Estados Unidos y el fracaso de su libertad

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Los fundadores de los Estados Unidos de América redefinieron la libertad humana. Doscientos cincuenta años después, el veredicto es claro.

 
Estados Unidos ha sido llamado la tierra de la libertad, incluso desde antes de constituirse como nación, remontándose al menos al himno de Joseph Warren de 1774 titulado: Free America. Eso fue medio siglo antes de que Samuel Francis Smith escribiera en 1831 las palabras: “Dulce tierra de la libertad”, en la letra de: My Country Tis de Thee [Mi tierra es de ti]. Y por su parte, Thomas Jefferson señaló a su nación como: Un imperio de la libertad, en más de una ocasión.

Efectivamente, si hay un concepto, una esperanza o un sueño más entretejido que cualquier otro en todo lo que el país representa, ese probablemente sea el concepto de la libertad, compromiso con la liberación humana individual, en una medida quizá nunca vista en nación alguna que le haya precedido. En el 2026, cuando Estados Unidos está cumpliendo 250 años de independencia, quienes celebran la ocasión tienen muy presente el tema de la libertad.

A lo largo de la historia, incontables millones han visto a Estados Unidos como un faro de libertad, simbolizada, quizá más que nada, por el presente que le hizo Francia: la estatua de la Libertad, que tiene la fecha; 4 de julio de 1776 en la placa que lleva la efigie en sus brazos, y en el pedestal, las famosas palabras del poema de Emma Lazarus: El Nuevo Coloso: “Dadme a tus fatigados, tus pobres, tus masas afligidas que anhelan respirar el aire de libertad”.

Aun durante la sangrienta Guerra Civil, el presidente Abraham Lincoln, con la mirada puesta en los principios de libertad humana sobre los que se fundó la nación, y que se estaban poniendo duramente a prueba, llamó a Estados Unidos: “La última y mejor esperanza de la Tierra”.

Pero, ¿a qué han conducido 250 años de libertad individual sin precedentes en la tierra de la libertad? La nación, que tanto tiempo ha servido de inspiración para el mundo, se está desgarrando en medio de iras y divisiones, con una cultura política cada vez más baja y aun violenta, que ha degradado su sociedad y generado caos en su moral. La frase que generaciones pronunciaron con reverencia como parte del juramento de lealtad, y que proclamaba que el país era: Una sola nación bajo Dios, indivisible, a menudo parece suscitar poco más que sonrisas incómodas en un país que se encuentra dividido en facciones encolerizadas, pendencieras, intransigentes; quizá más que en cualquier otro momento de sus 250 años de historia.

¿Por qué está así? Bien entendido, el camino desde la fundación de los Estados Unidos hasta su situación actual, no se debe a alguna aberración que lo alejara de sus ideales originales. No es que las ideas de libertad de sus fundadores se hayan desechado, aunque así lo proclamen voces levantadas de todas las facciones partidistas y todos los matices políticos. Lo que sucede es que se está empezando a experimentar el pleno florecimiento del “árbol de la libertad” del que habló con tanta elocuencia Thomas Jefferson.

Entendido desde el punto de vista de Dios, evidente para el ojo humano a la luz de su Palabra, el estado de caos actual que se acrecienta no es una desviación, sino el resultado de la entrega a un sentido radical de libertad individual sobre el cual se fundó la nación. Y la única solución es clara: deben acoger la libertad como la entiende Dios, y seguir el único camino viable hacia ella.

Nueva nación, nueva libertad

La nación estadounidense se fundó sobre un concepto de libertad propuesto por los filósofos de la revolución científica del siglo 17, y más directamente, de la Ilustración del siglo 18. Los escritos de personas como Thomas Hobbes, John Locke, Montesquieu y Jean-Jacques Rousseau; abundaban en ideas novedosas sobre el autogobierno y la estructura de la sociedad humana.

