La verdad sobre el antisemitismo

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¿Cuál es la verdadera raíz maligna del odio persistente contra los descendientes de Israel y qué tiene que ver con nosotros?

“Debemos oponernos resueltamente al antisemitismo abierto y encubierto, a la negación y relativización del Holocausto… Honramos a las víctimas del Holocausto recordándolas y aprendiendo de sus penalidades”. Fueron palabras de la canciller alemana Ángela Mérkel ante una conferencia en las Naciones Unidas el 27 de enero, día internacional de conmemoración del Holocausto. Expresando lo que ella llamó una “vergüenza profunda” por el pasado antisemita de su país. La señora Merkel dijo que es “responsabilidad eterna” de Alemania recordar el Holocausto y sus víctimas (News.UN.org, 27 de enero del 2021).

¿Es acaso el antisemitismo no más que una terrible reliquia del pasado de Europa? Dos años antes, en otro día de conmemoración del Holocausto, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, hizo una declaración impactante: “En este día estoy hondamente preocupado. Jamás había pensado que en vida mía los judíos tendrían temor de practicar su fe en Europa” (Comisión Europea, 24 de enero del 2019).

Quienes pensaron que la Segunda Guerra Mundial marcó el final del antisemitismo europeo, ahora están viendo con horror el surgimiento de una nueva ola de antisemitismo. Algunos extremistas están descubriendo de nuevo la desacreditada ideología nazi, y como si fuera poco, no solo europeos, sino que entre los refugiados que huyen a Europa después de la Primavera árabe, y la guerra civil en Siria, han aparecido ciertos elementos antisemitas, pequeños pero ruidosos.

¿Debería sorprendernos? Tal vez no. Porque el sentimiento antisemita es un fenómeno de larga data. Es un odio tan antiguo que ha decidido en gran parte la vida, acciones y movimientos de pueblos desde hace muchos siglos; y que ha dado origen a períodos de persecución política y religiosa, que han dejado recuerdos nefastos. Sin embargo, hay algo inquietante: No parece que sea problema para un cada vez mayor número de personas con prejuicios en todo el mundo.

Hay quienes se preguntan: ¿A qué se debe este odio contra personas a las que ni siquiera conocen? Lamentablemente, quienes creen no tener cartas en el asunto, hacen de lado el tema pensando que, como no les afecta personalmente, no tienen de qué preocuparse. Si nosotros no somos judíos, ¿qué importancia puede tener el antisemitismo? Para saber la respuesta, no deje de leer el resto de este artículo.

Odio antiguo, medieval y moderno

La expresión antisemitismo apareció en 1879, fruto del publicista y agitador político alemán Wilhelm Marr, quien la presentó como una versión suavizada de la expresión anterior odio a los judíos. Los judíos conforman menos del 0,25 por ciento de la población mundial. ¿A qué se debe que este pueblo, que tanto ha contribuido en las ramas de las ciencias, la medicina, la filosofía, la música y la religión; haya sido tan vilipendiado por tanta gente y por tanto tiempo? ¿Cómo se puede acusar a un mismo pueblo de ser maquinador, tanto comunista como capitalista? ¿Cómo se le puede despreciar por demasiado conservador y demasiado liberal?

La historia tras el odio a los judíos se remonta a muchos siglos. En el año 333 a. C., el conquistador macedonio Alejandro Magno y sus fuerzas griegas arrollaron el Imperio Persa, y en el curso del conflicto absorbieron a Egipto y el Oriente Medio para su Imperio. Alejandro mostró gran favor hacia los judíos, y muchos de ellos, especialmente eruditos y hábiles artesanos, decidieron establecerse en la nueva ciudad que llevaba el nombre del Emperador: Alejandría. Allí prosperaron por muchos años, pero ya a comienzos del siglo 3 a. C., se vislumbraba una incipiente ola de antisemitismo en Egipto.

