El rompimiento con Roma

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¿Acabó Martín Lutero por llevar a los reformistas protestantes de vuelta a la “fe que fue una vez dada”? ¡Las respuestas son inauditas! Es importante que usted entienda los inicios del protestantismo actual.


La pura verdad sobre la Reforma Protestante
Tercera parte

 

Esta tercera entrega de nuestra serie sobre la pura verdad sobre la Reforma Protestante detalla los sucesos que finalmente llevaron a Lutero a romper con el papado.

Millones de libros, folletos y artículos protestantes firmemente proclaman el fundamento del protestantismo en estos términos: “La Biblia, toda la Biblia y solamente la Biblia, es la religión de los protestantes”.

En las dos primeras entregas de esta serie, entendimos desde la Biblia y en los anales históricos que el cristianismo original sufrió un cambio notorio poco después de la muerte de los primeros apóstoles. En la Iglesia que se empezó a conocer como cristianismo se introdujeron ceremonias, tradiciones e ideas paganas. Más tarde, encontramos que en la subsiguiente edad del oscurantismo, la corrupción y la mundanalidad en la Iglesia Católica llevó a quienes se consideraban cristianos de aquella época a observancias y creencias supersticiosas ¡que habrían desconcertado a los apóstoles Pedro y Pablo!

Ya hemos formulado las preguntas: ¿Fue el movimiento protestante una reforma de la verdadera Iglesia de Dios descarriada? ¿Es cierto que los reformistas protestantes restauraron la “fe que fue una vez dada a los santos”? ¿Fue este un movimiento inspirado y guiado por el Espíritu Santo de Dios? ¿Lo demuestran así sus “frutos”?

Es así como llegamos directamente a los inicios de la Reforma Protestante encabezada por Martín Lutero.

Rebelión de Lutero contra Roma

Como ya hemos visto, en vísperas de la Reforma Protestante había muchas quejas y abusos que hacían pedir reformas. Los responsables del bienestar espiritual y material del pueblo se limitaban a mantenerse en ese estado porque convenía a su propio enriquecimiento y aseguraba sus ventajas religiosas o políticas.

En cambio, el pueblo clamaba pidiendo alivio financiero y por lo menos alguna medida de libertad política… la opresión religiosa era un pesado yugo sobre el pueblo de Europa.

Hacía falta algún líder sobresaliente que diera la voz de alarma, la cual inevitablemente encendería la chispa de una explosión generalizada que llevaba mucho tiempo en estado latente. Este papel no podía cumplirlo cualquier líder, por elevados que fueran sus ideales o notoriedad personal. Tendría que ser alguien capaz de identificarse con los apetitos refrenados de los príncipes locales, las clases medias y los campesinos; alguien que pudiera identificarse plenamente con sus prolongadas molestias y convertirse en un símbolo del ansia universal por una revolución total en la vida religiosa, social y política de la época.

Este hombre era Martín Lutero.

La identificación total de Lutero con la Reforma Protestante, la singularidad de su personalidad como centro y punto de convergencia de esa reforma, la confirman todos los historiadores. Uno de ellos, George Fisher, describe esta circunstancia: “Indudablemente, el héroe de la Reforma Protestante fue Lutero. Sin él y sin su poderosa influencia, otros movimientos reformistas, incluidos los que tuvieron un comienzo independiente, como el de Zwingli, posiblemente habrían fracasado… Lutero, aparte de la Reforma Protestante dejaría de ser Lutero” (George P. Fisher, The Reformation. Charles Scribner’s Sons, 1896, pág. 87).

Como telón de fondo para captar adecuadamente las creencias y doctrinas de Lutero, es importante conocer algunos hechos básicos de su niñez y juventud.

Los primeros años de Lutero

Martín Lutero nació en Eisleben, Alemania, en 1483, en el seno de una familia campesina. Seis meses después, la familia se mudó a Mansfield y allí creció en un ambiente de austeridad y disciplinada virtud.

