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¿Damos por un hecho que nuestra conversión es auténtica? ¿Qué enseñó Jesucristo acerca de la conversión cristiana, y cómo se manifiesta en la vida diaria de sus discípulos? ¡La verdad podría cambiar nuestra vida!
Millones que se consideran cristianos han dado por sentada la autenticidad de su conversión. ¿Cómo podemos saber con seguridad si somos convertidos o no?
En todas partes abundan las señales de que estamos en los últimos días. Las crisis económicas continúan repercutiendo por todo el mundo, y las guerras y las amenazas de más guerras en este tiempo se van caldeando hasta apuntar a una Tercera Guerra Mundial. Estos acontecimientos, sumados a muchos otros, están anunciando el pronto regreso de Jesucristo como Rey de reyes (Apocalipsis 11:15).
Pero, ¿dónde nos encontramos nosotros? Al irse agotando el tiempo para el mundo y para nosotros como personas, debemos considerar seriamente si somos o no verdaderos discípulos del Cristo viviente. Jesús nos advirtió: “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones” (Apocalipsis 2:26).
¿Estamos realmente venciendo? ¿Estamos permitiendo que Jesucristo viva en nosotros, de forma que nuestra vida vaya cambiando día a día, mes a mes y año tras año?
Es hora de hacer un alto en la vida, y cuidadosamente analizar nuestra propia condición. Como dijo el apóstol Pablo a los corintios: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Corintios 13:5). ¿Realmente está viviendo Jesucristo su vida en nosotros por medio del Espíritu Santo? (Gálatas 2:20). O bien, ¿fuimos criados en una iglesia acostumbrados a escuchar de los pastores sus doctrinas y prácticas, y dándolas todas por correctas?
Aunque los seres humanos nos aferremos a nuestras opiniones y tradiciones, sin importarnos si son fabricadas por hombres, y aunque nos moleste sobremanera que nos digan que estamos equivocados, la verdad es que el cristianismo tradicional como lo conocemos, es una religión muerta.
Hay quienes se dan cuenta de eso, pero la mayoría se niega a reconocerlo. Duele aceptar si estamos equivocados, pero pronto llegará el día en que no habrá alternativa. Porque Dios pondrá fin a los caminos del hombre que son contrarios a Dios, y ajenos a las verdades divinas: “De esta manera te hará a ti, oh Israel; y porque te he de hacer esto, prepárate para venir al encuentro de tu Dios, oh Israel” (Amós 4:12).
¿Estamos preparados? ¡Dios dice que nos preparemos… en este momento! La mayoría de quienes leen El Mundo de Mañana con regularidad, comprenden que en el pasado les faltaba algo espiritual en la vida. Pero ahora han llegado a comprender muchas verdades. Se les ha abierto una nueva forma de vida. Empiezan ahora a entender las profecías bíblicas y el gran propósito que se está cumpliendo aquí en la Tierra. Entonces, preguntémonos: Si fuimos verdaderos discípulos de Jesucristo durante todos los años antes de empezar a aprender lo que ahora sabemos, ¿por qué nos faltaba tanta comprensión? ¿Por qué Dios nos parecía menos real de lo que es ahora? ¡Tenemos que afrontar los hechos! ¡De nada servirá el intento de justificarnos en el juicio de Dios delante de su trono! ¡Es preciso examinarnos ahora con toda sinceridad!
Para muchos la palabra mí es algo precioso. Hablan con cariño de “mi opinión”, “mi religión”, “mi manera” y “mi Dios”. A nadie le gusta escuchar que su opinión o su religión están equivocadas.
Resulta claro que en semejante laberinto religioso, ¡alguien tiene que estar equivocado! ¿Estaremos dispuestos a creer que los equivocados podemos ser nosotros? ¡Que Dios nos ayude a hacerlo! Porque si creemos lo que dice la Biblia, encontraremos que la mayor parte de los seres humanos en la Tierra están atestados de errores religiosos. Incluso quienes se consideran cristianos muy sinceros, están engañados.
Uno de los principios bíblicos menos comprendidos es que Dios ha cegado al mundo deliberadamente: “Dios les dio espíritu de estupor, ojos con que no vean y oídos con que no oigan” (Romanos 11:8), permitiendo que sigan su propio camino y que aprendan lecciones durante estos 6.000 años de historia humana desde Adán.
Al mismo tiempo, Dios ha permitido que Satanás ejerza su influencia en la humanidad. La Biblia se refiere claramente al maligno como “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero” y agregando que “fue arrojado a la Tierra” (Apocalipsis 12:9). Esto parece difícil de creer, pero es cierto. Muchos pasajes de la Biblia indican que todo el mundo ha caído en el engaño en lo que respecta a las cosas espirituales.
