Por qué no celebramos el Año Nuevo

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¿Está mal que un discípulo de Cristo se alegre y festeje la llegada de un nuevo año según el calendario gregoriano, por el cual, de hecho, nos regimos para todas nuestras actividades en el mundo?

La temporada de fin de año y de año nuevo, es por lo general una temporada de fiestas, licor, cenas, regalos y de muchas deudas… Hay quienes también aprovechan la llegada del nuevo año para mirar hacia adelante y planificar su futuro, o bien para mirar hacia atrás meditando en las cosas que hicieron o no hicieron durante el año que acaba de terminar.

¿Se ha preguntado alguna vez cuál es el origen de todas estas fiestas, tradiciones y comportamientos tan generalizados en todo el mundo?

Entendiendo los orígenes

Para entender el comportamiento festivo o meditabundo de la mayoría de las personas cuando inicia un nuevo año, se debe estudiar el origen y evolución de dichas festividades hasta llegar a nuestros días. Esto también es importante para saber si se trata de celebraciones inofensivas o, si por el contrario son comportamientos paganos e idólatras camuflados detrás del jolgorio, el ruido y el licor.

Empecemos con el significado etimológico del nombre con el que conocemos al primer mes en el calendario gregoriano que rige actualmente en todo el mundo desde el año 1582 d.C., cuando el papa Gregorio XIII (de ahí el nombre calendario gregoriano), promulgó su uso por medio de la bula Inter Gravissimass.

El nombre del primer mes del año en castellano es “enero” que provine del latín Jānuānus, forma de Jānus, que es el nombre delfalso dios pagano Jano, a quien el primer mes fue dedicado en su honor.

Jano fue un “personaje de los tiempos fabulosos de la historia romana… quien a la cabeza de una flota poderosa fue a colonizar una pequeña región de Italia, frente al sitio donde estuvo emplazada Roma, junto a la orilla derecha del Tíber y sobre una colina que llamó Janiculos ó Janicollis (Colina de Jano) … En tiempos de Rómulo y de Tulio, Jano fue deificado

y los romanos acabaron por contarle en el número de los dioses mayores, invocándole al principio de todos los sacrificios, por creerle inventor de los ritos sagrados. Era dios tutelar de las puertas y de los caminos, y se le representaba con dos caras, para significar que tenía el don de ver el pasado y el porvenir; y con una llave en la mano izquierda, como dios que abría el año, cuyo primer mes llevó su nombre (Jānuānus); y en la derecha una baqueta, arma o insignia de los porteros romanos”.

Jano entonces, era el dios de las puertas, los caminos, los comienzos, las transiciones y los finales. Jano era el guardián de la puerta que se cerraba al pasado y se abría al futuro; por eso, el emperador Julio César asignando el nombre de este falso dios al primer mes del año, lo nombra como el custodio del mes en el que sucede la transición del año viejo al nuevo año. Para los romanos, este falso dios aseguraba buenos finales, y lo honraban con bullosas festividades y sacrificios en su nombre.

Profundizando más en la historia: La celebración del Akitu en Babilonia

Hay constancia de que hace 4 mil años se festejaba en Babilonia el año nuevo. “Para los babilonios de la Antigua Mesopotamia, la primera luna nueva después del equinoccio vernal o primaveral, día con idéntica cantidad de horas de luz y de oscuridad que tiene lugar en el hemisferio norte a finales de marzo, anunciaba el comienzo de un nuevo año, y representaba el renacimiento del mundo natural. Los babilonios aprovechaban la ocasión para celebrar un fastuoso festival religioso llamado Akitu, (nombre derivado de la palabra sumeria para la cebada, que se cosechaba en la primavera) que desarrollaba un ritual distinto para cada uno de los 11 días de festejos. Durante el Akitu, se paseaba a las estatuas de los dioses en procesión por las calles de la ciudad, y los diversos ritos simbolizaban su victoria sobre las fuerzas del caos. Los babilonios creían que gracias a los dioses el mundo se limpiaba simbólicamente y quedaba listo para el regreso de la primavera… La ceremonia del Año Nuevo escenificaba la victoria original de Marduk sobre las fuerzas de la destrucción”. En Siria, se celebra en la actualidad este festival como un patrimonio cultural común de los pueblos de la región.

Por otra parte, en Escocia se celebra desde finales del siglo VIII hasta la fecha, el Hogmanay o Año Nuevo. En sus orígenes, durante esta festividad se le prestaba especial atención a la llegada del Solsticio de Invierno o Día Más Corto del Año, y se celebraba y celebra aún con grandes fiestas, muy populares en el mundo por el excesivo consumo de alcohol y por su larga duración hasta la madrugada.

¿Se complace Dios de que participemos en estas actividades?

No, primero porque ya vimos que todas estas celebraciones están viciadas de paganismo e idolatría, y Dios aborrece cualquier tipo de idolatría bien sea que se realice de forma directa o indirecta. En Éxodo 34:12-15 leemos:

“Guárdate de hacer alianza con los moradores de la tierra donde has de entrar, para que no sean tropezadero en medio de ti. Derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y cortaréis sus imágenes de Asera. Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues el Eterno, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es. Por tanto, no harás alianza con los moradores de aquella tierra; porque fornicarán en pos de sus dioses, y ofrecerán sacrificios a sus dioses, y te invitarán, y comerás de sus sacrificios”.