No hay duda de que muchos fundadores de los Estados Unidos recibieron la influencia de la Biblia, pero los principios guiadores de la nueva nación se encuentran en las obras de los filósofos de la Ilustración. Por ejemplo, la separación de poderes en tres ramas: Ejecutiva, Legislativa y Judicial; aparece en los escritos de Montesquieu. Los debates de los fundadores revelan la tensión entre el concepto de Hobbes: La naturaleza humana sin restricciones fuertes del gobierno; y el concepto de Locke: Que el gobierno debe emanar únicamente del consentimiento de los gobernados. Por otra parte, el concepto del contrato social y la propuesta de la voluntad general de Rousseau, se dejan ver en la forma final del gobierno estadounidense, donde la voluntad del pueblo se expresa, pero filtrado entre una estructura republicana.

En su concepción, Estados Unidos representaba tal vez la mejor, la más concienzuda y pensada aplicación de las políticas filosóficas de su época. La Declaración de Independencia, como escribiría más tarde Thomas Jefferson, se edificó sobre los sentimientos armonizadores del momento, y buscaba ser una expresión de la mente de la nueva nación.

Elemento central de esa mente era una concepción radicalmente novedosa de libertad.

Ideología de la libertad individual

El parecer de los filósofos de la Ilustración en lo tocante a la libertad humana individual suele llamarse liberalismo, no en el sentido político moderno de liberales versus conservadores, sino como identificador de una ideología centrada en la libertad del individuo, quien posee derechos contra todo gobierno que quisiera regir sobre él o imponerle ideas sin su consentimiento.

El liberalismo se difundió entre los pensadores de la Ilustración, y ejerció una fuerte influencia en los fundadores de Estados Unidos. Representaba un gran rompimiento con el antiguo concepto de libertad. En su libro: Why Liberalism Failed [Por qué fracasó el liberalismo], el politólogo Patrick Deneen señala: “La libertad, como la proponían las tradiciones antiguas y religiosas por igual, no es liberarse de las restricciones, sino que es nuestra capacidad de gobernar el apetito y así alcanzar una forma de libertad más real” (2018, pág. 130).

La filosofía del liberalismo propuesta durante la Ilustración, y que motivó a los fundadores de Estados Unidos, transformó este concepto de libertad humana de un modo fundamental y radical: “El liberalismo rechaza la antigua concepción de libertad, como la capacidad aprendida del ser humano de vencer la búsqueda servil de deseos bajos y hedonistas… El liberalismo, más bien, entiende la libertad como la condición en la cual se puede actuar libremente dentro de una esfera no restringida por la ley positiva” (págs. 37-38).

Este es el sentido de la libertad que los fundadores quisieron entretejer en la trama de su nueva nación. El viejo mundo que habían abandonado estaba lleno de restricciones que contenían y limitaban al pueblo. Iglesias establecidas, monarquías, obligaciones heredades y expectativas sociales rígidas; limitaban la capacidad del individuo de trazar su propio camino conforme a su propia consciencia, aspiraciones y concepto de felicidad. Estados Unidos había de representar una nueva tierra de oportunidades, donde el individuo estaría libre de aquellas ataduras históricas.

Lo anterior se capta en el segundo párrafo de la Declaración de Independencia, en una de sus proclamaciones más conocidas: “Tenemos por evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre ellos se cuentan la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Para afirmar estos derechos, se constituyen entre los hombres gobiernos, cuyos justos poderes se derivan del consentimiento de los gobernados”.

Esta libertad de ir en busca de la felicidad, e incluso de definir la felicidad según la consciencia de cada cual, representó un concepto novedoso de lo que es la libertad individual. La idea de que la tarea del gobierno no es formar la conciencia del hombre ni su alma, sino proteger la libertad de cada hombre de formar la suya propia, fue radical en su momento.

¿Libertad personal irrestricta?

Esta idea de libertad individual radical es lo que más ha simbolizado a los Estados Unidos en los últimos 250 años, desde que se firmó la Declaración de Independencia, presentándolos como una nación donde todo el mundo está en libertad de buscar la vida de sus sueños. Los estadounidenses han estado libres de la carga de ideologías, religiones estatales y consciencias obligadas; libres para lograr y para fracasar, libres para rendir culto y para no rendir culto: más libres, quizá, de lo que ha sido pueblo alguno en la Tierra. Y los éxitos de esa nación han inspirado a su vez a otras, con lo cual el sentido de libertad estadounidense se ha convertido en una condición anhelada por los ciudadanos de muchas naciones del mundo.

