¿Mataron los dinosaurios a Dios?

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Los restos fósiles de dinosaurios y otros seres señalan claramente que hubo vida en un pasado lejano. Pero, ¿acaso significa que el Dios de la Biblia no existe?


La película Parque jurásico, de Steven Spielberg, fue un gran éxito taquillero cuando salió en 1993; y las marcas batidas por la secuela, Mundo jurásico, en el 2015, demuestran que el tema sigue siendo tan atractivo como entonces. Los dinosaurios siempre nos han intrigado, y sobre ellos hemos especulado desde que se extrajeron los primeros huesos de la tierra.

La ciencia nos dice que los dinosaurios poblaron la Tierra en los períodos geológicos conocidos como el Triásico, el Jurásico y el Cretácico; que terminaron, según nos dicen, hace unos 65 millones de años. Esto nos hace plantear una pregunta importante: ¿Invalidan los dinosaurios la Biblia y, por implicación, graban en piedra la muerte de Dios?

Los creacionistas que aceptan la teoría de la Tierra joven, entienden en la Biblia que la Tierra y todo el Universo tienen tan solo 6.000 años; pero la brecha entre estos creyentes sinceros y la mayor parte de los científicos es tan grande que no hay manera de salvarla. Por otra parte, ¿habríamos de creer que el tiranosaurio rex recorría la Tierra al lado de Adán y Eva? ¿Hubo acaso brontosaurios en el arca de Noé? Y si los hubo, ¿por qué no existen hoy?

Aquí, en El Mundo de Mañana, creemos en la Biblia y creemos que toda la vida fue creada por el Dios de la Biblia. ¿Será posible que la visión del mundo que tienen muchos creacionistas y la que tienen la mayoría de los científicos estén equivocadas? ¿Existirá la posibilidad de hallar armonía entre la Biblia y parte de lo que nos ofrece la ciencia?

Quienes siguen nuestras transmisiones y leen esta revista El Mundo de Mañana y demás publicaciones, saben que rechazamos la explicación darwiniana de la evolución, como origen de la enorme diversidad de plantas y animales que vemos en el planeta. Hemos mostrado la evidencia que lleva a científicos y eruditos muy instruidos a rechazar ese concepto de que la vida evolucionó como un accidente fortuito, obra del azar y la selección natural. Siendo así, antes de entrar en la evidencia bíblica para rechazar la teoría creacionista de la Tierra joven, conviene mirar al menos una parte de la evidencia que lleva al rechazo del darwinismo.

Testimonio del registro fósil

Charles Darwin tuvo un enorme problema desde el principio cuando intentó convencer a científicos instruidos de que todas las formas de vida eran resultado del azar. Según Darwin, la vida evolucionó por incontables cambios diminutos ocurridos en diversas formas de vida durante un período de tiempo muy largo. Sin embargo, el registro fósil muestra exactamente lo contrario; veamos la razón:

Los fósiles muestran que, desde los trilobitas primitivos hasta el tiranosaurio rex, todos estuvieron completamente formados; y lo mismo vemos en el mundo de hoy; una variedad de formas de vida completamente desarrolladas. Ya sean perros, gatos o vacas; todos están enteramente formados, si bien presentan una increíble variedad dentro de su propia especie. Los asombrosos seres marinos y las aves de toda clase son completamente funcionales, sin embargo, el darwinismo nos dice que todos evolucionaron a partir de “formas inferiores”. Los niños aprenden en los colegios que las aves vinieron de los reptiles, pero la simple lógica obliga a pensar que si la evolución fue lenta y gradual, tendría que haber muchísimos más fósiles de transición que las aves o que los reptiles de los cuales estos supuestamente evolucionaron. Los míticos reptiles transicionales tan necesarios en la evolución darwiniana no existen fuera de las imágenes concebidas por artistas.

En su libro: La evolución: una teoría en crisis, Michael Denton explica el problema: “Pero como en esta teoría es preciso que hayan existido innumerables formas transicionales, ¿por qué no las hallamos incrustadas en la corteza de la tierra en números incontables?”. Estos fósiles de transición que no existen fueron problemáticos para Darwin desde el comienzo. Mientras hombres menos reflexivos se dejaron persuadir fácilmente por las aseveraciones de Darwin, los científicos entendidos reconocieron de inmediato que la teoría encerraba problemas serios, sobre todo en lo tocante al registro fósil. En su obra: Una breve historia de casi todo, Bill Bryson, explica: “El origen de las especies fue un éxito comercial inmediato, pero menos en lo crítico. La teoría de Darwin presentaba dos dificultades insalvables: Exigía mucho más tiempo… y escasamente encontraba apoyo en la evidencia de los fósiles. ¿Dónde, preguntaron los críticos más concienzudos de Darwin, están las formas transicionales que su teoría tan claramente pedía? Si había especies nuevas evolucionando continuamente, entonces tenía que haber muchas formas intermedias dispersas por todo el registro fósil, pero no las había”.

