¿Qué sentido tiene su vida?

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¿Qué propósito tiene su existencia? ¿Qué ocurrirá cuando muera? ¿Qué hace usted entretanto para aprovechar al máximo la vida que Dios le dio? Pocas personas entienden cómo armoniza su vida dentro del plan de Dios… ¡pero usted sí puede saberlo!


Cuando yo tenía 15 años, mi amigo Jimmy Mallette murió en un accidente. Al ver descender el féretro con su cuerpo se me llenó la mente de recuerdos: nuestras excursiones por las montañas y cuando nos sentábamos juntos a filosofar sobre toda suerte de cosas. Como muchachos adolescentes que asistíamos a iglesias protestantes diferentes, ciertamente comprendíamos que nadie nos estaba dando una respuesta completa a la razón de nuestra existencia: ¿Por qué nacimos? ¿Qué era la vida y cuál el destino final de la humanidad? En los largos días y atardeceres del verano, solíamos sentarnos en el patio de la casa o en una colina para hablar de estas cosas.

Juntos pedimos por correo varios libros y folletos de filósofos y religiosos que pretendían explicar el sentido de la vida. Pero siendo más o menos inteligentes e instruidos, pronto comprendimos que esas personas tampoco tenían una respuesta auténtica.

En los años que siguieron a la muerte de Jimmy seguí meditando sobre estos temas. Traté de razonar para entender por qué nacimos, qué significa la vida en realidad, cuál es el propósito final de nuestra existencia. Nuestro predicador protestante hablaba interminablemente de generalidades como ser buenos ciudadanos, tratar bien a los demás, quizás enviar ayuda a los “chinos que se morían de hambre” (eso pensábamos en esa época). Aunque las ideas bondadosas de nuestro pastor probablemente ayudaban en algo, no inspiraban en mí ninguna acción en particular; y ni siquiera empezaban a dar respuesta a las incógnitas que me asaltaban sobre la razón de nuestra existencia humana. ¿Por qué tienen que sufrir y morir todos los seres humanos? Si fuéramos al Cielo después de la muerte, como decía mi pastor, ¿acaso estaríamos allá arriba sentados tocando el arpa para siempre y sin nada más qué hacer?

“¿Es eso todo lo que hay?” me preguntaba.

Unos años después leí uno de los libros más conmovedores y significativos que jamás había pasado por mis manos. Se titulaba: El hombre en busca de sentido, su autor, el doctor Viktor Frankl, un individuo sumamente inteligente y sensible, más tarde llegó a considerarse como el psiquiatra más importante de Europa. Su libro me pareció único por su manera de abordar el tema para dilucidar el verdadero sentido de la vida. Las experiencias horripilantes del doctor Frankl como prisionero en Auschwitz y otros campos de concentración le dieron una perspectiva especial para poder indagar y responder, al menos dentro de lo humano, la incógnita fundamental sobre nuestra razón de ser. El doctor Frankl escribió: “Si la vida tiene algún propósito, tienen que tener propósito el sufrimiento y la muerte. Pero ningún hombre puede decirle a otro cuál es ese propósito. Cada uno ha de descubrirlo por sí mismo y ha de aceptar la responsabilidad que su respuesta prescribe”.

Pongamos mucha atención a esta cita que comenta sobre el propósito de la existencia humana. El doctor Frankl dice: “Cada uno ha de descubrirlo por sí mismo y ha de aceptar la responsabilidad que su respuesta prescribe”. En un sentido netamente humano, esto es muy cierto. Pero, y es un “pero” enorme, si hay un Dios real y si las Sagradas Escrituras son la revelación de Dios, ¡entonces debemos estar dispuestos a mirar esos escritos atentamente para averiguar qué dice Dios sobre el propósito de la vida humana! Es obvio que la mayoría de las personas con alto nivel educativo, sean médicos, científicos, filósofos o psicólogos; se abstienen de hacer tal cosa. Quizá sin darse cuenta, pasan por alto la única posibilidad auténtica de descubrir el verdadero propósito de nuestra existencia. Lo decimos porque Aquel que nos creó revela, de hecho, un propósito real para nuestra vida. Y a nosotros nos incumbe humillarnos delante de Él, nuestro Creador, y averiguar qué nos dice sobre tan extraordinario propósito.

