Para hacer una búsqueda avanzada (buscar términos específicos), escriba juntamente los criterios de interés como se muestra en los siguientes ejemplos:
Desde un principio el hombre se ha afanado por saber qué hay después de la muerte.
¡Pero la verdad sobre nuestro futuro se encuentra revelado en la Palabra de Dios!
Parece que las sociedades humanas de todo el mundo se han preguntado qué nos ocurre después de morir. ¿Es la muerte el fin absoluto, no solo de la vida física, sino también de la conciencia humana? O, ¿hay alguna entidad consciente pero incorpórea que de alguna manera sobrevive a la muerte del cuerpo?
Diversas costumbres de muchos seres humanos, como enterrar vasijas de alimentos y una espada junto con el miembro fallecido de una tribu, o monumentos impresionantes levantados por alguna civilización antigua en memoria de los muertos; son acciones consecuentes con la convicción de que una parte espiritual o no física, de la persona, sobrevivirá a la muerte. Las culturas antiguas incorporaron muchas ideas de diversas maneras. Algunas llegaban al extremo de creer que era necesario preservar el cuerpo físico, o una parte de este, para que el espíritu continuara activo después de la muerte.
Un ejemplo bien conocido es Egipto, donde se llevaba la preservación y protección del cuerpo a extremos inigualados. Una gran parte de la riqueza del Imperio Egipcio se empleaba para este fin. Cada persona, según se creía, constaba de un cuerpo físico y no un alma, sino dos, que sobrevivían a la muerte: el alma ka y el alma ba.
Del ka se decía que era una réplica espiritual de la persona, y que encerraba la fuerza vital recibida al nacer. El ka moraría en la estatua o imagen de la persona fallecida, que se colocaba en el sepulcro. El ba era la parte de la persona que tenía la capacidad, si los dioses la aceptaban, de disfrutar la vida en paz eterna, y se creía que regresaba al lugar de la sepultura para tomar los alimentos y bebidas que los familiares o admiradores dejaban allí.
El cuerpo tenía que seguir siendo reconocible para que el ba regresara a este. Entonces, los egipcios se hicieron maestros en el arte de embalsamar. Todo lo que causara descomposición del cuerpo, por ejemplo, los órganos internos, se retiraban y se colocaba en vasijas. El corazón, donde, según ellos, residía la vida, se preservaba y se colocaban de nuevo en el cuerpo. Creían que hacer daño a un corazón podía ocasionar la segunda muerte del ka.
Primero se disecaba el cuerpo y se rellenaba, luego se preservaba con sustancias químicas. Después, un sacerdote egipcio, vistiendo máscara de chacal, presidía los ritos fúnebres, entre estos, hacer abrir la boca para que el fallecido pudiera hablar y comer en la otra vida. El proceso total duraba 70 días. Buena parte de la riqueza y habilidad del Imperio Egipcio se consumía en una religión que era, en esencia, un culto a la muerte.
En la sociedad actual, muchos dicen carecer de religión y de todo interés en esta, descartando sin reparos la idea de una vida del más allá. La opinión suele variar un poco en la edad avanzada o ante una enfermedad, cuando la mortalidad se ve como algo más real. A casi todos nos llega el momento de preguntar: “¿Qué ocurrirá cuando muera?” ¿Nos habremos hecho esa pregunta? Sospecho que sí.
La mayoría de las religiones ofrecen una respuesta, pero, ¿basada en qué? Unos dicen basar su creencia en algún texto de la Biblia. Sin embargo, se sorprenden al enterarse de lo que enseña la Biblia sobre este tema, que discrepa bastante de lo que la mayoría suele creer.
En realidad, ha habido, y sigue habiendo, muchas y variadas ideas con relación a la muerte y sus consecuencias. Algunos, de visión más pragmática o atea, ven la muerte como el final de la existencia: La persona muere, y con su muerte deja de ser tanto física como mentalmente. Ciertas ideologías orientales afirman que, si bien el cuerpo puede morir, la esencia del cuerpo reencarna, naciendo en otro ser viviente; ya sea humano o animal. Hay quienes piensan que esta secuencia de nacimiento y muerte continúa hasta que la persona alcanza la perfección, y se sale del ciclo de vida para llegar a una dichosa existencia convertida en algún efluvio espiritual.
Otras tradiciones del Oriente Medio, o de Occidente, sostienen que el cuerpo humano es albergue de una entidad no física, que muchos llaman alma. El alma, según creen, abandona el cuerpo al morir y se le asigna, según el juicio de Dios, una recompensa eterna en el Reino Celestial, o bien una condena eterna de dolor y sufrimiento en el infierno.
