¿El fin de las guerras? | El Mundo de Mañana

¿El fin de las guerras?

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En julio de este año, mientras el mundo reflexionaba durante el centenario de la Primera Guerra Mundial, muchos se preguntaban: ¿Terminarán las guerras algún día?¡La respuesta en la Biblia es alentadora!Al cumplirse el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, ¿qué hemos aprendido acerca de la humanidad y la naturaleza humana de esa "guerra para poner fin a las guerras"? Un vistazo al pasado nos dice mucho sobre el futuro.

Era el verano de 1914 y el tiempo en Europa era especialmente agradable. Aunque venían acumulándose los nubarrones de una crisis política y social, el hombre de la calle difícilmente imaginaba la dolorosa tragedia que pronto iba a consumir a todo el Continente. Estaba a punto de desatarse una guerra de dimensiones industriales, ¡una carnicería de millones de seres humanos!

El conflicto que se cernía en el horizonte, que por un tiempo se le llamaría la "guerra para poner fin a las guerras", iba a sentar las bases de un siglo marcado por la turbulencia y el derramamiento de sangre. La civilización europea caería de rodillas, se pondría de moda el totalitarismo y la forma monárquica de gobierno quedaría relegada.

Surgirían naciones nuevas, haciendo realidad las viejas aspiraciones de sus pueblos; se trazarían nuevas fronteras entre las naciones en gran parte del mapa del mundo. El centro de gravedad del poderío mundial pasaría decididamente del "viejo mundo" al "nuevo". La creencia en Dios descendería precipitadamente ante el tratamiento impío, brutal e inhumano del hombre por el hombre.

La guerra moderna amenaza la vida

Aunque las guerras han sido parte de la historia humana desde sus comienzos, la guerra en el siglo veinte asumió un carácter enteramente nuevo; que por primera vez amenazó la existencia misma de la humanidad. La paz bien puede ser un deseo en el corazón del hombre, pero parece que la paz nos evade a medida que nuestra capacidad para matarnos crece exponencialmente.

¿Por qué es así? Mientras el mundo conmemora el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, nos conviene meditar sobre la capacidad extraordinaria y aparentemente innata que tenemos de masacrarnos unos a otros. ¿Qué lecciones podemos aprender sobre las razones de la guerra y la naturaleza humana que hay tras de ella? ¿Habrá una causa oculta de la guerra que por ceguera no hemos visto? ¿Será posible prever un futuro cuando no habrá más guerras? Felizmente, tenemos la seguridad de que habrá un futuro de paz… aunque esa seguridad viene de una fuente que hoy día pocos consultan.

El polvorín europeo

¿Cómo era la vida en Europa en 1914? Los negocios y el comercio prosperaban en el inicio de la globalización. Las poblaciones crecían rápidamente, alimentando la emigración de millones a las Américas y Australasia. Las condiciones laborales mejoraban, estimuladas por un vigoroso movimiento socialista en varias naciones. La interdependencia comercial y el internacionalismo habían generado el concepto popular de que las grandes guerras ya eran cosa del pasado.

Para muchos, la vida era próspera, civilizada, cultural y extraordinariamente optimista. Los avances científicos y tecnológicos sin precedentes prometían un futuro color de rosa.

Al mismo tiempo, el Continente entero estaba marcado por un nacionalismo brutal y una competencia de armas en plena aceleración. Tres grandes imperios europeos, Alemania, Austria y Rusia; estaban acosados por el malestar social, con grupos marginados que exigían más democracia. Gran Bretaña y Francia, como las demás potencias europeas, tenían motivos para sentir que su posición estaba amenazada de alguna manera.

Las potencias europeas estaban obsesionadas por la histórica búsqueda de seguridad basada en la superioridad militar. Había millones de soldados entrenados y dispuestos a luchar por su país, con suficientes armas y municiones para aniquilarse unos a otros a un ritmo sin precedentes. Como una complicación adicional, las comunicaciones seguían en su infancia, por lo cual era difícil para los líderes tomar decisiones bien fundamentadas y decisivas en caso de una crisis.

En un conflicto anterior, el general Sherman de los Estados Unidos había dicho: "¡La guerra es el infierno!" Al despuntar el verano de 1914 el mundo estaba a punto de saber lo infernal que podría ser. Las naciones poderosas procedieron, como en una marcha fúnebre y un diálogo de sordos, hacia la destrucción de su continente y su civilización.

Una chispa fatal

Para encender la conflagración bastaría una chispa fatal. Esta se produjo durante una visita a Sarajevo en Bosnia el 28 de junio de 1914; cuando un nacionalista serbio de nombre Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador austriaco Franz Joseph.