Pero resulta que la libertad individual es lo que está desgarrando a Estados Unidos. Esos 250 años de libertad individual radical han producido el caos social y moral que hoy reina Si bien es fácil mofarse de frases como: “Haz lo tuyo” o “habla tu verdad”, representan la consecuencia extrema pero natural de la filosofía que guio a los fundadores de la nación.

El meollo de la filosofía del contrato social de Rousseau, que forma la base del experimento norteamericano, es la convicción de que una comunidad debe poder definir sus propias reglas, valores y principios; e incluso cambiarlos a medida que cambia la comunidad. Pero, ¿y si esa comunidad no cambia para bien sino para mal? Más aún, ¿cómo podemos saber si esto está ocurriendo, ya que lo peor y lo mejor lo decide la misma comunidad? Cuando el bien y el mal se definen únicamente por lo que ha acordado la comunidad, lo malo de ayer puede ser lo bueno de hoy y viceversa.

¿Con qué recursos se contará para detener la amplia difusión del homosexualismo, y la redefinición del matrimonio que incluye dos personas del mismo sexo, o incluso más de dos personas, si no hay normas absolutas que dicten cómo la familia debe estructurarse o funcionar? ¿Por qué no han de reconsiderarse las funciones de los sexos, y hasta el significado de hombre y mujer, cuando una comunidad ve estos conceptos como restricciones externas y normas tradicionales? ¿Qué medios habrá para contener a los que pretendan alterarlos? Si los viejos vicios: prostitución, narcomanía, juegos de azar o borracheras; se pueden legalizar, y si el pueblo desea hacerlo, ¿qué se lo impedirá? ¿Quién podrá decir que se prohíben cláusulas en este sentido en el contrato social?

La libertad de expresión que permite a esta revista predicar la verdad del Reino de Dios a todo el mundo, es la misma libertad que ha llevado a los Estados Unidos a ser el principal exportador mundial de pornografía. Esto no es un error del sistema estadounidense, sino que es el sistema. Al fin y al cabo, ¿dónde están los confines de este poder, si un gobierno no puede decidir qué es una expresión decente o indecente?

La falla del liberalismo

Los fundadores de los Estados Unidos, indudablemente eran en general hombres de buen carácter. Pero, según resume Patrick Deneen: “El liberalismo ha trazado implacablemente una reserva de recursos tanto materiales como morales que no puede reponer” (pág. 18). Al asegurar que no hubiera instituciones con poder para gobernar, y dirigir con fuerza las conciencias de la gente, esas conciencias fueron creciendo naturalmente hacia una existencia sin gobernanza y sin dirección.

Los fundadores de los Estados Unidos coincidían con el filósofo Hobbes, en su temor de que sin un gobierno lo bastante fuerte, la humanidad se iría en decadencia hasta una salvaje guerra de todos contra todos, en la cual cada uno persigue sus propios deseos, seguridad y pasiones en contra de todos los demás. Pero temían igualmente la solución propuesta por Hobbes: Un gobierno con poder absoluto. En su lugar, procuraron maximizar la libertad humana individual, confiando en que el pueblo llevara la carga de conservar su propio carácter y virtud.

Pero, ¿quién puede mirar el estado actual de los Estados Unidos, y negar que la guerra de todos contra todos temida por Hobbes ya se perfila en el horizonte nacional? ¿Ha habido algún momento de mayor violencia en la retórica política y la política pública? ¿Se han visto antes divisiones más grandes entre estadounidense respecto de las ideas fundamentales del bien y del mal? ¿Han tenido antes un sentido de moral común tan impotente, o tan inexistente, como ahora?

Deneen resume bien la situación: “El liberalismo ha fracasado, no porque dejara de cumplir, sino porque cumplió. Ha fracasado porque hizo lo que tenía que hacer” (pág. 3).

El derrotero de Estados Unidos no carece de precedente. Quien se pregunte: hacia adónde va, o adónde lo llevan sus 250 años de libertad individual, tiene solo que abrir la Biblia y leer el libro de los Jueces.

La antigua Israel, liberada de la esclavitud en Egipto, finalmente había tomado posesión de la tierra que Dios les promedió a sus antepasados. Ahora le bastaba guardar las leyes que les había dado en el monte Sinaí, leyes que les darían cultura, comprensión moral y una forma de vida que les garantizaba que las bendiciones prometidas a Abraham serían perpetuamente suyas.

