Recordemos las promesas de Dios

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En tiempos de gran temor, la gente busca paz, seguridad y salud.

Pero, ¿busca en el lugar correcto con el deseo de encontrar la verdadera fuente de prosperidad?

La Biblia muestra muchas promesas de Dios ¡y a todos nos conviene saber cómo recibirlas!

En los primeros meses de este año, cuando a la población se le dijo que practicara “distanciamiento social” y evitara los grandes grupos, muchos reaccionaron con pánico despojando las estanterías de los supermercados comprando de todo lo que, a su modo de ver, podría hacerles falta durante el período de aislamiento. En las redes sociales abundaban las fotos de estantes vacíos, que momentos antes estaban repletos de papel sanitario o gel antiséptica. Tal vez se agotaron las verduras en el mercado de un barrio, mientras que en otro se agotó la carne. Para quienes buscaban cloro o toallas desinfectantes, las probabilidades de hallarlos iban de poca a ninguna.

Movida por el temor, la gente se lanzó a comprar lo que pudiera, mientras pudiera. Entre tanto, las pocas personas que habían planeado con anticipación, las que ya tenían provisiones reservadas de emergencia para algunas semanas, pudieron reaccionar con más calma. Pero, ¿cuántas de esas personas se acordaron de buscar las provisiones más valiosas de todas?

Las provisiones a que me refiero son las promesas que encontramos en la Biblia. Se trata de un regalo de Dios que puede brindarnos lo que no conseguiríamos con toda la riqueza material del mundo. A diferencia de lo que sucede con las estanterías de un supermercado, las provisiones de Dios son inagotables ¡y su valor excede a toda medida!

Promesa de abundancia

¿Cuántas personas saben que Jesucristo hizo una promesa maravillosa en relación con el motivo de su venida? “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Esa promesa se encuentra en la Biblia, la misma que muchas personas tienen en su casa. Una encuesta en el 2019 comisionada por la American Bible Society, encontró que el 84 por ciento de los hogares en los Estados Unidos tenían por lo menos una Biblia. Aproximadamente el 39 por ciento de los encuestados dijeron que leían la Biblia al menos una vez por semana (Estado de la Biblia, 2019, American Bible Society). Muchas personas, desde luego, leen la Biblia diariamente, entre estas, muchas suscriptoras de El Mundo de Mañana. Jesús nos instó a orar: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6:11), y de igual manera, debemos alimentarnos cada día de la Palabra de Dios.

¿Cuál versión debemos leer? Si usted busca una Biblia o quiere decidir cuál de las suyas debe usar, nosotros en El Mundo de Mañana, usualmente recomendamos la versión Reina Valera 1960 como la versión en español más acertada, si bien hay otras traducciones que también pueden ser útiles al profundizar más en nuestro estudio de la Biblia.

Sobra decir que el hecho de contar con una Biblia no basta. Aunque muchas personas tienen una o más Biblias, su conocimiento del contenido deja mucho que desear. Una encuesta realizada en febrero del 2019 por la Pew Research Center, encontró que el 49 por ciento ignoraba que Jesucristo fue quien pronunció las bienaventuranzas. Un informe publicado por el Pew Center en abril del 2017 señaló que solo el 45 por ciento de los encuestados sabían los nombres de los cuatro Evangelios. Por otra parte, es claro que el conocimiento tampoco basta si no creemos o no actuamos conforme a nuestras creencias. Una encuesta Gallup en mayo del 2017 encontró que solo el 24 por ciento de los encuestados creen que la Biblia es “la propia Palabra de Dios”, menos del 26 por ciento la consideran “un libro de fábulas, leyendas, historia y preceptos morales registrados por el hombre” (Gallup, 15 de mayo del 2017).

Si usted lee la Biblia y la cree, entonces actuará de acuerdo con lo que lee. No como el joven rico que le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le respondió: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. [El joven] le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:17-19).

