¿Qué vamos a celebrar?

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¡Se acerca la fiesta más grande del mundo! Miles de millones de seres en todo el mundo se disponen a celebrar el ficticio natalicio de Jesucristo, pero quienes saben discernir deberían preguntarse si alguien que se declara cristiano debe participar de estas celebraciones. Pregunta: “¿Por qué pretenden cristianizar un día que está imbuido de prácticas paganas? ¿Por qué celebran el nacimiento de su Salvador en el día del natalicio de un dios Sol?” ¡Es irrefutable que la celebración de la navidad tiene su origen en el paganismo!

Pocas personas están dispuestas a oponerse a la corriente de la tradición. ¿Cuál es su situación personal? Jesús reprochó a los fariseos: “Bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Marcos 7:6-8).

¿Acaso son diferentes quienes guardan las tradiciones actuales? Consideremos los hechos. Un poco de investigación revela que los días santos bíblicos fueron reemplazados por un absurdo paganismo “en nombre de Cristo”. William B. Eerdman lo explica de la siguiente manera en su Handbook to the History of Christianity:

“La Iglesia Cristiana absorbió muchas ideas e imágenes paganas. Del culto al Sol, por ejemplo, vino la celebración del nacimiento de Cristo el día veinticinco de diciembre, que correspondía al natalicio del Sol. Las Saturnales, festividades romanas de invierno entre el 17 y el 21 de diciembre, aportaron la alegría, el intercambio de regalos y las velas típicas de las fiestas navideñas posteriores… En un principio, la Iglesia evitó ciertas costumbres paganas que más tarde se cristianizaron, por ejemplo, el empleo de velas, incienso y guirnaldas, por ser simbólicas del paganismo” (págs. 131-132).

¡Reflexionemos esto! ¿Cómo se “cristianiza” una costumbre pagana? ¿Simplemente asociando con ella el nombre de Cristo? ¡Pero es un método enteramente absurdo!

Cuando la verdad se encuentra con la apatía

Hemos citado las palabras de Eerdman muchas veces, y hemos recibido una decepcionante reacción de apatía de parte de lectores y oyentes. Tanto Jesús como el apóstol Pablo citaron al profeta Isaías: “De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane” (Mateo 13:14-15; Hechos 28:26-27).

La triste realidad es que las mayorías prefieren aferrarse a la tradición ¡aunque esto implique rechazar la voluntad de Dios!

En su muy respetada obra: César y Cristo, el historiador Will Durant revela la corrupción inherente en lo que casi todos toman erróneamente por la religión de Cristo: El cristianismo no destruyó al paganismo, sino que lo adoptó (pág. 595). Y enumera varias doctrinas paganas que están perfectamente incrustadas dentro de la cristiandad tradicional, para luego aseverar lo que ya es evidente: “El cristianismo fue la última gran creación del antiguo mundo pagano” (pág. 595) y: El cristianismo se convirtió en la última y más grande de las religiones de misterios” (pág. 600).

Esta clase de afirmaciones deberían inspirar un cambio entre quienes realmente desean servir a Dios, pero en la mayoría de los casos ¡no lo desean! La Biblia nos dice por qué.

Como ya hemos demostrado, la mayor parte de las personas son duras de oído. Oyen la verdad, quizás incluso se alegran de saber la verdad, pero no actúan conforme a ella. Tienen ojos para ver, pero son ciegas ante la necesidad de un cambio. Esta es una parte del problema, pero no es todo.

Para algunas personas, la verdad no es más que un tema de ejercicio intelectual. Lo importante es saber, pero no es preciso que la comprensión produzca alguna acción. El apóstol Juan nos dice: “En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos” (1 Juan 2:3). El comentario: New Bible Commentary Revised explica: “Para Juan el conocimiento de Dios no es una visión mística ni una percepción intelectual. Se manifiesta si guardamos los mandamientos. La obediencia no es una virtud espectacular, pero sí es la base de todo cristiano verdadero”.

Esto era así en el primero siglo y lo es actualmente. Muchas personas en tiempos de Jesús creían en Él, entre ellas muchas destacadas, pero negaban su creencia por temor a lo que pudiera costarles. “Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en Él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Juan 12:42-43).

¿Valentía o comodidad?

El hecho es que ser un verdadero cristiano no es fácil. Pocos tienen la dedicación y el valor necesarios para ir en contra de la corriente. En muchos casos, dan prioridad a la opinión de amigos y familiares. ¿Será esto agradable a nuestro Hacedor? Jesús responde sin equívocos en el Evangelio de Mateo:

“No penséis que he venido para traer paz a la Tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:34-39; ver también Lucas 14:26).

No es que Jesucristo quisiera destruir las familias, sino que sabía muy bien las dificultades que vienen cuando alguien se arrepiente del pecado y rechaza sus tradiciones. Sabía que la gente pondría sus amistades y parientes delante de Él, pero Dios no tolera ocupar un segundo lugar después de nada ni de nadie. Por eso pregunta el apóstol Pablo: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16).

Es propio de la naturaleza humana buscar razonamientos para evadir los mandatos claros de Dios. Por naturaleza nos oponemos a su ley, tal como nos dice el apóstol Pablo en Romanos 8:7: “Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios ni tampoco pueden”. Si Dios dice que guardemos el sábado, o séptimo día, la gente razona que podemos elegir cualquier día, y de alguna manera terminan eligiendo el día que el emperador Constantino llamó el “venerable día del Sol”; y no el que Dios ordenó con voz de trueno desde el monte Sinaí. Antes que observar las siete fiestas anuales planteadas en el Antiguo y en el Nuevo Testamentos, la cristiandad moderna celebra festividades del paganismo, en contraposición directa con la orden muy clara de no hacerlo.

Dios le dijo a Israel que no siguiera las costumbres de las gentes a quienes iba a reemplazar: “Cuando el Eterno tu Dios haya destruido delante de ti las naciones adonde tú vas para poseerlas, y las heredes, y habites en su tierra, guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, después que sean destruidas delante de ti; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así al Eterno tu Dios… Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Deuteronomio 12:29-32).

¿Cuál es su caso personal? ¿Tiene dureza de oído o ceguera espiritual? ¿O está en disposición de hacer lo que sea necesario por seguir a Jesucristo?

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