Cinco claves para lograr un matrimonio feliz

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La familia es la base de la sociedad. Un matrimonio feliz trae bienestar al resto de la familia y a la comunidad; pero un matrimonio en conflicto también puede causar efectos perjudiciales.

Cuando un hombre y una mujer asumen el compromiso de convertirse en esposos, se acostumbra hacer alguna reunión alegre, para celebrar el comienzo de una nueva familia. Una boda es una ocasión festiva, acompañada a menudo de música, flores, familiares y amigos. El matrimonio es uno de los acontecimientos más importantes en la vida de una persona, un compromiso público que señala el comienzo de la vida en común. A veces los esposos pronuncian palabras tradicionales como “en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte nos separe”.

Si estamos planeando una boda, ¿estaremos bien preparados? Si ya somos casados, ¿cómo nos va con ese compromiso?

Tal vez nos preguntemos: ¿Cómo van los matrimonios de los demás? ¿Son estables? ¿Les va bien?

Las estadísticas sobre tasas de divorcio no vienen a ser un buen pronóstico para la estabilidad de nuestras sociedades. Sin embargo, en nuestra propia vida, podemos aplicar principios muy útiles para el éxito matrimonial.

Necesitamos fortalecer nuestras familias y nuestros matrimonios. La estabilidad y la salud de una nación dependen en gran medida de la estabilidad y la salud de las familias. Muchas sociedades han lanzado los principios bíblicos por la borda. Con todo, dentro de nuestra propia comunidad y familia, podemos marcar una diferencia.

La Biblia revela no solamente las causas sino también las soluciones a nuestros problemas, revela el propósito de nuestra existencia y cuál es nuestro destino.

El Dios creador fue quien instituyó el matrimonio. Una vez que entendamos el propósito y el plan que Dios se propuso llevar a cabo por medio de nuestro Salvador, Jesucristo, veremos la importancia espiritual y el profundo significado del matrimonio. El plan de Dios es ampliar su Familia espiritual inmortal y eterna. Primero creó la familia humana a fin de preparar a cada uno de nosotros para un futuro glorioso. El apóstol Pablo escribió: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los Cielos y en la Tierra” (Efesios 3:14-15).

El propósito de Dios es crear una Familia espiritual. Tan inspiradora verdad debe motivarnos a mejorar nuestras relaciones familiares y matrimoniales. Cuando reconocemos a Dios en nuestro matrimonio, y cuando aplicamos los principios y estrategias que promueven el éxito en la vida familiar, podemos enriquecer, mejorar… ¡e incluso salvar nuestro matrimonio!

Realmente hay claves bíblicas comprobadas que contribuyen al éxito en el matrimonio. Puede que necesitemos saberlas y aplicarlas en nuestro propio caso. O tal vez nos interese darlas a conocer a nuestros amigos o parientes que piensan casarse en un futuro cercano. No siempre es fácil ponerlas en práctica, pero el esfuerzo trae grandes recompensas y favorece una relación llena de amor.

Clave 1: Dar el ciento por ciento

Existe una creencia popular de que en el matrimonio cada uno tiene que aportar el cincuenta por ciento. ¡Esto es un error total! Muchas parejas modernas, creyéndose muy esclarecidas, dicen: “Nuestra prioridad es la independencia. Ambos acordamos intelectualmente que vamos a colaborar el uno con el otro, pero aun así, yo me reservaré una ruta de salida personal en caso de que las cosas no resulten”. Habría que preguntar: ¿Sobre qué se fundamenta nuestra relación conyugal? ¿Sobre la conveniencia de cada uno? ¿O es la nuestra una relación con fundamentos bíblicos, que irá adquiriendo más carácter y profundidad a lo largo de la vida?

¿Qué dice la Biblia? Observemos este versículo, esencial para una relación feliz y para el carácter que necesitamos tener por toda la eternidad: “Hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hechos 20:35, Biblia de Jerusalén).