Para ser justos, Bryson tiene una nota al pie de página en la cual afirma que sí se descubrió una forma transicional: “El arqueópterix parecía… un ser a medio camino entre un ave y un dinosaurio. Tenía plumas pero también dientes”. Pero aun aquí, Bryson reconoce que este hallazgo era polémico y totalmente inadecuado como respaldo para la tesis de Darwin: “Fue un hallazgo impactante y útil y su importancia muy debatida, pero difícilmente podía considerarse que un solo descubrimiento fuera definitivo”.

Cuando Darwin formuló su teoría, quizá se podía excusar la ausencia de formas de vida intermedias, pero el tiempo no ha sido su aliado. Denton también explicó: “La ausencia de formas intermedias, aunque perjudicial, no era fatal en 1860, siendo, como era razonable esperar, que al aumentar las actividades geológicas estas sacarían a la luz muchas de ellas… Darwin conocía solo una pequeña fracción de las aproximadamente cien mil especies fósiles ahora conocidas. Pero virtualmente todas las especies fósiles descubiertas desde los tiempos de Darwin son, o bien estrechamente relacionadas con formas conocidas, o bien, como el pogonóforo, tipos extraños y únicos de afinidad desconocida”.

Una hipótesis extravagante

¿Dónde están, pues, los eslabones perdidos? Vemos dinosaurios y miles de especies extintas curiosas. Vemos especies modernas, pero cada una es completa en sí; y no hay ninguna evidencia firme que señale que un tipo se convirtió en otro. No hay duda de que es posible criar muchas variedades dentro de un tipo en particular. Por ejemplo, hay muchas razas de perros pero todos siguen siendo perros, así como todos los gatos siguen siendo gatos y las aves pinzón de Darwin siguen siendo pinzones. En cuanto a los millares de fósiles que vinculen un tipo con otro tipo, sencillamente no los hay en la abundancia que sería de esperar conforme a la evolución darwiniana. Los “eslabones perdidos” brillan por su ausencia.

A los estudiantes les muestran árboles genealógicos que supuestamente demuestran cómo formas de vida simples dieron origen a otras más complejas. Pero, ¿dónde están las pruebas de que un tipo de planta o animal se convirtió en otro tipo? ¡No existe! Donde encontramos tales eslabones ¡es en la imaginación de los hombres!

Michael Denton hace un resumen persuasivo de la situación: “El panorama general de la vida en la Tierra es tan discontinuo, las brechas entre los diferentes tipos tan obvia, que, como recuerda Steven Stanley en su libro reciente Macroevolución: ‘Si nuestros conocimientos de biología fueran limitados a las especies que hoy existen en la Tierra, quizá nos preguntaríamos si la doctrina de la evolución puede tenerse por cosa diferente de una hipótesis extravagante’. Sin formas intermediarias o transicionales que salven las brechas enormes entre las actuales especies y grupos de organismos, nadie podría jamás tomar en serio el concepto de evolución como una hipótesis científica”.

¿Por qué, entonces, se toma como un hecho esta teoría de la evolución que no tiene ninguna evidencia firme y convincente que la respalde? Stephen Jay Gould y Niles Eldredge reconocen lo siguiente: “La preferencia general que muchos sentimos por el cambio gradual, es una postura metafísica enclavada en la historia moderna de la cultura occidental”. En otras palabras, la evidencia que apoya la evolución darwiniana gradual se basa principalmente en filosofía y fe, no en pruebas científicas. ¡Increíble! ¿Cómo es posible que nuestro mundo moderno, supuestamente ilustrado y científico, haya creído firmemente y a pie juntillas una teoría sin comprobar?

Con el tiempo, lo que se reconoció como una teoría, incluso como metafísica o filosófica, recibió aceptación y apoyo antes que se tuvieran todos los datos. Se pensaba confiadamente que, con el transcurrir del tiempo, se descubrirían miles y aun millones de eslabones perdidos, pero el tiempo ha demostrado lo contrario.