La biografía definitiva de Lutero, escrita por Roland Bainton, ofrece una mirada íntima a los primeros años de Lutero en el hogar y en el colegio: “De Lutero se afirma haber dicho: ‘Mi madre me azotó por haber robado una nuez hasta que me salió sangre. Esa disciplina tan estricta me llevó al monasterio, aunque ella pensaba que lo hacía por mi bien’. Esto es reforzado por otras dos referencias: ‘Mi padre me zurró una vez en tal forma, que me escapé y estuve furioso con él, hasta el punto que le costó mucho hacerme regresar. En la escuela me azotaron en una sola mañana quince veces por una nada: se me pidió que declinara y conjugara, y yo no había aprendido mi lección’” (Roland Bainton, Here I Stand. Abingdon Press, 1978, págs. 7-8).

Esta mirada temprana deja ver un patrón de incidentes que lo llevaron a desear escaparse de la autoridad y de todo lo que fuera obligación de obedecer. Para comprender bien su énfasis posterior en que la fe es lo único necesario para la salvación, es preciso tener conciencia de aquel ambiente medieval de superstición y temor.

El ambiente familiar de Lutero fue decididamente de rudeza campesina. Pero había también un fuerte sentimiento religioso; el padre, Hans, oraba al lado de la cama de su hijo y la madre era conocida en la comunidad como persona muy devota.

Al mismo tiempo, en las creencias campesinas se mezclaban muchos elementos del antiguo paganismo germano con los mitos de la cristiandad. El bosque, según el pensar de la época, estaba poblado de enanos, duendes, hadas, brujas y otros espíritus. La madre de Lutero los creía capaces de robarse los huevos, la leche y la mantequilla. Lutero conservó muchas de estas creencias hasta su muerte. Alguna vez dijo: “En mi país natal, en la cima de una alta montaña llamada el Pubelsberg, hay un lago en el cual, si se arroja una piedra, se desata una tempestad en toda la región porque las aguas son la morada de demonios cautivos” (Bainton, pág. 19). Su vida católica en la niñez estaba poblada de escenas de campanarios, claustros, sacerdotes, monjes de diferentes órdenes, colecciones de reliquias, el tañido de campanas, la proclamación de indulgencias, procesiones religiosas y supuestas curaciones en los santuarios. En todo esto, su formación religiosa era la normal para aquella época.

A sus quince años, Lutero fue enviado al colegio en Eisenach, donde su madre tenía parientes. Allí se vio obligado, como muchos otros estudiantes pobres, a cantar en las calles mendigando el pan. En 1501, Lutero fue a la universidad de Erfurt, luego de acordar con su padre que seguiría la carrera de leyes. Siendo aún estudiante, una serie de crisis espirituales alteraron su curso y acabaron por reorientar todo el rumbo de su vida.

Trastorno espiritual de Lutero

Antes de relatar en detalle los hechos que alejaron a Lutero de la vida común y corriente que su padre le había trazado, conviene notar el efecto que tenía la formación religiosa normal sobre los jóvenes de su edad en general y sobre Lutero en particular: “Solo hay un aspecto en el que Lutero parece haber sido diferente de otros jóvenes de su tiempo, a saber, en que era extraordinariamente sensible y sujeto a períodos recurrentes de exaltación y depresión de espíritu. Estas alteraciones en su estado de ánimo lo atormentaron durante toda su vida. Él mismo atestigua que todo empezó en su juventud y que las depresiones habían sido agudas en los seis meses anteriores a su entrada en el monasterio” (Bainton, pág. 20).

Es evidente que Lutero tenía la mente muy perturbada. Este problema de las alteraciones en su estado de ánimo, agravado por un permanente sentido de culpabilidad, engendrado por las doctrinas católicas, impulsó a Lutero a buscar un desahogo emocional de sus conflictos internos. Bainton afirma: “La explicación reside más bien en las tensiones que la religión medieval provocaba deliberadamente, haciendo intervenir alternativamente el miedo y la esperanza. Se atizaba el fuego del infierno, no porque los hombres vivieran en perpetuo temor sino precisamente porque no lo hacían, con el fin de inspirarles suficiente miedo como para llevarlos a los sacramentos de la Iglesia. Si el terror los petrificaba se introducía el purgatorio por vía de mitigación, como un lugar intermedio en donde aquellos que no eran suficientemente malos para el infierno ni suficientemente buenos para el Cielo podían hacer más expiación. Si esta mitigación provocaba complacencia, se subía la temperatura en el purgatorio y luego la presión era relajada nuevamente mediante las indulgencias” (Bainton, pág. 21).