Gran parte de las creencias al respecto, tanto orientales como occidentales, tuvieron su origen en la antigua Mesopotamia. Las ideas surgidas en esa región se extendieron a Egipto y al Oriente, y también contribuyeron a dar forma a las creencias de Grecia y Roma. Dicen los historiadores que, según creían en Mesopotamia: “En la muerte, el espíritu no moría sino que permanecía, sufriendo una vida miserable más allá… El único alivio en esa existencia eran los alimentos y ofrendas presentadas por sus descendientes… Se creía que espíritus dolientes, asesinados y malignos podían escapar de la tierra en que fueron sepultados, para causar estragos entre los vivos… Igualmente, los muertos que no eran sepultados correctamente podían levantarse para atormentar a los vivos” (History.co.uk). El tema se fue modificando con el tiempo en las diferentes culturas donde se difundió. De ahí el concepto del culto a los antepasados, junto con el afán de apaciguar a los muertos.
En el mundo Occidental, estas ideas fueron adoptadas por los griegos y por sus discípulos romanos. Las ideas religiosas de los romanos vinieron en gran parte de Grecia. Con la expansión del Imperio Grecomacedonio en tiempos de Alejandro Magno y de sus sucesores, las ideas religiosas y culturales de los griegos se hicieron extensivas a muchas regiones
Los griegos y romanos, al igual que los habitantes de Mesopotamia, creían en uno o más dioses del inframundo: el dios Hades para los griegos y Plutón para los romanos: “Después de la muerte, las almas rendían cuentas de su vida ante tres jueces y eran destinadas, bien a los prados de Asfódelos o al abismo del tártaro. Algunas obras literarias señalan que, si el alma había sido especialmente buena, podría ir a los Campos Elíseos o islas de los Aventurados, lugar generalmente reservado para los héroes y dioses” (History.co.uk).
El poeta griego Homero describió los prados de Asfódelos como el reino del Hades, sombrío y oscuro, donde los mortales corrientes vagaban gimiendo, perdidos y sin propósito: “Según Platón, las almas malas que se juzgaban curables se purificaban en el tártaro, de donde salían libres pasado un tiempo. Las almas de los juzgados incurables eran condenadas por toda la eternidad” (HistoryCooperative.org).
Los historiadores saben que los israelitas de la narrativa bíblica solían adoptar ideas religiosas de diferentes culturas. Cuando los griegos incorporaron a Judea dentro de su Imperio alrededor del año 330 a.C., y cuando Alejandro favoreció a los judíos, muchos de ellos se establecieron en su nueva ciudad, Alejandría. Sobre ellos llegó un proceso de helenización, adoptaron la indumentaria, costumbres y arquitectura de los griegos; así como aspectos de su filosofía y religión.
Esto preparó el escenario para la confrontación entre líderes judíos de diversas facciones religiosas, y las masas que acogían gran parte de la cultura griega, lo que influía en su concepto de lo que ocurre a los muertos. El pensamiento griego tuvo una gran influencia en la vida religiosa de muchos habitantes de Judea en tiempos de Jesucristo.
Hasta aquí hemos examinado muy brevemente algunos de los conceptos ideados por la humanidad, y que han dado forma a la perspectiva de muchas culturas y religiones sobre lo que ocurre después de la muerte. ¿Será posible que algunas de esas ideas de las antiguas culturas precristianas influyeron, y que aun fueron determinantes, en ciertas nociones que todavía prevalecen como parte de los credos que algunos llaman “cristianos”?
Comencemos examinando algunas de las creencias más frecuentes en el cristianismo tradicional, para ver si son compatibles con el documento sobre el que supuestamente se basan, o sea, la Biblia.
¿Qué es lo que creen la mayoría de quienes se declaran cristianos respecto de la muerte y la vida en el más allá? Creen, con variaciones, que cada cuerpo humano es morada de una entidad espiritual inmortal llamada el alma, que abandona el cuerpo al morir. El alma es objeto de un juicio inmediato de Dios, dependiente de algún criterio. Enseguida, se destina a una eternidad dichosa en el Cielo o, si se juzga que es deficiente, a un tormento en un lugar llamado el infierno, no muy diferente del tártaro griego.
¿Aparecen estas enseñanzas en la Biblia? La mayoría de los adeptos así lo creen. Pero veamos lo que realmente dice la Biblia, examinando primero el tema del alma.
El doctor Philip Almond, profesor de humanidades en la universidad de Queensland, dice: “Desde principios del tercer siglo, la tradición cristiana adoptó la tradición griega de que los individuos se componen de un cuerpo mortal y un alma inmortal” (HistoryExtra.com). En otras palabras, Almond afirma que antes del tercer siglo de nuestra era, esta no era la opinión del cristianismo. Como veremos, la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, enseña algo muy diferente.
