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Es posible que en un ambiente, poco conocido para nosotros, nos sintamos insignificantes.
Pero si estamos en contacto con la realidad, podemos superarnos y vencer ese sentimiento.
Algunas veces puede suceder que vamos a cenar donde algún conocido, pero nos sentimos fuera de lugar. La invitación decía: “Informal”, pero algo anduvo mal en la comunicación. La definición de “informal” para los demás era saco de sport y zapatillas de cuero. Pero nuestra definición sería: Camiseta deportiva, pantalón corto y zapatillas de tenis. ¡Esto nos haría sentirnos fuera de lugar!
A veces el mundo se siente así, especialmente cuando tratamos con gente joven. Puede ser que el teléfono inteligente de último modelo nos haga sentir menos que inteligentes. También los estilos de ropa, las modas en música; la cultura popular, siempre cambiante, puede hacer sentir a cualquier mayor de 21 años que no encaja en el ambiente superficial e inestable que nos rodea.
Quizá los mayores ignoremos quiénes son los influencers más populares en Instagram. Tal vez ni siquiera sepamos cómo hallar sus videos si nos interesaran. Es una fuerza seductora que nos impele a creer que nuestros valores no son permanentes; sino que lo que importa es estar actualizado, sintonizado, quizás hasta en armonía con las últimas tendencias sociales.
Curiosamente, este modo de pensar no es nuevo. Basta preguntar a los abuelos. Muy posiblemente pensaron que los padres y abuelos de ellos no estaban actualizados. Eran ajenos a las últimas modas, estilos, música y tendencias. Cada generación siente que las generaciones mayores no comprenden la suya, y que no son significativas, que escucharlas o seguirlas no vale la pena.
El que pretende estar actualizado con las últimas modas culturales, genera para sí un estado permanente de ansiedad. La sociedad está cambiando a una velocidad vertiginosa. Lo que hoy está de moda, mañana será anticuado.
Nuestro mundo se encuentra tan dividido, con tantas subculturas basadas en ideologías políticas, convicciones religiosas, orígenes étnicos e ideas sobre la sexualidad; que no podemos menos que preguntar: Entonces, ¿quién es el sobresaliente? ¿Quién está verdaderamente en contacto con la realidad? ¿Quién tiene palabras y pensamientos que pesan y que nunca cambian? ¿Quién es el que sabe lo que es importante y relevante? ¿A quién debe mirar nuestro hijo o hija como persona de importancia y conocedora, actualizada y significativa?
En Job 38, Dios resolvió el punto:
“Respondió el Eterno a Job desde un torbellino, y dijo: ¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?” (vs. 1-7).
Dios le recordó a Job que Él no solo conoce todo lo que existe o ha existido, sino que también lo creó todo. Si nos preguntamos a quién mirar como Creador de valores eternos, la respuesta es clara: Dios, nuestro Padre y Creador.
Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Podemos reflejar los valores de Dios en nuestras propias vidas, para que nuestros hijos tengan una alternativa a los símbolos vacíos de confusión y caos de la cultura moderna? La respuesta es sí, pero, ¿cómo?
Como adultos, sabemos lo que era ser joven. Conocemos la emoción y la incertidumbre de enfrentarnos al mundo como adultos. Conocemos la frustración y la ansiedad de querer conocer al joven o la joven ideal, pero sin saber quién podría ser. Conocemos el reto de intentar decidir qué camino tomar con nuestra educación o formación. Puede que no hayamos tenido exactamente las mismas experiencias, pero sí experiencias similares.
De modo análogo, Jesucristo nos conoce a nosotros. Es importante y relevante para nosotros, porque ha estado en situaciones como la nuestra. En la carta a los Hebreos leemos:
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo… Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:14, 17-18).
También leemos: “Para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 Pedro 2:21).
Así como Jesucristo representa los valores supremos para nosotros, al haber compartido nuestra experiencia; nosotros, como padres, debemos reflejar esos valores para nuestros hijos, ya que hacemos todo lo posible por vivir una vida dedicada a Dios.
¿Qué clase de vida llevan los héroes deportivos, las estrellas de la música y los influencers de las redes sociales? ¿Y cuántas versiones existen de cada uno de ellos? Promueven una versión pública de sí mismos a fin de cultivar seguidores, y formar una base de adeptos. Pero, ¿cómo son en realidad? ¿Y qué tan sobresaliente es lo que pueden decir sobre la vida, y cómo vivirla, comparando con el plan que tiene en marcha el Creador del Universo?
Como discípulos de Jesucristo, lo que nos impulsa es una realidad verdadera que no está limitada por el tiempo. Nuestra batalla diaria es vivir de esta manera, correr esta carrera, vivir en un escenario que es más real que cualquier realidad virtual presentada por nuestros íconos culturales, manipulada por los medios y alterada con inteligencia artificial.
Nosotros vivimos de manera que podamos hacer eco de las palabras que escribió el apóstol Pablo a su protegido Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8).
Nuestra vida, esfuerzos y dedicación al plan de Dios; ante el mundo nos capacitan para reflejar valores eternos que ignoran los llamados influencers.
Nuestra tarea es practicar valores que nunca cambian. Nuestras palabras, opiniones e ideas importan. Y nuestra influencia puede ayudar a los hijos a salir adelante. Pero es necesario que alcancemos y sobrepasemos el impacto ejercido por la influencia de la sociedad. Más aun, tenemos el mandato de hacerlo.
En el libro del Deuteronomio, Moisés exhortó a los israelitas: “Amarás al Eterno tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:5-7).
En lugar de intentar imitar a la generación más joven: Sus gestos, su estilo de vestir o su jerga; para ser socialmente sobresalientes, necesitamos redefinir la relevancia. En la nebulosa cultural en la que viven nuestros hijos, nuestra voz es más relevante que nunca. Al enseñarles y ejemplificar la mente de Dios, les mostramos algo más que un espectáculo: Les mostramos una realidad eterna. [MM]