Vemos así que la sensibilidad de Lutero lo hacía presa fácil de los temores religiosos que le habían inculcado desde la niñez. Estos temores eran una parte integral del sistema que Lutero finalmente llegó a aborrecer.

El primero en una serie de hechos que fueron impulsando a Lutero hacia su papel de reformador, fue quizás un descubrimiento que hizo a los veinte años de edad cuando ya se había recibido como bachiller. Resulta que, mirando un día los libros en la biblioteca de Erfurt, tomó al azar un ejemplar de la Biblia en latín. Fue esta la primera vez que tuvo un ejemplar de la Biblia entre sus manos, y, sorprendido por la riqueza de su contenido, la estudió con entusiasmo (Fisher, pág. 88). Aunque ya llevaba algún tiempo ocupado en estudios humanistas, al leer las Escrituras por primera vez en esta y otras ocasiones, las profundas angustias religiosas que lo habían afectado desde la niñez regresaron y empezaron a llenar sus pensamientos.

Cae un rayo

Poco después, de regreso a Erfurt tras una visita a sus padres, hubo una tempestad y un rayo derribó a Lutero y a su compañero. Lutero se puso de pie rápidamente, pero con honda conmoción vio que su amigo, Alexis, había muerto. En ese instante, Lutero decidió hacer la paz con Dios. Al poco tiempo ingresó en el monasterio de los Agustinos de Erfurt para dedicarse al sacerdocio.

En 1507 fue ordenado como sacerdote, pero sus estudios y ejercicios espirituales no lograron darle la paz interior que tan desesperadamente buscaba. Staupitz, vicario de la orden, lo animó a estudiar los padres de la Iglesia y pasajes de las Escrituras. Pero este estudio, si bien le ayudó, no calmó su inquietud ni su tormento interior.

En ese período, a muchos les llamó la atención el extraordinario aspecto físico de Lutero. En 1518, un contemporáneo decía de él: “Apenas podía yo mirar el rostro del hombre, por el fuego tan diabólico que despedían sus ojos” (Ludwig Hausser,. The Period of the Reformation. American Tract Society, 1873. pág. 8).

Lutero se sentía incapaz de obedecer a Dios

Sintiéndose profunda y personalmente incapaz y pecador, Lutero se propuso realizar las buenas obras que se prescribían para salvar el alma. El catolicismo de su época recomendaba muchos ejercicios con ese fin. “Ayunaba a veces tres días seguidos sin una migaja de pan. Los períodos de ayuno eran para él más consoladores que los de fiesta. La cuaresma era más consoladora que la Pascua. Echaba sobre sí vigilias y oraciones más allá de las estipuladas por la regla. Arrojaba lejos de sí las frazadas que le eran permitidas y casi se moría de frío. A veces estaba orgulloso de su santidad y decía: ‘No he hecho nada malo hoy’. Entonces surgían las dudas: ‘¿Has ayunado lo bastante? ¿Eres suficientemente pobre?’ Entonces se despojaba de todo, salvo de lo que la decencia exigía. Más adelante creía que sus austeridades le habían ocasionado desarreglos digestivos crónicos” (Bainton, pág. 34).

Todo lo que sabía Lutero acerca de Cristo en esos momentos era que era un juez rígido de quien quisiera huir. Con este sentimiento de condena total, Lutero persistió en afligir su cuerpo y su mente con los diversos ejercicios religiosos que solían practicar los monjes de su época. “Si algún monje se ganó el Cielo con monjería”, decía, “yo también habré hallado mi camino hasta allá; de ello darán testimonio todos mis compañeros del convento” (Thomas Lindsay, A History of the Reformation. C. Scribner’s Sons, 1906. pág. 427).

Nótese que estas cosas indican el fuerte apego de Lutero a la Iglesia de Roma. Era parte integral de esta, en ella se había criado y estaba sumergido en sus doctrinas. Y como ocurre con frecuencia en casos parecidos, cuando llegó el rompimiento, fue realmente violento.

“El problema estaba en que no podía satisfacer a Dios en ningún punto. Comentando más adelante el sermón del Monte, Lutero dio clara expresión de su desilusión. Refiriéndose a los preceptos de Jesús decía: Esta palabra es demasiado elevada y demasiado profunda para que alguien pueda cumplirla. Esto está probado no solamente por la palabra de Nuestro Señor, sino también por nuestra propia experiencia. Tómese a cualquier mujer u hombre piadoso: se mostrará amable con aquellos que no le ofendan, pero en cuanto alguien le calumnie, hable mal o le ofenda en alguna forma, no podrá evitar estallar en cólera... Si no contra sus amigos, contra sus enemigos. La carne y la sangre no pueden comportarse de otro modo” (Bainton, pág. 34).