La revelación de Dios

Abriendo la Biblia al comienzo de la revelación de Dios, encontramos que al crear al hombre Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la Tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:26-27).

Desde el comienzo, Dios hizo a los seres humanos a su propia “imagen”, semejantes a Él. Reflexionando sobre esto, es evidente que llevamos la imagen física de Dios; puesto que la Biblia lo describe también con brazos, piernas, cabeza y rasgos faciales. También somos, aunque en medida limitada, semejantes a Dios en cuanto a que tenemos un poder mental y una imaginación creadora como la suya… algo que ninguna otra criatura tiene. La Biblia revela claramente que en el ser humano hay un “espíritu”. El apóstol Pablo escribió: “¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1 Corintios 2:11-13).

Esta “esencia espiritual”, que va unida al cerebro humano, eleva al género humano notoriamente por encima del reino animal. Reiteramos que ninguna otra criatura se acerca, ni remotamente, a la capacidad humana en lo que atañe a logros científicos, intelectuales, musicales y demás. Ninguna otra criatura ni remotamente es capaz de enviar vehículos espaciales a la Luna, de construir rascacielos ni de inventar computadoras ¡capaces de guardar y presentar millones de millones de datos por segundo!

El ser humano realmente es único. Realmente es hecho “a imagen de Dios”, su Creador.

Recordemos también que al describir la creación en el libro del Génesis, Dios dice que cada animal fue creado “según su especie(Génesis 21, 24-25). Cuando Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”, ¡estaba indicando que los seres humanos serían creados conforme a la “especie” de Dios! La Biblia dice más de una vez: “Dios es amor” (1 Juan 4:8, 16). Una pareja joven y normal suele sentir el deseo de compartir su amor y su vida con un hijo: alguien nacido “según su especie”. ¿Acaso el Dios de la Biblia es tan egocéntrico que no desea compartir sus pensamientos, sus planes, su amor y su glorioso Universo con otros de su especie? ¡Muy pocos se detienen a reflexionar sobre esto! Sin embargo, debería ser obvio para quienes realmente estén dispuestos a creer lo que de muchas maneras Dios nos dice a lo largo de la Biblia. Nos dice, por ejemplo: que vamos a “nacer de nuevo”.

 

Esto de “nacer de nuevo”, ¿es acaso una mera experiencia religiosa emocional que se logra despertar en los servicios religiosos o en las campañas evangélicas? ¡De ninguna manera! Nacer de nuevo es la experiencia más importante y trascendental que podamos imaginar. ¡Es nada más y nada menos que nacer dentro de la Familia de Dios! Por eso el apóstol Pablo nos dijo por inspiración divina: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:16-18). Aquí la Biblia indica claramente que los cristianos verdaderos van a ser “coherederos” con Cristo y que seremos “glorificados” junto con Él. La indicación clara es que todas las pruebas, los padecimientos, las penas y angustias que sufrimos son apenas preparación para convertirnos en verdaderos hijos e hijas del Dios Creador en el pleno sentido de la palabra; para participar de la gloria y de esta magnífica oportunidad con el propio Jesucristo, que es el Hijo primogénito.

Nacidos de nuevo

El apóstol Pablo prosigue: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos” (v. 29). Si Cristo es el “primogénito” entre muchos hermanos, entonces debe ser obvio que hay muchos hermanos más que nacerán de Dios tal como nació Jesucristo al levantarse de la muerte. En otro pasaje, Pablo escribe que Cristo fue “declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos(Romanos 1:4). Cristo, pues, no nació de Dios en una campaña evangélica. Fue declarado Hijo de Dios con poder en su resurrección. Es Él, como hemos visto, el primogénito, es decir, el primer nacido entre muchos hermanos.

Apreciados lectores, cuando uno realmente entiende que nuestro Padre celestial no crea a los seres inferiores como las vacas, las cabras, las ardillas, “a su imagen”. Lo que está creando son seres semejantes a Él en muchos aspectos y dotados de la misma impresionante posibilidad de convertirse en verdaderos hijos de Dios ¡en la resurrección! Estos serán partícipes, junto con el Padre y con su hermano mayor Jesucristo, “primogénito de entre los muertos”; de los planes, las alegrías y las experiencias de la Familia Dios. De este modo, el propio Dios estará dando, compartiendo y amando a los seres humanos hechos a su imagen que se entreguen por completo a Él y que estén dispuestos a vivir la vida tal como el Creador ha dispuesto, ¡trayendo así paz y felicidad por toda la eternidad!

