectiva sobre el decálogo, porque los diez mandamientos reflejan la mente de Dios, y cumplen la base en la transformación del mundo entero que Jesucristo establecerá a su regreso. Quien haya pensado, aun por enseñanzas recibidas, que esos mandatos son reglas difíciles que el cristiano moderno bien puede dejar de lado, debe seguir leyendo para descubrir la verdad sobre los diez mandamientos, las inmutables leyes del amor de Dios.

Las leyes de Dios de la libertad

Millones de personas se proponen entender el confuso mundo actual, acudiendo a las páginas de la Biblia, pero muchas interpretan erróneamente lo que revela sobre uno de los máximos dones de Dios para la humanidad: los diez mandamientos. Para quien no comprenda los diez mandamientos es imposible entender el resto de la Palabra de Dios.

Analizando atentamente las doctrinas centrales del cristianismo tradicional, vemos que estas suponen que los mandamientos de Dios fueron abolidos, como si hubieran dejado de tener obligaciones firmes para nosotros; y nos hubieran eximido de la necesidad de obedecer sus leyes establecidas. Pero cuando llegamos a entender los mandamientos y lo que representan, esa mentalidad sería como ser liberados del agua y el alimento, del aire y la luz… o incluso del entendimiento, de la rectitud y de la libertad misma. En su carta inspirada, el medio hermano de Jesucristo, Santiago, se refiere dos veces al decálogo como “la ley de la libertad”, e incluso a “la perfecta ley, la de la libertad” (Santiago 2:12; 1:25).

Algunos religiosos aseguran que jamás predicarían algo en contra de los diez mandamientos. Sin embargo, la mayoría predican el domingo, después de haber ido de compras o a la playa, o a ver un partido el sábado; infringiendo el cuarto mandamiento. Un artículo publicado por Christianity Today en abril del 2021, revelaba la opinión del cristianismo moderno respecto del séptimo mandamiento, que ordena limitar las relaciones sexuales al matrimonio. Informó: “Cada vez más, los evangélicos, especialmente los menores de 40 años, ven la cohabitación como algo moralmente aceptable. La mayor parte de los evangélicos jóvenes la han probado o esperan hacerlo”. Y, ¿cuántas catedrales están llenas de estatuas e imágenes ante las cuales se arrodilla, ora e incluso llora la gente, llena de devoción religiosa; siendo que el segundo mandamiento prohíbe esos objetos de culto?

Mucho se habla de los diez mandamientos de labios para afuera, pero pocos los toman tan en serio como los toman Dios el Padre y Jesucristo. Lástima grande, porque cuando los aceptamos y los tomamos en serio como instrucciones protectoras dadas por un Dios de misericordia y amor, los diez mandamientos se convierten en una fuente de hermosura sin paralelo; opuesta a las leyes y filosofías de hombres que compiten con ellos.

David canta su amor a la ley divina

Como se mencionó antes, el poeta, compositor y rey de Israel; plasmó en el Salmo 119 palabras memorables de alabanza y cariño por estas hermosas leyes de Dios:

“Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad… Y me regocijaré en tus mandamientos, los cuales he amado… Tus manos me hicieron y me formaron; hazme entender, y aprenderé tus mandamientos… Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro… Mi boca abrí y suspiré, porque deseaba tus mandamientos… Aflicción y angustia se han apoderado de mí, mas tus mandamientos fueron mi delicia (vs. 35, 47, 73, 127, 131, 143).

Por supuesto que en el Salmo 119 se encuentran muchas más expresiones de amor por los mandamientos de Dios, pero estos pocos ejemplos bastan para dar una clara idea. La Biblia dice que el rey David fue un varón conforme al corazón de Dios (Hechos 13:22), y que en medio de sus tribulaciones hallaba consuelo en los mandamientos. En sus momentos de consternación hallaba en ellos sabiduría. Eran para él algo más bello y precioso que el oro y la plata, y escribió que ansiaba comprenderlos y vivir por ellos, como un ciervo sediento ansía beber el agua fresca de la montaña.

