Sanando heridas

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Fue una tontería de mi parte. Iba corriendo como una típica adolescente sin mirar por dónde iba, cuando de repente, ¡BAM! mi espinilla golpeó con fuerza una roca que había en el camino. ¡¿Cómo no la vi?! todavía no lo sé. Sin embargo, fue a partir de ese incidente que aprendí una lección muy importante en mi vida.

Al golpear esa roca me hice una herida en mi espinilla que sangró bastante. La limpié para que dejara de sangrar y luego me puse una venda para dejarla sanar por sí sola. Probablemente hubiese funcionado, si no hubiese hecho una excursión en canoa unos días más tarde y si no hubiese caminado en agua, agua que estaba posiblemente contaminada.

Mi herida se infectó rápidamente… Fue una infección grave. Preocupada de que pudiera perder mi pierna, mi padre me limpiaba la herida con peróxido todos los días para eliminar la infección mientras yo apretaba los dientes del dolor; después me ponía un nuevo vendaje. Sus atenciones me salvaron la pierna, pero todavía tengo esa cicatriz.

Desde una perspectiva espiritual, puede ser muy fácil, que cuando nos hemos sentido profundamente heridos por otros, enterremos el dolor y nos “pongamos una venda en la herida” en vez de atender la herida de inmediato. Luego, nos encontramos con agua turbia hasta las rodillas que nos inflama la herida y nos deja con dos opciones: limpiar la infección o arriesgar nuestra salvación eterna.

Como mujeres cristianas, debemos darnos cuenta de que podemos tener una influencia especial sobre las personas en nuestras vidas: esposos, hijos, familiares, amigos o compañeros de trabajo. Basta con leer los Proverbios para ver cuántas veces Salomón menciona a una mujer contenciosa (Proverbios 21:9 y 19; 25:24; 27:15). En dos escrituras dice que mejor es vivir en un rincón del terrado que con una mujer rencillosa. A una mujer así le gusta discutir, disfruta crear conflictos y encuentra placer en ser contenciosa y quejarse, todos los síntomas que reflejan la amargura. Esta no es una imagen agradable. Piense en lo importante que es lidiar con las ofensas de directamente y a tiempo, antes de que la amargura y el odio tomen lugar. Cuando dejamos que la amargura se filtre en nuestras palabras, o que el odio se refleje a través de nuestras acciones, afectaremos a los demás con nuestras acciones y actitudes.

¿Cuántos versículos hay acerca de ser cuidadosos con quienes nos asociamos? 1 Corintios 15:33 dice: "No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres". No queremos que nuestras palabras o acciones infectadas afecten negativamente a mi hermano o hermana espiritual.

Dios nos da un método fácil para manejar las ofensas antes de que comience la infección. "Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” (Mateo 18:15). Dios quiere que vayamos a donde nuestro hermano o hermana que nos ofendió para resolver nuestras diferencias, para que no nos aferremos a nuestros sentimientos heridos, sino que extingamos los sentimientos de odio y de amargura en nuestros corazones (Hebreos 12:15).

Limpiar mi herida infectada fue bastante doloroso pero muy necesario. De igual manera, la limpieza espiritual viene en forma de corrección de nuestro amoroso Padre, que solo quiere que desarrollemos un carácter justo y santo: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11).

Debí de haber tenido cuidado cuando caminaba ese día. Su hubiese prestado atención, no me hubiese tropezado con esa roca. De igual forma, debemos tener cuidado en nuestra vida diaria y prestar atención a nuestras acciones para no ofender a mis hermanos y hermanas.

La cicatriz en mi pierna se ha ido desvanecido a lo largo de los años, pero me sirve como recordatorio de que debo atender las heridas de inmediato para evitar mucho dolor.