Al principio nada pareció cambiar. La vida europea siguió su ritmo normal. Tras bastidores, Austria estaba buscando una alianza con Bulgaria y Turquía para resolver su "problema serbio" de una vez por todas. Austria no se atrevía a actuar sola. Si lo hubiera hecho, su conflicto local quizás habría pasado inadvertido.

Lo que hizo Austria, con el respaldo alemán, fue despachar una nota provocativa a los serbios, exigiendo una respuesta para el 25 de julio. Serbia, envalentonada por el apoyo ruso, rechazó ciertas condiciones importantes de la nota y movilizó su pequeño ejército dos días después.

Europa se moviliza para la guerra

La suerte estaba echada. Pronto los sucesos se salieron de las manos. Entre el 28 de julio, cuando Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia, y el 12 de agosto, cuando Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Austria, todas las naciones europeas principales se declararon la guerra unas a otras.

Fue como si accionara una serie de gatillos enormemente destructores. Rusia comenzó a movilizar sus fuerzas contra Alemania y Austria; luego Alemania contra Rusia; Francia contra Alemania; Alemania contra Francia. Gran Bretaña le declaró la guerra a Alemania; y Bélgica, que había sido neutral, se vio obligada a tomar el partido de los aliados.

¡Prácticamente toda Europa estaba en guerra!Pero eso no fue todo. Unos 36 países terminaron por participar en el conflicto, movilizando más de 70 millones de militares. Entre esos países se contaban los dominios ingleses de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y la India; con Japón, Italia, Serbia, Montenegro, Rumanía, Grecia, Portugal y finalmente los Estados Unidos se sumaron a la causa de los aliados. À las potencias centrales se unieron el Imperio Otomano y Bulgaria.

Todas estas hostilidades se desarrollaban más o menos al mismo tiempo en diferentes teatros de guerra. En Europa, el frente occidental vio a Alemania luchando contra Francia e Inglaterra. En el frente oriental, Rusia se enfrentaba a Alemania y Austria; acabando en trincheras que se extendían por un frente de 1400 kilómetros. En el frente de los Balcanes en el Sur, Alemania, Austria, Bulgaria y los turcos otomanos peleaban contra Rusia, Serbia, Montenegro, Rumanía, Grecia e Italia. En el frente italiano, los italianos medían fuerzas con Austria-Hungría.

En alta mar, Inglaterra logró bloquear los puertos alemanes y neutralizar a la armada germana. En el Oriente Medio, Inglaterra y Francia pelearon al lado de los árabes para proteger a Egipto y el vital canal de Suez, y al final liberaron a Jerusalén y Palestina.

Los aliados pelearon contra el Imperio Otomano en Mesopotamia y el golfo Pérsico, y pese a una famosa derrota en la península de Galípoli, en el estrecho de los Dardanelos, al final salieron victoriosos.

¡Fue una guerra de leyenda, algo nunca visto antes! ¡El mundo entero en guerra!

El plan de Alemania

Aunque la guerra involucró a todo el mundo, el frente occidental fue la zona de masacre más brutal. Allí los hechos se sucedían rápidamente. Cada ejército poseía sus propios planes de guerra, cuidadosamente trazados y que pronto se tradujeron en acción. La empresa de transportar rápidamente por ferrocarril a millones de soldados con todo su equipo, alimento y demás pertrechos; incluidos dos y medio millones de caballos, era formidable.

Al principio la ofensiva germana se desarrolló conforme a un itinerario exigente, con miras a aplastar a los franceses en 40 días. Logrado esto, según pensaban, las fuerzas alemanas podrían concentrarse en el frente oriental para aniquilar al ejército ruso que avanzaba.

¿Qué ocurrió a la hora de la verdad? Los franceses junto con las tropas inglesas efectuaron una retirada ordenada en dirección sur, hacia París. Su plan era montar un contraataque masivo que rechazara a los alemanes y diera un vuelco al rumbo de la guerra.

Estancamiento y desgaste

En vez de una victoria vertiginosa para alguna de las partes, lo que hubo fue un estancamiento. Las tropas alemanas se vieron forzadas a retroceder y formar un complejo de trincheras defensivas por un frente de 950 kilómetros. Las fuerzas aliadas les hicieron frente con trincheras también, dando comienzo a una guerra de trincheras inextricable y sangrienta que se prolongó con altibajos durante los cuatro años siguientes sin que ninguna de las partes lograra una ventaja decisiva.