¡Pocas cosas podemos dar más valiosas que nuestro tiempo! Hace algunos años, cuando yo me dedicaba mucho al deporte, solía faltarle mucho a mi esposa en el sentido de que no pasaba mucho tiempo con ella. Recuerdo aún el momento cuando decidí darle de mi tiempo en una actividad especial que le agradaría a ella. Mi esposa quería hacer canotaje, aunque ese no era mi pasatiempo favorito. Pero una linda tarde de domingo hicimos un paseo en canoa en un lago, rodeado de pinares, cielo azul, aves acuáticas ¡y paz! Lo que yo había considerado un sacrificio de mi tiempo, nos condujo a una relación mejor. Mi esposa disfrutó la actividad y agradeció mi esfuerzo. Como dijo Jesús: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”.

El amor verdadero es dar sin esperar nada a cambio. Cuando los dos miembros de la pareja dan el ciento por ciento, se produce un vínculo firme, un refuerzo grande, que va a garantizar la flexibilidad y la capacidad para hacer frente a crisis y problemas. En cambio, conformarse con un arreglo del cincuenta por ciento para cada uno ¡asegura que habrá un eslabón débil en la relación!

El camino de vida de Dios es el camino de dar. Es la verdadera madurez en la vida y el matrimonio. La Biblia también les enseña a los esposos que den el uno al otro en el aspecto sexual. En el primer siglo, el apóstol Pablo dio estas instrucciones a los gentiles convertidos al cristianismo, que vivían en la ciudad de Corinto, conocida por el desenfreno sexual:

“A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente a la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia” (1 Corintios 7:2-5).

¿Estaremos dispuestos a seguir esas instrucciones? ¿Expresamos afecto con frecuencia a nuestro cónyuge? Un abrazo y un beso de saludo y despedida son importantes. Hace algunos años, una compañía de seguros alemana publicó un informe con la conclusión de que los hombres que besan a su esposa todos los días, son menos propensos a sufrir accidentes, y en general tienen más éxito económico que los maridos que no besan a su esposa diariamente.

Decidí entonces, besar a mi esposa todas las mañanas cuando salía para el trabajo. Un día me olvidé, y al dar reversa con el automóvil, ¡me di contra un árbol! ¡Sobra decir que no dejo de despedirme con un beso todas las mañanas!

Comentando sobre el problema humano del egocentrismo, el doctor John A. Schindler escribió: “La única persona capaz de sentir verdadero afecto es aquella capaz de olvidarse de sí misma, y de sus propios intereses inmediatos, para situar en primer plano el bienestar y los intereses de otra persona. Cuando ambos esposos logran hacer esto, no tendrán dificultades ni en lo doméstico ni en lo sexual” (Cómo vivir 365 días al año, pág. 142).

¿Cuántos maridos y mujeres realmente ponen en práctica este principio? Y, ¿cuántos esposos y esposas cristianos lo hacen?

Clave 2: Honrar y respetar al cónyuge

¿Valoramos realmente a nuestro cónyuge? ¿Lo respetamos como a un ser humano hecho a imagen de Dios? Estas son las instrucciones de Dios en cuanto a nuestras relaciones con los demás: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3).

Nuestro deber es estimar y valorar a nuestro cónyuge más que a nosotros mismos. A los individuos vanidosos y egocéntricos esto les sonará muy arcaico, pero no deja de ser una ley viviente. Arrepintámonos de presunciones y ambiciones egoístas. Demos un cambio de actitud. Tengamos a nuestro cónyuge en alta estima como futuro miembro de la Familia de Dios. No nos dejemos distraer o molestar por pequeñeces. Busquemos y valoremos las cosas positivas que encontremos. Si en algún momento hemos maltratado a nuestro cónyuge, ya sea física o verbalmente, ¡es preciso arrepentirnos! Es preciso humillarnos ante Dios y pedirle su perdón. Igualmente, ¡tenemos que pedir perdón a nuestro cónyuge! Sé que a veces es difícil decir: “Perdóname”… Pero es una palabra que contribuye mucho a sanar y restablecer una relación zozobrante.

¿Cómo manifestamos honra y respeto por nuestro esposo o esposa? Hay muchas maneras, como darle un regalo especial, escucharle atentamente, expresarle agradecimiento y mantener siempre un trato cortés en las palabras y en el tono de voz.