Habiendo decidido en su propia mente que es imposible para el hombre realizar lo que Dios pide de él, Lutero prosiguió su búsqueda de una solución a su complejo de culpa. Como profesor en la Universidad de Wittenberg, que funcionaba en concierto con el monasterio de los Agustinos, comenzó a enseñar las epístolas de Pablo.

No bien había comenzado su exposición de la epístola a los Romanos, cuando sus ojos se fijaron en el pasaje: “El justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17). Estas palabras le causaron una impresión profunda, y reflexionó muy detenidamente en lo que significaban.

Desencanto con el papado

Cuando Lutero visitó Roma en algún momento de este período, recorrió la ciudad lleno de devoción ferviente, buscando alcanzar las bendiciones espirituales que se ofrecían al observar diversas reliquias santas y al hacer penitencia en los santuarios. Mientras hacía penitencia en los escalones del llamado tribunal de Pilato, se le vino a la mente de nuevo aquel evocativo pasaje de las Escrituras: “El justo por la fe vivirá”.

Durante toda su estadía en Roma, comenzó a sentir en su mente un desencanto por el carácter de la Iglesia de Roma. Comenzó a ver hasta qué punto se había convertido en un sistema corrupto y abominable. En varias ocasiones, oficiando la misa en Roma, quiso conservar la dignidad y reverencia que, a su modo de ver, este oficio exigía, pero lo perturbó hondamente la manera enteramente frívola e irreverente en que los sacerdotes romanos celebraban el sacramento del altar.

D’Aubigne relata acerca de Lutero:

“Cierto día mientras oficiaba, observó que los sacerdotes en un altar contiguo ya habían repetido siete misas antes que él terminara una. ‘¡Rápido, rápido!’ exclamaba uno de ellos, ‘devuelvan nuestra Señora a su Hijo’, en una impía alusión a la transubstanciación del pan en el cuerpo y sangre de Jesucristo. En otra ocasión Lutero llegaba apenas al evangelio, cuando el sacerdote a su lado ya había terminado la misa. ‘Passa, passa!’ le dijo este: ‘¡Apresúrate! Termina de una vez’”.

“Su asombro fue aún mayor cuando halló entre los dignatarios del papado aquello que ya había observado en el clero inferior. De ellos esperaba más” (Merle D’Aubigne, History of the Reformation. Delmarva Publications, Inc., 1846. pág. 68).

De vuelta en su ciudad, reflexionó sobre las escenas de los piadosos peregrinos en Roma que buscaban la salvación mediante diversos esfuerzos, y se estremecía recordando la frivolidad, la miseria moral y la ausencia de conocimiento espiritual en aquella ciudad, supuestamente la capital de la cristiandad. De nuevo se le vinieron las palabras de Pablo: “El justo por la fe vivirá”. Por fin sintió que las comprendía.

La esencia de la teología de Lutero

Fisher relata las palabras de Lutero: “Mediante el evangelio se revela aquella justicia que vale ante Dios, por la cual Él, por gracia y simple compasión, nos justifica por medio de la fe” y “aquí sentí de inmediato que había nacido enteramente de nuevo y que había pasado por puertas abiertas al Paraíso mismo. Ese pasaje de Pablo fue para mí realmente la puerta del Paraíso”. Como señala Fisher: “Vio que Cristo no ha venido como legislador sino como Salvador; que el amor, y no la ira ni la justicia, es lo que motiva su misión y su labor; que el perdón de los pecados por medio de Él es un don gratuito; que la relación del alma con Él, y por Él con el Padre, que se expresa en el término fe, el acto de respuesta del alma ante la misericordia divina, es todo lo que se requiere. Este método de reconciliación es sin las obras de la ley” (Fisher, pág. 91).

Ahora, vemos el punto central de toda la teología de Lutero. Esta doctrina de justificación se convirtió en la piedra angular de todos sus esfuerzos religiosos subsiguientes. Solo ella le había dado la sensación de librarse de su sentimiento persistente de culpa y su temor a la maldición. Y, bien podemos añadir, le dio un modo de evadir los requisitos de la ley espiritual de Dios, la que Lutero se sentía incapaz de guardar y que finalmente llegó a detestar.

