¿Es usted imperdonable?

Díganos lo que piensa de este artículo


¿Puede una persona cometer un pecado tan grave que para siempre sea imposible alcanzar la salvación?

Necesitamos entender la verdad sobre el perdón.

Cuando los tribunales de familia en la provincia china de Xian abrieron de nuevo sus puertas, millones de residentes habían pasado más de un mes aislados con sus familiares a raíz del cierre. En ese entonces, las autoridades registraron un número inusitado de demandas de divorcio. Un funcionario judicial explicó: “Muchas parejas llevan más de un mes conviviendo en estrecha proximidad, lo que despertó los conflictos de fondo que ya existían” (Global Times, 7 de marzo del 2020).

Aun en tiempos normales, muchos tenemos dificultad para perdonar a las demás personas. En momentos de estrés, quizá todavía sea más difícil perdonar a quienes tenemos más cerca. Al mismo tiempo, como seres humanos imperfectos que somos, sentimos la necesidad de que nos perdonen a nosotros. Tal vez nos sintamos culpables, pensando que en realidad no merecemos el perdón, aunque lo anhelamos desesperadamente; sobre todo cuando no perdonamos a los demás.

Si en las relaciones humanas deseamos el perdón, ¿cuánto más lo deseamos cuando se trata de Dios? Muchos hemos oído del pecado imperdonable, y nos preguntamos si habremos cometido alguna falta tan espantosa que ni siquiera Dios nos perdone. En las Escrituras aparece esta grave advertencia de Jesús: “De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (Marcos 3:28-29).

Quizás en un momento de desesperación o depresión habremos maldecido a Dios o hemos dudado de la realidad y poder de su Espíritu Santo. ¿Significa esto que nos hemos apartado de Él para siempre, sin oportunidad alguna de redención? ¿O nos hemos enojado contra un Dios capaz de apartarnos sin ninguna esperanza de salvación? ¿Será esta una idea que nos ha causado aún más desesperación?

La buena noticia es que si tenemos esas inquietudes, si realmente nos preocupa e inquieta el temor de haber cometido el pecado imperdonable ¡entonces no lo hemos cometido! Como veremos en este artículo, este pecado horrendo lo cometen únicamente quienes no se inquietan, quienes han endurecido el corazón. Si nos arrepentimos, el pecado es perdonable… y con la ayuda de Dios sí podemos arrepentirnos, ¡si lo procuramos de todo corazón!

¿Cambiar o quemarnos?

La Biblia explica que habrá un momento de juicio con fuego, un lago de fuego para quienes persistan en pecar deliberadamente y afrenten al Espíritu de gracia. Recordemos que Dios concede su Espíritu Santo a quienes “le obedecen” (Hechos 5:32). Las Sagradas Escrituras hacen una advertencia a quienes, como discípulos, hemos sido “partícipes del Espíritu Santo” (Hebreos 6:4); pero quienes regresen voluntariamente a la maldad y adopten una actitud de desobediencia permanente, es imposible, declaran las Escrituras, que “sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio” (Hebreos 6:6).

Comprendamos, sin embargo, que Dios no busca hacernos caer en el pecado y así tener motivo para destruirnos. Satanás tampoco puede obligar a los cristianos a darle la espalda a Dios contra su voluntad. El hecho es que Dios desea hacernos parte de su Familia y compartir con nosotros su camino de vida, que es camino de amor. Desea que aprendamos de nuestros errores, nos arrepintamos y cambiemos nuestro modo de vivir.

¿Sentimos acaso que nos acusa la conciencia? La Biblia explica que quienes han cometido el pecado imperdonable han “cauterizado” la conciencia, es decir, están totalmente consumidos por su rebeldía contra Dios. No les preocupa cometer la transgresión. Quizá teman el castigo, pero ese temor no basta para detenerlos de sus caminos de voluntaria maldad. Si la conciencia nos acusa, quizá debamos arrepentirnos y enderezar nuestros caminos. Felizmente, al hacer caso a la conciencia y resistir a Satanás, podemos librarnos del temor y de la culpa. El Evangelio de Lucas nos habla de un cobrador de impuestos cuya actitud arrepentida fue aceptable delante de Dios (Lucas 18:9-14), y señala que no es aceptable a los ojos de Dios el que cree que no ha cometido ninguna falta.