El renombrado erudito de Cambridge y autor, Michael Grant, señala en su libro: The History of Ancient Israel, publicado en 1984, que un tal Maneto de Heliópolis, sacerdote egipcio que escribió en el tercer siglo a. C., emitió una serie de acusaciones virulentas contra los judíos, acusándolos injustamente de perpetrar crueldades y propagar enfermedades. Para avivar el orgullo egipcio, Maneto falsificó la lista de faraones egipcios con la intención de hacer remontar la historia de su nación para que apareciera anterior a la de Grecia, y contradecir el relato bíblico del Éxodo.

La comunidad judía comprendió que era necesario responder al malintencionado ataque, que hacía volcar el sentimiento público en su contra. Sabiendo que los griegos eran poco conocedores de la historia y enseñanzas religiosas de su pueblo, los judíos de Alejandría emprendieron un proyecto de enorme alcance: traducir la Biblia hebrea al idioma griego. Esta traducción es la que se conoce como la Versión de los Setenta, o Septuaginta (palabra latina que significa 70), pues se dice que fueron 70 los eruditos que trabajaron en esta enorme empresa.

La Biblia en griego fue en parte una buena ayuda para los judíos helenizados que no leían hebreo, pero también fue un intento por combatir la ignorancia y la persecución. “Si el mundo griego comprendiera la historia y el pensamiento hebreo”. Razonaban los judíos de Alejandría, “serviría para frustrar los efectos de la propagación deliberada de mentiras y odios”. Lamentablemente, los problemas continuaron surgiendo de tiempo en tiempo, y persisten aun en nuestros días.

Si comparamos con lo que se ve en algunos países, el mundo anglosajón ha sido un refugio relativo ante el antisemitismo virulento. Pero no siempre fue así. En Inglaterra hubo muy pocos judíos hasta que el rey Guillermo I, conocido también como Guillermo el Conquistador, los invitó a establecerse allí después de la conquista normanda de 1066. Desafortunadamente, un siglo más adelante estallaron brotes de violencia antijudía en el reinado de Ricardo I. Pese a los esfuerzos iniciales del trono por sofocar la violencia, el apoyo real se fue acabando, y el fervor antijudío estimuló a las multitudes a que masacraron comunidades judías enteras.

Había clérigos que azuzaban a las hordas en el nombre de la religión, tildando a los judíos de “asesinos de Cristo”. Olvidaban la oración del propio Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

En 1290, durante el reinado de Eduardo I de Inglaterra, se dio orden de expulsar del Reino a todos los judíos que se negaran a convertirse al cristianismo, medida que se repetiría en los años siguientes en otras naciones europeas: Hungría en 1360, Francia en 1394, Austria en 1421, España en 1492 y Portugal en 1497.

¿Qué distingue a las personas?

En la época moderna, la gran mayoría de las personas instruidas están enteradas del Holocausto; bien documentada masacre, sistemática y brutal de millones de judíos a manos de Adolfo Hitler y los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Aun así, las encuestas muestran que un porcentaje pequeño, pero significativo de la población, no sabe o no cree que millones de judíos fueron víctimas del genocidio a manos de los nazis. Muchos no reconocen que el antisemitismo no solo es un mal, sino que es un mal persistente a lo largo de la historia.

Una buena razón para preguntarnos: ¿Por qué? ¿Por qué se ha concentrado tanto odio contra una minoría de personas altamente capaces, que han hecho aportes importantes a la civilización? En esta, como en cualquier otra minoría, siempre hay personas que causan problemas, pero no hay más anómalos entre los judíos que entre cualquier otro grupo. Entonces, ¿por qué se les ha señalado de manera especial?

Hermann Rauschning, hombre de confianza de Hitler, atribuyó a su exjefe estas extrañas palabras: “La consciencia es un invento de los judíos. Es una mancha, como la circuncisión… Yo estoy liberando a los hombres… de la sucia y degradante autofustigación de una quimera llamada consciencia y moral”. (Hitler Speaks, 1939). Los eruditos han cuestionado la autenticidad de esta cita, pero capta el espíritu malévolo detrás de tanto pensamiento antisemita… y detrás del deseo antisemita de desacreditar y rebajar a los judíos, apartándolos del resto de la sociedad.