Semejante falta de respaldo a la evolución, por varios motivos es un estorbo para la teoría. Por ejemplo, los biólogos en tiempos de Darwin no comprendían la complejidad de la célula microscópica. Aun hoy, los estudiantes de biología oyen términos erróneos como “una célula simple”, siendo que la vida celular no tiene nada de simple. Al avanzar los conocimientos de la estructura de la vida celular, la fe en el azar ciego se ha convertido en fe ciega, hecho que, sin embargo, no ha despertado a la gente para hacerla descartar lo irracional. Denton explica: “El hecho de que toda revista científica, todo debate académico y toda discusión popular den por supuesta la veracidad de la teoría darwiniana, tiende a reforzar enormemente su credibilidad. Esto no puede menos de ser así porque, como los sociólogos del conocimiento se esfuerzan por señalar… la aceptación de cualquier teoría o visión del mundo depende en gran medida del apoyo social que reciba, no de su contenido empírico o su congruencia racional. Por eso, resultaba impensable, que la validez de la teoría darwiniana fuera un error”.

La teoría creacionista de la Tierra joven: Otro error

Lamentablemente, así como los evolucionistas aceptan suposiciones falsas sin la debida reflexión, también los creacionistas que siguen la teoría de la Tierra joven han estructurado su visión del mundo sobre suposiciones falsas. Leyendo las Escrituras sin reflexionar, dan por un hecho que la Tierra y todo el Universo fueron creados hace unos 6.000 años. ¿Acaso la Biblia realmente dice esto? Superficialmente quizá parezca así. Veamos algo que dice el libro del Éxodo: “En seis días hizo el Eterno los Cielos y la Tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, el Eterno bendijo el sábado y lo santificó” (Éxodo 20:11, RV 1995).

¿Será posible que este pasaje encierre más de lo que parece a primera vista? ¿Será posible que por descuido se haya impuesto una suposición? ¿Qué motivó a los traductores a decir: “En seis días hizo el Eterno” y no “En seis días creó el Eterno los Cielos y la Tierra?”

Al traducir de un idioma a otro, suelen perderse algunos detalles, ya se trate del hebreo al español o del francés al chino. Los traductores entienden que la Biblia emplea dos palabras hebreas diferentes al referirse a la creación, y esto nos lleva al primer versículo de la Biblia: Génesis 1:1. Aquí vemos el verbo creó en vez de hizo: “En el principio creó Dios los Cielos y la Tierra”. La palabra creó viene del hebreo bara, mientras que la palabra hispana hizo viene del hebreo asa o yasar. La diferencia no es pequeña. Una obra altamente respetada, titulada: Glosario teológico del Antiguo Testamento, explica: “La raíz bara tiene el significado básico de ‘crear’. Difiere de yasar: ‘hacer, arreglar’; en que esta última resalta principalmente el dar forma a un objeto, mientras que bara hace énfasis en la iniciación del objeto”.

En otras palabras, bara significa el propio comienzo de algo. Génesis 1:1 dice que “en el principio creó Dios los Cielos y la Tierra”. Antes de ese momento no existía nada material. Hoy los científicos nos dicen que el Universo se creó en lo que comúnmente se llama el “big bang” o la “gran explosión”.

Entendemos que la materia se compone de átomos y que los átomos se componen de partículas aún más pequeñas. Actualmente en los círculos científicos se piensa que la totalidad del universo material se concentraba en un espacio mucho menor que el punto al final de esta oración. Como lo señala bien Bill Bryson, la gran explosión que inició todo lo que vemos y sentimos, todo lo que llamamos material, todo lo que existe, comenzó de la nada: “Y así, de la nada, comienza nuestro Universo”. Sobre este punto la Biblia coincide en parte al señalar que la materia no es eterna sino que tuvo un comienzo: “En el principio creó Dios los Cielos y la Tierra”. No obstante, difiere en el concepto de que el Universo “salió de la nada”. La Biblia enseña que la materia proviene del espíritu: “Por la fe entendemos haber sido constituido el Universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3).

Como vemos, hay dos verbos muy diferentes. Traducidos al español, uno significa crear, como el dar origen a algo que no existía, y el otro significa arreglar, o hacer algo a partir de material preexistente. Prosigue el glosario: “El empleo de bara en la primera frase de la narrativa de la creación, parece encerrar la inferencia de que los fenómenos físicos comenzaron a existir en ese momento y que no tuvieron existencia previa en la forma en que se crearon por decreto divino. El empleo de asa puede indicar simplemente el hecho de arreglar objetos que fueron materia en todo el proceso creativo”.

Génesis 1:1 dice que en el principio Dios creó los Cielos y la Tierra, pero el versículo 2 indica que algo ocurrió después de la creación original, puesto que dice: “Y la Tierra estaba desordenada y vacía”. La traducción correcta del versículo 2 debe ser: “Y la Tierra se volvió desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”. Ver Génesis 19:26, donde la misma expresión hebrea que se traduce como “estaba” en Génesis 1:2, se traduce “se volvió”: “La mujer de Lot miró hacia atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal”.