¿Podrá ser posible arrepentirnos de verdad luego de haber pecado toda la vida? Efectivamente, es posible, por muy graves que hayan sido los pecados. Sin embargo, para perseverar en ese arrepentimiento se necesita la ayuda de Dios, la que viene únicamente por el don de su Espíritu Santo. El Espíritu de Dios es el Espíritu de poder, y de amor y de dominio propio. El apóstol Pablo escribió: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:6-7).

Sin ese poder espiritual, carecemos de la fortaleza sobrehumana necesaria para constituirnos en ejemplo del carácter santo y justo de Dios. Es maravilloso que Dios esté dispuesto a concedernos este privilegio, el más precioso de los dones, además del don de su Hijo por los pecados del mundo. ¿Qué debemos hacer para recibirlo? En el día de Pentecostés, cuando comenzó la Iglesia del Nuevo Testamento, el apóstol Pedro dio la respuesta: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Los cristianos reciben ese don, pero es un regalo que deben saber valorar y avivar, según la exhortación del apóstol Pablo a Timoteo.

Los cristianos convertidos son aquellos a quienes Dios ha dado su Espíritu Santo (Romanos 8:9). Pero el cristiano convertido puede caer en pecado, como es natural, pero no practica el pecado como sistema de vida. Antes bien, se examina con frecuencia y se arrepiente. Debe mantener una mentalidad de arrepentimiento, con el firme deseo de cambiar su comportamiento y actitud. Dios es paciente, pero nosotros tenemos que responder a su paciencia porque el tiempo apremia. Debemos sentir siempre ese deseo de arrepentimiento, el deseo de cambiar de vida para bien, pese a que en algunas ocasiones la debilidad nos lleve a ceder a la tentación. ¡Pidámosle a Dios un espíritu de arrepentimiento! Dios nos lo dará (Hechos 11:18). Esto significa que nos dará la capacidad de ver nuestra propia naturaleza humana, nuestros pensamientos y conductas de pecado, y de lamentarnos de los pecados hasta el punto en que anhelemos cambiar de vida y recibir el perdón. Es maravilloso saber que podemos recibir el perdón, y ser lavados completamente por la sangre de Jesucristo (1 Juan 1:7-10).

¿Qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo?

Jesús dijo que todo pecado de quien se arrepiente se le perdonará. El único pecado imperdonable es blasfemar contra el Espíritu Santo. ¿Qué significa esto? ¿Cómo se blasfema contra el Espíritu Santo?

Blasfemar es hablar de forma irreverente contra Dios, difamar a Dios o sus cosas sagradas. Un pasaje evangélico presenta un ejemplo pasmoso: “Fue traído a Él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita y decía: ¿Será este aquel Hijo de David?” (Mateo 12:22-23).

La gente reconocía que el Mesías profetizado, el hijo de David, sería capaz de realizar este milagro, pero los fariseos sostenían, falsamente, que Jesús se valía del poder de Satanás. “Los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios” (v. 24).

Estos acusadores blasfemaron. Más específicamente, hablaron mal de la obra milagrosa de Dios realizada por medio del Espíritu Santo, sosteniendo que se trataba del poder de Satanás. Jesús les hizo una advertencia impresionante en cuanto a esta manera de blasfemar: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (vs. 31-32).

Esta es una advertencia que todos debemos escuchar. Por su parte, el apóstol Pablo advirtió a los discípulos que “si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados (Hebreos 10:26).

El que peca deliberadamente es incorregible. Tiene la conciencia cauterizada por lo cual efectúa el mal. Un pecador así ni siquiera concibe la idea de arrepentirse ni desea volver al camino de Dios, que es el camino de la vida: “El Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que teniendo cauterizada la conciencia...” (1 Timoteo 4:1-2). Los malos incorregibles no andan enceguecidos como el resto del mundo. Al contrario de los ignorantes, tienen “el conocimiento de la verdad”. Conocen el efecto del sacrificio de Cristo y lo profanan deliberadamente. A estos les espera “una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (Hebreos 10:27).

