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Fuertes, majestuosas y estruendosas; pero a la vez dotadas de una fina niebla salpicada de arcoíris y cascadas de agua verde azulada, las cataratas del Niágara forman un espectáculo impresionante. Están formadas por tres caídas de agua, dos en la ribera de Estados Unidos, y una en la ribera canadiense. En la ribera del río Niágara que corresponde a Estados Unidos, estado de Nueva York, están las caídas llamadas Americana y Velo de Novia; y en la ribera canadiense, provincia de Ontario, está la caída de la Herradura. Sumadas, las tres presentan una esplendorosa muestra de la creación divina, que recuerda la inteligencia y la capacidad ingenieril conferidas por Dios al hombre, a la vez que son un símbolo de unidad entre las naciones.
Las cataratas del Niágara han atraído turistas desde hace más de 200 años. Con sus 10 a 14 millones de visitantes cada año, se cuenta entre los destinos turísticos más concurridos de Norteamérica. Al pensar en las cataratas del Niágara, la imagen que suele venir a la mente es de la famosa caída de la Herradura, cortina de agua que se extiende en una amplia curva a lo largo de 670 metros y mide 57 metros de alto.
En la ajetreada temporada turística, el caudal de las cataratas durante el día es de aproximadamente 168.000 metros cúbicos por minuto. Aproximadamente el 90 por ciento cae sobre la Herradura, que es la principal atracción. Las cataratas son una maravilla de la creación, un derroche de imágenes y sonidos que impulsan la economía turística regional. Pero cumplen también otra función sumamente importante: la generación de energía hidroeléctrica.
El agua que los turistas ven precipitarse sobre la orilla de las cataratas va a dar al lago Ontario, de allí al río San Lorenzo y finalmente al océano Atlántico. Pero no toda el agua del río Niágara llega a las cataratas. Una parte importante es desviada a fin de generar electricidad para regiones del Sur de Ontario en Canadá y de Nueva York en Estados Unidos.
Canadá y Estados Unidos tienen un convenio que decide el caudal que fluye por las cataratas en diferentes momentos. Durante la temporada turística, la cantidad de agua es suficiente para ofrecer un bello espectáculo. Por la noche y en temporadas de turismo bajo, el caudal se reduce, desviando un volumen mayor a las centrales hidroeléctricas.
La Estructura de Control International, bajo supervisión de la Junta Internacional de Control del Niágara, controla la desviación del agua del río, repartiéndola entre la Ontario Power Generation y la New York Power Authority. El tratado de 1950 indica cómo se realizaría, a la vez asegura que el caudal de las cataratas sea suficiente para mantener una exhibición espectacular. Se trata de un complejo juego de equilibrio en el que los dos países colaboran para fomentar el turismo, y al mismo tiempo regular la energía eléctrica que se produce.
La energía proveniente de un fluido en movimiento es directamente proporcional al caudal, o cantidad que fluye, multiplicado por la altura de la caída. Pocos lugares en el mundo tienen a la vez un gran flujo de agua y una caída natural de altura importante, y esta combinación ha dado a la región del Niágara un lugar destacado en la generación hidroeléctrica de Norteamérica y del mundo. Las cataratas del Niágara ofrecen un excelente ejemplo de cómo la humanidad puede aprovechar la energía inherente en la creación de Dios, y administrarla para atender necesidades específicas. Aquí, la energía de las cataratas se convierte de energía potencial en energía cinética, de allí en energía mecánica, y finalmente en energía eléctrica.
Una serie de canales y túneles desvían el agua río arriba de las cataratas para su almacenamiento en embalses o su uso inmediato. En las centrales hidroeléctricas del Niágara, dado el cambio abrupto de elevación, la energía potencial de la masa acuática se transforma en energía cinética de movimiento y presión. Esta energía cinética se convierte en mecánica cuando el agua hace girar turbinas en la central. De la turbina sale un eje que hace girar un rotor dentro del generador, y este, con ayuda de cobre y de imanes, transforma la energía mecánica en electricidad. La capacidad combinada de las cataratas es de aproximadamente cinco gigavatios (5.000.000.000 vatios), cantidad enorme de energía eléctrica que sirve para abastecer a millones de hogares.
Aunque parezca sorprendente, hay varios aspectos de las cataratas del Niágara que pueden ayudarnos a comprender mejor el Espíritu Santo de Dios. El Espíritu Santo es la energía creadora de Dios, mediante el cual hizo todas las cosas. Dicho de otra manera, es el poder mismo de Dios. El Espíritu Santo, igual que las cataratas, puede presentarse como algo atronador y majestuoso, como ocurrió en el día de Pentecostés luego de la muerte y resurrección de Jesucristo, cuando penetró en la casa como “un viento recio” (Hechos 2:2). Pero también puede manifestarse en el delicado encanto de una mariposa o una flor… o en el arrepentimiento de alguien que responde al llamado de Dios.
Así como las cataratas del Niágara atraen a gente de todo el mundo para contemplar un espectáculo maravilloso de la creación divina, el poder del Espíritu Santo atrae a quienes Dios llama, trayéndolos por diversos medios y naciones, a fin de que se incorporen en su santa Familia y entren en el Reino de Dios. El Espíritu de Dios, esa energía vital, es tan poderoso como fue cuando Dios lo empleó para crear la totalidad de los Cielos y la Tierra (Génesis 1:1). Y mientras las cataratas del Niágara promueven la unidad entre Canadá y los Estados Unidos, el Espíritu Santo une a los miembros en el cuerpo de Cristo, su Iglesia. Pero la comparación más importante quizá sea la que tiene que ver con la conversión de la energía.
Dios dice que nosotros no somos como Él: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo el Eterno. Como son más altos los Cielos que la Tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9). Sin embargo, Dios quiere que seamos como Él, como se lee en el famoso sermón del Monte, donde Jesucristo nos dice: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los Cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Por su parte, el apóstol Pablo escribió: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Efesios 5:1).
A lo largo de las Escrituras hay pasajes donde se afirma que quienes escuchen el llamado de Dios, le entreguen su vida y desarrollen su carácter justo, serán sus hijos e hijas y heredarán todo el Universo (p. ej., Romanos 8:16-17). Estos dos conceptos: Que somos tan diferentes de Dios y que Dios quiere que lleguemos a ser como Él, no pueden conciliarse naturalmente ni por voluntad nuestra. Entonces, ¿cómo podemos llegar a ser como Dios si somos tan diferentes de Dios?
La incompatibilidad es enorme, algo así como la diferencia entre la electricidad activa y la energía potencial del agua. Para cerrar la brecha, es preciso que cambie Dios o que cambiemos nosotros, y Dios ha dicho claramente que Él no cambia (Malaquías 3:6). La transformación tiene que ocurrir en nosotros, y una transformación así no es posible sin que el Espíritu Santo actúe para cambiar nuestro corazón.
Así como la potencia del agua del río Niágara es susceptible de transformarse en energía que lleva electricidad a millones, el Espíritu Santo puede convertirnos en lo que Dios quiere que seamos, luz del mundo entero y, más adelante, de toda la creación. [MM]