Recordemos que la persona engañada no sabe que lo está. Puede ser sincera… pero está sinceramente equivocada.
El gran sistema religioso falso que domina al mundo Occidental se presenta en Apocalipsis 17. Dios se refiere a esa iglesia apóstata como una mujer caída, una ramera “con la cual han fornicado los reyes de la Tierra, y los moradores de la Tierra se han embriagado con el vino de su fornicación” (v. 2).
A causa de las falsas enseñanzas y los falsos conceptos absorbidos desde la niñez, la mayoría de las personas se encuentran en estado de embriaguez espiritual; con una vida distorsionada, de manera que no pueden discernir las verdades espirituales. Como en estado de ebriedad, se sienten ilusamente satisfechas dentro de un estado espiritual brumoso, vago y confuso.
Piensan que andan muy bien, al menos superficialmente. Pero en el fondo, saben que algo les falta. Su religión parece vacía. Dios les parece irreal y muy, pero muy lejano.
El gran engaño religioso que se ha apoderado del mundo es obra de Satanás, el diablo, quien actúa por medio de ministros falsos que predican un cristianismo falsificado. Al fin y al cabo, quien engaña es un falsificador. Y Satanás es el falsificador maestro de todos los tiempos. Por lo tanto, sus ministros propagan una doctrina que simula ser verdad.
El apóstol Pablo se refiere a los ministros falsos que para su época eran abundantes: “Estos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras” (2 Corintios 11:13-15).
Sí, ¡Satanás el diablo tiene sus ministros! Dan la impresión de ser ministros de Jesucristo, pero lo que enseñan es la doctrina de nada de obras, nada de obediencia a la ley de Dios. Por lo tanto, ellos mismos serán juzgados por sus propias malas obras.
Dios nos instruye que probemos todo espíritu o doctrina espiritual que nos llega por medio de los hombres: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).
Sin saberlo, y procediendo con sinceridad en la mayoría de los casos, buena parte de quienes leen este artículo han estado engañados en el pasado por predicaciones falsas, las cuales se originaron en Satanás y se propagaron mediante los espíritus demoníacos que lo siguen; inspirando e influyendo en los sistemas religiosos y en los ministros religiosos de nuestros días. ¡Es hora de despertar!
En estos últimos tiempos antes del regreso de Jesucristo, necesitamos saber si estamos preparados o no para encontrarnos frente a frente con nuestro Dios. Con mente abierta, debemos estar dispuestos a comprobar si realmente hemos llegado a una conversión genuina.
¡Esto es serio! Confiar equivocadamente en una falsa conversión constituye un engaño grande y mortal, que puede llevarnos a la muerte eterna. ¿Estaremos dispuestos a aceptar esa posibilidad? O, ¿estaremos dispuestos a cambiar si Dios nos muestra que no hemos sido realmente convertidos?
La Palabra de Dios nos dice: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Romanos 8:9). En lenguaje claro, debemos tener el Espíritu de Jesucristo dentro de nosotros, de lo contrario no somos sus verdaderos discípulos, es decir, no hemos sido convertidos.
El que está verdaderamente convertido tiene el Espíritu Santo de Dios en abundancia, y se deja guiar por Él. Dios coloca y vive su propia vida dentro de nosotros por medio de su Santo Espíritu. Por este don, somos engendrados como sus propios hijos, y somos participantes de su propia naturaleza: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Romanos 8:14).
Francamente, en el pasado, la mayoría de quienes están leyendo este artículo, ni siquiera sabían qué era el Espíritu Santo, qué harían en su vida, ni cuál sería el resultado de dejarse guiar por Él.
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). Por medio de su Espíritu, Dios nos da su amor, y es así como participamos de su naturaleza y carácter. Y el carácter de Dios se expresa en los principios espirituales que se encierran en los diez mandamientos: “Este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).
El Espíritu de Dios nos lleva a obedecerle como nuestro Hacedor y nuestro Amo y Señor. El apóstol Pedro nos recuerda que Dios da su Espíritu Santo “a los que le obedecen” (Hechos 5:32).
La conversión real implica una entrega genuina para obedecer a Dios y sus leyes. Por inspiración de Dios el apóstol Pedro también nos indicó cómo proceder para convertirnos: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
De lo que debemos arrepentirnos es del pecado, pero, ¿cómo se define el pecado en la Biblia?: “El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Entonces, para convertirnos de verdad, debemos arrepentirnos de haber transgredido la ley de Dios.
Recordemos que Jesucristo, en el Nuevo Testamento, magnificó la ley divina, especialmente en Mateo 5 y en todo el sermón del Monte. Sus discípulos, no solamente hemos de guardar la letra de la ley, sino también su espíritu o intención en cada aspecto de la vida. Jesús dijo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Lucas 4:4).