“El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (vs. 28-29).

Si realmente no se ha oído de Cristo no se le puede pisotear. No se puede hablar mal de lo que no se conoce. Una de las verdades más reconfortantes en la Biblia es que la mayor parte de las personas en toda la historia, incluidos individuos que muchos dan por perdidos, en realidad han padecido ceguera espiritual. De los miles de millones de seres humanos que han vivido y muerto, la mayoría no han oído siquiera el nombre de Jesucristo, y quienes han oído su nombre nunca oyeron lo que predicó: el verdadero evangelio del Reino de Dios.

Sin la verdad de Dios, estas personas seguramente eran carnales y seguidoras del mundo. Algunas eran malas. Y sin duda serán juzgadas, como lo serán los malos de Sodoma y Gomorra. Pero otra cosa es que esas personas enceguecidas hayan cometido el pecado imperdonable. Jesús habló de las ciudades que tenían que haberse arrepentido al escuchar las prédicas de sus discípulos: “De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad” (Mateo 10:15). Esto indica que aún la gente mala de Sodoma y Gomorra tendrá su oportunidad de salvación. También la tendrán los miles de millones que vivieron y murieron sin conocer el mensaje de Cristo. Para toda esa gente Dios está preparando un juicio ante un gran trono blanco (Apocalipsis 20:11-15), donde por primera vez recibirán la verdad y la oportunidad de aceptarla o rechazarla.

¿Estaremos endureciendo el corazón?

Posiblemente quienes nos leen se pregunten: ¿Cómo y por qué alguien tomaría la horrible decisión de blasfemar contra el Espíritu Santo, y adoptar una rebeldía voluntaria e intencional contra Dios? El señor Herbert Armstrong, quien nos antecedió en esta obra, explicó cómo se puede llegar a esa decisión deliberada: “Esta puede surgir de un razonamiento torcido, de un deseo errado que por raciocinio lleva a una decisión final y permanente acerca de su propio camino de vida; o bien por dar entrada al resentimiento contra Dios o contra alguna persona que nos haya hecho mal. Quizás el individuo permita que el resentimiento lo amargue hasta cambiar todo el curso de su vida, y llevarlo a abandonar a Dios” (¿Qué quiere decir: El pecado imperdonable?, pág. 34, 1972).

No es común que alguien se despierte un buen día y decida: “Hoy me volveré completamente contra Dios”. Es algo que suele ocurrir gradualmente, comenzando con el descuido indolente de nuestras prioridades espirituales. Tal descuido lleva a una actitud de negligencia que puede endurecer el corazón y conducir al pecado imperdonable. “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos” (Hebreos 2:1). De lo contrario, “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (v. 3). Como discípulos de Jesucristo debemos asumir el compromiso de buscar al Eterno mientras pueda ser hallado. Perseveremos en las oraciones fervorosas y el estudio de la Biblia. Optemos por mantenernos espiritualmente despiertos. ¡Tenemos que dedicarnos a estar siempre activos y alerta en lo espiritual!

¡Evitemos la amargura!

Los resentimientos suelen conducir al rencor y el rencor se convierte en odio y amargura. ¿Sentimos acaso resentimiento y odio hacia alguien? Debemos estar en guardia contra los sentimientos. Recordemos: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15). Si tenemos esos sentimientos, debemos superarlos, decidiendo que lo mejor es temer a Dios y procurar comprender la gravedad del odio y el resentimiento.

En el Sermón del Monte, Jesús ofreció un antídoto a los sentimientos de odio y a los deseos de venganza:

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su Sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:43-45).

¿Cuánta importancia tiene esta exhortación? Recordemos lo que enseñó Jesús en su oración modelo, conocida como el Padre nuestro: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6:12). ¿Oramos así? ¿Perdonamos a los demás con el mismo vivo interés con que buscamos el perdón de Dios?

