Para hacer una búsqueda avanzada (buscar términos específicos), escriba juntamente los criterios de interés como se muestra en los siguientes ejemplos:

Cuando mi hijo menor tenía unos seis años, me dijo: "¡Papá, necesito una palabra!". Desconcertado, le pregunté: "¿Qué tipo de palabra?". "Bueno", dijo, "algo que pueda decir cuando las cosas salgan mal en el parque o cuando me enfade". Divertido, le pregunté: "¿Qué tienes en mente?". Para mi sorpresa, dijo con sentimiento: "Me da igual, siempre que suene como...". Y terminó la frase con una grosería.
Ahora bien, él sabía claramente que no debía decir esa palabra, pero quería algo parecido para expresar su disgusto. Fue un momento de aprendizaje para él, y para mí, cuando le expliqué que algunas palabras simplemente no se deben usar porque son ofensivas y no son de uso correcto en el lenguaje.
Las palabras y frases que tienen su origen en la antigüedad y que expresan ira, insinuaciones sexuales, insultos raciales y maldiciones que usan el nombre de Dios en vano son muy comunes. Los adultos, y otras personas como mi hijo, a menudo parecen necesitar una palabra para expresar sus sentimientos de una manera enfática. Y, sabiendo que las groserías, las maldiciones y similares están mal, han adoptado palabras y frases más suaves y menos ásperas. Suenan similares a las palabras inaceptables y tienen el mismo significado para quienes las escuchan. Estas palabras y frases, conocidas como eufemismos, son muy comunes y están generalizados como coloquialismos en toda la sociedad.
Muchas de estas expresiones parecen inofensivas. Sin embargo, las expresiones que tienen su origen en juramentos, maldiciones y, en particular, en el uso del nombre de Dios de forma trivial o irrespetuosa no son inofensivas y deberían eliminarse del vocabulario.
En la famosa película "Lo que el viento se llevó" (1939), el apuesto Rhett Butler desahogó su frustración hacia la difícil heroína usando una frase corta que se ha hecho famosa, una frase considerada impactante (“Francamente querida, no me importa un comino”) en una época en la que ese lenguaje no se encontraba en las películas respetables.
Hoy en día, esto parece muy leve considerando el enfoque desenfrenado de las películas, en el que se utiliza rutinariamente un lenguaje del tipo más vil. Este mismo enfoque se ha infiltrado en la televisión, la radio y el entretenimiento. Lo que primero se hacía para impactar, ahora gran parte de la sociedad lo acepta como diálogo normal.
"¿Importa?", se preguntarán. Después de todo, son solo palabras para comunicar sentimientos e ideas. Es una pregunta válida. Si deseamos agradar a Dios con nuestra conducta, sin duda importa. El apóstol Pablo lo expresó así: "Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias" (Efesios 5:3-4).
También escribió: "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno" (Colosenses 4:6). Tengan en cuenta que nuestro objetivo debe ser un lenguaje cortés, no salpicado de blasfemias ni diluido con sustitutos de palabras y frases inaceptables.
Desde la Torre de Babel, donde Dios “confundió” los idiomas de las diversas familias o tribus en respuesta a sus actividades rebeldes, ha existido una barrera lingüística (Génesis 11:4-8). Esto cambiará en el venidero Reino de Dios, cuando se introduzca un “lenguaje puro”, libre de blasfemias, eufemismos y todos los nombres e ideas del paganismo. El pequeño libro de Sofonías contiene esta emocionante profecía: “En aquel tiempo devolveré yo a los pueblos pureza de labios, para que todos invoquen el nombre del Eterno, para que le sirvan de común consentimiento” (Sofonías 3:9).
Mi hijo menor nunca encontró una palabra que realmente le gustara. Lo más cerca que llegó fue: ¡Oh, caramba! Si desea aprender más sobre el Camino de vida que se preocupa por agradar a Dios en esta vida mientras se enfoca hacia Su Reino, solicite el folleto gratuito ¿Qué es un verdadero cristiano?