Es evidente que en todo su pensar acerca de la ley, Lutero estaba reemplazando los diez mandamientos de Dios con la idea católica ritualista de obras y penitencias. Obsesionado con la idea de evadir toda necesidad de obedecer, empezó a sentir que para la salvación bastaba la fe sola.

La consecuencia lógica de la nueva postura de Lutero no podía menos de ser un choque con Roma. Fue respecto de la cuestión de la venta de indulgencias que se dio a conocer su oposición a la doctrina católica ortodoxa.

La doctrina de indulgencias

Tras su regreso de Roma, Lutero reanudó su carrera de docente en la Universidad de Wittenberg y prosiguió su estudio de las Escrituras y la formulación de su teoría de justificación y salvación. Con el respaldo de su superior, Staupitz, completó su trabajo para el doctorado a fin de poder reemplazar a Staupitz en la cátedra de estudios bíblicos en la Universidad. En 1512, recibió su título de doctor en Teología y continuó su labor docente.

Mientras tanto, sus ideas acerca de la justificación iban creciendo y desarrollándose. Escribió: “Con ardiente anhelo ansiaba comprender la epístola de Pablo a los Romanos y solo me impedía una expresión: ‘la justicia de Dios’, pues la interpretaba como aquella justicia por la cual Dios es justo y actúa justamente al castigar al injusto. Mi situación era que, a pesar de ser un monje sin tacha, estaba ante Dios como un pecador con la conciencia inquieta y no podía creer que pudiera aplacarlo con mis méritos. Por eso no amaba yo al Dios justo que castiga a los pecadores, sino que más bien lo odiaba y murmuraba contra Él. Sin embargo, me así a Pablo y anhelaba con ardiente sed saber qué quería decir” (Bainton, pág. 49).

Es importante notar la confesión de Lutero de que odiaba a Dios en su calidad de Legislador y Juez. Cierto es que, dado su concepto católico errado, no comprendía los hechos espirituales de que se trataba. Era como un ebrio espiritual que busca la salida del abismo. Pero en su tormento mental por la enseñanza católica, también estaba desesperadamente resuelto a buscar la manera de evadir la obediencia, la ley y la justicia.

Lutero escribió: “Reflexioné noche y día hasta que vi la conexión entre la justicia de Dios y la afirmación de que ‘el justo por la fe vivirá’. Entonces comprendí que la justicia de Dios es aquella por la cual Dios nos justifica en su gracia y pura misericordia. Desde entonces me sentí como renacido y como si hubiera entrado al Paraíso por puertas abiertas de par en par. Toda la Sagrada Escritura adquirió un nuevo aspecto, y mientras antes la ‘justicia de Dios’ me había llenado de odio, ahora se me tornó inefablemente dulce y digna de amor. Este pasaje de Pablo se convirtió para mí en una entrada al Cielo” (Bainton, pág. 49).

Es evidente que, con su énfasis creciente en la justificación por la fe sola, Lutero encontraría especialmente chocante la práctica de vender indulgencias por el pecado y estaría especialmente dispuesto a atacarla. Siendo el asunto de las indulgencias la causa inmediata de su rompimiento con Roma, conviene en este punto citar una descripción de esta práctica en palabras de un especialista, así como la redacción precisa de las indulgencias.

Descripción de las indulgencias

James Wharey describe la práctica de las indulgencias en detalle en su obra Sketches of Church History (Presbyterian Board of Publication, 1840. págs. 224-225):

Las indulgencias, en la Iglesia de Roma, significan una remisión del castigo debido al pecado, concedidas por la Iglesia con el supuesto de que salvan al pecador del purgatorio. Según la doctrina de la Iglesia de Roma, todas las buenas obras de los santos, por encima de las necesarias para su propia justificación, se depositan junto con los méritos infinitos de Jesucristo en un tesoro inagotable. Las llaves del cual se entregaron a san Pedro y a sus sucesores, los papas, quienes pueden abrirlo a voluntad; y, trasladando una porción de este mérito sobreabundante a una persona en particular a cambio de una suma de dinero, pueden conferirle o bien el perdón de sus propios pecados, o bien la liberación de otro cualquiera, de las penas del purgatorio.