El joven se mostró orgulloso de que siempre había guardado los mandamientos que Jesús mencionó. La respuesta de Jesús fue ponerle una prueba relacionada con el primer mandamiento. ¿Estaría dispuesto a renunciar a sus tesoros materiales a cambio del verdadero tesoro que venía del Cielo? (v. 21). “Porque sabéis esto, que ningún... avaro, que es idólatra, tiene herencia en el Reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5).

Lamentablemente, el joven de Mateo 19 “se fue triste” (v. 22), optando por no obedecer las palabras de Jesús. Estaba demasiado apegado a sus “muchas posesiones” y no podía darse cuenta cabal de que no había obedecido los diez mandamientos en su totalidad, ni había obedecido a Jesucristo, quien le había dado esos mandamientos.

Efectivamente, ¡Jesús le dijo al joven que obedeciera los diez mandamientos! Citó cinco de ellos, y para que nadie pensara que estaba dándole permiso de quebrantar los demás, terminó citando el libro de Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18).

Mandamiento con promesa

Aquí Jesús demostró que los diez mandamientos son esenciales no solo en nuestra vida física, sino también para recibir la vida eterna que proviene de Dios. Debemos notar que los diez mandamientos no son únicamente prohibiciones; de hecho, el quinto, que manda honrar a los padres, se identifica como “el primer mandamiento con promesa” (Efesios 6:2). Dios afirma que quienes obedecen el quinto mandamiento recibirán bendiciones. ¿Honramos a nuestros padres? ¿Necesitan ellos algo que podríamos darles? ¿Les expresamos gratitud por el cuidado que tuvieron de nosotros?

Quizá nos criamos en circunstancias difíciles. A veces honramos a nuestros padres imperfectos negándonos a imitar su conducta de pecado, pero también podemos honrarlos por el bien que nos hayan hecho, ¡aunque no fueran los mejores padres del mundo! A veces nos es difícil honrar a nuestros padres, pero Dios ha prometido bendiciones por hacerlo.

Lamentablemente, el joven rico no logró guardar el primer mandamiento. Como resultado, ¿a qué renunció? Confiaba en sus riquezas, pero, ¿qué le hacía falta? Al leer la Biblia, descubriremos las promesas de Dios. Entre ellas está la seguridad física, pero hay muchas bendiciones más. Las promesas de Dios a quienes procuran guardar sus mandamientos incluyen:

  • Responder a nuestras oraciones (Mateo 7:7-8).
  • Proveer a todas nuestras necesidades (Filipenses 4:19).
  • Guiarnos en la vida (Proverbios 3:5-6).
  • Conceder lo que nuestro corazón desea, siempre y cuando nos deleitemos en Él (Salmos 37:4-5).
  • Capacidad para soportar las pruebas (1 Corintios 10:13).
  • El don del Espíritu Santo (Hechos 2:38; Lucas 11:13).
  • El don de su amor (Romanos 5:5).
  • Perdonar nuestros pecados al arrepentirnos (Hechos 2:38).
  • Vida eterna (1 Juan 2:25).

Una de las promesas más preciosas, pero entre las que más se ignoran, se encuentra en la carta a los Filipenses. Si usted desea tranquilidad mental en momentos de perturbación, debe actuar de acuerdo con esta promesa: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6-7). Dios desea que le hablemos en oración sobre lo que deseamos y necesitamos, y que además expresemos nuestro agradecimiento por sus muchas bendiciones.

¿Hay algo muy especial, algo muy personal que deseamos? Consideremos estas palabras del rey David: “Confía en el Eterno, y haz el bien; y habitarás en la Tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en el Eterno, y Él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmos 37:3-4). He tenido esta experiencia en mi propia vida. Sentía un deseo profundo de visitar la tierra de Israel y se lo pedí a Dios en oración durante muchos años. Confié en que Él respondería mi petición, pero cuándo, dependía de Él. Y así fue: Después de años de orar ¡surgió una oportunidad que me llevó a Israel! Cuando me enteré, ¡di un salto de alegría! Después de esa primera visita he regresado en varias ocasiones y siempre he guardado agradecimiento a Dios por cumplir este deseo de mi corazón. Como he confiado en Él y me he deleitado en hacer su voluntad, con la ayuda imprescindible del Espíritu Santo, sé que Él me responderá. ¡Dios cumple sus promesas!

