¿Por qué se desvían los jóvenes?

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A veces nos cuesta entender cómo ayudar a nuestros hijos a seguir el camino correcto. Este artículo, el primero de dos, ayuda a los padres a identificar las trampas en que caemos tan fácilmente.


Muchos padres y madres que aman a sus hijos, y que han actuado con las mejores intenciones, se preguntan por qué los jóvenes se van por el mal camino. Unos, agobiados por la culpa, sienten que han fracasado. Otros se niegan a reconocer que cometieron algún error, prefiriendo señalar la presión de los compañeros, el efecto de los colegios o las malas amistades. Ninguna persona inteligente puede negar la importancia de los compañeros o la influencia de la educación secular moderna. Estos representan grandes retos para cualquier padre o madre. Pero, ¿por qué unos tienen mayor éxito en la crianza que otros? ¿Será cuestión de suerte?

¿Por qué se desvían los jóvenes? ¿Habrá factores que mejorarían la probabilidad de criar hijos felices y de buen comportamiento, que luego se convertirán en ciudadanos productivos? ¡Hay ciertos errores que pueden evitarse!

En mis 45 años en el ministerio, de los cuales 25 han incluido campamentos de verano, he conocido y trabajado con muchos jóvenes y familias. He conocido jóvenes culpables de casi todo: robo a mano armada, escalamiento, hurto en tiendas, prostitución femenina y masculina, raterismo y más embarazos ilegítimos de lo que puedo contar. ¿Cuáles son las causas? En este artículo, el primero de una serie de dos, veremos cinco factores que llevan a los jóvenes a desviarse del buen camino.

Causa número 1: Hipocresía

No hay nada como la hipocresía para que un hijo llegue a irrespetar a sus padres y los valores que ellos representan. Cuando enseñamos una cosa y hacemos otra, nuestros hijos lo captan. Son hábiles para detectar la hipocresía en otros, y a la vez ellos mismos se vuelven maestros de la hipocresía. ¿Cuántos padres dicen: “No hagas lo que hago; sino lo que digo”? Los que amenazan: “Voy a lavarte la boca con jabón si te oigo decir esa palabra otra vez”. Pero si dejan que la misma palabra salga de su propia boca, no tendrán el respeto de sus hijos. Enseñarle a un hijo a demostrar buena conducta deportiva no funciona si luego el padre exhibe lo contrario en la cancha, en las graderías o ante un partido televisado. Los hijos necesitan saber que sus padres son consecuentes en lo que dicen y lo que hacen. Actuar de otro modo es decirles que uno mismo no cree lo que dice.

Los padres no somos seres perfectos, pero nuestro ejemplo y camino de vida debe concordar lo más posible con lo que enseñamos. Es importante distinguir entre un error infrecuente de los padres y una vida de hipocresía. Cualquier persona comprensiva, incluso nuestros hijos, dejará pasar un incidente si reconoce que nuestro error fue algo fuera de lo usual. En otras palabras, quienes nos rodean saben que normalmente no hacemos ciertas cosas, pero que en un momento dado hemos cometido un error. Dicho de otra manera, podemos ser culpables de un acto de hipocresía, pero no ser hipócritas de carácter.

Los hijos deben confiar en que sus padres, pese a sus imperfecciones, son sinceros: que lo que enseñan es lo que realmente creen. A veces, el padre o madre que se disculpa, en vez de justificarse después de cometer algún acto fuera de lo usual, contribuye mucho a forjar los lazos con su hijo.

Una vida de sinceridad, y no de hipocresía, comienza a temprana edad. Recuerdo un programa de televisión en que el padre reflexionaba con sus viejos amigos sobre lo que hacían antes de casarse. Poco después, el padre notó a su hijo sentado afuera, cabizbajo. Al preguntarle qué pasaba, el chico respondió algo así: “Siempre me dices que no me emborrache, que no ande a toda velocidad en el carro y otras cosas; pero luego tú y tus amigos hablan de lo mucho que se divertían haciendo esas mismas cosas”. ¡Mensaje recibido! A veces, nuestros pecados del pasado regresan a darnos un golpe cuando menos lo esperamos.