¿Qué factores permitieron aislar de tal manera a los judíos de la sociedad que los rodeaba? Hay cuatro que sobresalen como factores que distinguen a los judíos piadosos de la población circunvecina:

Educación: Durante la Edad Media e incluso en el Renacimiento, la gran mayoría de los europeos eran analfabetas. En cambio, las familias judías procuraban que sus hijos varones no solo se instruyeran en un oficio, sino que pudieran leer y escribir, a fin de que comprendieran sus escritos sagrados. Como resultado, las poblaciones judías ilustradas y capacitadas acumulaban riqueza, lo que les abrió las posibilidades de convertirse en prestamistas. Las leyes europeas en la Edad Media generalmente impedían que los cristianos se involucraran en actividades prestamistas. Los judíos no fueron impedidos de esta manera, y gradualmente se involucraron en préstamos y en las primeras formas de banca. Esto les daba gran influencia, pero a la vez los hacía objeto de celos y resentimientos.

Cultura de separación: Más allá de su reverencia por lo que muchos llaman las Escrituras del Antiguo Testamento, la sociedad judía debe la forma que tomó, en gran parte, a tradiciones dictadas por el Talmud; extenso cuerpo de comentarios e interpretaciones de la ley y las prácticas judías. La consiguiente separación social acentuó el desconocimiento y los malos entendidos acerca de estos grupos; y los gobernantes que buscaban un chivo expiatorio para sus problemas sociales, se dejaban arrastrar con facilidad por un recelo conducente a la violencia. Es interesante señalar que los judíos que rechazaban el Talmud, como los caraítas de Europa Oriental y Rusia, no se aislaron de la sociedad en general, y quizá por esto, padecieron mucho menos bajo los pogromos y las persecuciones.

Propaganda: Cuando los antisemitas no han logrado difundir el odio por medio del temor a diferencias reales, algunos han recurrido abiertamente a mentiras para incitar suspicacias y aun violencia. El ejemplo más notorio es quizás un documento publicado en Rusia en 1905: Los protocolos de los sabios ancianos de Sion. Ahora claramente reconocido como una falsificación, cuando se publicó recibió amplia aceptación como un relato secreto de los planes de los líderes judíos para socavar a la sociedad, y ponerla bajo el control absoluto de judíos poderosos e influyentes. Todavía hay quienes siguen creyendo en la autenticidad del documento y difunden sus falsedades.

Las leyes de Dios: Por el simple hecho de cumplir las leyes de Dios, entre ellas los diez mandamientos, los judíos piadosos se hallaban inevitablemente separados, hasta cierto punto, de los gentiles que no observaban las leyes bíblicas sobre la salud y el aseo. En la edad del Oscurantismo, cuando el cólera, la fiebre tifoidea y la peste bubónica asolaban las ciudades europeas, los no judíos observaban que estos males en poco o nada afectaban a los judíos. Ahora vemos que lo que mantuvo a raya las enfermedades fue el cumplimiento de las leyes sobre puntos prácticos, como la cuarentena de los enfermos, el lavamiento frecuente y la obediencia al mandato bíblico de enterrar las deyecciones del cuerpo humano. Pero en ese entonces, las multitudes dolientes llegaron a la conclusión de que los judíos, sin duda, causaron esas enfermedades, ya que ellos se veían muy poco afectados. El resultado era más persecución antisemita.

Un origen más profundo: ¿Rechazo a Dios?

Todo lo anterior, sin embargo, no alcanza a explicar el verdadero origen del antisemitismo. Vale la pena notar que las leyes bíblicas a las que se refiere el punto anterior no se limitaban, ni con mucho, a la cuarentena. Esas leyes bíblicas, a diferencia de las leyes talmúdicas formuladas por el judaísmo rabínico, y que servían en gran medida para separar a los judíos piadosos del resto de la sociedad, también las guardaba la Iglesia de Dios primitiva, instruida por los apóstoles de Jesucristo. Esta es una realidad que confirma la historia. Sin embargo, esas mismas leyes están prácticamente ausentes en los grupos que se declaran cristianos. ¿Por qué? ¿Habrá sido el antisemitismo una fuerza que confundió las creencias cristianas desde siglos pasados?

