Cuando mi hijo menor tenía unos seis años, me dijo: "¡Papá, necesito una palabra!". Desconcertado, le pregunté: "¿Qué tipo de palabra?". "Bueno", dijo, "algo que pueda decir cuando las cosas salgan mal en el parque o cuando me enfade". Divertido, le pregunté: "¿Qué tienes en mente?". Para mi sorpresa, dijo con sentimiento: "Me da igual, siempre que suene como...". Y terminó la frase con una grosería.