Causa número 2: Falta de sabiduría

Los padres deben tener y ejercer sentido común y sabiduría si pretenden que sus hijos los respeten e imiten. Un proverbio bíblico nos dice: “Como no conviene la nieve en el verano, ni la lluvia en la siega, así no conviene al necio la honra” (Proverbios 26:1). Nadie logra mantenerse completamente al día en un mundo de cambio vertiginoso, pero si hemos de criar bien a nuestros hijos, es preciso reconocer en qué aspectos tenemos lagunas de conocimiento e instruirnos en los temas críticos cuando sea necesario.

En los años sesenta, los Beatles y otros grupos de rock introdujeron una cultura de drogas de la cual el mundo Occidental no ha logrado recuperarse. Muchos padres les dijeron a sus jóvenes adolescentes que si fumaban marihuana se enviciarían y les ocurriría toda clase de males. Los hechos no siempre concordaron con las advertencias. No todo el mundo se envicia, no todos murieron. Los padres tenían razón al advertir que no se debía tocar la marihuana. Sabían instintivamente que había peligro, pero a veces hacían las advertencias sin suficiente conocimiento y comprensión de la realidad.

La marihuana de hoy es mucho más fuerte de lo que era en los sesenta, y sí causa adicción en algunos. Puede discutirse si es una adicción psicológica o física, pero yo personalmente he conocido personas que la probaron y la dejaron, y otras que se enviciaron de verdad. El punto es que si los hijos ven que no sabemos de qué estamos hablando, perderán respeto por nosotros. Es preferible reconocer lo que no sabemos y luego ayudarles a investigar el tema, que tratar de confundirlos. Los padres tienen que cuidarse para no actuar como necios en público o en privado.

Causa número 3: Injusticia

¿Cuántas veces hemos oído a un niño exclamar: “No es justo”? La mayoría de las veces es justo, pero es importante que ellos sepan que nosotros somos justos en nuestro trato con ellos. Esto no significa que justicia sea lo mismo que igualdad. John Wooden, de la Universidad de Los Ángeles, California, fue uno de los mejores, quizás el mejor, entre los entrenadores de baloncesto de todos los tiempos. Sus equipos ganaron diez campeonatos nacionales durante doce años en los Estados Unidos y en su libro: They Call Me Coach [Me dicen el Entrenador], hizo este acertado comentario: “No trato a todos mis jugadores de igual modo; los trato de modo justo”.

Cuando usted permite que su hija conduzca el auto a los 18 años y no concede el mismo privilegio a su hijo, probablemente oirá la queja: “¡No es justo!” No hay que desatender la protesta, sino explicar el porqué de su decisión: “Tu hermana ha demostrado que es responsable. Cuando tú demuestres que puedes actuar con responsabilidad, también te entregaremos las llaves del auto”. La realidad es que no podemos fijarles a nuestros hijos fechas arbitrarias que no estén relacionadas con su madurez y carácter, pero sí es importante que ellos escuchen por qué tomamos ciertas decisiones. Esto no pondrá fin a sus protestas, pero es importante plantear el caso y explicar por qué nuestras decisiones son justas. No es necesario comprobarlo, cosa que a menudo no es posible; pero sí es posible que en el fondo ellos reconozcan la verdad.

Al mismo tiempo, no podemos desatender sus clamores sobre la injusticia. Recuerdo una familia con dos hijos. El menor se salía con la suya hiciera lo que hiciera, pero la mayor al parecer no podía hacer nada bien. Ella entendía que no la estaban tratando con justicia, y el daño que se hizo fue trágico. Cuando oímos: “¡No es justo!” Debemos hacer un poco de introspección. Detengámonos a pensar. Quizá no somos justos. Y en tal caso, debemos corregir el curso. Los padres no podemos dejarnos engañar ni intimidar por este tipo de quejas, pero sí debemos ser introspectivos, sabios y, por supuesto… justos.

Causa número 4: Falta de comunicación

Nadie tiene que explicarnos la importancia de pasar tiempo con nuestros hijos, sean pequeños o mayores. Esto tiene que ser de alta prioridad. Pero es fácil distraerse con otras cosas. El egoísmo es característica de nuestros tiempos. Muchas parejas deciden no tener hijos sencillamente porque estos limitarían su libertad y diversión. Otros tienen hijos pero viven como si no los tuvieran.