Las pérdidas de parte y parte fueron algo casi incomprensible: Alemania perdió dos millones de soldados, Francia dos millones e Inglaterra alrededor de un millón. Las trincheras se hicieron famosas como lugares casi inimaginables de suciedad y lodo, de alambre de púas, ametralladoras y gases venenosos. Y lo que es más increíble, ¡como la mitad de los que murieron nunca fueron sacados del campo de batalla!

Pensando cortar las líneas de suministro de América a Europa, Alemania recurrió a la guerra submarina indiscriminada. Esto enojó a los Estados Unidos. Entraron a la guerra a comienzos de 1917 y poco después inundaron Francia con hombres y material a razón de 10.000 soldados por día.

Al avanzar la guerra, también avanzaba la tecnología bélica, especialmente para los aliados. Se hicieron nuevos tanques y se avanzó en el empleo de aviones y otros equipos militares, lo cual dio ventajas decisivas sobre sus enemigos.

El costo de la guerra

Al final, las fuerzas encabezadas por Alemania, fatigadas y desmoralizadas ante un enemigo que llevaba claramente la ventaja, se vieron obligadas a aceptar un armisticio ignominioso el 11 de noviembre de 1918, a "la undécima hora del undécimo día del undécimo mes".

Cuando todo terminó, habían muerto casi diez millones de soldados, más de veinte millones estaban heridos y casi ocho millones habían desaparecido. Millones de personas más sufrieron penas indecibles y dolor en el alma a causa de la guerra. En moneda de hoy, el costo total de la guerra sumó más de un billón (un trillón en EUA) de dólares.

La guerra fue una tragedia sin paralelo, en la cual Europa enredó a gran parte del mundo en un torbellino de sangre suicida. El mundo reaccionó, y continúa reaccionando, con espanto y horror ante lo que el hombre es capaz de hacer a su prójimo.

¿La "guerra que pondrá fin a las guerras"?

En agosto de 1914 el famoso autor inglés H.G. Wells miraba la futura participación de su país en lo que él llamó "la guerra que pondrá fin a las guerras". Aun después, mirando hacia atrás con horror, muchos optaron por el pacifismo y el internacionalismo con nuevo fervor, diciendo que las atrocidades de 1914-1918 fueron "la guerra que pondrá fin a todas las guerras".

Hoy sabemos, desde luego, que solo 20 años después de la guerra Europa cayó en otra guerra mundial que también la dejó asolada. Esta vez, más de 50 millones murieron directamente y otros incontables millones como resultado de la barbarie.

Mirando la historia de los últimos cien años, no podemos menos de llegar a una grave conclusión. Hasta ahora, cada vez que el hombre ha desarrollado una tecnología que se puede usar para la guerra, ha terminado por usarla. El gas mostaza de la Primera Guerra Mundial y la bomba atómica de la Segunda Guerra Mundial han dado paso a las "armas nucleares de maletín", las armas químicas y biológicas y modernos aviones teledirigidos o drones.

La dimensión espiritual

En medio de las discusiones retrospectivas que continuarán durante este año conmemorativo, es probable que se olvide una dimensión: la espiritual. Comprender la guerra es imposible sin tener en cuenta esta dimensión, la cual aparece en la Palabra inspirada de Dios, la Biblia.

Las Sagradas Escrituras ofrecen explicaciones tan básicas como profundas: "¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites" (Santiago 4:1-3).

Para muchos cínicos cansados de la guerra, esto puede parecer engañosamente simple y hasta obvio. Las guerras y conflictos nacen de los deseos humanos, las cosas que deseamos a tal punto que estamos dispuestos a pelear por ellas. Multiplique lo que es cierto para individuos y resulta aún más cierto para las naciones y los estados, dirigidos, al fin y al cabo, por individuos.

Considere que en 1914 Alemania estaba llena de ambición y hambrienta de expansión y dominio; deseaba el lugar supremo en el escenario mundial. Francia deseaba seguridad, vista la pujante fuerza militar germana. También deseaba recuperar Alsacia y Lorena, que Alemania se había anexado en la Guerra Franco-Rusa de 1870.

Los rusos, derrotados y humillados en la Guerra Ruso-Japonesa de 1902, deseaban recobrar su poderío industrial y militar, a fin de dar alcance y defenderse contra la creciente amenaza germana en sus fronteras. El Imperio Austrohúngaro deseaba una solución permanente a sus problemas con Serbia, violenta y nacionalista y deseosa, a su vez, de una Serbia libre del control austrohúngaro.

Así, el escenario estaba preparado para la guerra, tal como se describe en las Sagradas Escrituras, por el choque entre deseos humanos y nacionales fundamentalmente opuestos.

