Para hacer una búsqueda avanzada (buscar términos específicos), escriba juntamente los criterios de interés como se muestra en los siguientes ejemplos:
Las leyes y principios de la Biblia detienen la explotación, protegen a los vulnerables y económicamente tienen sentido.
¡La codicia es buena! Esta frase, pronunciada por el personaje Gordon Gekko en la película Wall Street, galardonada con un Óscar en 1987, resumía una era en la cual hacer gala del consumismo se consideraba una virtud. Aunque la intención del director Oliver Stone era que Gekko fuera un antihéroe, muchos tomaron sus palabras a pecho, como una afirmación positiva de sus valores y prioridades.
La famosa frase de Gekko se pronunció en el contexto de una intervención mucho más larga. Dijo: “El punto, damas y caballeros, es que la codicia, por falta de otra palabra mejor, es buena. La codicia es acertada, la codicia funciona. La codicia aclara, va directa y capta la esencia del espíritu evolutivo. La codicia en todas sus formas: codicia por la vida, el dinero, el amor y el conocimiento; ha marcado la oleada de ascenso de la humanidad”.
Es indudable que lo anterior capta bien la mentalidad del mundo, centrado en el recibir y no en el dar. Con el correr de los años, muchos han guiado su vida por máximas como la de Gekko. Sin embargo, esa mentalidad presenta un claro contraste con el punto de vista presentado en las Escrituras por el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. En palabras sencillas: “Dios es amor” (1 Juan 4:16), y su amor se refleja en el dar.
La Biblia presenta muchos principios que pueden alterar para bien nuestra conducta económica. Comprender esos principios puede ayudarnos a mejorar nuestra vida tanto individual como nacionalmente. El apóstol Pablo dijo: “En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hechos 20:35, Biblia de Jerusalén). La aseveración de Jesús habría desconcertado a Gordon Gekko, pero tiene la clave para entender la propia naturaleza y carácter de Dios, y lo que se propone para su creación.
Cuando Dios inició la antigua nación de Israel, le dio al pueblo todo lo que necesitaba, incluidos estatutos y juicios basados en los diez mandamientos. “El fundamento y origen de la ley moral es el carácter de Dios: ‘Yo soy el Eterno tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre’, son las palabras de introducción de los diez mandamientos. El nombre hebreo, que se emplea aquí (Eterno, Todopoderoso), da a entender que los principios de la ley reciben su validez del carácter de Dios” (Diez mandamientos. The New Unger’s Bible Dictionary, 1988).
La antítesis de la codicia es la caridad, y el Dios de Israel es un Dios de amor y de interés generoso por los demás. El siguiente es un ejemplo de una instrucción a la antigua Israel, cuya intención es ayudar no solo a los pobres sino también a los prósperos: “Cuando vendimies tu viña, no rebuscarás tras de ti; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda” (Deuteronomio 24:21).
La función de esta instrucción resulta especialmente interesante desde un punto de vista económico. Un terrateniente que recoge su propia cosecha tendrá que volver a repasar el campo, y gastar mucho esfuerzo para tratar de recoger cada uva, cada aceituna y cada espiga. El costo de realizar cabalmente esta labor terminará por ser más alto que las utilidades recibidas por recoger hasta el último grano. En cambio, los pobres carentes de tierra tenían tiempo suficiente, y económicamente tenía sentido, que lo emplearan espigando para recoger el alimento que necesitaban.
Esta ley que beneficiaba a los pobres es evidente. Al exigirles que trabajaran para recoger espigas, les daba alimento a la vez que preservaba su dignidad. Pero, ¿en qué se beneficiaban los terratenientes? Esto les impedía que se empeñaran tanto en las ganancias, que sacaran hasta lo último que pudieran de los campos y viñedos, negándoselo a quienes más se beneficiarían. La ley de Dios evitaba la codicia de parte de los terratenientes, imponiéndoles la obligación de dejar algo para los demás.