Eran, en sentido muy real, el pueblo más libre que el mundo hubiera visto. Tenían como Benefactor al Creador del Universo, tenían sus leyes que los guiarían y los mantendrían en contacto con Él. Solo tenían que decidirse a cumplir esas leyes.

Pero, muerto Josué, y los ancianos que lo habían conocido, Israel perdió su rumbo. El libro de los Jueces documenta el rápido descenso al colapso moral caótico, la perversión y la violencia insensata. No quedaban instituciones para imponer los sistemas moral y ceremonial con los que Dios había bendecido a la nación. El sacerdocio persistía, pero en ausencia de una autoridad gobernante y rodeado de la libertad de elegir a su gusto, se hizo tan corrupto como el resto de las sociedades. Y sin instituciones que impusieran o siquiera promovieran la sumisión unificada a la autoridad divina, Israel no tardó en que las tribus se gobernaran a sí mismas, lo que produjo un cuadro de apostasía espiritual, descomposición social, y salvajismo extremo; que reflejaba, y a veces sobrepasaba, al de sus vecinos paganos.

En muy pocas generaciones, el pueblo de Israel renunció a su compromiso de seguir los caminos de Dios. Entonces dejó de recibir las bendiciones abundantes que acompañaban la vida a la luz de la sabiduría divina, y cayeron en actos de violencia y perversión que recuerdan los horrores de Sodoma y Gomorra.

Siguiendo los pasos de la antigua Israel

¿Cómo pudo suceder esto? ¿Qué provocó semejante caída, desde la mayor altura que una nación podría alcanzar, hasta tales profundidades de depravación autodestructiva? No hay que especular, ya que Dios revela claramente la lección, repitiéndola varias veces en el libro de los Jueces y asegurando, ya en el último versículo, que lo comprendamos como un resumen de toda la experiencia de Israel: “En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 21:25).

Observemos que Dios no dijo: “Cada uno hacía lo que mal le parecía”. Cada uno hacía lo que le parecía bien; en otras palabras, cada uno era libre para, en esencia, adoptar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, según su conciencia definiera esos términos. No había rey que dijera lo contrario, ninguna autoridad que hiciera cumplir un código moral diferente de lo que cada tribu, cada familia y en última instancia cada individuo, valorara.

Los israelitas quedaron en libertad para formar su propio contrato social, y definir los valores que conservarían y los que desecharían. Para el pueblo de Israel, la época de los jueces fue un período de libertad que nos trae a la mente a los Estados Unidos actuales, tiempo en que “no había rey” y “cada uno hacía lo que bien le parecía”. Y la búsqueda individual de felicidad condujo a uno de los períodos más ignominiosos y deshonrosos en la larga historia de la antigua Israel.

Aunque comenzaron con el mayor acopio de ventajas que pudiera concebirse: una relación directa con el Creador, que los rodeaba con su protección y bendiciones, el cuerpo de leyes divinas, el camino de vida que diseñó para salvaguardar al pueblo física y moralmente y ningún rey humano que los oprimiera o explotara; la libertad de los israelitas impulsó su caída. “Cada uno hacía lo que bien le parecía”, y el resultado fue la degradación de la sociedad y un regreso a la servidumbre y la esclavitud, en formas diferentes, en reemplazo de lo que debía ser la nación más libre de la Tierra.

Mirando retrospectivamente, vemos los peligros inherentes en el novedoso y radical modelo de libertad humana adoptado por los fundadores de Estados Unidos. Pero también vemos la prudencia que los impulsó. La historia de Europa estaba repleta de guerras y conflictos nacidos de diferencias religiosas, aun dentro de las naciones que se declaraban cristianas, y con una corrupción rampante entre los que debían ser los guardianes y ejemplos de virtudes y valores morales. Los fundadores esperaban que la virtud sobreviviera sin coerción ni obligación, que el pueblo se refrenara a sí mismo, por medio de la moral y la religión, como dijera John Adams (11 de octubre de 1798).