Nadie escribe canciones con tanta devoción y pasión sobre los límites de velocidad o las regulaciones legales que emanan de los legisladores humanos. Los diez mandamientos son diferentes. Ofrecen guía, ayuda y comprensión. Representan la esencia del camino de vida del propio Creador de la humanidad, quien en su misericordia los ha compartido con nosotros. Y a medida que los vamos conociendo y entendiendo, no solo en la mente sino también en el corazón, con una comprensión que viene por inspiración de Dios, únicamente por obedecerlos en nuestras acciones, y así empezamos a entender mejor el carácter y la mente de Dios.

Con la ayuda de Dios, esto se convierte en algo más que obedecer reglas y normas: Porque guardar los diez mandamientos nos cambia, ayudándonos no solo a comprender la mente de Dios, sino incluso a adquirir su mentalidad y a pensar como Él. Como escribió David: “La ley del Eterno es perfecta, que convierte el alma; el testimonio del Eterno es fiel, que hace sabio al sencillo” (Salmos 19:7).

No resulta extraño que Jesucristo le haya dicho a un joven que le preguntaba sobre la salvación: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). Es claro que el decálogo es muy importante para nuestro Salvador. Tan importante que el apóstol Juan escribió en su primera epístola, refiriéndose a Jesucristo: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4).

Quien predique que no es necesario guardar los mandamientos de Dios para conocer a Jesucristo, es un falso profeta, y debemos evitarlo.

¿Cuáles son los diez mandamientos?

Si vamos a dedicar tanto tiempo a leer acerca del decálogo, ¡sin duda debemos tomar el tiempo necesario para leerlos! Se encuentra en el libro del Éxodo capítulo 20, donde la esencia de la ley de Dios se expresa en solo 16 versículos:

[1.] Yo soy el Eterno, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.

[2.] No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el Cielo, ni abajo en la Tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las honrarás, porque yo soy el Eterno, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por millares a los que me aman y guardan mis mandamientos.

[3.] No tomarás el nombre del Eterno, tu Dios, en vano, porque no dará por inocente el Eterno al que tome su nombre en vano.

[4.] Acuérdate del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para el Eterno, tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, porque en seis días hizo el Eterno los Cielos y la Tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, el Eterno bendijo el sábado y lo santificó.

[5.] Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la Tierra que el Eterno, tu Dios, te da.

[6.] No matarás [No asesinarás].

[7.] No cometerás adulterio.

[8.] No hurtarás.

[9.] No dirás contra tu prójimo falso testimonio.

[10.] No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo (Éxodo 20:2-17, RV 1995).

La totalidad de los diez mandamientos cabe en 16 versículos, pero el arte de vivir por ellos, y su comprensión real y profunda, solo se obtiene al practicarlos a la luz de las enseñanzas de Jesús y con la ayuda del Espíritu Santo.

Y es muchísimo lo que se aprende de su estructura y organización. Leemos sobre un intérprete de la ley que le hizo a Jesús una pregunta importante: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:36-40). Efectivamente, Jesús dijo que la totalidad de la ley y los profetas dependen de estos dos grandes mandamientos: Amar a Dios y amar al prójimo.

Ahora, volvamos a examinar los diez mandamientos para ver su estructura. Los cuatro primeros de ellos nos enseñan cómo cumplir el primer gran mandamiento: amar a Dios. Y los demás mandamientos nos enseñan cómo cumplir el segundo gran mandamiento: amar a nuestro prójimo.

Los diez mandamientos no constituyen un listado legalista de cosas que se pueden y no se pueden hacer. Cuando entendemos lo que Jesús decía, reconocemos que son instrucciones esenciales de amor. Y no hay nada más hermoso que el amor de Dios: no solamente recibirlo, sino crecer con compasión e interés generoso por los demás. Si buscamos conocer la hermosura del amor de Dios en nuestra vida, querer guardar los mandamientos vendrá como algo natural.

Pero no nos crean a nosotros. ¡Creamos al apóstol Juan! Conocido como el apóstol del amor, por ser el amor un elemento tan constante en sus escritos. Juan nos enseña una importante verdad de Dios: “Este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). Cuando entendemos que el decálogo es algo central, que nos enseña a amar a Dios y también al prójimo, y cuando entendemos que efectivamente “Dios es amor” (1 Juan 4:8), comenzamos a ver cómo los diez mandamientos representan la propia mente y el carácter de Dios en letra impresa. Aprender a cumplirlos y convertirlos en parte de nuestra vida, constituye un aspecto vital de la hermosa transformación que Dios se propone realizar en todos nosotros.

