¿Por qué cura Dios?

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Sabemos que Dios puede curar milagrosamente, pero, ¿entendemos lo que está haciendo cuando sana… y por qué? Si usted necesita sanar de alguna enfermedad, ¡esta puede ser la pregunta más importante que se haya hecho!


En medio de una crisis solemos preguntar: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite que yo sufra así? O incluso, ¿por qué permitió que muriera alguien a quien yo quería tanto? Estas son preguntas que se nos vienen a la mente en momento de tensión o desesperación, momentos de dolor, enfermedad e incluso al afrontar la posibilidad de la muerte.

Quizás estas no sean las preguntas correctas. En vez de juzgar a Dios por no intervenir prontamente, debemos hacernos una pregunta diferente. Si necesitamos que Dios nos sane ahora mismo, la pregunta fundamental es: ¿Por qué sana Dios? ¡Este artículo nos da la respuesta!

Para comprender la sanidad divina, debemos conocer todo lo relacionado con la enfermedad y la muerte. ¿Cuál es la perspectiva de Dios respecto a la vida y la muerte? Primero, ¡toda vida humana es muy breve! Compárela con la vida de Dios: ¡La diferencia es enorme! El profeta Isaías explicó: “Así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo” (Isaías 57:15). Dios ha existido desde toda la eternidad y continuará viviendo por toda la eternidad. ¡Es difícil que nuestra menta capte semejante idea! Además, Dios está preparándonos para compartir esa vida sin fin mediante la resurrección (Juan 5:24). El futuro que nos espera es increíble, y desde nuestra perspectiva actual ¡apenas si comenzamos a entenderlo!

De aquí a la eternidad

Reflexionando sobre la brevedad de la vida humana, el rey David observó: “Mis días son como sombra que se va, y me he secado como la hierba” (Salmos 102:11). Y sin embargo, nuestra breve existencia nos conduce a un futuro grande y maravilloso: “Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Eterno, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11).

A veces Dios en su misericordia permite que alguien muera, incluso una persona recta, para ahorrarle tribulaciones más adelante. Esta es una perspectiva importante que también debemos captar: “Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo” (Isaías 57:1). Esta es la perspectiva de Dios.

Porque Dios tiene misericordia

Aun así, nuestro Dios es un Padre de misericordia y compasión que conoce nuestra debilidad física y nuestras flaquezas de todo tipo (Salmos 103:14). Jesucristo vino en persona para que la humanidad tenga vida y “la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Al dar su vida por nuestros pecados, también ofreció su cuerpo, el cual fue herido por nuestras enfermedades y para nuestra sanidad (1 Pedro 2:24). Leemos que cuando Jesús vio a las multitudes que lo seguían, “tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mateo 14:14).

Hay quienes piensan que buscar la sanidad en Dios es cosa de los cristianos menos instruidos, y que la sanidad milagrosa fue solamente para una época primitiva, menos avanzada que la actual. ¡Nada más lejos de la verdad! La sanidad divina es para los hijos fieles de Dios en todos los tiempos. Así lo confirman estas palabras de David: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará el Eterno. El Eterno lo guardará, y le dará vida… el Eterno lo sustentará sobre el lecho del dolor; mullirás toda su cama en su enfermedad” (Salmos 41:1-3).

Dios cura porque nos ama y nos mira con compasión, al tiempo que lo miramos a Él con fe y le obedecemos. Como todo Padre amoroso, le da mucha alegría conceder a sus hijos todo lo que les conviene. Pero también tiene otros motivos para sanar. ¿Cuáles son?

Porque pedimos con fe y obediencia

¿Hacemos lo correcto cuando estamos enfermos? ¿Acudimos a Dios y le pedimos que nos sane? Jesucristo les dijo a sus discípulos que debían “pedir, buscar y llamar” cuando necesitaban algo de su Padre. Explicó: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11).

El principio es: ¡debemos pedir! Dios desea que vayamos ante Él, que expongamos nuestras peticiones y que pidamos alivio y sanidad. Sin embargo, suele ocurrir que cuanto más necesitamos el poder curativo de Dios, más difícil nos parece pedirlo.