Influencias satánicas

Espiritualmente se estaban ejerciendo también otras influencias. La Biblia revela que por ahora el mundo está controlado por un ser espiritual conocido como Satanás, o el diablo (2 Corintios 4:4). Este es un arcángel caído que se rebeló contra Dios hace mucho tiempo en la primera guerra de la cual se tenga noticia, y arrastró a un tercio de los ángeles en su rebelión (Apocalipsis 12:4). À estos ángeles rebeldes la Biblia los llama "demonios".

Satanás es el gran adversario, el archiacusador (del griego diabolos) y embaucador de la humanidad (v. 9). Es el gran destructor. La Biblia lo llama homicida y padre de mentira (Juan 8:44). Es el enemigo malévolo de Dios y de la humanidad.

Mientras Satanás y sus demonios no queden eliminados de la escena, nuestro mundo no verá paz y tranquilidad duraderas. ¿Por qué? La Biblia advierte que el espíritu maligno de Satanás invade al mundo. Él es "el príncipe de la potestad del aire" cuyo espíritu "ahora opera en los hijos de desobediencia" (Efesios 2:2). El resultado de su naturaleza tiende siempre hacia confusión y caos, y hacia la violencia y la guerra que son las actividades que lo distinguen. Para que los seres humanos vivamos en paz, debemos rechazar la naturaleza violenta de Satanás; no solo colectivamente como naciones, sino como individuos con libertad para elegir.

Aun ahora, dice la Biblia, Satanás está airado porque sabe que le queda poco tiempo (Apocalipsis 12:12). Cuando Jesucristo regrese a establecer el Reino de Dios sobre toda la Tierra, Satanás quedará alejado y neutralizado (Apocalipsis 20:1-3). Él lo sabe, ¡y reacciona con furia!

Por fin, ¡Jesucristo traerá la paz!

¿Habrá, entonces, una Tercera Guerra Mundial? Lamentablemente, las Escrituras advierten de un cataclismo aun mayor que está por venir. Se ha profetizado un período tremendamente traumático de guerra intensa, destrucción y pérdida de vidas poco antes del regreso de Jesucristo. Será muchísimo peor que cualquier guerra que haya venido antes, tanto que Jesucristo tendrá que intervenir para salvar muchas vidas en el planeta Tierra, impidiendo que la humanidad se aniquile del todo (Mateo 24:21-22).

Más allá de las malas noticias, sin embargo, hay buenas noticias. Cristo regresará a salvar a la humanidad de sí misma y de las maquinaciones de Satanás. Cuando llegue como cabeza del Reino de Dios en la Tierra, Jesucristo aplastará todo intento satánico por impedir que se establezca ese Reino (Romanos 16:20).

Esto dará comienzo a un "milenio", un período profetizado de mil años de paz. En este tiempo son pocos a quienes Dios está llamando a su verdad y que siguen el camino dispuesto por Dios para toda la humanidad. Durante el milenio, todo ser humano podrá seguir el camino de Dios sin la influencia corruptora de Satanás.

Pero ni siquiera esto será el fin de toda guerra ni del papel de Satanás en el mundo. Apocalipsis dice que Satanás y sus demonios quedarán libres una vez más cuando se hayan cumplido los mil años de paz. ¿Habrá aprendido la humanidad para entonces las lecciones de la guerra? Increíblemente, los seres humanos rebeldes se dejarán engañar de nuevo por el diablo, arrastrando al mundo a un período final de violencia y guerra (Apocalipsis 20:7-10). Este será el atentado final de Satanás, después del cual será lanzado a un lago de fuego, para no volver jamás a afectar a la humanidad.

Entonces vendrá un tiempo conocido como el juicio ante el gran trono blanco. En él, todos los que murieron sin la oportunidad de salvación recibirán por fin esa oportunidad. En ese punto, la guerra realmente será cosa del pasado y el plan de Dios pasará a su fase siguiente, cuando la sede del gobierno universal de Dios el Padre vendrá al planeta Tierra por primera vez (Apocalipsis 21:1-4).

La humanidad sí verá el fin de las guerras. Pero antes de ese día maravilloso, habrá grandes perturbaciones. Sin embargo, usted, como individuo, puede tener paz en su vida. Si Dios lo está llamando, vuélvase a Él y decídase a andar por su camino. Si desea hablar personalmente con alguien que pueda explicarle cómo hacerlo, lo invitamos a llamar o escribir a la oficina regional más cercana, que figura en la página 2 de esta revista. Nuestros representantes tendrán el mayor gusto en ayudarle a encontrar la paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7)

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