En el mundo de los negocios muchos se rigen por una norma que dice algo así como: “No hay que dejar nada en la mesa, ¡ni siquiera el barniz!” Esto nos trae a la mente las palabras de Isaías: “Esos perros comilones son insaciables; y los pastores mismos no saben entender; todos ellos siguen sus propios caminos, cada uno busca su propio provecho, cada uno por su lado” (Isaías 56:11). Esa avaricia de parte de la gente de negocios les hace pensar que no han tenido éxito si el otro no ha sufrido. Su mentalidad es tomar todo lo que puedan, negándoselo a otros en toda situación. Felizmente, esa tendencia, y el carácter mezquino que fomenta, era reprimido por el sistema legal que Dios estableció en la antigua Israel. La ley que dio a los israelitas llevaba inherente la honradez y la equidad, no la codicia.
El octavo mandamiento dice: “No hurtarás” (Éxodo 20:15). Además de prohibir el hurto, o el robo, este mandamiento reconoce que es permitido tener propiedad privada. No obstante, también ordena respetar la propiedad ajena, y señala las malas motivaciones que pueden generar el robo, la codicia y la avidez. El apóstol Santiago escribió: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís para mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:1-3).
Para combatir los malos impulsos de la naturaleza humana, Dios incorporó honradez y justicia en sus decretos. El siguiente es un buen ejemplo: “No hagáis injusticia en juicio, en medida de tierra, en peso ni en otra medida. Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis. Yo el Eterno vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto.” (Levítico 19:35-36).
El hebreo original especifica que las “medidas justas” son un efa justo y un hin justo. Un efa en Israel era una medida de capacidad para materiales sólidos. Equivalía a 22 litros aproximadamente, y solía emplearse para medir granos. Un hin era una medida de capacidad para líquidos, equivalente a 3,66 litros. En la actualidad la aplicación del principio se extendería más allá de medir cantidades de cereal o de gasolina. Una aplicación moderna del efa justo o injusto podría ser cómo medimos nuestro trabajo. En el trabajo, ¿le damos al empleador la cantidad de labor por la que nos está pagando? El camino de Dios nos enseña a dar el valor que hemos prometido. Es lo que Dios manda ¡y es buen negocio!
Dios claramente prohíbe la corrupción personal fomentada por la codicia. Lo hace porque la codicia es enemiga de su carácter. Sin embargo, no prohíbe que sus hijos negocien por un precio justo o para tener alguna ganancia. No hay ninguna exhortación bíblica que prohíba trabajar para ganar, ni realizar una empresa productiva para generar riqueza. Al contrario, hay decenas de exhortaciones tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo sobre cómo alcanzar riqueza, y llevar las relaciones comerciales de manera que ayuden a otros a ser mejores empleados y personas de negocios. Recordemos que para cualquier empresa es crucial contar con la bendición de Dios: “Acuérdate del Eterno tu Dios, porque Él te da el poder para hacer las riquezas” (Deuteronomio 8:18).
Muchos piensan, erróneamente, que la Biblia llama al dinero la “raíz de todos los males”, pero no es así. El problema está en “el amor al dinero”. Consideremos el pasaje que dirigió el apóstol Pablo al evangelista Timoteo: “Raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10). Dios quiere que prosperemos y que disfrutemos en la vida de forma correcta. El apóstol Juan deseaba cosas buenas para sus congregaciones: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2).
Lamentablemente para muchos, la búsqueda de la riqueza no trae bien sino mal y estrés en lugar de gozo. La codicia es insaciable, siempre ansía más, y convierte a los codiciosos en esclavos y no amos de su riqueza: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad” (Eclesiastés 5:10).
En cambio, quienes trabajan duro y prosperan en su labor de manera justa y equilibrada, pueden recibir bendiciones por hacerlo: “A todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios” (Eclesiastés 5:19). Como buen Padre, Dios desea bendiciones para sus hijos, y esas bendiciones no excluyen la prosperidad.