Agustín (354-430 d.C.), considerado una de las grandes lumbreras de la Iglesia Romana, combinó la religión del Nuevo Testamento con la tradición de la filosofía griega representada por Platón. Otro escritor católico influyente fue Tertuliano, quien reconoció abiertamente que su fuente de autoridad no era la Biblia sino Platón: “Pues ciertas cosas se saben aun por la naturaleza: por ejemplo, muchos sostienen la inmortalidad del alma. Luego puedo emplear la opinión de Platón, cuando declara: ‘Toda alma es inmortal’” (La resurrección de la carne, Los padres antenicenos, vol. 3). Observemos que aquí reconocen a Platón, y no la Biblia, como su autoridad principal.
¿Tiene algún respaldo en la Biblia la idea de que cada persona tiene un alma inmortal, la cual sobrevive a la muerte, y se va flotando al Cielo o desciende al infierno? Veamos algunos versículos sencillos que parecen bastante claros.
Algunas versiones de la Biblia en español llaman “alma” al hombre: “Entonces el Eterno Dios formó a Adán del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida. y fue Adán un alma viviente” (Génesis 2:7, Peshitta). Debemos señalar, sin embargo, que en las ediciones de la versión Reina Valera la traducción se actualizó para decir: “Del polvo de la tierra el Señor formó al hombre, e infundió en su nariz aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser con vida” (RVC). ¿Por qué se emplea “alma” en una versión y “ser” en otra?
Ambos vocablos son traducciones de la palabra hebrea nephesh, que indica un ser físico viviente. Es la misma palabra que se emplea para los animales creados: “Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres (nephesh) vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así” (Génesis 1:24).
Vemos que el término traducido como “alma” en Génesis 2:7 significa sencillamente un ser viviente. Y también puede referirse a un cuerpo muerto: “Dijo Hageo: Si un inmundo a causa de cuerpo muerto (nephesh) tocare alguna cosa de estas, ¿será inmunda? Y respondieron los sacerdotes, y dijeron: Inmunda será” (Hageo 2:13).
Lo anterior demuestra que el vocablo “alma”, cuando es traducción del hebreo nephesh, no indica inmortalidad. Ezequiel, también inspirado, hizo una advertencia a quienes pecaban deliberadamente y sin intención de cambiar. En sus escritos vemos que el alma puede morir: “He aquí que todas las almas (nephesh) son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4, ver también el v. 20).
Está muy claro que la Biblia contradice lo que cree la mayoría de quienes se declaran cristianos.
El apóstol Pablo afirmó que Jesucristo era el único hombre que había alcanzado la inmortalidad, cuando le ordena a su discípulo: “Que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad” (1 Timoteo 6:14-16).
El ser humano no posee inmortalidad de ninguna clase. El mismo Jesús, estando en la Tierra, afirmó claramente que ningún ser humano, salvo Él, había ido al Cielo: “Nadie subió al Cielo, sino el que descendió del Cielo; el Hijo del Hombre, que está en el Cielo” (Juan 3:13). La Biblia sí muestra, por supuesto, que los seres humanos tienen una gran esperanza y promesa para el futuro, pero aún no la han recibido.
¿Qué hemos de creer, visto todo lo anterior? ¿La Palabra de Jesucristo, cuyas enseñanzas dicen seguir muchos que se declaran cristianos, y según la cual ningún ser humano fuera de Jesús había ido al Cielo; o la palabra de los religiosos humanos que contradicen a Jesucristo?
Sobre este punto el texto bíblico es, en realidad, muy firme; revela que la inmortalidad es un don o regalo, particular de Dios, que concederá en determinado momento del futuro y de acuerdo con ciertas condiciones: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
Las Escrituras aseveran que la “paga”, o consecuencia máxima del pecado, la transgresión de la ley divina, sin arrepentimiento, es la muerte. La muerte no es una vida de sufrimiento eterno. Es ausencia de vida. Si tuviéramos un alma inmortal, entonces ya tendríamos vida eterna, y eso contradice clara y directamente las palabras de Jesucristo y los apóstoles.
Para ser claros, la Biblia dice: “Ciertamente espíritu hay en el hombre” (Job 32:8). No un alma, sino un espíritu proveniente de Dios y que le imparte al cerebro humano el poder del intelecto. Todo ser humano posee desde que es engendrado este espíritu que faculta el intelecto o “espíritu… en el hombre”, que le imparte el poder para pensar, razonar, crear y tener conciencia de sí mismo, con capacidades que ningún animal puede tener. Al morir, este poder del intelecto regresa a Dios, quien tiene un registro sobre todo ser humano que haya existido, el cual utilizará en el futuro. Cuando morimos, ese espíritu no conserva la conciencia, como vemos en el siguiente pasaje: “Los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido” (Eclesiastés 9:5). Dios declara que al morir, el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio (Eclesiastés 12:7).
