¿A qué le teme usted?

Roger Meyer (columnista invitado)
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Todos sufrimos de algún tipo de miedo o temor; incluso, los más valientes entre nosotros, aunque no nos guste admitirlo, tenemos un miedo o dos acechándonos en nuestra mente. Ya sea común, como la fobia a hablar en público, o uno peculiar y desagradable como el temor a los payasos. ¿A que le teme usted?

La mayoría de nosotros podemos funcionar normalmente, mantener un trabajo, tener una familia y, en general, disfrutar de la vida a pesar de tener algún tipo de miedo. Pero algunas personas están paralizadas por sus miedos y son incapaces de vivir una vida normal.

¿Qué debemos hacer con nuestros temores?

Claro que hay temores saludables que nos impiden hacer cosas imprudentes y peligrosas, como nadar en aguas infestadas con caimanes, caminar descuidadamente por el borde de un acantilado o dejar que nuestro hijo arroje piedras a un nido de avispas. Estos temores nos ayudan a tomar precauciones sensatas. Tiramos los alimentos cuando sospechamos que pueden estar contaminados. Llenamos el tanque de gasolina para que nuestro auto no se detenga en medio de una autopista concurrida. Tener temores saludables por sentido común nos ayuda a tomar medidas prudentes para garantizar nuestra seguridad y la seguridad de nuestra familia.

Pero los temores irracionales son otra cosa. Por ejemplo, el miedo a desechar cosas que ya no necesitamos almacenándolas de manera exagerada, o el miedo a hablar por teléfono, causan una ansiedad debilitante.

El miedo es una emoción basada en nuestra percepción de una amenaza o peligro, ya sea real o imaginario, por el cual experimentamos angustia y ansiedad.

Entonces, ¿cómo debemos manejar el miedo? Franklin D. Roosevelt es citado a menudo por una declaración que hizo en su primer discurso inaugural el 4 de marzo de 1933. Dijo: "... a lo único que debemos temer, es al miedo mismo". Esa declaración inspiró confianza en un momento de incertidumbre durante la Gran Depresión. Pero, ¿es esa afirmación totalmente precisa? ¿Debemos tenerle miedo al miedo? ¿Debemos ser intrépidos? ¿Hay cosas a las que debemos temer y, de ser así, cuáles son? ¿A cuáles no debemos temer? ¿Cómo conquistamos nuestros temores?

Dejaré las terapias a los psicólogos, pero me niego a creer que nuestra respuesta al miedo provenga de un mecanismo de respuesta de "lucha o huida" que heredamos de las personas ficticias evolutivas de los antepasados en la época de las cavernas. Pero, hay algunas declaraciones claras y simples en el libro del Creador, la Santa Biblia, que debemos considerar.

Por ejemplo, 1 Pedro 2:17 dice que debemos "Temer a Dios". La palabra "temor" en este caso realmente significa temor reverente y respeto a Dios. Pero 1 Pedro 1:17 dice: "Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conversad en temor..." La palabra temor en este caso es phobos, que significa tener mucho miedo. La vida es corta, y la muerte nos mira a todos en la cara, pero Jesucristo se hizo carne “para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, a saber, el diablo, Y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre" (Hebreos 2:14-15). El discípulo de Jesucristo puede confiar en Él: "porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré. De tal manera que digamos confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me hará el hombre" (Hebreos 13:5–6).

Sabiendo que Dios nos ama, podemos permanecer en Él, y entendiendo que Su amor se perfecciona en nosotros, podemos desarrollar valor, porque “En amor no hay temor; mas el perfecto amor echa fuera el temor: porque el temor tiene pena. De donde el que teme, no está perfecto en el amor” (1 Juan 4:16–18).

Un verdadero cristiano recibe el Espíritu Santo de Dios, el cual no es “espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza" (2 Timoteo 1:7).

Entonces, no tenemos nada que temer si tenemos temor reverente hacia el Dios Todopoderoso.

El sentido común nos dice que necesitamos identificar nuestro miedo y enfrentarlo. Usted puede enfrentarse al suyo con la ayuda de Dios y actuando con precaución y sin temeridad.