Leyendo la Biblia, hallaremos incontables promesas que Dios nos ha hecho. Digámosle de rodillas cuánto deseamos, cuánto necesitamos, lo que Él ha prometido. Hagámoslo con convencimiento, recordando este pasaje de las Escrituras: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:16). No oremos con timidez. Seamos como Jacob cuando luchó con Dios (Génesis 32:24-32), o como la viuda persistente (Lucas 18:1-8), recordándole a Dios lo que ha prometido. Confiadamente, pero con humildad, ¡pidámosle con fe que cumpla estas promesas en nuestra vida!

Promesa del Reino de Dios

Para algunas personas, una alacena repleta de provisiones ofrece una sensación de seguridad. Otras puede que basen su seguridad en sus acciones en la bolsa o el saldo bancario. Muchas se sienten inseguras, pero aun quienes han logrado cierta seguridad física, deben plantearse una pregunta esencial: ¿Realmente qué han ganado? ¿Acabarán como el joven rico de Mateo 19, que valoraba más su riqueza que a su Dios? Los verdaderos seguidores de Jesús buscan un tesoro eterno: el Reino de Dios, recordando sus palabras: “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Quienes buscan tesoros físicos, materiales, a menudo quedan frustrados. Pero si buscamos el Reino de Dios y su justicia, hallaremos el tesoro más grande de todos, y además, Dios también promete proveer lo que necesitemos.

Cuando realmente buscamos la voluntad de Dios, Él nos responde: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:7-11).

Claro está que nosotros debemos hacer nuestra parte. Debemos buscar y llamar. ¿Buscamos empleo? Oremos a Dios, pero quizás espere que nosotros investiguemos las posibilidades y hagamos algunas llamadas telefónicas. ¡Que hagamos nuestra parte! Busquemos la justicia de Dios, y por medio del Espíritu de Dios, hagamos lo que sea justo y recto.

La Biblia compara el Reino de Dios con una perla valiosa: “El Reino de los Cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mateo 13:45-46). La perla preciosa representa riqueza espiritual y vida eterna. Los seres humanos no han aprendido aún la difícil lección de que la riqueza material, por grande que sea, no trae felicidad duradera. Esto se ve en las lecciones que aprendió el rey Salomón. Lo tenía todo, pero a lo largo del libro del Eclesiastés vemos repetida esta observación: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2). Salomón era el ser más rico de la Tierra, pero su riqueza no le trajo satisfacción ni tranquilidad. ¿A qué conclusión llegó luego de buscar la felicidad de muchas maneras? “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13).

Promesa del tesoro

Así como Jesucristo enseñó, y Salomón aprendió, las verdaderas riquezas están al alcance de toda la gente; aun quienes son pobres económicamente. ¿Honramos y atendemos a quienes tienen un robusto saldo bancario, y desatendemos a quienes se encuentran en apuros económicos? ¿Descuidamos a quienes Dios sí honra? El apóstol Santiago nos recuerda: “Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del Reino que ha prometido a los que le aman?” (Santiago 2:5).

Dios promete su Reino, no a quienes poseen grandes recursos económicos, sino a quienes lo aman a Él. Aunque sean pobres a los ojos del mundo, los ricos en la fe poseen la verdadera riqueza, el verdadero tesoro. Buscan el camino de Dios en su vida, y el camino de Dios es el verdadero tesoro, así como leemos en el libro de los Proverbios: “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor del Eterno, y hallarás el conocimiento de Dios. Porque el Eterno da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia” (Proverbios 2:1-6).

