La esperanza de los muertos | El Mundo de Mañana

La esperanza de los muertos

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¿Habrá vida después de la muerte?
Esta es la pregunta que más ha ocupado la mente humana.
Grandes intelectuales quieren hacernos creer que la única respuesta racional es “NO”.
¿Tienen acaso razón? ¿Será nuestra muerte el final de todo?

Últimamente casi todo ha sido difícil. Somos conscientes de los diversos problemas en la actualidad, e interiormente, la gran mayoría de los seres racionales lo que más temen es la muerte y el proceso de morir.

Este artículo no tiene como propósito asustar ni deprimir a quienes nos leen, sino darles esperanza, cosa que a todos nos sirve cuando las cosas andan mal. La esperanza a la que me refiero es la vida después de la muerte. Muchos creen en ella, en una u otra forma, pero no muchos creen al punto de apostar en ello su propia vida.

Curiosamente, algunos evolucionistas y ateos dicen creer en la vida después de la muerte. Es extraño, porque la evolución es fundamentalmente un intento por explicar la vida sin Dios, y si no hay Dios, ¿qué mecanismo evolutivo podrá devolver los muertos a la vida? Algunos tienen ideas centristas, afirmando que Dios se valió de la evolución para crear todas las formas de vida, pero el verdadero atractivo de la evolución es que descarta al Creador, y así se desestima toda posible restricción a la conducta dictada por un Ser superior.

Desenlace del que nadie escapará

Dejémonos de juegos. Reflexionemos por un momento. Aunque la idea nos disguste profundamente, la realidad es que todos vamos a morir; y es solo al envejecer que comprendemos la verdadera brevedad de la vida. Crecimos oyendo a nuestros padres y sus allegados exclamar que “¡los niños crecen tan rápido!” Y preguntando: “¿Qué se hicieron los años?” Ahora, puede que también nosotros hayamos dicho lo mismo.

En algún momento, todos tendremos que afrontar la realidad de la muerte, sea por la pérdida de un ser querido o por alguna situación que nos haga sentirla muy cerca. Al preguntarnos: ¿Qué sucede cuando uno muere? Vemos que solo hay dos respuestas posibles: La oscuridad eterna al cesar toda conciencia, o la vida después del sepulcro. No puede haber más alternativas.

Para quienes creen en la segunda respuesta, surge multitud de preguntas. Si hay vida después de la muerte, ¿cuándo comienza? ¿Inmediatamente o en una resurrección futura? ¿Cómo será y qué forma tomará? Hay quienes creen que recibirán alas y se convertirán en ángeles sentados en una nube tocando arpa. También hay quienes creen en la reencarnación, prevén su regreso como un perro, un insecto u otra forma de vida, según la vida que hayan llevado ahora. Y hay quienes piensan que deberán cumplir un período de purificación de los pecados antes de entrar en la dicha celestial, donde contemplarán el rostro de Dios para siempre, lo que se llama “visión beatífica”.

¿Cuál es la verdad?

Para creer o no creer algo tan importante, ¿bastará lo que sentimos o la crianza que recibimos, tal vez lo que dijo nuestro profesor de biología o lo que deseamos? Las emociones no alteran la realidad. Tampoco podemos atenernos a la crianza que recibimos, porque una persona se cría como atea y otra como creyente en algún extraño tipo de dios; cada persona cree tener la razón, pero no todas pueden tenerla. Ser profesor de biología no significa tener una capacidad especial para ver más allá del sepulcro, y los deseos son engañosos. Querer que algo sea así no lo hace así.

Aunque está de moda rechazar a Dios, nadie puede comprobar que no existe. ¿No es por lo tanto arriesgado rechazarlo sin considerar la evidencia? Lamentablemente, pocas personas están dispuestas a hacer el esfuerzo de explorar esta pregunta, la más importante de todas.

Cuando ven acercarse la muerte, la mayoría de las personas quieren saber: ¿Es esto el final de todo? Quizás hay algo más. Lee Iacocca, uno de los grandes industriales del siglo veinte, lo dijo así en su libro: Hablando claro:

“Siempre me ha maravillado ver cómo la creencia en el más allá se acentúa cuando las personas van envejeciendo. Antes de llegar al lecho de muerte, muchos de los grandes intelectos de la ciencia pensaron que, por tener el alma y el ser envueltos en un cuerpo, ese puñado de sustancias químicas con un valor de noventa y ocho centavos, ¡antes de la inflación!, y que, dada la desaparición del cuerpo después de la muerte, todo termina allí. Y ahora, cuando tienen que partir, de pronto desean creer en alguien allá arriba, porque no saben adónde van y sienten miedo… ¡miedo mortal!, podríamos decir. Ya es un poco tarde para eso”.

Enseguida, Iacocca relató una anécdota graciosa sobre el fallecido W. C. Fields. Este Fields fue agnóstico toda su vida, ni creía en Dios ni rechazaba del todo su existencia, en lo que se parecía a muchos que andan por allí. Cuenta, pues, que encontraron a Fields leyendo la Biblia en el lecho de muerte, y le preguntaron: “¿Para qué lees eso?” Y respondió: “Estoy buscando una salida”.