Las indulgencias fueron ideadas en el siglo once por Urbano II como recompensa a quienes emprendían en persona el glorioso cometido de conquistar la Tierra Santa. Más tarde se otorgaron a cualquiera que contratara a un soldado con ese fin; y, en el curso del tiempo se confirieron a quienes entregaran dinero para cumplir cualquier obra pía mandada por el Pontífice. En la Iglesia de Roma se ha abusado grandemente del poder de conceder indulgencias. El papa León X, con miras a proseguir la magnífica edificación de la basílica de san Pedro en Roma, publicó indulgencias y un permiso plenario a todos los que contribuyeran con dinero para ella. Viendo que el proyecto tenía acogida, otorgó a Alberto, elector de Maguncia y arzobispo de Magdeburgo, el beneficio de las indulgencias de Sajonia y alrededores, y repartió las de otros países a los mejores postores; quienes, para aprovechar al máximo su negocio, se procuraban los predicadores más hábiles para proclamar el valor de sus mercancías. La forma de estas indulgencias era como sigue:

“Nuestro Señor Jesucristo tenga misericordia de ti y te absuelva por los méritos de su santísima pasión. Y yo, por su autoridad, la de sus bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y del santísimo Papa, concedida y entregada a mí en este lugar, te absuelvo, primero de toda censura eclesiástica, cualquiera que fuera la manera en que se haya incurrido; luego de todos tus pecados, transgresiones y excesos, por enormes que sean; inclusive de los que sean reservados para conocimiento de la Santa Sede hasta donde se extiendan las llaves de la Santa Iglesia. Remito todo castigo que merezcas en el purgatorio por causa de ellos; te reintegro a los santos sacramentos de la Iglesia, a la unión de los fieles y a la inocencia y pureza que poseías al bautismo; por lo cual cuando mueras, las puertas del castigo se cerrarán y las puertas del Paraíso de delicias se abrirán: y si no murieras presentemente, esta gracia continuará en pleno vigor cuando te halles al punto de la muerte. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Wharey señala que las brillantes descripciones que los comerciantes de indulgencias hacían de sus beneficios, a veces resultaban casi increíbles. Si un hombre, decían, compraba cartas de indulgencia, su alma podía estar segura de su salvación. “He aquí”, decían, “los Cielos se abren; si no entras ahora, ¿cuándo entrarás?”

Fue el gran abuso de esta práctica, de por sí abominable, lo que llevó a Martín Lutero a oponerse pública y definitivamente a Roma. Tenía razón, desde luego, en oponerse a esta práctica. Declararlo como lo hizo fue prueba de valentía. Pero la pregunta que deseamos considerar es si esto lo llevó de vuelta a la “fe una vez dada”, o si lo hizo simplemente rechazar aquella parte de las enseñanzas católicas que no podía aceptar… estableciendo en su lugar otro sistema eclesiástico de inspiración humana que a él le convenía.

La indulgencia para la basílica de San Pedro en Roma

En la región donde vivía Lutero la proclamación de la indulgencia para la reconstrucción de San Pedro en Roma estaba a cargo del monje dominico Tetzel, experimentado vendedor callejero. La indulgencia no se ofrecía en la parroquia de Lutero porque la Iglesia no podía ofrecer una indulgencia sin permiso de las autoridades locales. En este caso el elector, Federico el Sabio, se negó a dar su consentimiento porque no deseaba que la indulgencia de San Pedro se interpusiera en las indulgencias para la Iglesia de Todos los Santos en Wittenberg (Bainton, pág. 57).

Sin embargo, Tetzel llegó tan cerca que los parroquianos de Lutero podían cruzar la frontera y regresar con unas concesiones asombrosas, resultado de la agresiva campaña de ventas que realizaban Tetzel y demás comerciantes de su tipo.

Lutero, justamente indignado por tan descarada imposición del Papa, sentía arder su sangre de reformador. Redactó 95 tesis para debate y las fijó en la puerta de la iglesia Castle en Wittenberg, como era la costumbre de la época para los anuncios públicos. La fecha fue el 31 de octubre de 1517.