Quienes reciben el tesoro de sabiduría que viene de Dios, reciben de hecho una promesa maravillosa que puede transformar su vida, incluida la vida eterna. El apóstol Pedro escribió: “Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:2-4).

La realidad es que Dios, con su poder divino, nos ha concedido promesas grandes y preciosas. Nuestro Dios “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Efesios 3:20). A nosotros nos corresponde ser diligentes para aprovechar “el poder que actúa en nosotros”, el Espíritu Santo, y al hacer esto lo recibimos en mayor abundancia. Si desobedecemos a Dios y si rechazamos su guía y su misericordia, es posible que lleguemos a “apagar” el Espíritu que hay en nosotros (1 Tesalonicenses 5:19). Debemos, por el contrario, agradecer el don del Espíritu Santo que Dios nos da, y avivarlo empleándolo constantemente.

Promesa del Espíritu Santo

¿Deseamos contar con la naturaleza divina en nuestra vida? Los verdaderos cristianos, habiendo recibido el Espíritu Santo de Dios, poseen esa naturaleza divina. Esta es una de las promesas más preciosas de la Biblia. En el día de Pentecostés, el apóstol Pedro predicó ante una gran multitud: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:38-39).

Si usted siente que Dios le está llamando, ¡es necesario que responda a ese llamamiento! Arrepiéntase, considere lo que cuesta comprometerse (Lucas 14:28), y vaya ante Dios en oración pidiendo su guía. Quizá comprenda que debe buscar el bautismo. Si desea buscar orientación sobre el bautismo, le rogamos comunicarse con las oficinas de esta obra, y un ministro de Jesucristo se pondrá en contacto con usted para brindarle consejo y ayudarle a prepararse. No espere, y escríbanos un correo a: [email protected].

Sin el Espíritu de Dios no podemos heredar su Reino. Como le dijo el apóstol Pablo a Timoteo, que el Espíritu es “de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Por medio del Espíritu de Dios, nuestra naturaleza humana puede cambiar, y comenzamos a aprender a obedecerle a Dios y seguir sus caminos. Pablo escribió: “La esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). Por medio del Espíritu Santo de Dios podemos reemplazar la naturaleza humana egocéntrica, por la naturaleza de amor, que es la de Dios.

Los verdaderos cristianos reciben el don del Espíritu Santo de Dios, conforme a su promesa, luego de arrepentirse y aceptar la sangre derramada de Jesucristo para el perdón de sus pecados. Este don comprende la extraordinaria promesa de salvación por medio del Cristo viviente: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por Él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:6-10).

Efectivamente, la increíble promesa de Dios es que nos salvará por medio del Cristo viviente, nuestro Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Dios es amor y es el máximo dador “de toda buena dádiva” (Santiago 1:17). Su deseo es entregarnos la Tierra por herencia (Mateo 5:5) y, con el tiempo, algo mucho mayor: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Apocalipsis 21:7).

El capítulo de la fe en la Biblia: Hebreos 11, habla de los fieles siervos de Dios que perseveraron en su fe a pesar de los peligros y obstáculos que los rodeaban. ¿Qué tenían en común? Eran “extranjeros y peregrinos” en una sociedad que, en su mayor parte, desatiende o rechaza al Dios verdadero (Hebreos 11:13). Vivían como “embajadores” del Reino de Dios (2 Corintios 5:20). Aunque no habían recibido aún la máxima promesa de Dios, la resurrección en el Reino de Dios como miembros de su Familia, sí recibieron las promesas que les llegaron por su fe.

Como discípulos de Jesucristo, también podemos y debemos recordar las promesas de Dios. Esas promesas no son únicamente para los héroes de la fe citados en la Biblia. ¡También son para nosotros! Escudriñemos la Biblia diariamente, y al irnos acercando a Dios, démosle gracias por sus muchos tesoros, grandes y preciosos. ¡Él desea que los tengamos presentes! [MM]