Estamos tratando de un camino de vida revolucionario. Es la antítesis de la actual filosofía basada en el egoísmo, la codicia y el yo primero. Pero es el camino de vida que enseñó el Hijo de Dios, y el que aprenderán a seguir todos en el milenio, el gobierno de mil años encabezado por Jesucristo en la Tierra. ¡Es necesario probarlo! Pongámonos de rodillas y roguemos por el bien de alguien a quien posiblemente habremos llegado a odiar. Nos sorprenderá sentir a qué punto se ha disipado la tensión mental. Algunos adultos mayores quizás encuentren difícil orar de rodillas por algún problema de salud. En ese caso, hagámoslo conforme nos sea posible y sepamos que Dios ve la actitud del corazón aunque estemos de rodillas solo en nuestra mente.

Cuando oremos, confiemos en que Dios impartirá su juicio y vengará la injusticia. Como escribió el apóstol Pablo: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19). Cuando nos llegue el momento, todos tendremos que presentarnos ante el trono del juicio de Jesucristo: “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Romanos 14:10). Confiemos en que Dios castigará a los malvados, tal como dice que lo hará.

¡Seamos pacificadores!

Veamos otra clave para superar la amargura: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:14-15).

En el Sermón del Monte, Jesús dijo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). Dijo: “Haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (v. 44). ¿Aceptaremos ese reto? ¿Seremos capaces de humillarnos delante de Dios para orar por nuestros enemigos? Hacerlo representa un gran paso hacia adelante en la superación de cualquier raíz de amargura que podamos tener.

La negligencia constante también puede llevarnos a perder el Espíritu Santo y a emprender el camino hacia el pecado imperdonable. ¿Descuidamos la oración, el estudio de la Biblia y la compañía de cristianos convertidos?

Este mundo ejerce tanta atracción sobre nosotros que puede distraernos de nuestras prioridades espirituales. ¿Cuál es la principal meta en nuestra vida? Jesús dijo: “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). ¡Según nuestro Salvador, esta debe ser la meta! El descuido de nuestras prioridades espirituales produce debilidad espiritual, y nos deja vulnerables a la amargura que puede terminar por llevarnos a rechazar a Dios.

¡Esperanza para nuestro futuro!

Cuando Dios le hizo sus promesas al patriarca Abraham, superficialmente parecía que el cumplimiento de esas promesas era imposible. Pero veamos lo que dice la Biblia sobre la actitud de Abraham: “El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia” (Romanos 4:18).

Abraham “creyó en esperanza contra esperanza”. Y no solo tenemos esperanza sino una promesa: la promesa de un mundo nuevo, el Reino de Dios, mil años de gobierno en la Tierra bajo Jesucristo. Jesús ha prometido regresar al mundo y establecer una paz mundial duradera. La Biblia está plena de promesas de Dios para nosotros. Cada uno de nosotros puede tener seguridad, expectativa y una esperanza para el futuro. Pablo prosiguió, diciendo: “Ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Efesios 2:13).

¡Comprometidos a cambiar!

Si nos sentimos apartados de Dios, ¡es posible reconciliarse! Tenemos esperanza. Podemos acercarnos mediante la sangre de Jesucristo. Quienes deseen hablar con un ministro ordenado en la Iglesia del Dios Viviente, pueden solicitarlo enviando un correo a: [email protected], o ingresando a nuestro sitio en la red: www.Elmundodemanana.org. Nadie les hará una visita sin que la persona interesada lo solicite.

Si usted está decidido a cambiar su vida, si realmente se arrepiente de sus pecados, recibirá el perdón. Una clave vital para evitar el pecado imperdonable es mantener siempre una actitud de arrepentimiento. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Es preciso que confesemos nuestros pecados delante de nuestro Dios y Salvador. Dios desea estar cerca de cada uno de nosotros, no de las personas que el mundo considera importantes o especiales. Pensemos en el relato del cobrador de impuestos, o publicano, que se fue a su casa justificado, pero no así el fariseo. Había orado diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13-14). Si usted reconoce humildemente que es un pecador, y sinceramente desea el perdón, no ha cometido el pecado imperdonable ¡y por la gracia de Dios es perdonable!

Que Dios nos ayude a buscarlo de todo corazón, porque es capaz de perdonar nuestros pecados y de limpiarnos de toda maldad. Si conservamos esta actitud de arrepentimiento, sabremos que no hemos cometido, ni cometeremos, ¡el pecado imperdonable! [MM]