La verdad sobre el bautismo

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¿Por qué hay que bautizarse? ¿Quién debe bautizar? ¿Y cómo? A continuación, despejamos muchas dudas acerca de la más importante de todas las decisiones.

¿Es el bautismo necesario para la salvación? ¿O es un simple rito legalista? Si el bautismo es necesario, ¿quién debe bautizarnos? Y, rito o no, ¿qué objeto tiene el bautismo?

Estas son solo algunas de las muchas preguntas que rodean el bautismo. Unos ven en este una práctica imprescindible para la salvación, y otros, un ejemplo de anticuado legalismo. Unos dicen que cualquiera puede bautizar; para otros, solo ciertas personas deben hacerlo. Unos bautizan a niños recién nacidos, otros sostienen que los candidatos al bautismo deben ser adultos que entienden lo que están haciendo.

¿Hay alguna manera de aclarar la confusión? ¿Podemos comprender el tema del bautismo y su verdadero significado?

La respuesta es . Investiguemos lo que la Biblia realmente dice sobre este tema tan incomprendido. Para aclarar el tema del bautismo, hay que saber distinguir entre la tradición y la verdad.

El propósito del bautismo

En El Mundo de Mañana procuramos ayudar a comprender el mundo consultando las páginas de la Biblia, y de cuando en cuando llegan preguntas de nuestros lectores y televidentes sobre temas de doctrina. Pocos temas bíblicos, al parecer, generan tantas diferencias de opinión como el bautismo. Sin embargo, esta es una doctrina fundamental para el discípulo de Jesucristo, como señaló el apóstol Pablo: “Dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno” (Hebreos 6:1-2).

Indudablemente, el bautismo es importante. Pero, ¿a qué nos referimos exactamente al hablar del bautismo? Para comprender el bautismo, lo primero que debemos aclarar es su finalidad. Y para aclararlo, hay que comenzar por analizar el significado original del vocablo bautismo. Esta es la forma española de la palabra griega baptizo (βαπτίζω), que significa “hundir” o “sumergir”. Es la palabra griega que se emplea en el Nuevo Testamento para referirse al bautismo. Siendo así, salta a la vista en su sentido más básico, que bautizar significa sumergir en, o bajo, el agua.

Lo anterior suele causar sorpresa a personas que se formaron en una iglesia donde se bautiza salpicando o vertiendo un chorrito de agua. Analizaremos la importancia de esto más adelante, pero ahora veamos un ejemplo literal de cómo se bautizaba en tiempos del Nuevo Testamento. Se encuentra en el caso de Felipe y el eunuco etíope, a quien Felipe fue enviado mientras viajaba por el camino de Jerusalén a Gaza:

“Yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos 8:36-38).

Notemos que “descendieron ambos al agua”. Este fue un bautismo por inmersión, y de ello vemos más indicaciones en el versículo siguiente: “Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino” (v. 39). Vemos que bajaron al agua y luego subieron del agua. No hay duda de que esto se refiere a un bautismo de inmersión total. Ahora, nos podríamos preguntar: ¿Qué importancia tiene?

El bautismo es símbolo de muerte

La realidad es que el bautismo por inmersión es muy significativo, y al respecto las Escrituras son bien explícitas. En el fondo, el bautismo simboliza la muerte. Así lo confirman las palabras del apóstol Pablo: “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte” (Romanos 6:3).

Cuando somos sumergidos bajo las aguas del bautismo, en sentido figurado estamos muriendo. Tenemos que dejar morir al viejo hombre o mujer, dejando atrás nuestros pecados del pasado, nuestros hábitos dañinos, las maneras falsas de pensar y la forma inapropiada de hacer las cosas. Entonces, salimos del agua para, en adelante, seguir un camino de vida nuevo: “Porque somos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (v. 4).

El bautismo nos enseña que, vivir como discípulos de Jesucristo, es morir a los impulsos del yo. Esto es lo que debemos hacer una vez bautizados, y lo vemos en las palabras que Pablo escribió a los hermanos gálatas: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

Si optamos por el bautismo, es porque deseamos recibir perdón de nuestros pecados, y ese perdón lo debemos desear. Pero el bautismo también es mucho más. Hacernos bautizar significa que deseamos cambiar nuestra forma de vivir. Queremos ser diferentes, y por el poder y el sacrificio de nuestro Salvador Jesucristo, y con la recepción del Espíritu Santo, llegamos a ser diferentes. Por eso fue que Jesús enseñó a sus discípulos a bautizar por inmersión: porque la inmersión es símbolo de que queremos ser crucificados con Cristo y morir a nuestro pasado.

