Orugas cantoras

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edición anterior vimos en detalle la increíble transformación de una oruga en mariposa: La mariposa: maestra de la metamorfosis,página 23. Pero este humilde insecto encierra aún más sorpresas para quienes deseen observarla más detenidamente.

En varios lugares del trópico, Centroamérica y Australia en especial, se puede tener el privilegio de encontrar una mariposa de tamaño mediano de la especie Lycaenidae (licénidos) o Riodinidae (riodínidos). Estos hermosos seres ostentan colores que van de cobrizo a tonos de azul. Sin duda, sus colores fascinantes y su aspecto pacífico las hacen encantadoras a la vista, pero más asombrosa aún es la historia de cómo estas dos especies sobreviven hasta convertirse en las ágiles y ligeras mariposas.

Una mariposa pasa gran parte de su vida en la etapa larvaria, forma que conocemos como oruga. En esta fase es un ser lento, vulnerable a los ataques y a riesgo de convertirse en la cena de alguna otra especie. Las larvas de mariposa son especialmente vulnerables a las avispas, cuyas larvas, a su vez, parecen disfrutar mucho una dieta de orugas. Las avispas cazan y atrapan a las orugas y ponen sus huevos dentro del cuerpo de ellas. Luego, cuando sale la cría de las avispas, consume a la oruga en beneficio de su propio desarrollo.

Sin embargo, ni los licénidos ni los riodínidos se dejan convertir fácilmente en banquete para las avispas, gracias a una notable sociedad que forman con hormigas de diversas especies, y que hacen de agresivos guardaespaldas para nuestras indefensas larvas.

Una sociedad insólita

Es mucho lo que se ha investigado en los últimos 40 años acerca de esta relación especial entre especies y cómo se produjo. Este tipo de relación entre seres se llama simbiosis, de una palabra griega que significa “convivir”, y tanto la dotación como los procesos que exige este arreglo específico son realmente increíbles. En un artículo de la revista Scientific American, en octubre de 1992, Phil DeVries describió algunas maneras fascinantes que tienen estas orugas de atraer y retener a las hormigas como sus guardianas.

DeVries explica que la oruga de estas especies emite un sonido frotando una papila o protuberancia vibratoria estriada contra la superficie áspera de la cabeza. Las vibraciones que resultan se proyectan entre las ramas de los árboles de modo que cualquier hormiga en las cercanías llega a oírlas. De allí el sobrenombre de “orugas cantoras”. Resulta que estas vibraciones tienen una frecuencia similar a la que emiten las hormigas cuando desean comunicar la ubicación de alguna fuente de alimentos recién descubierta. Como es natural, las demás hormigas llegan rápidamente.

Como es sabido de hormigas que atacan a las orugas, cualquiera diría que nuestra amiga se está exponiendo a un juego peligroso. Pero la oruga no está desprovista. En su parte posterior tiene un órgano nectario que secreta un jugo azucarado, rico en proteínas, que resulta ser un alimento ideal para las hormigas. Como si se dieran cuenta de que han encontrado una veta culinaria, las hormigas protegen a la oruga contra otros predadores estimulándolas con cosquilleos o golpecitos de sus antenas sobre las glándulas secretoras. Sue Ann Zollinger escribe: “En algunas especies australianas, las hormigas guardianas incluso construyen corrales de paja o de tierra para contener a las orugas. De día la oruga está protegida contra los predadores gracias al corral y las hormigas. En la noche, las hormigas arrean a las orugas haciéndolas trepar a un árbol cercano para que se alimenten de hojas” (A Moment in Science, 15 de septiembre del 2008).

En muchos casos, ¡las hormigas son incluso capaces de defender a las orugas contra los pájaros! Si se acerca un pájaro o un predador más grande, las hormigas cubren la oruga como un enjambre. A los pájaros, en su mayoría les disgusta el sabor de las hormigas, y verlas cubriendo lo que podría haber sido su cena los repele. Así, la oruga queda a salvo.

