Las majestuosas montañas

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Criado en una planicie, yo no tenía las montañas como parte importante de mi vocabulario visual. Las había visto en libros, fotos, pinturas y películas; pero nunca vi una con mis propios ojos hasta superada la edad de treinta años. Cuando por fin tuve ante mí la vista de las espectaculares montañas Rocosas de Colorado, supe que ya no volvería a ser el mismo.

Hay en las montañas algo extrañamente majestuoso. Nos conmueven, nos inspiran e incluso nos intimidan. Parecen la imagen más perfecta de fuerza y estabilidad, de poder y permanencia. Al mirarlas, debemos traer a la mente las palabras del profeta Amós:

Prepárate para venir al encuentro de tu Dios,

oh Israel.

Porque he aquí,

el que forma los montes,

y crea el viento,

y anuncia al hombre su pensamiento;

el que hace de las tinieblas mañana,

y pasa sobre las alturas de la Tierra;

Eterno Dios de los ejércitos es su nombre. (Amós 4:12-13).

Hagamos una pausa para contemplar estas magníficas esculturas del mundo natural y para reflexionar sobre lo que el Artista quizá desea comunicar por medio de sus obras.

Diferentes clases

Muchas personas, especialmente si han vivido cerca de alguna clase de montaña, piensan que todas son iguales. En realidad, las montañas son de varias clases.

Las más comunes son las de plegamiento. Los geólogos piensan que estas se forman cuando diferentes partes de la corteza terrestre, que está en movimiento contante, se empujan unas contra otras; combando la tierra y forzándola a doblarse. Estas son las que vi con mi familia en Colorado y las que forman las famosas cordilleras de los Andes y del Himalaya, incluido el monte Everest.

Las montañas de fractura y bloque ocurren cuando grandes bloques se elevan entre grietas de la corteza hasta una altura mayor que la tierra circundante. Suelen ser muy escarpadas, al menos de un lado. Algunos ejemplos son la sierra Nevada de California y la cordillera de los Vosgos en Francia.

Las montañas volcánicas y las de domo se forman por la presión del magma, o lava fundida, dentro de la Tierra. En el caso de las montañas volcánicas, el magma llega a la superficie en forma de lava y ceniza. Estos materiales se van acumulando y enfriando en la superficie, formando montañas como el monte Pinatubo, en las Filipinas, o el monte Fuji, en Japón. En el caso de montañas de domo, el magma caliente no logra llegar a la superficie, sino que ejerce una presión tal, que levanta las capas de la tierra que están encima de este. Con el tiempo, el magma se enfría, formando roca sólida, y la superficie levantada sufre erosión. Esto produce formas con aspecto de domo, que a su vez van cambiando por efecto de las fuerzas erosivas.

Por último, hay montañas de meseta. Estas se forman cuando el terreno circundante baja por efecto de los ríos que van erosionando la tierra y tallando caminos cada vez más profundos. Los llamados buttes en el valle de los Monumentos en Arizona son tan llamativos como famosos.

Efecto sobre los climas y la historia

Más que simples accidentes geológicos que imprimen variedad a un planeta que de lo contrario sería plano, las montañas son participantes en el mundo que las rodea; como que afectan las actividades y los sucesos por el poder de su presencia.

Las cadenas montañosas ejercen una influencia enorme en los patrones meteorológicos. Cuando el aire en movimiento choca contra el terreno elevado de una montaña, se ve obligado a subir. Esto lo enfría y produce condensación y lluvia. Si las montañas son bien altas, la diferencia entre el clima de uno y otro lado puede ser notoria, al punto de causar una “sombra orográfica”. El lado de la montaña que se beneficia de la condensación forzada tiene lluvias frecuentes y tierra fértil. El otro lado carece de lluvia y sufre el efecto del aire seco que ha logrado remontar la montaña. Estas regiones pueden volverse áridas y secas. El desierto de Judea y el mar Muerto son resultados de una sombra orográfica producida por los montes de Judea. El desierto de Gobi queda dentro de la sombra orográfica del Himalaya. También la costa peruana y parte de la chilena es desértica por causa de la altura de los Andes.

Mayor aún que su efecto sobre el clima ha sido el efecto de las montañas sobre la civilización.

La influencia más obvia de las montañas se ve en la migración de los pueblos: sirven a la vez de rutas y fronteras que dirigen y determinan las corrientes humanas. Por ejemplo, es posible que la cordillera del Cáucaso en Eurasia haya cumplido un papel importante en la migración de los israelitas que llegaron al continente europeo.

Cuando Dios dice, hablando de las naciones, que “les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación” (Hechos 17:26), las montañas que creó son un medio que empleó para hacerlo.

En el caso de las polis o ciudades estado de la antigua Grecia, las montañas tuvieron un impacto notable sobre la cultura de aquella civilización. Siendo más del 75 por ciento del territorio de Grecia montañoso, el traslado entre ciudades era sumamente difícil, lo que obligaba a las sociedades y organizaciones políticas a ser muy localizadas y autónomas. Como resultado, ciudades estado relativamente cercanas, como la filosófica Atenas y la militarista Esparta, se desarrollaron de formas claramente distintas. Por otra parte, la naturaleza montañosa del terreno obligó a los griegos a establecer colonias en otras partes del mundo mediterráneo como recurso para sostenerse, y esto ayudó a formar su cultura, así como las culturas de los pueblos vecinos.

Dada la influencia de la antigua Grecia en la cultura occidental moderna, ¡podríamos decir que las montañas de Grecia tuvieron un efecto sobre todo el mundo!

Reflejo de su Creador

Dios se vale de las montañas y la sensación natural de fuerza y poder que proyectan para atraer nuestra atención hacia Él.

Cuando contemplamos el esplendor de una montaña, que se levanta sólida y aparentemente inamovible, ¡Dios desea que nos detengamos a reflexionar sobre el poder de Aquel que la creó! Cuando el rey David alaba a su Creador como “esperanza de todos los términos de la Tierra”, señala que el Dios Todopoderoso es “el que afirma los montes con su poder, ceñido de valentía” (Salmos 65:5-6).

Desde el monumental monte Everest hasta los picos soberbios de la cordillera de los Andes, la vista de las montañas es capaz de conmover el corazón cuando contemplamos su grandeza y proporciones. Pero el Eterno desea que consideremos si estos rasgos majestuosos de la Tierra nos deslumbran y obligan a reconocer la pequeñez y fragilidad relativa de nuestra vida. ¡Cuánto más majestuoso y poderoso es Aquel que tuvo poder para crear tan vastos monumentos de piedra y darles existencia por la fuerza de su voluntad! No hay estatua tallada por el hombre que pueda impresionarnos a tal grado.

Quizás el testimonio más grande que dan las montañas del extraordinario poder de su Creador es que, por grande que sea su aspecto de fuerza y permanencia, aun ellas tiemblan ante su presencia y cederán ante Él a su regreso (Apocalipsis 6:14; 16:20).

Las montañas son un ejemplo hermoso del poder de Dios hecho visible en el mundo. Cuando el salmista buscó algo que le recordara el poder de su Creador para ayudar y salvar, dijo: “Alzaré mis ojos a los montes” (Salmos 121:1). Lo mismo deben hacer por nosotros. 

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