Guerra bajo nuestra piel

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Se está librando una guerra interminable y nos encontramos en pleno centro de la batalla. Es una guerra que está ocurriendo debajo de nuestra propia piel.

Los patógenos microscópicos, como bacterias, virus, hongos y parásitos; son tan pequeños que no se ven, pero algunos son mortíferos y se encuentran en todas partes. ¿Qué hay entre nosotros y estas amenazas? ¿Qué nos mantiene vivos y sanos? Es una de las grandes maravillas diseñadas por Dios: el sistema inmunológico humano.

Sería imposible, en un artículo breve como este, exponer en su totalidad nuestro increíble sistema inmunológico con toda su gloria. La historia es muy compleja, pero un vistazo nos sirve al menos para recordar que realmente “formidables, maravillosas son tus obras” (Salmos 139:14). Demos ese vistazo.

Protección contra el “fuego amigo”

Desde antes de nacer, nuestro cuerpo estaba preparándose para la batalla que daría después de venir al mundo. Estando aún en el vientre materno, nuestro cuerpo estaba creando células que formarían parte del vasto sistema inmunológico; y a la vez, estas células estaban probando a las demás células sanas del cuerpo, aprendiendo cuál sería su aspecto físico.

Esta memoria del sistema inmunológico es absolutamente vital. Sin la maquinaria molecular que efectúa este reconocimiento, nuestras propias células serían víctimas de las armas del sistema, como soldados que mueren en el campo de batalla por el “fuego amigo”.

Movilización del ejército microscópico

¿Ha notado usted que la piel se inflama un poquito al sufrir una cortadura? ¡Es el sistema inmunológico que entra en acción!

Debajo de la piel, el sistema inmunológico tiene centinelas, como soldados apostados en los muros de una ciudad. Cuando la ciudad, nuestro cuerpo, es atacada por invasores, ¡los soldados ponen manos a la obra! El sistema envía señales que ordenan aumentar el fluido en los tejidos afectados y atraen glóbulos blancos de la sangre y otros mecanismos de defensa al sitio de la batalla para enfrentar a los invasores. ¡La piel inflamada significa que se ha hecho contacto con el enemigo!

Las reacciones y transformaciones químicas del sistema inmunológico en esta batalla son notables. Por ejemplo, una reacción en cadena produce una máquina molecular que abre un agujero en las células invasoras, y estas se revientan y mueren. Otros glóbulos blancos destruyen a los invasores mediante una guerra química, por ejemplo, produciendo peróxido de hidrógeno. Los investigadores han descubierto que unos glóbulos blancos encierran al microbio invasor dentro de un recipiente pequeño ¡que luego inundan con ese blanqueador producido naturalmente!

Tal como ocurre en una ciudad invadida, las primeras tropas frenan a los atacantes trabándose en combate con ellos, pero esto no impide que sigan entrando más invasores por la brecha abierta. Al proseguir la guerra microscópica, el sistema inmunológico redobla el poder y la precisión de sus esfuerzos.

Identificación del enemigo

Lo anterior ocurre cuando el sistema inmunológico reconoce la identidad exacta del agresor. ¿Es el virus de la influenza H3N2? ¿Es la bacteria estreptococo betahemolítico?

Según ciertas estimaciones, el sistema inmunológico tiene una biblioteca funcional de diez mil millones de diversas amenazas. No cabe en este artículo una descripción de cómo el sistema crea la biblioteca; basta decir que este número se considera mayor que el número de amenazas que existen en la Tierra. Por ejemplo, unos científicos que investigan la robusta composición del sistema en los mamíferos, inyectaron un par de moléculas sintéticas en algunos animales, sabiendo que estas moléculas no existían en la naturaleza y que los animales jamás habían tenido contacto con ellas. Sin embargo, ¡se enteraron de que el sistema inmunológico de los animales ya tenía una respuesta diseñada específicamente para contrarrestar esas moléculas!

¿Cómo hace el sistema inmunológico para reconocer a sus agresores?

Cuando las primeras células socorristas entran en la batalla al comienzo de la infección, ciertas células de esa oleada inicial no solo destruyen a los invasores, sino que los desarman y llevan las piezas a los ganglios linfáticos del cuerpo, donde presentan los trozos del microbio enemigo deshecho a otras células del sistema. Entonces se activan estas células defensoras, que están preparadas específicamente para combatir ese invasor específico, y pueden producirse en masa más células, además de proteínas especiales llamadas anticuerpos… todos ellos diseñados para ese patógeno.

¡A buscar y aniquilar!

Si las defensas iniciales eran las “tropas de infantería”, estas otras, específicas para este invasor, constituyen las “fuerzas especiales”. Por ejemplo, cuando los anticuerpos específicos para el invasor llegan al sitio de la infección, se fijan al cuerpo extraño, obstaculizando las funciones del invasor de varios modos. Los anticuerpos pueden aglutinar a las bacterias nocivas, haciéndolas perder toda eficacia. Pueden atascar las piezas móviles de las células peligrosas, con lo cual las inmovilizan. Los anticuerpos interfieren con el funcionamiento de los virus de tal modo que impiden que estos ataquen a las células sanas y se reproduzcan. Y los anticuerpos marcan a los microbios peligrosos y los identifican más claramente como blancos para la pronta aniquilación.

El proceso es eficiente, y se hace más eficiente en tanto dure la infección. Identificado el patógeno específico, las células que producen los anticuerpos correspondientes no solo producen más anticuerpos, sino que también comienzan a experimentar, produciendo el mismo anticuerpo con ligeras variaciones para ver si puede fijarse mejor al microbio. Con el transcurso del tiempo, el sistema inmunológico “aprende” a fijar moléculas al invasor con una eficiencia cada vez mayor, lo cual no solo acelera la destrucción de la sustancia nociva, sino que mejora la biblioteca del sistema de manera que podrá derrotar al enemigo aún más rápidamente la próxima vez.

Más allá del alcance de la evolución

La idea de que un sistema impresionantemente complejo como este pudo simplemente “evolucionar” por pasos incrementales mínimos, incluso tardando miles o millones de años, resulta irracional. Nuestro sistema inmunológico es un ejemplo de lo que los teóricos del diseño inteligente llaman “complejidad irreducible”. Este sistema no puede desarrollarse gradualmente con el tiempo porque si falta una pieza compleja y fundamental, o si falta tan solo una parte de ella, el sistema inmunológico en su totalidad sería inútil o un peligroso desastre.

En su importante libro: La caja negra de Darwin, el bioquímico Michael Behe escribió:

“Diversidad, reconocimiento, destrucción, tolerancia: todas estas y más interactúan entre sí. Adonde volvamos la vista, una explicación gradualista del sistema inmunológico choca con el obstáculo de múltiples requisitos entrelazados. Como científicos anhelamos entender cómo tan magnífico mecanismo llegó a ser, pero la complejidad del sistema condena todas las explicaciones darwinianas a la frustración” (pág. 139).

Nuestro sistema inmunológico no evolucionó. Manifiesta todas las características de la planificación y del diseño: de algo creado por Alguien con una inteligencia y un poder muy superiores a los nuestros.

Mientras Jesucristo no regrese y dé comienzo a “los tiempos de la restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21), nuestro mundo seguirá siendo una mezcla de bendiciones y peligros. ¡Pero Dios no nos ha dejado sin defensas! Podemos, como el rey David, confiar en que Él no desampara las obras de sus manos (Salmos 138:8). [MM]

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