¿Somos pacientes con nuestra familia? La paciencia es una manera de manifestar amor, como aprendemos en 1 Corintios 13, el llamado capítulo del amor. Allí leemos:

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará” (1 Corintios 13:4-8).

 Leamos este capítulo. Pidámosle a Dios que nos dé la capacidad de adquirir esas cualidades y de aplicarlas en la vida.

Todos podemos mejorar un matrimonio si escuchamos al cónyuge, si somos comprensivos y le respetamos como persona. Tomemos nota de estas instrucciones vitales que Dios da a los maridos:

“Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Pedro 3:7).

Dios le dice al esposo que honre a su esposa y tenga presente que las mujeres son “coherederas de la gracia de la vida”. Quizá la clave más importante es entender cómo valora Dios a todo ser humano, y en particular a nuestro cónyuge; independientemente de lo que opinemos de él o de ella. Todo ser humano en la Tierra tiene la posibilidad de nacer dentro de la Familia divina, como hijo o hija de Dios, inmortales y glorificados. El apóstol Pablo nos recuerda el plan que Dios tiene para nosotros: “Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:18).

Clave 3: Ser un ejemplo positivo

El apóstol Pedro les dio instrucciones a los discípulos, en el sentido de dar un buen ejemplo a su cónyuge no cristiano: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (1 Pedro 3:1-2).

Recordemos: Nadie puede hacer cambiar a otra persona contra su voluntad; pero, ¡cada uno de nosotros sí podemos cambiar! En la vida familiar y matrimonial todos tenemos ciertas obligaciones que Dios nos asigna. A los hombres nos dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). Nosotros, como esposos, ¿estaremos cumpliendo con esa responsabilidad? Hay esposos y esposas que dan suma importancia a juzgar el comportamiento de su cónyuge, a fin de justificar su propia falta de servicio, dedicación y fidelidad. Recordemos que todos compareceremos ante el trono de juicio de Jesucristo: “¿Por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Romanos 14:10). ¡Asegurémonos de estar cumpliendo con las obligaciones que Dios nos ha dado para con el esposo o la esposa!

En pocas palabras, las obligaciones del marido hacia su mujer corresponden a cinco aspectos: amor y respeto, apoyo y ánimo, liderazgo y guía, ayuda y protección, e inspiración para crecer. Y una esposa debe tener las cualidades que le sirvan como mujer para ayudar a su esposo y a toda su familia. Estos aspectos son: receptividad y servicio, ternura y belleza, inteligencia y comprensión, virtud cristiana y fe, esperanza y valentía.

Cuando ponemos en práctica estas características bíblicas en nuestra vida, enriquecemos la vida de otros y fortalecemos nuestro matrimonio y nuestra familia.

El apóstol Pablo por inspiración esboza unas obligaciones de la mujer cristiana: “Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos” (Tito 2:3-4). Si una esposa y madre está leyendo este artículo, pregúntese: ¿Estoy cumpliendo las obligaciones que Dios me ha asignado? Si es así, será un ejemplo positivo para su marido.

Dios siempre bendecirá nuestros esfuerzos cuando lo reconozcamos en nuestro matrimonio, y le pidamos a Jesucristo que viva su vida en nosotros. Con la ayuda de Dios, esforcémonos para ser el mejor esposo y la mejor esposa que podemos ser.

Clave 4: Comunicarse con amor

No es raro entre los casados que cada uno deje de escuchar al otro cuando conversan. Para comunicarse bien hay que saber escuchar y no solo hablar. Para entender, es preciso escuchar: Tratemos de ver el punto de vista del otro. ¡Tratemos de entender lo que siente y lo que necesita! Demostremos respeto escuchando con toda atención.

El apóstol Pablo nos da un principio fundamental de la buena comunicación: “Hablando la verdad en un espíritu de amor, debemos crecer en todo hacia Cristo, que es la Cabeza del cuerpo” (Efesios 4:15, Dios habla hoy). Hay personas que hablan la verdad con odio. Pero el discípulo que está madurando en Jesucristo, tiene el cuidado de la forma en que sus palabras afecten a quienes las oyen.