Asolamiento y restauración

Las palabras “desordenada y vacía” vienen de dos palabras hebreas, tohu y bohu, que se emplean juntas en el original aquí y en otras dos ocasiones que describen una destrucción masiva como consecuencia del pecado: Isaías 34:11 y Jeremías 4:23. La palabra para “desordenada” es tohu y se encuentra en otros 17 versículos, siempre en el contexto negativo de algo enteramente vacío, sin valor o en estado de confusión. Sin embargo, Dios dice en Isaías 45:18 de la Tierra que Él “la ha fundamentado y no la creó caótica, sino que para ser habitada la plasmó” (Biblia de Jerusalén). Con esto en mente, debemos preguntarnos por qué y cómo cayó la Tierra en el estado en que la vemos en Génesis 1, versículo 2.

Isaías 14 habla de una rebelión perpetrada por un poderoso ser angélico que pretendía arrebatarle el Universo a su Creador: “¡Cómo caíste del Cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al Cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (vs. 12-14).

A esta misma rebelión se refiere Ezequiel 28, que comienza con un príncipe que es el gobernante humano de Tiro, pero luego pasa a hablar de un ángel caído que es la potencia detrás del príncipe. “Tú, querubín grande, protector… Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad… por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego” (vs. 14-16, ver también los vs. 12-13).

No podemos saber con seguridad si esta rebelión fue lo que puso fin repentino a la era de los dinosaurios, o si la rebelión ocurrió más tarde. Hay mucho que no comprendemos a fondo, pero sí es evidente, por Génesis 1:1-2 y otros pasajes, que el Universo físico se creó y más tarde cayó en desorden a causa de una rebelión angélica. Solo después de esta rebelión y destrucción llegamos a Génesis 1:3, donde Dios comenzó de nuevo a dar forma y elaboración a la Tierra.

El mundo en que vivimos es muy diferente del mundo de los dinosaurios. No hay indicios de que coexistieran hombres con reptiles del tamaño de árboles, y la mejor interpretación que se tiene del registro geológico parece señalar muy claramente que  no fue así. Cuando por fin apareció el hombre en la escena, gran parte del “mundo jurásico” ya estaba sepultado bajo montañas de tierra.

La teoría creacionista de la Tierra joven pretende explicar todos los estratos geológicos, tendidos uno sobre otro, con todos los fósiles que ellos encierran, como resultado del diluvio universal en tiempos de Noé. Pocos científicos serios prestan la menor atención a tales ideas, y con razón. Aunque el diluvio de Noé sí ocurrió, una inundación universal hace 4.000 años no explica un mundo lleno de dinosaurios. El registro geológico no muestra indicio alguno de que los dinosaurios coexistieran con el hombre. Puede haber ligeras objeciones en cuanto a la precisión de los métodos científicos de fechado con radiocarbono, potasio-argón u otros; pero si hacemos de lado todo sesgo preconcebido, tenemos que aceptar que la Tierra es bastante más antigua de lo que quieren reconocer los creacionistas seguidores de la teoría de la Tierra joven. Aun concediendo que las diversas técnicas encierran cierta inseguridad, lo cierto es que los métodos de fechado y otras consideraciones, como el tiempo que tarda la luz en viajar de estrellas distantes a la Tierra, colectivamente presentan un cuadro convincente de una Tierra y un Universo que empezaron hace mucho más de 6.000 años. Y tal como hemos visto, estos datos no contradicen la Biblia. Aunque la humanidad y la vida actual efectivamente se crearon hace 6.000 años, tal como dice la Biblia, la Tierra tiene una historia mucho más antigua, que deja mucho lugar para los dinosaurios en su lejano pasado, antes de la destrucción descrita en Génesis 1:2.

Ahora, ¿acaso esto significa que tengamos todas las explicaciones para el misterioso pasado de la Tierra? No. Muchos rechazan la llamada “teoría del intervalo” o “teoría de ruina y restauración” que hemos expuesto aquí, pero hasta la fecha es la mejor explicación para armonizar las verdades claras de la Biblia y la evidencia arrolladora de la ciencia.

No debemos tomar las ideas científicas actuales como la última palabra ni debemos descontar todo lo científico. Allí donde hay evidencia firme que no contradice la Palabra de Dios, debemos aceptarla. En cambio, cuando las ideas concebidas por seres humanos, como la evolución darwiniana, carecen de apoyo en evidencia firme y contradicen claramente la Palabra de Dios, debemos descartarlas sin temor alguno. 

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