¿A qué se debe este temor de pedir? A veces nos sentimos alejados de Dios, avergonzados por nuestros pecados. O nos sentimos indignos de recibir sus beneficios extraordinarios. No permita que nada le impida presentarse con humildad delante de Dios y pedir que le sane. Si usted necesita curarse, vaya ante Dios y clame. Arrepiéntase de sus pecados y ruéguele que le conceda su perdón. Pida que le ayude a obedecerle mejor. Hágale saber que la petición es en serio. ¡Y no desista! Aprenda del ejemplo de la viuda persistente, citado por el propio Jesucristo (Lucas 18:1-7).

El profeta Oseas amonestó a la nación desobediente de Efraín por presentar una fachada de religiosidad ¡pero sin orar con el corazón! “No clamaron a mí con su corazón cuando gritaban sobre sus camas” (Oseas 7:14). Si sentimos la necesidad desesperada de que Dios nos responda, ¡debemos esforzarnos de todo corazón para acercarnos más a Dios!

Pedir con fe significa también aceptar la respuesta, sea cual fuere. Algunos piensan que si Dios no concede lo que le piden, no ha respondido a la oración.

¿Que la oración no es eficaz? ¿Desde la perspectiva de quién? ¿Consiste la oración en recibir todo lo que deseamos, o en buscar la voluntad de Dios y no la propia? El apóstol Pablo le rogó a Dios tres veces que lo sanara de un “aguijón en la carne” y Dios le respondió: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:7-9). ¿Acaso la reacción de Pablo fue “perder su religión” como algunos lo han hecho por no recibir lo que pidieron? ¡De ningún modo! Aceptó con fe que la voluntad de Dios venía primero: “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (v. 10).

David fue un hombre de Dios que oraba fervorosa y repetidamente pidiendo la liberación divina. Clamó a Dios con estas palabras: “Sálvame por tu misericordia. Porque en la muerte no hay memoria de ti. En el seol [la tumba], ¿quién te alabará?” (Salmos 6:4-5). ¿Qué estaba diciendo en realidad? Lo que estaba comunicándole a Dios era: “Deseo más tiempo para vivir según tu camino. Dios mío, deseo más tiempo para hacer tu obra. ¡Deseo más tiempo para someterme a tu voluntad en mi vida!” Cuando le pedimos a Dios sanidad y liberación, ¿es esto lo que realmente buscamos? ¿O estamos pidiendo simplemente que nos quite el dolor?

El apóstol Santiago explicó el papel de los ministros de Dios en la sanidad de su pueblo. Cuando estamos necesitados de sanidad, las Escrituras nos dicen que llamemos a los ministros para que nos unjan: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la Iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” (Santiago 5:14-15). No hay nada “mágico” en el ministro ni en el aceite que emplea para ungir. El que sana es Dios, ya sea que un ministro imponga las manos sobre el enfermo o que siga el ejemplo del apóstol Pablo enviando un paño ungido con aceite (Hechos 19:11-12). Si usted busca la sanidad de Dios, no vacile en acudir a sus verdaderos ministros pidiendo su consejo y una unción.

Para revelarse a una generación incrédula

En los últimos decenios, muchas personas en las naciones del mundo han perdido interés en Dios y algunas sencillamente lo han perdido de vista. Según los investigadores, los hallazgos señalan cambios de fondo en quienes no están afiliados a ninguna religión; no solamente un cambio en la forma cómo se describen, sino que a causa de su incredulidad, se hacen esfuerzos por mantener la religión alejada de la vida pública.

En tiempos antiguos Dios hizo milagros, como el de sanar enfermos, para revelar quién era Él. Cuando liberó a Israel del cautiverio en Egipto, tuvo que revelarse, y revelar su poder a una nación incrédula y escéptica. Además de presentar su sábado, sus días santos y sus mandamientos, Dios se reveló a sí mismo mediante actos de sanidad milagrosa.

Cuando Moisés y los israelitas llegaron a Mara, encontraron que las aguas eran amargas e impotables. Dios sanó esas aguas y le dijo al pueblo: “Si oyeres atentamente la voz del Eterno tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy el Eterno tu sanador” (Éxodo 15:26).

Es posible que usted haya vivido algún momento decisivo en la vida, en el cual Dios le sanó de modo impresionante o le protegió de algún terrible accidente. Para muchas personas, un hecho así se convierte en el punto de partida para el llamamiento divino. No hay nada como la sanidad sobrenatural para hacernos saber que Dios está presente en nuestra vida. ¡Nos hace pensar!