Recuerdo cuando mi esposa cuidaba a la hija pequeña de unos vecinos. A veces, cuando la madre llegaba a recogerla después del trabajo, la niña lloraba porque no quería irse a su casa. Esto debía ser una advertencia, ya que la mayor parte de los niños pequeños desean estar con su madre e incluso se aferran a ella. Cuando un pequeñito se ve más apegado que a sus padres a otro adulto o a sus amigos al ir creciendo, esta es una señal de peligro. Los pequeños pueden agotar nuestra paciencia con sus gimoteos y sus preguntas constantes sobre cómo funciona todo en su pequeño universo, pero el tiempo que les dedicamos es importante. El viejo argumento que compara la “calidad de tiempo” que se pasa con ellos con la “cantidad de tiempo”, es necio. Se requieren ambas cosas.

Hace varios decenios, la popular canción de Harry Chapin titulada: Gatos en la cuna, transmitía un agudo mensaje. Empieza con un niño que llega al mundo mientras su padre está ocupado tomando aviones y pagando cuentas, por lo cual: “El niño dio sus primeros pasos estando yo lejos”. En la segunda estrofa, el niño de diez años quiere jugar a la pelota, pero papá responde: “Hoy no, tengo mucho qué hacer”. “Está bien”, responde el hijo, y se aleja pensando: “Seré como él, sí. Ya saben que seré como él”. Después de cada estrofa, viene una variación sobre el mismo refrán al desarrollarse la historia:

 “¿Cuándo vuelves, papá?”
“Yo no sé cuándo.

Pero entonces nos juntaremos.
Sabes que entonces nos divertiremos”.

Pero “entonces” nunca llega. No es sino cuando el hijo regresa de la universidad que el padre finalmente tiene tiempo para él, pero ya el hijo está envuelto en sus propios intereses y no tiene tiempo para papá. Solo después de jubilado el padre, se da cuenta de que su hijo resultó igual a él: demasiado ocupado para dedicar tiempo a su familia. Cuántas veces oímos decir: “¡Crecen tan rápido! ¿Qué se hicieron los años?” El tiempo perdido jamás puede recuperarse, y a veces los padres, aunque decentes y bien intencionados, andan demasiado ocupados para pasar horas preciosas con sus hijos… hasta que es demasiado tarde.

Comprendemos que los adolescentes quieran estar con otros adolescentes. Esto es normal. Pero ¿ha notado usted que algunos solamente desean estar fuera de su casa? Cuando sus hijos desean pasar más tiempo con otros que con usted, el antídoto no es ceder, sino aumentar su contacto con ellos. Llévelos a pescar. Sáquelos de compras. Juegue con ellos y llévelos al restaurante popular que les gusta. Busque algún proyecto que puedan hacer juntos, como una huerta o un deporte. Aunque no lo agradezcan en el momento, llegará un día en que sí lo entenderán.

Causa número 5: Falta de instrucción

El libro del Deuteronomio instruye a los padres en la manera de enseñar las leyes de Dios a sus hijos: “Las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino y al acostarte y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas” (Deuteronomio 6:7-9).

La instrucción debe hacerse con diligencia. A veces formal y a veces informal, debe impartirse incansablemente y ser apropiada para la ocasión. Recuerdo la historia que me contó un gran amigo: A la edad de unos seis años, estaba en un restaurante tomando un refresco con su padre. Este sacó del bolsillo una moneda de cinco centavos y la puso sobre la mesa. Luego miró al hijo y preguntó: “¿De quién es esto?” y el niño respondió: “Tuyo, papá”. Enseguida el padre le preguntó: “¿Qué serías si tomaras la moneda sin permiso?” “¡Un ladrón!” respondió el niño. Entonces el padre le dio un consejo importante: “Cuando tomas algo que pertenece a otra persona, sean mil dólares o cinco centavos, vienes a ser un ladrón”. Mi amigo recordó esa lección toda su vida. Se había beneficiado de tener un padre dedicado activamente a instruir a su hijo.

En la segunda parte de este artículo exploraremos otras cinco causas por las que los hijos se apartan del buen camino. Mientras tanto, si usted no ha leído nuestra publicación titulada: El futuro de la familia, le invitamos a llamar, escribir o visitar nuestro sitio en la red para solicitar un ejemplar de este informe especial gratuito.

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