Luego, es preciso que nos bauticemos como una señal exterior de nuestra voluntad de sepultar del todo el viejo yo, y entregar nuestra vida a Dios y a Jesucristo como nuestro salvador personal, nuestro Sumo Sacerdote y nuestro Amo y Señor.
El apóstol Pablo se refiere al bautismo como el acto de sepultar al viejo ser conjuntamente con Jesucristo: “Somos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:4). Se trata de una inmersión total del cuerpo en el agua como símbolo del entierro del viejo yo, con todo su egocentrismo, en un sepulcro.
La mayoría de las personas que supuestamente se han bautizado, muchas ni siquiera por inmersión, no sabían ni siquiera de qué arrepentirse. No tenían ni idea de qué es el pecado. Quizá tenían la intención sincera de ser mejores, o de hacer las paces con Dios, pero como no les habían enseñado lo que es verdaderamente el pecado, cómo iban a saber de qué arrepentirse. Nunca se sintieron realmente quebrantados por el estado miserable de su vida, ni decididos a enterrar su vanidad y su egocentrismo, los cuales se expresan constantemente en la codicia y la lujuria de su cuerpo.
¡Nunca se arrepintieron de verdad! Nunca tomaron en serio el estudio de la Biblia, siguieron aceptando las costumbres, los caminos y las tradiciones del mundo. No tuvieron un verdadero cambio en la vida. Jamás llegaron a conocer a Dios personalmente. ¡Así es la mayoría de quienes se declaran cristianos en la actualidad!
Por el contrario, Jesús explicó, dirigiéndose a los verdaderos convertidos: “Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad… y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). Si realmente estamos convertidos, el Espíritu de Dios nos guiará hacia verdades que antes desconocíamos, y nos ayudará a captar las profecías bíblicas, de manera como nunca antes habíamos comprendido.
La conversión genuina produce una revolución en la vida de los discípulos de Jesucristo. Les renueva la mente, la actitud, el propio carácter. Los discípulos convertidos llegan a conocer a Dios como nunca antes. Empiezan a orar y hablar con Dios de una manera personal. Y reciben respuestas reales a sus oraciones. Al ir creciendo en la vida espiritual, se asemejan más y más a Jesucristo con cada mes y año que transcurre.
Es triste decir que la mayoría de quienes se declaran cristianos, ni siquiera han comenzado a ponerse en camino hacia la vida auténtica en Jesucristo.
¿Estaremos dispuestos a aceptar esta realidad y actuar de conformidad con ella?
El Dios Todopoderoso que creó nuestra mente y nuestra naturaleza humana, nos da una advertencia en el libro de Proverbios: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12; 16:25). Es natural y humano creer que nuestro modo de pensar o actuar es acertado. Pero Dios nos dice que el camino que nos parece acertado, termina en muerte. Recordemos: “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).
El gran obstáculo que hace tropezar a la mayoría, y les impide aceptar la verdad y convertirse, es la vanidad. Incontables son las personas que se han criado en alguna iglesia, que les cuesta reconocer que no han sido convertidas. La naturaleza humana es tal, que desean proclamar su propia bondad y justicia. Nunca llegan a arrepentirse. No llegan a aborrecerse a sí mismas como pecadoras.
Con todo, El Dios verdadero nos ordena que dejemos de justificarnos: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Eterno, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:7). ¡Pensamos, acaso, que no hemos sido malos? El Dios Todopoderoso declara: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Nos recuerda: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (v. 23).
Sí, todos hemos pecado. Todos hemos transgredido las leyes de Dios. La mayoría sigue quebrantando sus leyes, y se empeñan en justificar su proceder.
Pero la voz de Dios resuena: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, dijo el Eterno. Como son más altos los Cielos que la Tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9). Nuestros caminos y nuestros razonamientos humanos, separados de Dios, ¡siempre serán desacertados!
Es casi seguro que la mayoría de los lectores de este artículo aún tienen lo que la Biblia llama “su propia mente carnal” (Colosenses 2:18). Muchos creen que ya están salvos, cuando la realidad del asunto es que jamás llegaron al punto de entregarse completamente a Dios, y admitir su gobierno absoluto en su vida. Por lo tanto, no han recibido el Espíritu Santo de Dios, el cual es el poder que nos engendra, convirtiéndonos en auténticos hijos espirituales de Dios.
Por esas razones es que no han podido entender las profecías bíblicas. Por eso es que no han entendido el gran propósito que se está cumpliendo en la Tierra. Y por eso es que ven a Dios siempre lejano e irreal.
