La restauración de todas las cosas

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El Padre Nuestro es la oración que más se repite en el mundo católico, y también la recitan algunos protestantes. Yo crecí como protestante, y recuerdo bien los servicios del domingo por la mañana, cuando el pastor decía: “Oremos ahora como nuestro Señor nos enseñó”, para luego recitar en voz alta, con toda la congregación, lo que se ha dado a conocer como el Padre Nuestro. Pero, ¿acaso comprendíamos las palabras que estábamos repitiendo? Para la mayoría de nosotros, la respuesta tendría que ser no.

Esta oración, tomada de las palabras de Mateo 6:9-13, no era para recitarla de memoria, sino que Jesús la ofreció como una guía para orar; en respuesta a los discípulos que le pidieron: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1). Era un modelo de oración, a manera de ejemplo. Veamos lo que Jesús realmente dijo: “Orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos… Vosotros, pues, oraréis así” (Mateo 6:7, 9). Después de reconocer la grandeza de Dios, continuó con estas palabras: “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el Cielo, así también en la Tierra” (Mateo 6:10).

¿Por qué rogar que venga el Reino de Dios? ¿Por qué rogar que se haga su voluntad en la Tierra, así como en el Cielo? ¿Qué significa esto?

Realmente, ¿quién gobierna el mundo?

El conocido himno: Este es el mundo de mi Padre, puede servir de consuelo a muchos, pero es una mezcla de verdad y error. Es verdad que Dios creó las rocas, los árboles, los cielos, los mares y que es el Supremo Gobernante de todas las cosas; pero el himno da a entender que todo el mundo se encuentra bajo su guía directa. ¿Es nuestro mundo actual realmente el mundo de Dios? ¿Es acaso su voluntad lo que se está haciendo en la Tierra?

La Biblia, y lo que observamos, nos dan una respuesta rotunda: ¡No lo es! En las Escrituras, al gobernante de este mundo se le llama el “príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”. El que dirige “la corriente de este mundo” (Efesios 2:2). Es el mismo Satanás, el diablo. Dios se interpone de vez en cuando para proteger su plan maestro, pero por lo común no interviene en la gobernanza del mundo. ¿Por qué no lo hace?

La respuesta se encuentra en el plan maestro de Dios para la humanidad. Su objetivo es muy superior a lo que suele enseñar el cristianismo tradicional. No nos ha dado vida en la Tierra para que nos dediquemos a sacarle toda la diversión posible, y luego morir y pasar a un retiro eterno en el Cielo o al tormento eterno en el infierno.

Antes de crear al hombre, Dios creó a las huestes angélicas, y entre ellas al poderoso querubín Lucero. Los ángeles clamaron de alegría cuando se creó el mundo, pues el planeta sería su domicilio, y sobre su domicilio habría un trono ocupado por el querubín, un ángel de alto rango. A Lucero le correspondería dirigir el gobierno de Dios en la Tierra… pero no quedó satisfecho con eso.

Creyéndose más poderoso que Dios, Lucero quiso derrocarlo de su trono (Isaías 14:13-14), y con ese fin indujo a la tercera parte de los ángeles a rebelarse (Apocalipsis 12:3-4, 9). Pero el golpe falló, y Lucero fue lanzado de nuevo a la Tierra (Lucas 10:18).

De esta manera cesó el gobierno de Dios en la Tierra, pero no quitó al adversario. Dios tiene reservado un destino muy elevado para la humanidad, y necesita saber que seremos sus hijos leales.

Nuestros primeros padres optaron por seguir al adversario y no al Creador, y el resultado ha sido solo pena y dolor. Los descendientes de Adán y Eva han elegido, individual y colectivamente, seguir el camino del gobernante rebelde que dirige “la corriente de este mundo”. Dios nos dice que somos varón y mujer, pero la humanidad declara que hay más de dos sexos. Nos dice que seamos fieles a nuestro esposo o esposa, pero otras voces nos dicen que una dosis de adulterio es conveniente en el matrimonio. Dios nos dice qué día de la semana debemos santificar, pero el cristianismo tradicional prefiere seguir los cambios errados del emperador Constantino, quien declaró que el día santo era otro. Dios nos da siete días santos y de fiesta que forman su plan maestro para la humanidad, pero quienes se declaran cristianos piensan que son mejores las celebraciones paganas que llevan superpuesto el nombre de Cristo.

La noche en que fue traicionado, Jesús dijo a sus discípulos: “No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30). Y el apóstol Pablo explicó: “Si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:3-4).

Entonces, debemos preguntarnos, cuando la gente reza: “Venga tu Reino”, ¿se dan cuenta de lo que están pidiendo? Además, cuando añaden “Hágase tu voluntad, como en el Cielo, así también en la Tierra”. ¿Se dan cuenta de que la voluntad de Dios no es la norma que rige el presente?

¿Por qué es esto importante?

Las Escrituras dicen que Satanás ha engañado a todo el mundo (Apocalipsis 12:9). Esto comprende la forma como el mundo ve el gobierno, la salud, el comercio, la industria, el entretenimiento, la religión… y hasta el cristianismo tradicional. No debe sorprender a nadie, pues el mismo Jesús advirtió que el cristianismo falso sería característica en nuestros días: “Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán” (Mateo 24:4-5).

No tomemos equivocadamente las palabras de Jesús cuando dijo: “Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán”. El contexto aclara que los embaucadores no se atribuirían ese título, sino que proclamarían a Jesús como el Cristo, el Ungido o Mesías. En otras palabras, se aprovecharían de su nombre y tomarían para sí la autoridad de Jesucristo, refiriéndose a Jesús como el Mesías, y engañarían, no a pocos sino a muchos.

Demos una mirada al mundo de la cristiandad. Pensemos en las diferencias tan grandes que separan al catolicismo del protestantismo. Consideremos las diferencias entre evangélicos, presbiterianos, pentecostales y metodistas. Aun quien no conozca todas las diferencias se da cuenta de que hay muchas. ¿Acaso pensamos realmente que Dios ha dejado que cada uno de nosotros decida cómo adorarlo? ¿No reparamos en la frustración detrás de las palabras de Jesús en Lucas 6:46?: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”

Siendo muchacho, yo no tenía la menor idea de lo que decía al orar, y dudo que los demás en la congregación lo comprendieran. Nos limitábamos a repetir palabras que, muy sinceros, pero muy ignorantes, habíamos aprendido de memoria. Sabíamos que Adán había cedido ante la tentación de la serpiente, pero no sabíamos que Satanás era, y sigue siendo, el dios de este mundo. No sabíamos que: “Hágase tu voluntad, como en el Cielo, así también en la Tierra”, precisamente porque el gobierno de Dios todavía no está en la Tierra… ¡Todavía no!

La buena noticia, el verdadero evangelio de Jesucristo, puede resumirse así: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y Él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el Cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:19-21). Para una mayor comprensión de este tema, le invitamos a estudiar nuestro esclarecedor folleto: El misterio del destino humano, el cual se puede descargar desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org. [MM]

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