Ahora bien, el bautismo en sí, o sea el cumplimiento de la acción, no significa que somos conquistados y entregados a Dios enteramente. ¡Llegar a ese punto toma nada menos que una vida completa de esfuerzos! Sin embargo, permitir que el método del bautismo nos enseñe sobre su finalidad, es algo que puede cambiar nuestra vida. a medida que procuramos vivir conforme a los mandatos de Dios.

El bautismo es necesario para la salvación

Hay quienes ven, toda acción que un discípulo de Jesucristo se siente obligado a cumplir en su esfuerzo por obedecer a Dios, como legalismo, y todo acto moral ordenado como un intento por ganar la salvación. ¿Es acaso el bautismo un rito legalista? Ya hemos mencionado que es mucho más que un simple acto físico. Encierra un significado espiritual profundo para el discípulo que realmente se arrepiente y se entrega a Dios.

Muchos que se declaran cristianos dicen que todo lo que procuremos hacer para obedecer al Salvador es legalismo, pero consideremos lo siguiente: si es así, si la persona no tiene que guardar ningún mandamiento de Dios, ¡entonces cualquiera puede salvarse al final de una vida en la que no se ha arrepentido de mentiras, hurtos, adulterios, trampas y aun asesinatos! Esto no concuerda con las palabras del apóstol Juan: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15).

Obedecer los mandamientos de Dios no es legalismo. Es demostrar que lo amamos haciendo lo que enseña. Dios no dará vida eterna a alguien que no lo ame (1 Juan 5:3).

Para convertirnos en verdaderos discípulos, es absolutamente vital que creamos en nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Necesitamos tener fe en su sacrificio por nuestros pecados, y tenemos que llegar a agradecer profundamente lo que hizo por nosotros. Tenemos que creer sinceramente en Jesucristo, y acudir en su nombre con fe si pretendemos ser salvos del pecado. Como escribió Pablo a los hermanos de Roma: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo… Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:9, 13).

¿Qué papel cumple el bautismo en todo esto? Para saberlo, juntamos todos los pasajes sobre el tema. No construimos una doctrina fundamental en torno a uno o dos versículos dejando el resto de lado. Entonces, ¿es necesario el bautismo, junto con la fe y la convicción, para ser salvos?

Es una buena pregunta. Busquemos la respuesta en la máxima autoridad sobre el tema: Nuestro Salvador Jesucristo, quien dijo sin ambages: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15-16).

El bautismo no es, por supuesto, una acción mágica o mística que se cumple una vez y confiere la vida eterna. De ninguna manera. Nada más lejos de la verdad. Pero, por otra parte, acabamos de leer que es un requisito para la salvación, según afirma nuestro Salvador: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). Para que sea efectivo de esta manera, tiene que ir acompañado de fe, confianza y creencia en el sacrificio de Jesucristo por nuestros pecados. También debe acompañarlo la convicción profunda de su papel como nuestro Salvador personal, y el compromiso de obedecerle en todo.

Vemos claramente que el bautismo no es un rito legalista sin sentido. Es la expresión externa de una convicción interior. Primero, creemos en el nombre de Jesucristo y lo invocamos, reconociendo nuestros pecados y arrepintiéndonos. Tenemos que tomar la decisión seria de no pecar más, de encaminar nuestra vida en la dirección opuesta empezando a cambiar. Luego debemos, con fe, vivir en obediencia a Jesús como nuestro Salvador y Señor, siguiéndole y conformando cada aspecto de nuestra vida bajo su voluntad.

Entonces, son necesarios tanto la creencia como el bautismo. No es cuestión de lo uno o de lo otro. Además, debemos arrepentirnos profundamente de nuestros pecados y luego, para recibir el Espíritu Santo, necesitamos la imposición de las manos.

Cuando en el día de Pentecostés, el apóstol Pedro pronunció un sermón en el cual dijo a los oyentes congregados que eran culpables de la muerte del Mesías, estos respondieron como era debido: “Se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37). Esa debe ser nuestra reacción, al comprender que somos personalmente responsables de la muerte de nuestro Señor y Salvador; debemos sentir dolor en al alma y disponernos a escuchar y aprender lo que Dios desea que hagamos.

Pedro vio la actitud humilde de la multitud y respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Los discípulos de Jesucristo enseñaron que los cristianos verdaderos han de creer en su Salvador, afirmando claramente que es su Señor y luego actuar con su fe.