Si Dios le ha sanado a usted en el pasado, agradézcale. Exprese su agradecimiento a Dios y piense por qué le sanó. Quizá le esté llamando a salir de una generación incrédula a una relación más estrecha y cercana con Él (Juan 6:44).

Para resaltar su obra

Cuando Jesucristo estuvo en la Tierra realizó milagros asombrosos. Un motivo por el cual sanó milagrosamente a muchos fue para identificar su misión y atraer la atención sobre su obra de predicar el evangelio. Cuando los discípulos de Juan el Bautista vinieron adonde Jesús, “en esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista” (Lucas 7:21). Estos le preguntaron: “¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?” (v. 20). “Respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (v. 22).

La profecía bíblica dice que en el tiempo del fin habrá ministros falsos que harán milagros engañosos (Mateo 24:24). Las Escrituras profetizan la aparición de un “inicuo” que hará “prodigios mentirosos” y satánicos (2 Tesalonicenses 2:9), engañando con esto a quienes no han llegado a un verdadero amor por la verdad (v. 10). Este personaje malévolo podrá hacer “grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del Cielo a la Tierra delante de los hombres” (Apocalipsis 13:13).

No obstante, Jesús dijo a sus discípulos que recibirían facultad para realizar verdaderos milagros de Dios, entre ellos el de sanar enfermos (Marcos 16:18). Estos milagros figuran en el contexto de la predicación del evangelio y la preparación del camino para el regreso de Jesucristo a la Tierra. “Les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado [juzgado]. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:15-18).

¿Cómo saber la diferencia entre los “prodigios mentirosos” y los milagros de los fieles siervos de Dios? Los milagros auténticamente divinos resaltan la obra y proclaman el verdadero evangelio. Validan la verdad de la Biblia y reflejan los frutos, las bendiciones de la obediencia a la ley divina. Isaías escribió: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20). ¡No se deje engañar por “milagros” que pretenden negar la clara verdad enseñada por Jesucristo y consignada en la Biblia!

Para probar a sus hijos

¿Puede la sanidad ser una prueba? Pensándolo bien, las bendiciones grandes pueden convertirse en pruebas inesperadas. En el caso de la sanidad divina, es posible que nuestras dificultades no terminen cuando sanamos. Viendo reestablecida nuestra salud, debemos preguntarnos si nuestra vida ha cambiado para bien. Si le hicimos promesas a Dios en los momentos de dolor, ¿hemos cumplido esas promesas haciendo cambios duraderos en nuestra vida? ¿O será que, una vez liberados de la pena, volvimos a nuestras viejas acciones y actitudes?

Quizás usted lo ha visto. Alguien es sanado dramáticamente de alguna enfermedad grave, y después de unos meses o años de salud se va alejando del camino de vida de Dios, e incluso de Dios mismo. ¿Cuál es la lección? Que la sanidad física no es garantía de superación espiritual. Y la superación y la profundidad espirituales son la finalidad para la cual Dios nos llama.

Pasando entre Samaria y Galilea, al entrar Jesús en una aldea le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales parándose de lejos, clamaron pidiendo misericordia. Pidieron liberación de su temible enfermedad. En respuesta, Jesús dijo: “Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz” (Lucas 17:14-15).

¡Imagínese! Después de sufrir tan terrible enfermedad incurable, los diez fueron liberados de pronto y milagrosamente. Su vida cambió dramáticamente para bien. Pero de los diez leprosos, solamente uno se tomó el trabajo de regresar y dar gracias a Dios por la sanidad recibida. Y nosotros ¿qué? Cuando Dios nos libra de alguna tribulación, ¿olvidamos al poco tiempo nuestra angustia y la promesa que le hicimos? Cuando Dios nos ha bendecido con algún bien, como es la sanidad, ¡es muy importante expresarle gratitud y renovar nuestro compromiso de obediencia!

Entonces, ¿por qué sana Dios? Para revelarse, para resaltar su obra y para probar a su pueblo. Sana porque sus hijos e hijas se lo piden con fe y obediencia, y sana por su misericordia y su bondad sin límites.

¿Está usted necesitado de sanidad divina? No culpe a Dios, sino vuelva los ojos hacia Él con gratitud por todo su plan; sabiendo que hace realidad su voluntad en nuestra vida cuando nos volvemos a Él con sumisión y obediencia. 

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