De estas tesis de Lutero, muchas invocaban la desesperada situación financiera del campesinado alemán e indirectamente apelaban al papado para que dejara de extraer dinero. En su quincuagésima proposición, Lutero afirmó: “Debe enseñarse a los cristianos que si el Papa supiera de las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujera a cenizas, antes que construirse con la piel, carne y huesos de sus ovejas” (Henry Bettenson, Documents of the Christian Church. G. Cumberlege, Oxford University Press, 1950. pág. 267).

En los debates acalorados que siguieron, Lutero declaró: “Los recursos de toda la cristiandad son devorados por esta insaciable basílica. Los alemanes se ríen de que se le llame propiedad común de la cristiandad. Pronto todas las iglesias, palacios, murallas y puentes de Roma se construirán con nuestro dinero. Primero debemos mantener templos vivientes, luego las iglesias parroquiales, y por último de todo, la basílica de San Pedro, que resulta inútil para nosotros. Los alemanes no podemos asistir a San Pedro. Mejor sería que nunca se la construyera y que no se desmoronaran nuestras iglesias parroquiales” (Bainton, pág. 61).

El llamado político de Lutero a sus compatriotas alemanes salta a la vista en sus primeros escritos sobre el tema. Sus argumentos no se fundamentan en el principio espiritual de lo que está bien o mal a los ojos de Dios, sino principalmente en un sentir nacionalista: que el dinero de las indulgencias debía gastarse en causas religiosas alemanas.

El ataque de Lutero contra la política financiera papal recibió aprobación fácil entre los alemanes, que desde hacía mucho se sentían agraviados por la jerarquía italiana, como solían considerarla. También levantó polémica el otro punto de Lutero: que las indulgencias eran espiritualmente nocivas para quien las recibía y que el Papa carecía de poder absoluto sobre el purgatorio y el perdón de los pecados.

El pueblo alemán probablemente entendería solamente lo concerniente a la exigencia de alivio económico, pero la conexión de esta queja popular con la idea de blasfemia contra la misericordia divina sí fue lo bastante llamativa para generar una revolución popular.

Lutero no tomó ninguna medida para difundir sus tesis entre el pueblo. Pero otros procedieron a traducirlas al alemán y pasarlas a la imprenta. Pronto se convirtieron en el tema de rigor en toda Alemania, y la carrera de Lutero como reformista levantó vuelo (Bainton, págs. 62-63).

Rompimiento final de Lutero con Roma

Cuando Lutero presentó sus 95 tesis, su intención no era difundirlas entre el público. Pero una vez que se distribuyeron, las sostuvo en discusiones subsiguientes y en artículos que escribió para defenderlas. Aunque la noticia de estos hechos viajó lentamente, las autoridades en Roma no tardaron en saber que la mayor parte de Alemania estaba poniéndose del lado de Lutero.

En Roma se presentó una acusación contra él y el Papa comisionó al cardenal Cajetan para que lo representara en coloquios con Lutero. Sus instrucciones eran tratar de persuadir a Lutero de que abandonara toda idea radical… y llevar este asunto con la menor conmoción posible (Hausser, págs. 19-20). Pero los esfuerzos de Cajetan no cambiaron nada.

Ante esto, se hizo un segundo intento por mantener a Lutero dentro de la grey romana. Carl von Miltitz, un nuncio papal, pudo ganarse la confianza de Lutero y acordar con él que guardaría silencio, siempre y cuando sus enemigos hicieran lo mismo, hasta que los representantes del Papa pudieran estudiar sus nuevas doctrinas. “Y entonces”, dijo Lutero, “si me convenzo de que estoy en el error, voluntariamente me retractaré de él y no debilitaré el poder y la gloria de la Santa Iglesia Romana” (Hausser, pág. 22).

¡Es de notar que Lutero todavía consideraba “santa” a la Iglesia Católica! Es importante comprender a qué punto estaba imbuido de sus filosofías y doctrinas. Cierto es que finalmente llegó a estar en claro desacuerdo sobre varios puntos. Pero hasta el final, Martín Lutero, nacido y criado como católico romano y siendo sacerdote católico de profesión, estaba totalmente saturado con los conceptos, dogmas y tradiciones que su Iglesia había acumulado durante la Edad Media.