Las hordas medievales que desataban su cólera contra los judíos eran, en su mayoría, gente iletrada que nada sabía de la Iglesia Cristiana del primer siglo. No entendían que Jesucristo guardó muchas de las mismas leyes que guardaban los judíos a quienes ellos querían perseguir. ¿Por qué los perseguían? Después de mil y más años de distorsiones perpetradas por una iglesia falsa que se valía del nombre de Cristo, esa cristiandad de la época ignoraba las doctrinas y los valores éticos del propio Jesucristo.

En los siglos después de la muerte y resurrección de Cristo, surgieron ciertos líderes que buscaban alejar el cristianismo de Jesucristo y de las leyes que Él mismo, como Dios del Antiguo Testamento (1 Corintios 10:1-4), había promulgado y también observado. Así como el judaísmo original quedó sepultado bajo el Talmud, y su andamiaje de leyes humanas que enturbiaron las leyes de Dios, la cristiandad convencional perdió de vista las enseñanzas de Jesús bajo la influencia de los líderes religiosos de Roma como Jerónimo, Crisóstomo y Agustín; cuyas ideas se debían más a Platón y a otros pensadores griegos que al apóstol Pablo.

Este alejamiento de Cristo y sus enseñanzas también explica el antisemitismo moderno, como queda claramente ilustrado con el odio de Adolfo Hitler hacia los judíos. El profesor David Nirenberg, autor de Anti-Judaism: The History of a Way of Thinking, señala que el antisemitismo es de hecho un rechazo a los valores judíos; y que su objetivo fundamental es invalidar los principios éticos que sirven de fundamento al judaísmo… y que son los mismos principios que siguió Jesucristo toda su vida.

La motivación más profunda detrás del antisemitismo es el empeño por desacreditar la religión dada por Dios a todo Israel. Esta era una religión basada en el entendimiento y las leyes que Dios impartió a los hebreos y que Él mismo, encarnado como Jesucristo, obedeció y cumplió a la perfección. Muchos que se declaran cristianos, cometen el error de pensar que Jesús revocó sus propias leyes después de cumplirlas. La verdad es que al sentar para nosotros un ejemplo del cumplimiento de la ley, Jesús la hizo más obligatoria en su aplicación en el Nuevo Testamento. El templo para los sacrificios dejó de existir porque ahora nuestro sacrificio es Cristo, y el templo de Dios son sus verdaderos discípulos.

Las leyes que rigieron la vida de Jesús son las mismas leyes que rigen la vida de los cristianos verdaderos. Son principios absolutos que no están sujetos a cambio. No pueden modificarse para ajustarlos a la mentalidad cambiante de la sociedad. El Dios de la Biblia, que dio estas instrucciones, deja muy en claro que sus leyes y normas divinas no se revisan para conformarlas a las expectativas de la sociedad: “Porque yo el Eterno no cambio” (Malaquías 3:6).

Dios ordenó a los israelitas que fueran fieles a sus leyes y principios, y prometió bendecirlos y ver por ellos si lo hacían. Si eran diligentes en su obediencia, servirían de modelo y maestros de sus leyes y su camino de vida para el resto de la humanidad.

“Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está el Eterno nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?” (Deuteronomio 4:6-8).

Conviene recordar que la Iglesia del primer siglo, la Iglesia original, comprendía el principio de que la ley divina es absoluta. Razonaba que si Dios es Dios y Creador de todo, entonces su ley debe representar la verdad absoluta, verdad que debe seguirse y prevalecer sobre toda ley humana que le sea contraria.

El apóstol Judas, medio hermano de Jesús, dijo: “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3).