La celebraciones, fiestas, cenas y brindis en año nuevo, aunque la gran mayoría no sean conscientes de ello, constituyen fornicación espiritual con dioses falsos, antiguos y paganos que Dios ordenó fueran destruidos porque son abominación para El.

Recordemos también que nuestro adversario es “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero” (Apocalipsis 11:9), y que en ese engaño, “Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14), para hacer que las personas le adoren y le sirvan mediante fiestas, ritos y creencias que se pueden ver atractivas, divertidas, interesantes o hasta amorosas, pero que en realidad contradicen la voluntad de Dios.

Segundo, para nadie es un secreto que en estas celebraciones de año nuevo abunda el desenfreno, la obscenidad, los pleitos y las malas palabras.  Muchos consumen alcohol sin parar de sol a sol hasta quedar inconscientes en cualquier rincón o esquina de una calle cualquiera. Ante esto, Dios nos dice:

“¡Ay de los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende! Y en sus banquetes hay arpas, vihuelas, tamboriles, flautas y vino, y no miran la obra del Eterno, ni consideran la obra de sus manos” (Isaías 5:11-12).

Para los discípulos de Cristo, tales comportamientos son obras de la carne, obras muertas que nos desvían del camino recto, prudente y sensato que conduce al venidero Reino de Dios: “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

¿Y las supersticiones?

A todo lo anterior se le debe sumar la innumerable cantidad de ritos supersticiosos que se derivan de las celebraciones del Año Nuevo, ya que justo cuando el segundero del reloj marca las doce de la noche del 31 de diciembre, hay personas que: visten ropa interior nueva y de color rojo o amarillo; dejan las puertas y ventanas abiertas; salen y entran de la casa con el pie derecho; bailan alrededor de un árbol; comen uvas; barren la casa; ponen monedas debajo la alfombra; llevan granos o cereales en los bolsillos; prenden velas a estatuas o cuadros de “santos” y, un largo etcétera de ritos concebidos para “protegerse” de las desgracias y garantizar la prosperidad, los cuales no hacen más que perpetuar las antiguas creencias en dioses paganos y su supuesta influencia en la vida de las personas durante el año que comienza.

Respecto de poner nuestra confianza en objetos, amuletos o ídolos Dios nos dice lo siguiente:  “Reuníos, y venid; juntaos todos los sobrevivientes de entre las naciones. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva” (Isaías 45:20).             .

En Levítico 26:1, Dios también nos dice lo siguiente: “No haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni os levantaréis estatua, ni pondréis en vuestra tierra piedra pintada para inclinaros a ella; porque yo soy el Eterno vuestro Dios”.

La confianza en estas supersticiones, rituales, amuletos y objetos, es totalmente vana, pues son solamente eso: objetos inanimados y rituales inventados por el hombre que no tienen nada que ver con el único Dios vivo, real y verdadero, pero sí tiene todo que ver con Satanás que es el dios de este mundo:

“¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios” (1 Corintios 10:19-21).

La amonestación es bastante clara. Depositar nuestra confianza, esperanza o protección en cualquier objeto, amuleto o ritual, al igual que participar de festividades que se originaron como un culto a dioses falsos, es honrar a Satanás y a sus demonios. Estas cosas no son un juego para Dios. No se pueden tomar a la ligera y, ciertamente quien crea, practique o participe en la más pequeña de ellas, no puede participar de la mesa del Señor, porque no se puede beber la copa del Señor, y la copa de los demonios” al mismo tiempo.

En espíritu y en verdad

Es cierto que estamos en el mundo y que este se rige por el calendario gregoriano, pero esto no significa que lo honramos o festejamos, aunque sí tenemos que acatarlo, pues de lo contrario como dice el apóstol Pablo “sería necesario salir del mundo” (ver 1 Corintios 5:10).

Ahora bien, la verdad es que Dios decretó el inicio del año en la primavera. Cuando Dios liberó al pueblo de Israel de Egipto, instituyó ese mes como el primer mes del año. El nombre de ese mes es Abib, no Jānuānus, ni Jānus, ni enero:  “Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año” (Éxodo 12:2). “…Porque en el mes de Abib saliste de Egipto” (Éxodo 34:18). El mes de Abib (también conocido como nisán), en calendario hebreo, corresponde al periodo de fines de marzo y principios de abril en el calendario gregoriano que rige al mundo en la actualidad.

El año para Dios entonces, empieza en la primavera y no en el invierno como lo muestra el calendario gregoriano. Dios no nos ordena en ninguna parte de la Biblia realizar festividad alguna por el simple hecho de que termine un año y comience otro. Lo que sí nos ordena Dios, es que, en el primer mes del año, en el mes de Abib, a los 14 días del mes, celebremos la Pascua y, a los quince días del mismo mes, celebremos la Fiesta de los Panes Sin Levadura (Levítico 23:5-8).

Estas son las fiestas que debemos celebrar los discípulos de Cristo el primer mes del año, en lugar de prestarle atención a las festividades del mundo que son para Satanás y sus demonios. Guardando las verdaderas fiestas de Dios y absteniéndonos de participar de las paganas, andaremos en el verdadero camino que Dios nos ha mandado, nos irá bien y tendremos largos días en la Tierra (Deuteronomio 5:33).