Milagro de la vida en el vientre

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Cuando una madre pone las manos suavemente sobre su vientre, contemplando al nuevo niño que se desarrolla adentro, está de hecho tocando uno de las grandes prodigios de la vida. La creación de una nueva vida humana es, efectivamente, un milagro. Y más que un milagro, es algo que busca señalar mucho más allá: ¡El propósito mismo de la vida! Consideremos brevemente cuánto ocurre en nuestros primeros nueve meses de vida.

El comienzo

Toda vida humana empieza en el momento de la concepción, cuando un óvulo de la mujer se une con un espermatozoide del hombre. Cada minúsculo componente: Un óvulo tiene aproximadamente el diámetro de un cabello humano, y el microscópico espermatozoide es, por volumen, la célula más pequeña del organismo humano, lleva solo la mitad del ADN o material genético del padre. Pero al unirse, las dos células se convierten en una sola; las dos mitades genéticas se han combinado para completar un ADN completo ¡y crear un ser humano enteramente nuevo! El niño así concebido, que lleva la programación genética combinada de padre y madre, se parecerá a ambos. Todo lo necesario para garantizar que más tarde le digan: “¡Tienes los mismos ojos de tu papá!” o “¡Tienes la nariz de tu mamá!” Ya se encuentra establecido y en su sitio ¡desde la primera célula!

En ese momento, ha cobrado existencia una vida nueva: una vida humana. Todo ser humano que alguna vez existió, desde el más famoso hasta el más nefasto: Leonardo da Vinci, Mahatma Gandhi, Juana de Arco, Shakespeare, Eleanor Roosevelt, Napoleón Bonaparte, y todos los demás; comenzaron su vida en esta, la más humilde de las circunstancias, como una célula única, casi microscópica, dentro del cuerpo materno.

Aunque el comienzo es humilde, la vida como una célula es tan solo el comienzo, ¡pues la nueva vida está a punto de iniciar una transformación en nueve breves meses!

Aun antes de implantarse el óvulo fertilizado en el útero materno, la célula empieza a dividirse velozmente, multiplicándose una y otra vez, y elaborando una maquinaria que llegará a ser su cuerpo humano completo. El desarrollo de ese cuerpo procede a un ritmo acelerado.

Unas tres semanas después de la concepción, el niño tiene escasamente el tamaño de la punta de un bolígrafo, ¡pero es tanto lo que está ocurriendo! Ya se están desarrollando los órganos y el sistema nervioso: cerebro y médula espinal. Antes de completarse un mes, el corazón empezará a latir, llevando sangre por medio de un sistema circulatorio cerrado hasta todo el cuerpo en rápido crecimiento.

A las cuatro o cinco semanas empiezan a formarse los rasgos faciales, entre ellos los ojos y la mandíbula. Del tronco principal brotan unos nódulos que más tarde serán brazos y piernas. A las cinco semanas, cuando el niño tiene apenas el tamaño de un botón de camisa, el cerebro empieza a tomar el aspecto plegado y fisurado que caracteriza la corteza cerebral humana, tan crucial para el razonamiento avanzado en los seres humanos. ¡Se han detectado ondas cerebrales en niños tras una sola semana de este desarrollo!

En el próximo par de meses, aunque solo alcance un tamaño de siete a diez centímetros, el niño desarrolla labios y orejas, así como ojos protegidos por párpados cerrados. Se forman las papilas gustativas, lo que le permite probar el medio que lo rodea, reflejo de la dieta materna. El niño comienza a bostezar, sentir y aun oler, absorbiendo más y más información de su mundo en rápida expansión.

El resto del tiempo antes de nacer, es de desarrollo continuo y constante, pasando un hito tras otro. Los órganos maduran, los músculos se fortalecen a medida que el niño comienza a moverse y estirarse, y los pulmones respiran fluido continuamente en un anticipo de lo que será su primera inhalación de aire.

Cuando el niño finalmente nace a nuestro mundo, ¡ya ha pasado como nueve dramáticos meses de vida en el mundo del vientre! Ese niño, que comenzó su vida como una sola célula, ha crecido dentro de un sistema de apoyo vital. diseñado específicamente para facilitar el desarrollo rápido, y brindar el cuidado necesario. Entonces, solo 40 semanas más tarde, nace un hermoso bebé, listo para el abrazo de sus padres amorosos, después de escuchar y relacionarse con sus voces sordas durante meses.

Es un proceso hermoso, que contemplan prácticamente todas las parejas de casados durante el embarazo. Dios hace patentes sus prodigios en cada paso del proceso.

Y lo que es más, Dios se vale de cosas físicas diseñadas para ilustrar realidades espirituales. El fenómeno de la reproducción humana refleja una de las realidades espirituales más grandes de todas: la reproducción del mismo Dios. ¡Que es el propósito de la existencia humana!

Un propósito divino

El cuadro que nos pintan las Escrituras es claro como el cristal. Así como en la concepción, el padre humano imparte algo de su naturaleza a sus descendientes por medio de un espermatozoide, Dios nos imparte su naturaleza cuando nos arrepentimos y somos bautizados, y así nos da su propio Espíritu mediante la imposición de manos después del bautismo (Hechos 2:38). El apóstol Pedro lo deja muy claro, explicando que vinimos a ser “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).

Y este es solo el comienzo. Los discípulos de Jesucristo no solo son engendrados con el Espíritu de Dios después del bautismo, sino que su nacimiento a la plenitud de la Familia de Dios ocurrirá cuando resuciten al regreso de Jesucristo. Entonces se convertirán en “hijos de la resurrección” (Lucas 20:36). Así como un niño humano tiene que desarrollarse y crecer mucho entre la concepción y el nacimiento, ¡así también los hijos de Dios!

Un hijo humano dentro del vientre realmente no se parece a sus padres en un principio, sino que adquiere esa semejanza estando en el vientre. De igual manera, un hijo de Dios crece y se desarrolla en el vientre, que es la Iglesia de Dios, adquiriendo cada vez más gracia y conocimiento (2 Pedro 3:18), desarrollando la mente de Cristo por medio del Espíritu de Dios (Filipenses 2:5). Los discípulos de Jesucristo aprenden a crecer hacia la perfección, representada por el Modelo que es su Padre en el Cielo (Mateo 5:48).

Y, como los niños en el vientre, que no pueden ver a sus padres, no pueden ver en su propio rostro, forma o rasgos de la vida que Dios les tiene destinada hasta que nacen en el mundo, los hijos de Dios engendrados por el Espíritu tampoco ven la plenitud de su destino ¡hasta que nazcan! Como dijo el apóstol Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es” (1 Juan 3:2).

Cuando Jesucristo regrese, los hijos de Dios entrarán en la plenitud de su destino, transformados plenamente a la imagen de Dios, con cuerpo espiritual lleno de poder y gloria para siempre. (1 Corintios 15:42-45). Será un acontecimiento tan espléndido y glorioso que toda la creación gime anhelante, como una mujer de parto que gime pidiendo a su hijo (Romanos 8:19-23).

La creación de Dios es prodigiosa, no solo por su ingeniería y detalles extraordinarios, sino por la forma como Él la emplea para trazar imágenes hermosas de su maravilloso plan. ¡Nuestro Diseñador Todopoderoso también es el   Todopoderoso! Empleando el proceso de la reproducción humana, forma una imagen gloriosa. En el proceso de hacerlo, muestra el propósito mismo de la humanidad, y nos permite ver en los ojos de todo recién nacido un reflejo de nuestro destino eterno en la Familia de Dios. [MM]

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