Este compromiso de conservar como norma de convicción y conducta el camino que Dios había establecido, fue un firme principio fundamental de la sociedad judía, lo mismo que de la Iglesia fundada por Jesucristo y sus apóstoles. Ambos grupos creían que solamente Dios puede definir el bien y el mal mediante sus Sagradas Escrituras. Tenían en común un sistema de valores que no estaba abierto a la reinterpretación, a medida que la sociedad modificaba sus valores. Su fidelidad a las normas bíblicas convertía en extraños a ambos grupos en sus comunidades. Cuanto más divergía de las enseñanzas bíblicas el orden social, más crecía el resentimiento contra ellos.

En el año 66 d.C., y nuevamente en el 135, las fuerzas judías se rebelaron en grande contra el dominio romano. Esas fueron consideradas entre las guerras más difíciles en la historia de Roma, y las pérdidas romanas fueron cuantiosas, especialmente a raíz de la revuelta del 134 d. C. A los romanos los tenía sin cuidado que las revueltas se debieran a la opresión imperial, y el odio contra el judaísmo y todo lo que fuera judío se desbordó. La saña se extendió a la Iglesia Cristiana incipiente, que para los de afuera se parecía mucho a un grupo judío, ya que ambos observaban el sábado semanal y las fiestas anuales, y guardaban las leyes sobre alimentos que aparecen en las Escrituras, obedecidas por ambos grupos.

Frente a la persecución romana, los cristianos temerosos optaron por distanciarse de los judíos. Muchos abandonaron la Pascua judaica en favor de la antigua observancia pagana que la reemplazó. Cambiaron su día de culto al primero de la semana, trocaron el primer mes por el séptimo, y adoptaron varias doctrinas y prácticas nuevas para distanciarse aún más de los judíos. Pero otros se mantuvieron fielmente en sus creencias, incluso corriendo el riesgo del martirio. Hubo quienes lograron escapar de los confines del Imperio Romano y pasaron a partes de Europa que estaban fuera del control de Roma.

Mucho más adelante, en tiempos de la Inquisición, aún había investigadores opuestos a las creencias judías e incluían a algunos judíos en sus persecuciones, pero su odio se dirigía principalmente a los pocos que valerosamente continuaban llamándose cristianos, y que conservaban las verdaderas enseñanzas de Jesucristo, y no las versiones adulteradas de inspiración pagana y romana. Hoy, quienes insisten en seguir el ejemplo de Jesucristo, continúan siendo un reto para la conciencia de un mundo que niega la moral bíblica y la verdad inmutable de las Escrituras.

¡El victorioso camino de Dios!

En general nuestro mundo, tanto en la Edad Media y especialmente hoy, no acepta hablar de la moral según la define Dios. No quiere escuchar las leyes ni los valores morales que definen el bien y el mal de manera absoluta, y que seguirán definiéndolos por toda la eternidad. Pero quienes predican y cometen actos de odio contra los judíos, y quienes persiguen a la Iglesia fundada por Jesucristo no van a prevalecer. La moral conservada en las páginas de las Escrituras es absolutamente inmutable y verdadera. Persistirá ante todos los intentos por luchar contra Dios, su pueblo y su camino. Las puertas de la muerte no prevalecerán (Mateo 16;18), a pesar de los cambios introducidos en la cristiandad convencional, después de fallecidos los apóstoles, con la intención de suprimir las verdades del Antiguo Testamento que Jesús enseñó y defendió.

Lamentablemente, las persecuciones continuarán hasta el final de la era actual. Pero ningún hombre, ni siquiera las grandes fuerzas apóstatas profetizadas para antes del regreso de Jesucristo, podrá extinguir el camino de vida expuesto en la Biblia.

Hoy vemos al antisemitismo levantar su ignorante cabeza, y detrás vendrán intentos aún más fuertes por alejar al mundo de la verdad y la moral de la Biblia. El antisemitismo, como los demás atentados contra la moral definida en las leyes de Dios, debe identificarse claramente como lo que es: una pretensión de destruir la conciencia de la humanidad. Estos son males que debemos reconocer y rechazar. Felizmente, la Palabra de Dios nos asegura que van a fracasar ¡y que la ley de Dios permanecerá para siempre! [MM]