Todavía el 3 de marzo de 1519, Lutero escribió al Papa: “Ahora bien, santísimo padre, protesto delante de Dios y sus criaturas que jamás ha sido mi intención, ni lo es ahora, hacer cosa alguna que pudiera debilitar o derrocar la autoridad de la Iglesia Romana ni la de su Santidad; no, antes confieso que el poder de esta Iglesia está sobre todas las cosas; que delante de ella no ha de ponerse nada en el Cielo ni en la Tierra, con la excepción única de Jesús, el Señor de todo” (Johannes Alzog, Manual of Universal Church History. 1878. pág. 195).

Si no mentía en esta carta, ¡Martín Lutero sentía, incluso en fecha tan avanzada, que la religión Católica Romana era la verdadera Iglesia de Dios en la Tierra!

Curso de acción de Lutero

Sin embargo, su pacto con Roma en el sentido de no hablar duraría poco. El doctor Juan Eck, teólogo de Leipzig, retó públicamente a Lutero a debatir sus nuevas doctrinas (Hausser, pág. 22). Y con esto, la batalla de palabras y panfletos revivió.

En los debates, Lutero, como solía hacer, confundía justificación y salvación. Mantuvo que la fe sola, sin obra alguna, bastaría para la salvación. Cuando lo confrontaron con declaraciones contrarias en la epístola de Santiago, cuestionó la autenticidad de la epístola (Alzog, Manual, pág. 302).

Es importante comprender que Lutero, no una vez sino muchas, puso en tela de juicio la autoridad de cualquier libro de la Biblia que parecía contradecir sus ideas acerca de la justificación. Más adelante en esta serie analizaremos sus afirmaciones contradictorias a propósito de las Escrituras.

Después de los debates en Leipzig, el doctor Eck emprendió camino a Roma para advertirle al papa León X del peligro que implicaba Lutero para la Iglesia Católica en Alemania. En 1520 se emitió una bula papal que condenaba a Lutero y 41 de sus enunciados. Él mismo sería excomulgado si no se retractaba en el plazo de 60 días (Alzog, pág. 300).

Respaldo poderoso

Dada la popularidad de Lutero tanto entre el pueblo como entre la nobleza, la bula papal fue recibida en Alemania con manifiesta repugnancia. Muchos declararon que no era preciso obedecerla, y el protector de Lutero, Federico el Sabio, declaró abiertamente su negativa a obedecerla. Entonces Lutero dio el paso inaudito de quemar la bula papal públicamente en presencia de los demás monjes, los estudiantes y los ciudadanos de Wittenberg (Hausser, pág. 27).

Este paso audaz de romper completamente con Roma atrajo la atención de toda la nación germana sobre la causa de Lutero. Pronto encontró respaldo político en la buena voluntad del elector y de los juristas que venían molestos desde tiempo atrás por la interferencia de los tribunales eclesiásticos en los asuntos civiles. También encontró aliados bien dispuestos entre los eruditos humanistas que, rebosando fervor nacionalista, estaban prontos a vengar las humillaciones sufridas por Alemania bajo el dominio papal italiano. Sin renuencia se disponían a escribir invectivas y sátiras… y también a desenvainar la espada (Fisher, pág. 102).

Poco después de estos hechos, Lutero hizo un llamamiento político a la nobleza alemana, solicitando su apoyo. Su reto al glorioso pueblo teutón que había nacido para ser amo produjo un efecto electrizante en muchos nobles y príncipes alemanes. Pero era algo puramente político, y este mismo tipo de llamamiento lo emplearon con éxito más recientemente ¡generales y dictadores alemanes!

Lutero instó así a la gente: “Pobres de nosotros, los alemanes: ¡nos han engañado! Nacimos para ser amos y nos han obligado a agachar la cerviz bajo el yugo de nuestros tiranos y a convertirnos en esclavos. Nombre, título, señales exteriores de realeza, todo esto lo poseemos; fuerza, poder, derecho, libertad, todo esto ha pasado a los papas, que nos lo han robado. A ellos el grano, a nosotros la cascarilla… ¡Es hora de que el glorioso pueblo teutón deje de ser el títere del pontífice romano!” (Bettenson, pág. 278).

De allí en adelante, correspondería a Lutero y a sus adeptos tratar de fundar un nuevo sistema religioso, uno que acogiera doctrinas salidas de la activa pluma luterana. En artículos futuros, veremos si el sistema de Lutero constituyó un regreso a la fe, doctrina y prácticas de Jesucristo y la Iglesia apostólica.