Al arrepentirse y hacerse bautizar por inmersión, los discípulos verdaderos reciben el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos. Para más detalles sobre este tema, pueden leer el artículo: ¿Qué significa la imposición de las manos? De la sección: Preguntas y respuestas, en la edición de septiembre y octubre del 2025, pág. 22 de El Mundo de Mañana. También lo pueden descargar desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org.

¿Quién debe bautizar?

Hemos visto que el bautismo por inmersión es la expresión externa de una convicción interior, resultado de creer y tener fe en Dios. Pero a veces surge otra pregunta: ¿Quién debe bautizar?

Al respecto hay mucha confusión. Unos piensan que puede bautizar cualquiera que desee hacerlo. Unos creen, incluso, que pueden bautizarse a sí mismos. Despejemos la confusión buscando guía en la Biblia y no en nuestra propia imaginación.

Cuando Jesús mandó a sus discípulos que predicaran el evangelio, también los envió a sanar enfermos, echar fuera demonios y bautizar (Marcos 16:15-18). No cualquiera recibió esta autorización, como se explica en el capítulo 8 del libro de los Hechos. Uno de los siervos de Jesucristo, de nombre Felipe, fue ordenado como diácono y poco después predicó el evangelio del Reino de Dios en Samaria. Allí también bautizó a muchas personas, incluido un mago de nombre Simón, que en ese momento parecía sincero y arrepentido. Luego leemos:

“Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (Hechos 8:14-17).

Esas personas recibieron el Espíritu Santo después de que les impusieron las manos con oración. Así es como lo recibimos todos, no basta creer en el corazón. Nos arrepentimos de nuestros pecados en obediencia a Jesucristo, pedimos el perdón suyo con fe, nos hacemos bautizar para remisión de nuestros pecados, y entonces nos imponen las manos para recibir el Espíritu Santo. Simón el mago así lo reconoció muy claramente; tanto, que ofreció dinero a los apóstoles con la pretensión de adquirir la misma autoridad que ellos. Los apóstoles, por supuesto, rehusaron. “Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hechos 8:20).

Entonces ¿quién debe bautizar e imponer las manos para que alguien reciba el Espíritu Santo? Solamente quienes hayan sido debidamente ordenados al ministerio de Jesucristo. La idea de que uno puede bautizarse a sí mismo es mero fruto de la imaginación humana. No concuerda con las instrucciones que recibimos mediante la Palabra de Dios.

¿Por qué debemos bautizarnos?

Ya que hemos visto el propósito del bautismo, que no es un simple rito legalista, y que deben realizarlo únicamente quienes estén autorizados, estamos listos para abordar la que acaso sea la pregunta más importante de todas: ¿Por qué debemos bautizarnos?

El apóstol Pablo escribió: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” y “La paga del pecado es muerte” (Romanos 3:23; 6:23). Todos hemos merecido la pena de muerte por haber pecado. Siendo así, ¿qué podemos hacer? ¿Quedaremos sin esperanza, aguardando la muerte y condenados a nunca vivir de nuevo después de morir?

¡Por supuesto que no! Si bien la pena del pecado es muerte: “La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Jesucristo vino a la Tierra a vivir como un ser humano, y luego a morir por los pecados de toda la humanidad. Esto significa que murió por todos nosotros, los que hemos existido y los que existirán. Gracias al sacrificio de Jesucristo, el perdón de nuestros pecados es posible.

Sin embargo, este perdón no es una gracia fácil, que recibimos por el simple hecho de tener un sentimiento en el corazón, o por decir las palabras apropiadas. Este perdón debe producir un cambio profundo y transformador en nuestra vida. Debemos comprender que hemos transgredido la ley eterna de Dios y que, por esta razón, hemos merecido la pena de muerte. Debemos entender que somos responsables de la muerte de nuestro Salvador, como lo entendieron quienes acusaron a Jesús, al escuchar el sermón de Pedro en aquel día de Pentecostés.

Además, es preciso que nos comprometamos a vivir conforme a la ley de Dios, que el apóstol Santiago llamó “la ley de la libertad” (Santiago 2:12). Esta libertad no implica rechazar la ley divina, sino aprender a obedecerla, y ser librados de la pena de muerte por haberla transgredido antes. Una parte de este proceso es cumplir con fe el acto del verdadero bautismo cristiano.

Leamos lo que dijo Jesús a sus discípulos luego de su resurrección, y antes de subir de nuevo a su Padre en el Cielo. “Toda potestad me es dada en el Cielo y en la Tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:18-19).