Si el incidente es verdad, W. C. Fields no estaría solo en su búsqueda de una salida de último momento, ¡por si acaso! Unos se curan en salud antes, y otros esperan hasta sentirse más cerca de lo inevitable. Pero si Dios existe, ¿vamos a creer que le agrada este modo de ver las cosas? Parece que Iacocca tenía razón cuando dijo que “ya es un poco tarde para eso”.

Alternativas

En algún momento de la vida nos habremos preguntado: “¿Existe Dios?” Y: “¿Hay vida después de la muerte?” Quizá nos resistamos a reconocerlo delante de las amistades, pero si esos pensamientos se nos vinieran a la mente. ¿Será posible saber las respuestas? En ese caso, ¿dónde las vamos buscar? ¿Vamos a la librería a comprar libros que hablan de túneles y luces deslumbrantes? ¿O las ideas de las diferentes religiones? ¿O de la ciencia? ¿Acaso la ciencia podrá rescatarnos?

¿O no? La vida después de la muerte implica dos conclusiones importantes. Primero, tiene que haber una fuerza todopoderosa, una inteligencia o Ser superior capaz de hacer que una existencia física trascienda a una forma de existencia diferente. Segundo, esa causa suprema y la transformación implican un propósito, que por su misma naturaleza cae fuera del ámbito del descubrimiento científico.

La ciencia no puede dar las respuestas, ya que esta misma admite que trata solamente con lo material. La Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos reconoció que “el que haya o no un propósito para el Universo, o un propósito para la existencia humana, no son preguntas para la Ciencia” (Kenneth R. Miller, Buscando al Dios de Darwin). Sin embargo, muchos científicos cruzan la línea de demarcación haciendo afirmaciones sobre la existencia o ausencia de un propósito. William Provine, fallecido biólogo e historiador de la Ciencia de la universidad de Cornell, proclamó: “Tenemos que concluir que al morir, morimos, y ese es el final” (Miller). Richard Dawkins, con su habitual desparpajo, escribió lo siguiente en El río del Edén:

“En un universo de fuerzas físicas ciegas y de replicación genética, algunas personas van a resultar heridas, otras serán afortunadas y no encontraremos en ello ninguna moraleja ni razón, tampoco ninguna justicia. El Universo que observamos tiene exactamente las propiedades que podríamos esperar si, en el fondo, no hubiera ningún diseño, ninguna intención, ningún bien ni mal, nada más que indiferencia ciega y despiadada”.

También está el paleontólogo Stephen Jay Gould, quien escribió: “La vida es dura, y si uno puede engañarse creyendo que todo tiene algún sentido cálido y agradable, es enormemente reconfortante. Pero sí creo que es solo un cuento que nos contamos” (Miller).

¿Estará Gould en lo cierto? ¿Es la religión solo una cálida frazada que nos envuelve en el autoengaño? ¿Es toda una gigantesca mentira para ayudarnos a soportar esta semana y la próxima? ¿O tiene algo de sustancia? ¿Tendrá respuestas reales para preguntas reales, como la pregunta sobre la vida después de la muerte? Lamentablemente, gran parte de lo que se llama religión es un fraude. Piense en todos los credos que existen en el mundo. ¿Pueden estar correctos todos?

La Biblia se destaca como algo notable cuando se compara con otros libros sagrados, y asegura que sí hay vida después de la muerte. Proclama que sí podemos vivir para siempre, sin dolor ni tristezas. Creo que todos lo deseamos, ¿pero será real?

La Biblia dice ofrecer un camino, el único, a la vida eterna, y revela que es una dádiva, un regalo, y que nadie la tiene automáticamente. Pero, ¿no hemos oído decir que poseemos un alma inmortal, la cual continúa viviendo después de la muerte, sea en el Cielo o en el infierno, o quizás en el purgatorio? Es impresionante ver cuántas ideas populares, incluso las que se escuchan los domingos por la mañana, que están ausentes de la Biblia. Piense en Romanos 6:23: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. ¿Por qué no creen lo que dice la Biblia, que el pecado conduce a la muerte, no a la vida eterna en un estado de tortura infernal? La vida eterna no es un derecho, no es una cualidad inherente, sino un don de Dios.

Veamos también Juan 3:16. ¿Por qué se toma este conocido versículo como si dijera algo tan diferente de lo que dice? ¡Léalo y créalo! “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Biblia de Jerusalén). Aquí también vemos el contraste entre perecer y vivir eternamente. Son dos cosas opuestas. Para una explicación completa de este importante pasaje bíblico, puede solicitar un ejemplar gratuito de nuestro folleto: Juan 3:16: Verdades ocultas del versículo de oro, o puede descargarlo desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org.

