De mujer a mujer: La personalidad en la mujer

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Una de las bendiciones que tenemos como mujeres es la capacidad de expresarnos por medio de nuestra personalidad individual. Bien empleado, este es un recurso valioso en la comunicación. La impresión que las mujeres cristianas damos a los demás reviste la mayor importancia… si es que deseamos dar un buen ejemplo.

¿Qué es “personalidad”?

1. Según el Diccionario de términos psicológicos, es “la forma como [una persona] se revela por su modo de pensar y expresarse, en sus actitudes e intereses y en sus actos”.

2. El Diccionario de la Real Academia trae también esta acepción: “Diferencia individual que constituye a cada persona y la distingue de otras”.

La sociedad ha clasificado las personalidades en dos categorías principales, sin detenerse en la posibilidad de buscar un equilibrio entre las dos:

Extrovertido: Se refiere a la persona sociable y abierta, que se inclina al mundo exterior.

Introvertido: Se refiere a la persona reservada, inclinada al mundo interior.

El carácter abierto y sociable es excelente, pero no si llega al extremo en que carece de discreción o mesura. El carácter reservado también puede llegar a un extremo si la persona es demasiado tímida o asocial, encerrándose en sí misma.

La comunicación por medio de la personalidad se efectúa mediante el idioma, los gestos y el lenguaje corporal.

Desarrollo de la personalidad

La personalidad se desarrolla desde la primera infancia y hasta la edad adulta, con algunos rasgos heredados. Mucho depende de la crianza y los ejemplos que nos rodean día a día.

Hay ciertos comportamientos infantiles que, si no se corrigen, pueden persistir en la edad adulta en forma de hábitos. Por ejemplo: Hace varios años conocí a una pareja de jóvenes adultos con dos hijos pequeños. Uno de los padres se había criado con el hábito de hacer tonterías constantemente. Los hijos mostraban esta influencia al punto de imitar su comportamiento. La pareja no deseaba que sus hijos crecieran como necios porque eran una familia cristiana y la palabra de Dios nos advierte que “el pensamiento del necio es pecado” (Proverbios 24:9) y que “la necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él” (Proverbios 22:15).

Por su parte, el apóstol Pablo nos instruye así en 1 Corintios 13:11: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño”.

La conducta pueril en la edad adulta puede afectar la personalidad al punto de impedir la madurez y estorbar el crecimiento espiritual.

Creo que la mayoría de las mujeres recordamos algunas experiencias que tuvimos antes de nuestro llamamiento, y comprendemos que hemos aprendido lecciones valiosas y muy útiles para nosotras como mujeres cristianas. Yo he reflexionado sobre varias experiencias en mi vida y he comprendido que es así. Como este artículo trata de la personalidad, voy a relatar uno de estos incidentes. