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Criar niños pequeños tiene sus desafíos, pero su inocencia, risas y alegría los convierten en uno de los regalos más preciados de Dios.
Hace poco le serví de almuerzo a mi hijo de cuatro años un plato de sopa de pollo con fideos que había sobrado de la noche anterior. Cuando puse el plato en la mesa frente a él, me preguntó con toda sinceridad: “Papá, ¿es esta mi sopa del año pasado?” Mucho nos reímos mi esposa y yo: Lo que quiso preguntar fue: “¿Es esta mi sopa de anoche?”
Es mucho lo que aportan los niños al mundo, una forma de alegría muy pura en un mundo que tanto la necesita. El recién nacido, el que empieza a caminar y aun el niño mayorcito producen risa sana, felicidad, diversión, cariño y amor; en la vida de cuantos tengamos trato con ellos, incluidos los padres, abuelos, tíos y tías, amistades y más. Sin duda, los niños pequeños tienen una de las alegrías más grandes de la vida.
Los niños pequeños, sin proponérselo, hacen reír a los adultos. Su forma de entender las medidas, el dinero, el tiempo, cómo se pronuncian las palabras, cuándo imitar lo que dicen o hacen los adultos; todo esto suele traer risas y alegrías. Hace poco, mi hijo estaba jugando con un pequeño metro. Como me vio parado muy cerca, alargó la mano con el metro y lo puso contra mi pierna, diciendo: “Papito, ¿cuánto creciste?” Respondí: “No sé. ¿Cuánto mido?” Terminó de medir y con toda seriedad me dijo: “¡Dieciséis dólares!”
Eclesiastés 3:4 nos dice que hay “tiempo de reír”. Cuando hay bebés y niños pequeños en casa, las ocasiones de reír son frecuentes. Los lectores, seguramente recuerdan anécdotas graciosas de sus hijos, nietos, sobrinos u otros niños que hay en su vida. ¡Los comediantes más graciosos tendrían que esforzarse mucho para superar a la mayoría de los niños pequeños!
Otra forma como los niños aportan alegría al mundo es con su inocencia. El mundo es un lugar difícil, pero los pequeños no lo saben. La dureza del mundo aún no los ha tocado, así que conservan su inocencia natural, sincera, positiva, humilde y alegre. La política los tiene sin cuidado. (¡Qué dicha!). La inocencia de los pequeños y su falta de soberbia, sumada a otras cualidades, como su autenticidad y su inclinación a confiar; son motivos que llevaron a Jesucristo a decir: “El que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Marcos 10:15).
Los pequeños traen alegría al mundo porque ellos mismos derrochan felicidad y entusiasmo. Su trabajo es jugar, correr, saltar, hacer amistades, aprender y explorar. Libres de casi toda responsabilidad y sin cargas sobre sus pequeños hombros, aunque algunos quehaceres les convienen, como podar el pasto; bueno, podar el pasto todavía no. Los niños por naturaleza viven conforme a la enseñanza de Jesucristo que dice: “No os afanéis por vuestra vida” (Lucas 12:22). No es que estén buscando el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33; Lucas 12:31), pero la parte de “no os afanéis” sí la dominan. Lástima que tantos de nosotros perdamos ese superpoder al ir creciendo.
Observar a los niños disfrutando de la vida con felicidad y entusiasmo, sin afanes ni angustias, es algo que trae alegría a nosotros y al mundo.
Lamentablemente, muchas personas están decidiendo no tener hijos, llegando a preferir una mascota o peor aun, un aborto. Ojalá más personas vieran a los niños como un regalo y felicidad, como los ve Dios. El propio Jesucristo dijo: “La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo” (Juan 16:21). En varios pasajes de la Biblia, Dios explica que los hijos son alegría y un regalo. “He aquí, herencia del Eterno son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud” (Salmos 127:3-4). Otro tanto se aplica a los abuelos: “Corona de los viejos son los nietos” (Proverbios 17:6).
No hay duda de que la crianza trae muchos retos, pero no son nada en comparación con las recompensas. Como dijo Jesús, hay gran alegría cuando nace en el mundo un ser humano “a imagen de Dios” (Génesis 1:26-27).
Parte de esa alegría se encuentra al enseñarles sobre Dios, su plan maravilloso y su camino de vida; lo cual es en una las responsabilidades más grandes que Dios les da a los padres y abuelos: “Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que el Eterno vuestro Dios mandó que os enseñase… para que temas al Eterno tu Dios… tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida… Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:1-2, 7).
Los días y noches con niños pequeños en casa también suponen aspectos de la crianza que no son tan felices, y que pueden hacer sentir que la noche y el día son muy largos. Hay noches de llanto, noches en que es preciso alimentar al pequeño, alzarlo y mecerlo… noches de muy poco sueño. El día puede parecer interminable cuando hay pataletas, quejas, enfermedades, leche derramada, indisciplina, incorrección y actitudes menos que ideales. Sin embargo, la autora Gretchen Rubin ha captado muy bien el sentir de muchos padres y madres: “Los días son largos, pero los años cortos”.
Muchas personas que ya tienen hijos crecidos, nos han dicho a mi esposa y a mí, que añoran aquellos días cuando los hijos eran pequeños. Sus palabras tienen sentido, pero lo que suele impresionarme más es cómo miran a nuestro hijo, como si estuvieran mirando al pasado, a una época cuando los suyos también eran pequeños. Los hijos mayorcitos, adolescentes o adultos también tienen alegrías maravillosas, pero cuando son pequeños hay entre ellos y los padres una cercanía, una intimidad, un cariño y un vínculo especial. Quizás esta sea una razón por la cual los abuelos y abuelas adoran a sus nietos, que les dan otra oportunidad de deleitarse con esa fase de la vida.
Las Escrituras nos dicen: “Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del Sol… Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés 9:9-10). Dios quiera que disfrutemos de la vida y de las bendiciones que nos da, pero la vida es breve, y hay que aprovechar los regalos cuando nos los da. Si lo que nos viene a la mano para hacer es criar hijos, hagámoslo, y disfrutemos haciéndolo, con todas las fuerzas de nuestro corazón.
Hay que saborear los momentos con los preciosos niños que tenemos en la vida. Gocemos jugando a las escondidas, saliendo al parque y divirtiéndonos en el patio de la casa. Divirtámonos batallando contra monstruos imaginarios, escondidos en el sótano de la casa o en el armario (el pasatiempo del momento con mi hijo). Disfrutemos viéndolos bien acomodados en nuestras faldas, y totalmente absortos con el libro que les leemos o el cuento que les estamos contando. Compartamos su gozo cuando los alzamos y los cargamos en la espalda o los hombros. Disfrutemos de su humor, inocencia, imaginación, confianza, autenticidad y cariño; de su pequeñez y su juventud.
La sabiduría popular dice que para muchas de estas alegrías habrá una última vez, pero generalmente no nos daremos cuenta de que es la última. Entonces, disfrutemos de cada fase a medida que crecen. Habrá días largos, pero los años serán breves. Gocemos cada momento con los pequeños, porque ellos son las alegrías más grandes de la vida, y uno de los dones más preciosos que Dios nos da. [MM]