Un hombre violento y arrogante

Un personaje destacado en el Nuevo Testamento es llamado Saulo. Este hombre persiguió con saña a los primeros cristianos hasta que le ocurrió algo dramático. Yendo por el camino a Damasco, donde pensaba detener y apresar cristianos, tuvo una experiencia casi mortal. Le apareció una luz enceguecedora y oyó una voz que lo dejó atónito. Entonces se detuvo y pensó en las muchas profecías antiguas sobre Aquel contra quien luchaba. Saulo, que perseguía furiosamente a los cristianos, se transformó en un hombre nuevo, a quien conocemos como el apóstol Pablo. Se convenció de que Aquel a quien odiaba era el Mesías profetizado, y que había resucitado de la muerte.

El perseguidor se convirtió en perseguido, y Pablo tuvo que soportar mucho en los decenios que siguieron como consecuencia de su vivo testimonio sobre Cristo. Defendiéndose contra quienes cuestionaban la sinceridad de sus nuevas convicciones, escribió lo siguiente:

“De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Corintios 11:24-27).

Pablo era realista. Reconoció que todos sus padecimientos eran consecuencia de predicar que Jesús era el verdadero Mesías que había sido muerto injustamente por nosotros, y que se había levantado del sepulcro tres días y tres noches después, tal como había predicho. A Pablo se le abrieron los ojos y vio que todo esto fue predicho en las profecías que él había estudiado antes en su vida. También comprendió que todo lo que sufría por predicar a Cristo sería en vano si no había una resurrección a la vida eterna: “Si como hombre batallé en Éfeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1 Corintios 15:32).

Uno entre muchos

Pablo no fue el único que cambió de parecer respecto de Jesucristo. Los propios hermanos de Jesús no creían en Él (Juan 7:5), hasta que lo vieron nuevamente con vida después de una salvaje crucifixión romana. No hay duda: ¡La resurrección llamó la atención de muchos! Al menos dos de sus hermanos procedieron a predicar al mundo que era cierto que Jesús había muerto y regresado a la vida.

Viendo a Jesús apresado, sus propios discípulos huyeron, pero más adelante la Biblia indica que todos los apóstoles, menos Juan, murieron martirizados. Reflexionemos: Hay personas dispuestas a morir por una causa en la cual creen, aunque sea un error. Pero, ¿se habrán de dejar asesinar si saben que es una mentira? No. Estos hombres presenciaron la crucifixión, sabían que el cuerpo de Jesús estuvo muerto en el sepulcro tres días y tres noches ¡y lo vieron vivo! Si bien al principio les costó creer lo que veían (Lucas 24:36-41). Tomás se atrevió a decir: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25). Comprendieron la realidad de la resurrección cuando se sentaron con Él, hablaron con Él ¡y aun comieron juntos! No es que solamente creyeron, sino que sabían que Jesús había resucitado después de la muerte. ¡Y proclamaron esta verdad sin dudarlo!

El apóstol Pablo, los hermanos de Jesús y los primeros apóstoles no fueron los únicos que vieron a Jesús resucitado. Pablo narra lo siguiente:

“Primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas [Pedro], y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen [murieron]. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí (1 Corintios 15:3-8).

Cuando el apóstol escribió esto, “muchos” de los “quinientos hermanos” aún vivían y podían corroborar o desmentir la aseveración. ¡Pensémoslo! ¿Qué credibilidad y qué durabilidad tendrían estas palabras si la gente de la época no estuviera convencida?

Algunos dirán que, como esto viene de la misma Biblia, representa un razonamiento sesgado. Sin embargo, consideremos que las pruebas de la validez de la Biblia son mucho mayores que las de cualquier otro libro antiguo. La arqueología ha demostrado reiteradamente el error de los escépticos, y demuestra que la Biblia es un registro histórico exacto. Está escrito que Pablo testificó ante magistrados, gobernadores y reyes que son conocidos en la historia. Testificó delante del rey Agripa II y su hermana Berenice, y previamente ante Drusila, otra hermana de Agripa. Sobre estas personas se sabe mucho por otras fuentes, incluso que Drusila y su hijo perecieron en la erupción del monte Vesubio que destruyó Pompeya en el año 79 d. C.

Si el libro de los Hechos no fuera creíble cuando Lucas lo escribió, otros no habrían tardado en desacreditarlo, y lo mismo puede decirse de los demás libros bíblicos. En su juicio delante de Agripa, hombre que mal podría describirse como muy dechado de virtudes, Pablo afirmó: “El rey sabe estas cosas, delante de quien también hablo con toda confianza. Porque no pienso que ignora nada de esto; pues no se ha hecho esto en algún rincón” (Hechos 26:26). ¡Y Agripa no lo contradijo!

¿Podemos tener vida después de la muerte? El libro más grande jamás escrito dice que sí, y señala a Uno que salió caminando de su propio sepulcro para mostrar que sí es posible.

Si nosotros podemos llegar a tener vida después de la muerte, ¿qué debemos hacer para alcanzarla? Si desea saber más sobre este tema y lo que Dios espera de quienes recibirán la más grande de las dádivas, le invitamos a solicitar los ejemplares gratuitos titulados: Qué sucede después de la muerte y ¿Qué es un verdadero cristiano?, o puede descargarlos desde nuestro sitio en la red: www.elmundodemanana.org. [MM]