La avaricia es un afán excesivo de ganancias y es motivada por la codicia. Transgrede el décimo mandamiento y, por lo tanto, es pecado. El apóstol Pablo escribió que ningún avaro heredará el Reino de Dios (1 Corintios 6:10). La razón es que la persona avarienta, o codiciosa, anda centrada en el yo y en el obtener; en cambio, Dios es amor e interés genuino por los demás. El dar es inherente en el carácter de Dios, y será inherente en el carácter de los hijos de Dios desde ahora y en su Reino.
Jesús advierte contra la avaricia: “Les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). Igualmente, el apóstol Pablo enseñó que en el discípulo de Jesucristo no debe haber avaricia (codicia): “Fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Efesios 5:3). Explicó que los avaros y codiciosos no entrarán en El Reino de Dios (v. 5). Los discípulos ordenados al servicio del pueblo de Dios no deben padecer de codicia: Pablo le dijo a Timoteo que los ancianos y diáconos no deben ser “codiciosos de ganancias deshonestas” (1 Timoteo 3:3, 8).
En la película: Wall Street, Gordon Gekko fue a la cárcel porque la codicia alimentó su deseo de tomar riesgos excesivos y, al final, de quebrantar la ley. Aunque se trate de un personaje ficticio, Gekko se basaba en el financista real Ivan Boesky, cuya historia fue parecida. Boesky fue condenado en 1986 por valerse de información confidencial para hacer transacciones en la bolsa, algunas descaradas y obvias, como la compra ilegal de grandes bloques de acciones en una empresa a escasos días antes que se anunciara la venta a otra empresa. Fue castigado con cárcel federal y multa de $100 millones de dólares.
Pocos meses antes de confesar sus transgresiones, impulsadas por la codicia, Boesky pronunció un discurso en el grado de estudiantes de maestría en la universidad Berkeley, de California. Les dijo: “La codicia está bien, dicho sea de paso. Quiero que lo sepan. Creo que la codicia es sana. Se puede ser codicioso y aun así sentirse satisfecho de sí mismo”.
En las cárceles hay muchos avaros y muchos son los poderosos que han caído por su codicia. Por el lado positivo, se informó que, cumplida su sentencia carcelaria, Boesky se acogió a la religión en que fue criado, y se dedicó a llevar una vida mucho más moral que antes.
Aunque muchos no han aprendido la lección, otros que han salido adelante en los negocios reconocen que la codicia no es ni buena ni sana, y que no hace sentirse “satisfecho de sí mismo”. Por el contrario, ¡la codicia nos hace incompetentes! La avidez excesiva puede llevar a la persona a correr riesgos insensatos en busca de la recompensa. Como resultado, a menudo los codiciosos son desequilibrados en los negocios, e inclinados a tomar malas decisiones, motivadas por el ansia de enriquecerse rápidamente, sin hacer el esfuerzo necesario para alcanzar ganancias honradamente: “El deseo del perezoso le mata, porque sus manos no quieren trabajar. Hay quien todo el día codicia; pero el justo da, y no detiene su mano” (Proverbios 21:25-26).
Jesucristo nos exhorta: “Gratis lo recibisteis; dadlo gratis” (Mateo 10:8, Biblia de Jerusalén). Conscientes de esta amonestación, ofrecemos la revista: El Mundo de Mañana y todas nuestras publicaciones sin costo para el público. No se venden. Nunca pediremos que se pague por nuestro material impreso o grabado. Todo se distribuye gratuitamente a quien lo solicite, gracias a los diezmos y ofrendas de los miembros de la Iglesia del Dios Viviente y de otras personas que voluntariamente han decidido tomar parte en la proclamación del verdadero evangelio de Jesucristo a todas las naciones.
“Dios es amor”, y en su carácter es inherente el deseo de dar. Por esta razón la Iglesia de Dios practica el principio de dar, no de recibir. [MM]