Decisiones, decisiones…

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Cuidar de un niño nunca ha sido sencillo, pero creo que la mayoría estaría de acuerdo en que el mundo en el que estamos criando a nuestros hijos es muy confuso y complicado. Todos tienen una opinión sobre lo que un niño debe comer y usar, cómo y dónde debe dormir, qué atención médica debe recibir, lactancia materna o fórmula, vacunas y antibióticos versus medicina homeopática, pañales desechables o de tela, educación en el hogar o educación pública, ¡hay mucho por considerar! No es que me sienta atormentada por la preocupación todo el tiempo, pero siempre hay un pensamiento molesto en el fondo de mi mente que dice: "No estás haciendo suficiente" o "Estás tomando la decisión equivocada".

¿Cómo deberían las madres cristianas lidiar con preocupaciones tan constantes y persistentes?

La cantidad de información y opiniones es asombrosa y abrumadora. Todos están convencidos de que ellos tienen la solución, la mejor manera, la única manera, de criar a un niño. Puedo recordar un momento en que mi hijo contrajo una pequeña infección y yo no tenía ni idea de qué hacer. Cada opción estaba plagada de pros y de contras. Entonces me di cuenta de que no tengo todas las respuestas y de que nunca las tendré.

Pero nuestro Padre celestial sí las tiene.

Aun así, tenemos que tomar decisiones, y Dios no pondrá literalmente “la escritura en la pared” para indicarnos qué decisión tomar. Pero algunas de las decisiones que tomamos son importantes, las que afectan la salud de nuestros hijos, tanto espiritual como físicamente. En esos casos, ¿no deberíamos pedirle a Dios que nos ayude a ver el problema a través de Sus ojos y pedirle la sabiduría para tomar la decisión correcta, la elección que más se alinee con Sus leyes y Su forma de vida? Tenemos un Dios que desea ser parte de nuestras vidas y de las vidas de nuestros hijos, ¡y lo será si lo buscamos!

Dios piensa en nosotros (Salmo 139:17). ¡Él nos formó individualmente (Salmo 33:13-15)! ¡Y eso incluye a nuestros hijos! Debemos llevar “cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5). Esto es algo con lo que lucho todos los días. Pero a medida que mi esposo y yo criamos a nuestro hijo, me doy cuenta cada vez más de cuán importante es esa entrega a Dios. Este mundo es un lugar aterrador y la sensación de que una decisión incorrecta podría arruinar la vida de nuestro hijo siempre se cierne sobre nosotros. Si nosotras, como madres, nos esforzamos por poner el camino de Dios y su ley en primer lugar en nuestras vidas, para permitir que inspire nuestras decisiones para nuestros hijos, entonces Dios nos dirigirá hacia las decisiones correctas. Este mundo anima a los padres a tomar decisiones fáciles y cómodas, incluso si esas opciones no son las mejores para nuestros hijos.

Proverbios 3:5–6 dice: “Fíate del Eterno de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”. Si tomamos decisiones importantes para nuestros hijos sin acudir a nuestro Padre celestial en busca de guía y sin confiar en la justicia de Sus caminos y Su ley, no tenemos poder para asegurarnos de que las consecuencias serán buenas. Nuestro entendimiento es muy limitado y no podemos ver lo que ve Dios. Nuestros hijos son príncipes y princesas para Dios. ¡Dios está interesado en ellos, al igual que lo está en nosotros! Me reconforta saber que Él promete ayudarnos a tomar las decisiones correctas para nuestros pequeños, a hacer lo mejor para ellos y a ser las mejores madres que podamos ser. No importa cuán complicada sea la información del mundo, si mantenemos a Dios en el centro de nuestras vidas, podemos confiar en que Él nos guiará hacia las decisiones correctas. Después de todo, ¡Él ama a nuestros hijos incluso más que a nosotros!

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