Otros comportamientos de las orugas han desconcertado a los investigadores biólogos. Por ejemplo, una publicación de la universidad de Arizona informó: “A menudo, las hormigas defienden ciertas plantas secretoras de néctar atacando y a veces consumiendo otros insectos; y así conservan la fuente de alimento exclusivamente para ellas. En cambio, perdonan a las orugas productoras de néctar permitiendo que estas se coman la planta. Mientras tanto, las hormigas estimulan la salida del néctar de la oruga y alejan a quienes la amenacen” (Lori Stiles, www.Arizona.edu, 7 de agosto del 2000.). Otras investigaciones indican que el néctar de las orugas es más nutritivo que el de las plantas. Curiosamente, según informa Stiles: “Las orugas secretan el néctar únicamente cuando hay hormigas”.

Un ejército privado

La señora Stiles observó además que en diferentes momentos los poros de la oruga secretan sustancias que apaciguan o excitan a las hormigas. Como si fuera poco, la oruga tiene en su octavo segmento abdominal un par de órganos como tentáculos de forma algo globular y cubiertos de vellos finos. Su uso es algo extraordinario: las hormigas se agitan mucho cuando tocan estos órganos y parece que la oruga los usa para manipular a las hormigas haciéndolas defenderla cuando es necesario y alejándolas cuando no.

Pareciera que la oruga recibe protección del ejército de hormigas que ha atraído, dando a cambio solo un delicioso néctar. Esto ya es impresionante, pero los biólogos han descubierto que la relación es más compleja, ¡ya que el diseño de la oruga es tal, que le da capacidad para controlar a las hormigas!

En el 2015, Sandhya Sekar escribió en la revista New Scientist un informe sobre el trabajo del científico japonés Masaru Hojo. El biólogo observó al comienzo de su trabajo que las hormigas que defendían a una oruga no la abandonaban ni siquiera para llevar alimento a su colonia. Lo que hacían era permanecer en guardia y beber el néctar. Observó: “Cada vez que la oruga esquivaba sus tentáculos, los volteaba para que dieran la vuelta al revés, las hormigas se movían más rápidamente y actuaban con agresividad” (NewScientist.com, julio del 2015). Así agresivas, las hormigas atacaban avispas, arañas y cualquier otra amenaza. Hojo estimó que cuando un posible predador se acercaba a la oruga, esta emitía una señal química que ordenaba a las hormigas al ataque, dictándoles así su comportamiento por medio del control químico y el poderoso néctar. Mediante experimentación se demostró que la oruga puede aderezar su néctar con drogas para controlar el grado de dopamina en el cerebro de las hormigas, aumentando o reduciendo así a voluntad la agresividad de sus guardaespaldas.

El descubrimiento del profesor Hojo es realmente increíble. Demostró que el licénido o el riodínido, con su seguridad dependiendo de las hormigas, se vale de controles químicos para obligar a las hormigas a obedecerle. Su néctar puede calmar a las hormigas, incitarlas a quedarse quietas o ponerlas tan agresivas para que la emprendan contra las amenazas hasta alejarlas (Hojo, Pierce, Tsuji: Current Biology, 2015).

Para que semejante relación simbiótica comenzara a funcionar, era necesario que las orugas pudieran atraer hormigas, producir el néctar que emplean únicamente para alimentar a las hormigas defensoras, controlar a las hormigas que atraían y evitar que el resto de la colonia las consumiera. Esto exigía conocimiento anticipado de las frecuencias sonoras, especialmente las empleadas por las hormigas en su comunicación, y suficientes conocimientos de bioquímica para crear un néctar sabroso; así como drogas capaces de calmar o excitar a voluntad a las hormigas guardianas. Pretender que un arreglo tan complejo pudiera ocurrir accidentalmente mediante pasos diminutos y fortuitos de la evolución, es algo que choca contra la razón y las probabilidades. Lo que vemos en estas “orugas cantoras” son señales claras de que existe un Diseñador y Creador que hizo seres vivientes plenamente funcionales y con un grado de complejidad que resulta casi incomprensible para muchos. [MM]

 

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