Amar a Dios es guardar sus mandamientos

Analicemos ahora algunos de los mandamientos más a fondo. Así como el brillo de cada faceta realza la belleza de una piedra preciosa, también cada uno de los mandamientos contribuye a la belleza total de estas leyes de Dios.

Comencemos con el primero: “Yo soy el Eterno, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:2-3). Comparemos esto con el principio de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, que se fundamenta en la idea de que todos los hombres fueron creados iguales; o con la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, cuyo primer artículo declara que todos los seres humanos son libres e iguales en dignidad y derechos.

En nuestro folleto: Los diez mandamientos, el doctor Roderick C. Meredith expone el contraste evidente entre esas obras del ser humano y el decálogo: “En nuestra época, cuando se han impuesto el razonamiento humano, el agnosticismo y un materialismo creciente; es importante notar que el Todopoderoso habló primero no de la "fraternidad del hombre", sino de la obediencia y el culto al Creador como Señor y Gobernante del Cielo y de la Tierra y el Dios personal de quienes le sirven y le obedecen” (pág. 9). ¡Qué diferencia! Al contrario de los filósofos o políticos humanos, que fundamentan nuestras obligaciones en teorías morales o modas éticas pasajeras, Dios fundamenta nuestras obligaciones en su propio estatus eterno e inmutable como Creador de todas las cosas, que no cambia. (Malaquías 3:6).

Por consiguiente, los diez mandamientos se erigen sobre un fundamento hermoso e inmutable, el más firme que se puede concebir. El cuarto mandamiento, por ejemplo, que ordena santificar el sábado, trata del día que Dios santificó desde la creación. El sexto mandamiento, contra el asesinato, descansa sobre la verdad de que el hombre es creado a la imagen de Dios: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Génesis 9:6). El noveno mandamiento, que prohíbe dar falso testimonio, refleja el hecho de que Dios es un Dios de verdad y que su Palabra es verdad (Deuteronomio 32:4; Juan 17:17). Basados en la naturaleza y el carácter del Dios Eterno que creó toda la vida, más aún, del Dios que creó toda la realidad; estos mandamientos inspirados revelan una profundidad y una riqueza que pocos se toman el tiempo de investigar.

Consideremos el tercer mandamiento, que prohíbe tomar el nombre de Dios en vano: ¡Cuántas veces se pisotea este mandamiento, y a menudo por los mismos que dicen llevar una vida piadosa! Pero guardar este mandamiento es muchísimo más que no usar su nombre de manera frívola, por ejemplo, a manera de exclamación. Todo el que se declara cristiano está asumiendo el nombre de Jesucristo de un modo muy real. Por lo tanto, si nos comportamos de una manera no cristiana y damos mal ejemplo, hemos tomado en vano ese nombre. Guardar el tercer mandamiento, es tomar la vida con la seriedad debida para honrar el nombre que respetamos. Visto de esta forma, el mandamiento viene a ser mucho más que una guía sobre las palabras que salen de nuestra boca: es una motivación para tener en cuenta lo que decimos con nuestras acciones.

Aun los mandamientos que parecen más obvios, como el sexto: “No asesinarás”. Encierran mucho más de lo que parecen revelar las palabras. Jesucristo lo deja muy claro, explicando que odiar al hermano en el corazón equivale al espíritu del homicidio, y que odiar al prójimo viola el sexto mandamiento (Mateo 5:21-22). Cuando observamos el mundo actual, y vemos cuánta ira refleja, y cuando reconocemos que los rostros iracundos que llenan las calles y los noticieros muestran un espíritu homicida, comprendemos hasta qué punto se han alejado de lo que Dios desea para nosotros.

