Preguntas y respuestas - ¿Cómo puede Dios ser celoso?

Díganos lo que piensa de este artículo

Pregunta: En Éxodo 20:5 Dios declara que es un Dios celoso, pero Gálatas 5:20 menciona los celos entre las obras pecaminosa de la carne. ¿Es esto una contradicción?

Respuesta: Dios no puede pecar ni puede ser tentado por el mal (Santiago 1:13; 1 Juan 3:5). El celo mencionado en Éxodo 20 no se refiere en este caso a un pecado sino a una cualidad de la justicia de Dios. Las Escrituras también nos dicen: “No te has de inclinar a ningún otro dios, pues el Eterno, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es” (Éxodo 34:14).

“Celoso” no solo es un atributo de Dios, sino uno de sus nombres y como tal, describe su carácter.

Describiendo a Dios, la Biblia emplea este vocablo en el contexto de sus leyes contra la idolatría (ver Deuteronomio 4:23-24; 5:8-9; 6:14-15). La idolatría es una violación del pacto que Dios hizo con Israel, pacto que le prometía a la nación una gran prosperidad y un papel como el pueblo especial de Dios. Poco antes de dar los diez mandamientos, Dios explicó: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la Tierra. Y vosotros me seréis un Reino de sacerdotes, y gente santa” (Éxodo 19:5-6).

Luego, al dar los mandamientos dijo: “Yo soy el Eterno tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Éxodo 20:2). En esta declaración afirma su relación singular con Israel, relación que ellos no debían compartir con ningún otro “dios”.  No los habían sacado de Egipto ni los “dioses” cananeos, ni Baal ni ninguna de las “deidades” de la mitología egipcia. Quien los sacó fue el Eterno.

El nombre “Jehová” que aparece en muchas versiones de la Biblia en español es indicativo de la presencia del singular nombre hebreo para Dios: YHVH, que significa “el Eterno, el Inmutable, el que fue, es y será”. Al dejar en claro que se trataba específicamente de el “Eterno tu Dios”, resaltó que la fidelidad y el culto se deben a Él únicamente, dentro de este pacto que estableció con Israel; relación pactada que se refleja en el matrimonio humano (Jeremías 3:14, 20; ver Efesios 5:31-32). Desde la perspectiva divina, la idolatría es adulterio espiritual. Así como un esposo o esposa deben guardar fidelidad amorosa a su cónyuge, y es comprensible que sienta celos ante un acto real de infidelidad, así también Dios exige fidelidad a su pueblo, y espera que lo amemos como Él nos ama a nosotros (1 Juan 4:19; Mateo 22:37-38).

Por otra parte, hay un tipo de celo y envidia hacia el prójimo que se alimenta de codicia y que se llama celos en la versión Reina Valera. Ese estado mental es una de las obras de la carne citadas en Gálatas 5:20. Dios no envidia a nadie ni codicia nada. Siendo Creador de todas las cosas, tiene autoridad absoluta sobre la creación: “¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; Él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio” (Isaías 40:25-26).

Efectivamente: “Como nada son todas las naciones delante de Él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es” (v. 17). Por esto no debe sorprendernos que Dios ordene: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, e insista en que no hagamos imágenes de Él, ni dirigir la adoración hacia ídolos, imágenes y objetos religiosos (Éxodo 20:3-6), los cuales distraen o diluyen la adoración que debemos directamente a Dios y solo a Él.

El significado es claro. El celo divino señala la grandeza de Dios como el único Dios y Creador verdadero, así como su poder absoluto de salvar, su cuidado atento, su amor eterno y el fervor en el cumplimiento de sus promesas. Solo Él posee el derecho absoluto de ser adorado… exclusivamente. Quien desee pactar una relación con Dios deberá reconocer que Él no tolera competidores. El celo de Dios es indicativo de su derecho divino singular y su justicia, y no de los sentimientos pecaminosos de codicia, envidia o rivalidad que a veces tenemos los seres humanos. [MM]