Pero al considerar las lecciones del libro de los Jueces, no podemos menos que preguntar: ¿Entonces cuál es la solución? Si un gobierno humano fuerte lleva inevitablemente a tiranías y abusos, y un gobierno humano débil lleva inevitablemente a caos y disolución, ¿cómo pretendemos que los seres humanos se gobiernen a sí mismos?

Verdadera libertad

El dilema solo tiene una solución. Tenemos que entender que le verdadera libertad es lo que Dios revela… y podemos tener la seguridad de que no es liberación de todo control externo ni de toda obligación no elegida. ¡Todo lo contrario! La verdadera libertad se encuentra solamente abandonando el pecado y entregándonos en obediencia a Jesucristo, el Hijo de Dios, buscando su voluntad, y no la nuestra; en cada aspecto de la vida.

Es muy irónico que la libertad del mundo inevitablemente produzca esclavitud al pecado y al diablo. Pero la verdadera libertad también exige una esclavitud a Dios y a su justicia. No hay término medio. Al respecto, el apóstol Pablo lo presenta muy claro: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:16-18).

El apóstol Pedro comprendió la misma verdad: “Les prometen libertad”; escribió, refiriéndose a quienes tergiversaban el propósito de la libertad, “y son ellos mismos esclavos de la corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Pedro 2:19). De hecho, el apóstol Santiago, medio hermano de Jesús, llamó a los diez mandamientos “la perfecta ley, la de la libertad” (Santiago 1:25; 2:12).

La verdadera libertad, la única que merece ese nombre, es la capacidad de vivir libres de la esclavitud del pecado, y hacerse esclavos de Dios. ¿Y cómo puede la humanidad alcanzar esa libertad? No vendrá por voluntad de hombre. Cuando Jesucristo regrese, habrán pasado 6.000 años de historia humana desde Adán y Eva; y la lección para la humanidad será que todo intento del hombre por gobernarse a sí mismo en esos milenios habrá fracasado... al punto que, antes del regreso de Jesucristo, la humanidad estará al borde de aniquilarse a sí misma (Mateo 24:21-22).

Pero Dios no permitirá que se aniquile, sino que enviará a Jesucristo a ocupar el trono, y dar comienzo al gobierno del Reino de Dios.

Efectivamente, se establecerá el gobierno del “poder absoluto”, imaginado por Thomas Hobbes, pero no será un gobierno de hombres; será el Reino del Hijo de Dios, el Príncipe de Paz (Isaías 9:6), con más poder del que haya tenido líder humano alguno, pero que concederá la más grande libertad que la humanidad jamás haya conocido.

Para que ello se haga realidad, no bastará promulgar leyes sabias y justas, aunque eso de hecho ocurrirá (Isaías 2:3). El libro de los Jueces revela que la presencia de leyes no basta (17:6; 21:25). Jesucristo logrará en su reinado lo que ningún gobernante ni gobierno podría lograr, la transformación del carácter humano desde adentro hacia afuera. Así lo declara Dios: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33). Cuando el Salvador, a su regreso, se pose sobre el monte de los Olivos, la humanidad comenzará por fin a vivir la verdadera libertad, la cual, saliendo de Jerusalén, se extenderá por todo el mundo.

La esperanza de la Tierra radica en el Reino de Dios

Un gobierno humano perfecto no es posible. En su afán por evitar que alguna maldad azotara a su nueva nación, los fundadores de los Estados Unidos echaron los cimientos que 250 años más tarde han producido otro mal. Difícilmente podemos culparlos, porque la solución sencillamente no está en manos del hombre.

Quienes estén dispuestos a someterse a Jesucristo ahora, en esta vida, poniendo a sus pies la libertad que tengan en este mundo, y buscando la voluntad de Dios y no la suya, tendrán el privilegio de ayudarle a llevar a la humanidad, por fin, a la verdadera libertad en el mundo venidero. Y eso no será todo, porque la Palabra de Dios promete: “También la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:21).

Para emplear las palabras de Lincoln: “La última y mejor esperanza de la Tierra”, no es Estados Unidos de América. Es el regreso de Jesucristo, y el establecimiento del Reino de Dios. Que el conocimiento de esa verdad nos mueva a todos a orar diariamente: “Venga tu Reino” (Mateo 6:10). [MM]

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