Esta ausencia del Espíritu de Dios explica por qué tanta gente no crece continuamente en gracia y conocimiento, y por qué han carecido de las verdades bíblicas durante tantos años en la vida.
¡Ahora es el momento de despertar! ¡Es hora de convertirnos de verdad!
Primero que todo, debemos poner en práctica lo que leemos en este artículo, sin ofendernos por las palabras de corrección y exhortación que recibimos con profundo amor.
Recordemos que cuando Jesús les explicó a sus discípulos: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece” (Juan 6:56), muchos se ofendieron y se retiraron: “Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (v. 60). Entonces Jesús les preguntó a los doce: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (v. 67). Pedro le dio una respuesta que es tan importante para nosotros como lo fue en ese momento: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (v. 68).
Si Dios nos ha mostrado por los frutos que lo que estamos leyendo en esta revista es verdad, entonces, ¡no dejemos de seguir la verdad! ¿Adónde más iríamos?
Miles se han dado cuenta de que están recibiendo la verdad y el mensaje de Dios por medio de esta obra, las transmisiones y la revista El Mundo de Mañana. Empiezan a ver que esta es la obra de la verdadera Iglesia de Dios.
¡Pero no se les ha ocurrido hacer mayor cosa al respecto! Si estamos ante los verdaderos siervos del Dios Altísimo, entonces debemos seguir sus enseñanzas y su ejemplo, en la medida en que los encontremos en total acuerdo con la Biblia. Debemos poner en práctica estos artículos literal y personalmente en la vida. El apóstol Pablo escribió: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1). Cada uno de nosotros debe imitar el ejemplo de los verdaderos ministros de Dios… y del propio Jesucristo.
La mayoría de quienes están leyendo este artículo no han hablado con uno de los ministros de Dios, acerca de la verdadera conversión y el bautismo. Ahora tienen la oportunidad y están dispuestos a aprovecharla. Cientos y miles de lectores de El Mundo de Mañana, nos han buscado por teléfono o correo electrónico para pedir una entrevista personal con un ministro de Jesucristo.
A quienes hayan comenzado a ver que la obra que respalda esta revista, es obra de la verdadera Iglesia de Dios, y si reconocen la importancia de cambiar realmente su vida, les recomendamos ponerse en contacto con nosotros por medio del correo electrónico o llamando a uno de los teléfonos que se encuentran en la página 2 de esta edición.
De una forma u otra, nuestros lectores deben llegar a comprender la vital importancia de llegar a una conversión verdadera. No la aplacen tanto que pierdan la oportunidad. Recuerden que Dios no acostumbra hacer su obra mediante ministros engañados. Quienes desean estar bien seguros de su condición espiritual, deben hablar con los verdaderos ministros de Dios, quienes sirven como instrumentos para predicar su mensaje a este mundo agonizante. Luego deben humillarse para seguir los consejos recibidos y seguir sus instrucciones… siempre y cuando estén convencidos de que son verdaderos ministros de Dios, y que hablan conforme a su Palabra.
No hay que olvidar que antes de la verdadera convicción viene el verdadero arrepentimiento. Es preciso llegar a tal grado de humildad, que sinceramente podamos decir como dijo David: “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí” (Salmos 51:2-3).
Observemos que David no intentó justificarse, sino que reconoció su pecado abiertamente, y pidió perdón. Sus palabras prosiguen: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (v. 4). Dios no tuvo que convencer a David ni razonar con él para que reconociera su culpa. A la luz de los mandamientos divinos, David se había visto como realmente era, y llegó a aborrecerse. ¡Y ninguno de nosotros es mejor que David!
Quienes estén dispuestos, por fin, a arrepentirse de transgredir las leyes de Dios, de seguir tradiciones humanas, de conformarse a esta sociedad y sus caminos, entonces, esto es lo que Dios ordena: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (v. 17).
¿Hemos sido aficionados a una especie de religión, dados a discutir con los ministros a “como vemos las cosas”? ¿Nos sentimos ofendidos cuando nos demostraban, Biblia en mano, que estábamos equivocados? Pero cuando nos llega el momento de convertirnos a la verdad, no nos vamos a aferrar a una vieja conversión falsa. Por el contrario, estaremos agradecidos de tener buenos maestros, seremos humildes y dispuestos a dejarnos enseñar; como niños en Cristo.
No nos creeremos gigantes espirituales al emprender el camino hacia la verdadera conversión. Y comprenderemos el peligro de permitir que el viejo orgullo y vanidad espirituales nos lleguen a convencer de que una antigua conversión falsa era auténtica. Todo lo contrario, estaremos agradecidos con Dios por su Iglesia y por sus ministros que nos estarán enseñando su verdad: “¿Cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian las buenas nuevas!” (Romanos 10:15). [MM]