Cuando hablamos con nuestro cónyuge, ¿manifestamos interés y cuidado? ¿Comunicamos respeto? Ciertamente necesitamos ser pacientes el uno con el otro: “El amor es sufrido, es benigno” (1 Corintios 13:4). ¡Tengamos siempre el cuidado de hablar la verdad con amor!

En nuestra vida ajetreada, es muy posible que los esposos sigan rumbos diferentes, y casi no tengan tiempo de hablarse. ¡Ciertos estudios indican que las parejas pasan menos de 20 minutos a la semana conversando!

Los autores Leonard y Natalie Zunin han sugerido la regla de cuatro minutos, como forma de aprovechar el breve tiempo que pasan juntos. Señalan que el éxito o fracaso de un matrimonio “puede depender de lo que suceda entre un esposo y una esposa en solo ocho minutos al día: cuatro por la mañana al despertar, y cuatro al reencontrarse después de un día de trabajo” (Contacto: Los primeros cuatro minutos, pág. 133).

Los Zunin señalan con razón que, el lenguaje, la actitud o la expresión al iniciarse el día; pueden afectar toda la relación. Es necesario aprender a expresar una actitud positiva de amor en los primeros cuatro minutos que pasamos juntos al comienzo del día. Si hacemos este esfuerzo, podremos evitar una discusión accidental o algún rencor innecesario que dure todo el día.

Prestemos especial atención cuando nos reunamos al final del día. Aunque estemos cansados, una palabra positiva de ánimo o agradecimiento, un abrazo o un beso; pueden marcar una gran diferencia en la relación.

Clave 5: Orar juntos

Varias personas de las que leen este artículo, posiblemente tengan un matrimonio con alguien que no es creyente. En ese caso, difícilmente podrán orar con su cónyuge… pero sí pueden orar por él o por ella, ¡y por el éxito de su matrimonio! Como se mencionó antes, podemos ser un ejemplo cristiano para el esposo o la esposa.

Las Sagradas Escrituras dan estas instrucciones a la persona casada con una persona que no es cristiana: “Vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas” (1 Pedro 3:1). Nuestro ejemplo como discípulos de Jesucristo de amar y dar al otro, puede influir muy positivamente en la esposa o en el esposo. Observemos que el apóstol resalta la conducta ¡y no el empeño de convencer al otro con argumentos para que adopte nuestra religión!

Claro está, que si los dos esposos oran, pueden hacerlo en pareja. Cuando mi esposa y yo oramos, yo suelo comenzar la oración. Al poco tiempo, le hago una señal a mi esposa. Ella ora y cuando termina, yo cierro nuestra oración conjunta. Es increíble cómo la oración conjunta hace salir a flote los pensamientos íntimos y personales. De esta manera, a la vez que oramos a Dios, nos damos a conocer el uno al otro de una forma más profunda.

Una de las expresiones que más le agradan a mi esposa es: “Oremos sobre eso”. Agradezco su deseo permanente de que Dios participe en nuestro matrimonio, y en nuestra vida en común.

Todos necesitamos reconocer a nuestro Dios y Salvador en cada aspecto de la vida. Las Escrituras nos exhortan así: “Fíate del Eterno de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).

El matrimonio exige trabajo y esfuerzo, y es preciso cultivarlo continuamente para que salga adelante. En el matrimonio hay que dar el todo para cumplir las responsabilidades que Dios nos ha dado como esposo y como esposa. Habrá obstáculos, diferencias e incluso conflictos. Pero con la ayuda de Dios, podemos mejorar el matrimonio… ¡y aún salvarlo, si está en peligro!

Roguemos a Dios que nos ayude a aplicar estos principios en la vida. Recordemos que no podemos obligar a nuestro cónyuge a cambiar… pero sí podemos cambiar nosotros mismos con la ayuda de Dios. Al mismo tiempo, nuestro ejemplo de amor y servicio puede tener una enorme influencia.

Recordemos que no podemos hacerlo por nuestra cuenta. Necesitamos la ayuda del Salvador en nuestra propia vida. Como dijo el apóstol Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Que Dios nos bendiga, y que bendiga nuestro matrimonio y nuestra familia, ¡mientras nos esforzamos por vivir conforme a su Palabra! [MM]

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