Lo anterior quizá parezca deprimente. Pero es una depresión que se puede evitar, ya que Dios también revela la promesa de una vida futura que puede ser de felicidad, creatividad y productividad eternas.
Hemos visto que, al consultar la Biblia, para saber si tenemos un alma inmortal, la respuesta es clara: no la tenemos. Sin embargo, hay siglos de tradición levantada sobre el fundamento de escritos filosóficos, que se han utilizado en muchos casos con la intención de refutar la Biblia.
En tiempos del apóstol Pablo, los fariseos y saduceos discrepaban entre sí respecto del concepto griego de una inmortalidad inherente en los seres humanos, discrepancia que Pablo invocó para salvar su vida. Sometido a juicio por una fuerza combinada de fariseos y saduceos, el apóstol hizo una polémica declaración:
“Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga. Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas” (Hechos 23:6-8).
Pablo creía la enseñanza bíblica de que los muertos resucitarán. Para él, y para todos los verdaderos discípulos de Jesucristo, en todos los tiempos, la vida y la conciencia han de restaurarse mediante una resurrección. El apóstol dejó esto en claro muchas veces, pero muy especialmente en su primera carta a los hermanos de Corinto:
“Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15:50-53).
Aquí Pablo expone varios puntos. Primero, que una persona compuesta de carne y sangre no puede entrar en el Reino de Dios. También dice que al sonar la séptima trompeta de Apocalipsis 11:15, los muertos que se hayan sometido a la voluntad de Dios serán levantados a la vida eterna, y los que tengan vida en ese momento y sean obedientes, serán transformados a vida espiritual inmortal. La inmortalidad es algo que no tenemos, es necesario que Dios, por medio de Jesucristo, nos la dé.
Entonces, ¿qué decir de los miles de millones de seres que vivieron y murieron con el paso de los siglos, sin haber oído de Jesucristo, y que pasaron la vida ignorantes de la ley y el camino de vida de Dios? ¿Estarán perdidos? Esos miles de millones de seres mortales fallecieron, dejaron de existir. No obstante, ellos también tienen la esperanza de volver a la vida.
Jesús dijo a sus discípulos algo que muchas personas encuentran difícil de aceptar: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).
Esta es una verdad extraordinaria, y muestra que ningún ser humano puede convertir a otro, sino que la conversión es posible únicamente si Dios el Padre abre la mente de la persona, y que acepte seguir los caminos divinos. Dios no está llamando a todas las personas al mismo tiempo, pero todos tendrán una oportunidad: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:3-4).
Para venir al conocimiento de la verdad, quienes murieron sin escuchar la verdad de Jesucristo, tendrán que volver a la vida. Notemos la extraordinaria aseveración hecha al apóstol Juan: “Estos volvieron a vivir y reinaron con Cristo durante mil años. Esta es la primera resurrección. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron los mil años” (Apocalipsis 20:4-5, RVC).
Las Escrituras prometen una resurrección de los muertos, cuando Jesucristo regrese a establecer su Reino en la Tierra, donde gobernará junto con los fieles resucitados a quienes Dios llamó mientras estaban en la carne. Y se promete otra resurrección mil años más tarde, esta vez a la vida física, para dar a la humanidad su primera oportunidad de aprender y desarrollar el carácter necesario para recibir vida eterna en el Reino de Dios.
¿Qué le ocurre a alguien cuando muere? Sencillamente: muere. No tiene más conciencia de sí mismo y cesan sus facultades. No vuelve a ser conciente hasta que Dios el Padre y Jesucristo le levanten de la muerte, para darle una oportunidad indescriptiblemente impresionante.
En tiempos muy antiguos, al comenzar la vida del hombre en nuestro planeta, un ser espiritual rebelde, que pretendía destruir a la humanidad, propagó una doctrina falsa. Satanás, el adversario, le presentó la doctrina falsa a Eva, cuando ella aún estaba en el huerto: “La mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis” (Génesis 3:2-4).
Satanás mintió, porque es “padre de mentira” (Juan 8:44). Le dijo a Eva que no moriría: “Seréis como Dios” (Génesis 3:5), hiciera lo que hiciera en su vida; el diablo la convenció de que era inmortal, dotada de un alma inmortal. Este engaño ha persistido desde que Satanás pronunció estas palabras.
Pero nosotros no tenemos por qué dejarnos engañar. Podemos tener un futuro maravilloso, si lo aceptamos.
Nuestro folleto gratuito titulado: Qué sucede después de la muerte, ahonda en los detalles y responde muchas preguntas como: “¿Cuál es el destino de los malos?” En este folleto podemos leer, con citas bíblicas, que Dios no tiene ningún plan para torturar a la gente en un lugar de tormento por toda la eternidad. Este folleto se puede descargar desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org. [MM]