Más aun, el mandamiento que prohíbe asesinar, tiene sus raíces en la verdad de que todo ser humano es creado a imagen de Dios. El mundo nos rodea con una cultura de muerte, donde el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido; se ven como avances morales y no como las señales de degradación que son. Por el contrario, dedicarse a vivir por los valores del sexto mandamiento es respetar la hermosa imagen de Dios que tiene inherente cada vida humana; no solamente la de los sanos y fuertes, ¡sino también la de los débiles y enfermos! Dios le dijo a Moisés: “¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, el Eterno?” (Éxodo 4:11). El sexto mandamiento declara que ninguna vida humana carece de valor y sentido a los ojos de Dios. Sí: hasta el mandamiento más obvio, como “no asesinarás”, encierra profundidades que nos conviene conocer.

Ahora demos un paso atrás, porque podemos empezar a ver el gran panorama, imaginando el mundo que Jesucristo establecerá a su regreso. Cuando imaginamos ese hermoso mundo, rápidamente descubrimos que los diez mandamientos son la clave para visualizarlo y para lograrlo.

Un mundo libre de pecado y sufrimiento

Imaginemos un mundo en el cual ningún ser humano en ningún país de la Tierra tiene un dios distinto del Dios verdadero de la Biblia. Todo ser que vive y respira comprende que nada en sus devociones puede venir antes del Padre y de Jesucristo; y todo el mundo únicamente a Ellos los adora. Será un culto libre de todo rastro de paganismo.

No hay estatuas ni imágenes de supuestos santos que causen corrupción o distracción en la reverencia de las personas. Cada ser en la Tierra pronuncia el nombre de Dios con sentido de respeto por todo lo que representa, con el concepto de que las palabras que se pronuncian sí importan. Por consiguiente, nadie usa lenguaje soez. Nadie pronuncia el nombre de Dios en una maldición, y a nadie se le ocurriría maldecir o hablar de forma obscena.

Imaginemos un mundo donde todos guardan el sábado. Se acabó la época en que muchos trabajaban siete días a la semana. Esa dedicación excesiva al trabajo queda reemplazada por la celebración mundial del día que el Creador dispuso para descansar de las labores, para que las familias reafirmen el cariño que las une y busquen juntas el rostro de Dios. Cada semana, todos se reúnen en congregaciones, como Dios manda para cumplir una santa convocación, cantar alabanzas al Creador y Salvador y aprender juntos en las páginas de las Escrituras.

En ese mundo, las familias han sido restauradas como pilar fundamental de la civilización. Los hijos aman y honran a los padres conforme al quinto mandamiento, y las abuelas y los abuelos son amados y respetados con alta estima, porque se enseña a los niños a considerar a sus mayores. Esos mismos niños juegan con toda tranquilidad en las calles, y las familias departen con sus vecinos donde el odio y la violencia han dejado de ser parte de la vida diaria. Las familias permanecen intactas toda la vida, y los hombres y las mujeres experimentan paz y alegría cuando la intimidad física se reserva para el matrimonio, como Dios lo dispuso y ordenó. No hay cerraduras en las puertas y los niños dejan su bicicleta frente a la casa, ya que a nadie se le ocurriría llevarse lo que no es suyo. Las relaciones en la comunidad, y entre el pueblo y sus dirigentes se forjan sobre una base de confianza y respeto mutuo, y todo el mundo habla la verdad con su prójimo.

Ahora imaginemos que todo esto se desarrolla dentro de un ambiente de contentamiento y gratitud, por cuanto todos han desechado la idea de que la felicidad depende del número de cosas que se pueden comprar o coleccionar, para no quedarse atrás de su vecino, y la gente encuentra su mayor satisfacción en la útil labor de sus manos, en la alegría del amor de la familia y las amistades, y en la tranquilidad de saber que el Dios a quien se adora conoce, ama y actúa personalmente en la vida de cada uno. La gente siente la paz total al saber que el deseo de Dios es hacer realidad el propósito que tiene para la vida de todos: que lleguen a unirse a su propia Familia divina, y que den el paso de entrar en la eternidad para siempre.

En ese mundo hermoso, que Jesucristo establecerá a su regreso, todos guardarán los diez mandamientos. Pero al guardarlos con celo en nuestra vida actual, podemos disfrutar ese mundo desde ahora. [MM]

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