Hay quienes tratan de fabricar una contradicción entre este pasaje y otros que dicen que debemos ser bautizados en el nombre de Jesucristo (Hechos 2:38; 8:16; 10:48). Pero no hay contradicción: tenemos la exhortación, como discípulos realmente arrepentidos, de hacer todo lo que hagamos en la vida en el nombre de Jesucristo: “Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Colosenses 3:17). Nuestra vida debe estar sometida totalmente a Jesucristo, quien es nuestro Amo y Señor, y debemos bautizarnos en su nombre, por su autoridad, y el bautismo debe ser por mano de quienes sean enviados y autorizados.

El bautismo es el camino a la Familia de Dios

¿Qué significa entonces bautizarse “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”? Ante todo, reconozcamos que esto no se está refiriendo a la idea de una deidad cerrada llamada la trinidad. El Espíritu Santo no es una persona divina, sino el poder de Dios, tanto del Padre como del Hijo. Para mayor comprensión sobre este tema, recomendamos el artículo: ¿Es el Espíritu Santo un Ser divino? En la sección: Preguntas y repuestas de la edición de marzo y abril del 2023, pág. 21 de esta revista; y que se puede descargar desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org. El Padre y el Hijo componen la Familia divina de Dios. Dios nos está dando la oportunidad de nacer dentro de su propia Familia divina en la resurrección.

Pensemos en eso. No seremos ángeles. No seremos espíritus incorpóreos. Seremos de la Familia de Dios. Ese será nuestro destino cuando nos arrepentimos realmente de nuestros pecados, expresamos la fe en Jesucristo, y perseveramos hasta el fin en nuestro empeño por vivir como Jesús vivió. Por eso nos bautizamos como expresión externa de nuestra creencia y obediencia, porque nos estaremos preparando para ser integrados en la Familia divina.

Las Escrituras muestran que la Iglesia va a contraer nupcias con Jesucristo a su regreso. El apóstol Juan transcribió la voz de una gran multitud que decía: “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Apocalipsis 19:7-8). Quienes se han sometido al bautismo, y han recibido el Espíritu Santo, forman parte de la Esposa de Jesucristo. Celebramos ese pacto matrimonial en el bautismo, prometiendo que seremos fieles y entregados a nuestro Salvador, no por esta vida únicamente, sino por toda la eternidad.

Algunos preguntan si se debe bautizar a los niños, incluso a los recién nacidos. Cuando entendemos que el candidato al bautismo se compromete en un pacto matrimonial, vemos aún más claramente que esta no es una decisión para niños. Porque no han llegado al punto en que puedan asumir ese gran compromiso. No pueden comprender plenamente detalles como el pecado, el arrepentimiento y la fe. Ni siquiera en la sociedad laica se permite que los niños tomen decisiones de adulto, decisiones que los comprometen para toda la vida, si no han alcanzado cierta edad y grado de madurez. O, al menos, no se debe permitir.

Entonces, ¿para qué bautizarse? El bautismo es la celebración de un pacto con nuestro Creador, un nuevo pacto en el cual nos obligamos a cumplirlo pase lo que pase: “Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré” (Hebreos 10:16). Es muchísimo más que un rito legalista o una ceremonia vacía, y no es algo de tomar a la ligera. Es la decisión más importante que podemos tomar en esta vida: La de pertenecer a Dios por toda la eternidad.

Puede ser que nos encontremos en esta coyuntura en la vida. Tal vez Dios nos está abriendo la mente para recibir el mensaje que presentamos en El Mundo de Mañana, y reconoceremos que concuerda con lo que leemos en la Biblia, porque esa es la verdad. Quizás hemos llegado al punto en la vida en que nos encontramos hastiados de vivir de una forma sin sentido, y deseamos comprometernos a vivir como Dios lo indica. Si esto nos puede estar ocurriendo, extendemos una invitación a comunicarse con nosotros, para hablar sobre el bautismo con un ministro de la Iglesia del Dios Viviente.

Dejemos muy claro: El bautismo no es una decisión del momento. No es cuestión de hacerse sumergir y nada más. No es una manera fácil de arreglarse con Dios y seguir muy ufanos por el mismo camino. Nuestros representantes ayudarán a comprender que el bautismo es el punto de partida de todo un nuevo camino de vida. Se trata de superar el pecado, de entregarse a Dios y comprometerse a obedecerle en todo. Se trata de convertirse en parte del cuerpo de Cristo, su Iglesia. Se trata de ser llamado por el Padre y responder a ese llamado, como explicó Jesús: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).

Esperamos y rogamos que Dios nos esté abriendo los ojos, para ver lo que puede significar la verdad bíblica acerca del bautismo. [MM]