Este ha sido el supremo propósito de Dios ¡desde el principio! No una simple idea sentimental de vivir algunas experiencias emotivas o de cumplir una serie de rituales fijados por las iglesias de este mundo engañado (Apocalipsis 12:9). ¡Todo esto es como nada comparado con el impresionante propósito por el cual Dios nos hizo “a su imagen”!

Es importante que comprendamos; y tenemos que estar dispuestos a clamarle al Dios Eterno para que nos ayude a hacer nuestra parte para vencer nuestra naturaleza humana, las atracciones del mundo y a Satanás el diablo. Una y otra vez, la Biblia reitera que no nos convertimos en hijos de Dios automáticamente por medio de alguna experiencia religiosa o emocional, sino que debemos hacer entrega total de nuestro ser al Creador.

Debemos sepultarnos de corazón y mente, tal como se representa simbólicamente cuando somos “sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo” (Romanos 6:4). Como dijo Jesús: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Cuando por fin hacemos esa entrega total al Dios verdadero para dejar que Él gobierne nuestra vida, cuando aceptamos al verdadero Jesucristo como nuestro Salvador y Señor y dejamos que viva su vida de obediencia en nosotros mediante el Espíritu Santo (Gálatas 2:20), entonces sí, pero no antes, Dios pondrá su Espíritu dentro de nosotros, ¡facultándonos para ser vencedores y para “nacer de nuevo” en la resurrección!

Solamente los auténticos vencedores heredarán la vida eterna como hijos e hijas del Dios Eterno. Hablando en primera persona en el libro del Apocalipsis, Jesús dijo: “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre” (Apocalipsis 2:26-27).

Tratemos de comprender: Dios no va a permitir que nazcan en su Familia divina seres humanos que no se hayan entregado totalmente a Él, a su gobierno, a sus leyes justas y a todo su camino de vida. De lo contrario, se convertirían en posibles adversarios como Satanás el diablo, quien pretendió exaltarse ¡e incluso estuvo dispuesto a pelear contra Dios! (Isaías 14:12-15).

La gloria de la Familia de Dios

El día cuando realmente nazcamos de Dios, seremos como Dios. Si bien Dios el Padre siempre conservará el poder y la autoridad totales como Cabeza de la Familia, y si bien Jesucristo siempre será nuestro hermano mayor y Sumo Sacerdote, ¡nosotros tendremos la misma capacidad básica en calidad de seres espirituales y como hijos de nuestro Creador! Jesús ahora aparece con “ojos como llamas de fuego” y con voz como “el sonido de muchas aguas”, como olas poderosas que revientan contra las peñas de la costa; del mismo modo, nosotros podemos ser parte de la Familia del Creador y gobernar con el Padre y con Cristo para siempre con poder glorioso ¡siempre y cuando nos entreguemos por entero a nuestro Creador!

La humanidad lleva muchos años empeñada en explorar el espacio y en “conquistar” el Universo, cosa que los hijos de Dios sí harán ¡prácticamente sin esfuerzo! Es así ¡porque seremos miembros de la Familia de Dios! ¿Lo comprendemos bien? Dios está convirtiendo a los cristianos verdaderos en hijos suyos, en miembros de su Familia glorificada, a fin de compartir con ellos la gloria, el poder y toda la imaginación e inteligencia que posee.

¡Reflexione! Sin necesidad de cohetes, cápsulas espaciales ni tanques de aire para respirar en el espacio; podremos viajar a Marte o Plutón o aún más lejos, no a la velocidad del sonido ¡sino a la velocidad del pensamiento! ¿Podemos empezar siquiera a imaginarnos la majestad del propósito final que Dios ha tenido al crear a los seres humanos “a su imagen”?

El apóstol Pablo pedía a Dios por los cristianos: “Que… seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a Él sea gloria en la Iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Efesios 3:17-21). Cuando estemos “llenos de toda la plenitud de Dios” entonces seremos miembros plenos de la Familia de Dios. Los hijos de Dios no son como cabras o vacas en comparación con Él, sino que son verdaderos hijos. Así como mis cuatro hijos tienen las mismas posibilidades y capacidades de su padre, así será con los hijos de Dios. ¿Lo hemos comprendido? ¿Seremos capaces de comprenderlo?

El Eterno Dios inspiró al apóstol Pablo para que explicara esto en mayor detalle en la carta a los Hebreos. Nos dice: “No sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando; pero alguien testificó en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el Hijo del Hombre, para que le visites? Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos. Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a Él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (Hebreos 2:5-8).

Los lingüistas saben que la palabra griega traducida como “todas” en este pasaje significa literalmente “todo”: ¡El Universo entero! Dios ha dispuesto que sus hijos sean hijos reales dotados de la capacidad total de la Familia divina, del mismo modo que nosotros en la familia humana somos enteramente humanos. Describiendo tan extraordinario hecho, el apóstol Pedro habló de “preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4). Cuando nazcamos realmente de Dios en la resurrección, Él no se limitará a llamarnos hijos sino que colocará su propia naturaleza en nosotros de modo que procedamos directamente de Dios, llevando en nosotros su naturaleza divina del mismo modo que procedemos de nuestros padres humanos y tenemos la naturaleza de ellos. Esto es lo que significa “nacer de Dios”.

La oración final de Jesús

Por último, al exponer este trascendental tema, no podemos dejar por fuera la magnífica oración de Jesús que pronunció la víspera de su muerte y que tanto nos inspira: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti… Yo te he glorificado en la Tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:1, 4-5).

Más adelante dijo: “No ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (vs. 20-23).

Aquí, nuestro Salvador que fue Dios en la carne, y de quien Dios se sirvió al principio para crearlo todo (Juan 1:3), le estaba rogando al Padre que dotara a sus discípulos de la gloria que Él mismo había tenido junto con el Padre desde la eternidad.

En esta última sección de la oración más inspiradora de Jesús, es claro que oraba por nosotros, por los que hoy creemos “por la palabra” que los discípulos escribieron para nosotros en la Biblia. Pidió “que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Juan 17:20-21).

En la resurrección, los verdaderos cristianos, los vencedores, nacerán del Espíritu convirtiéndose en miembros plenos de la Familia de Dios, y serán uno con Dios y con Cristo como Ellos son uno entre sí. Observemos que Jesús afirma que la gloria magnífica que Dios le había dado también se la dio Jesús a sus seguidores: “para que sean uno, así como nosotros somos uno(v. 22).

¡No puede ser más claro!

Este versículo indica definitivamente que seremos hijos plenos de Dios y miembros reales de la Familia divina. Seremos “uno” con Dios y con Cristo ¡tal como Ellos son uno!

Actuando con los seres humanos por medio de su Espíritu, y permitiendo que cometamos errores y pasemos por pruebas y dificultades, que ensayemos nuestras propias formas de gobierno, educación y religión netamente humanos, Dios nos lleva finalmente al punto de entrega total a Él. Luego, siempre por medio de su Espíritu, estaremos capacitados para recibir el glorioso poder del Creador como miembros plenos de la Familia de Dios. Entonces podremos andar, caminar y “comulgar” con Dios y Jesucristo de un modo que hoy apenas podemos imaginar. Como miembros de la Familia de Dios participaremos en la obra de gobernar y en resolver los asuntos que de allí surjan, y ayudaremos a completar el plan de Dios en todo el Universo. Tendremos un cuerpo espiritual. Jamás nos cansaremos. Jamás enfermaremos. Jamás estaremos desanimados porque seremos espirituales gloriosos dentro de la Familia divina y creadora del Universo. Este es el increíble futuro que espera a quienes están dispuestos a entregarse a su Creador y a hacer su voluntad.

Todos los sufrimientos anteriores de la humanidad, las pruebas y dificultades, los campos de tortura, la pérdida de seres queridos por enfermedad, accidente o guerra; todas las penas y tristezas que padecemos porque la humanidad, entre ella nosotros mismos, hemos seguido el camino errado, ¡van a desaparecer! La Biblia nos consuela diciendo: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4). Que Dios nos ayude a comprender su propósito final, la verdadera razón por la cual nacimos. Y que nos ayude a ser humildes y a estar dispuestos a estudiar su Palabra inspirada, a comprobar estas cosas a nuestra entera satisfacción; y para acudir a su Espíritu con el fin de “hacer firme nuestra vocación y elección”. 

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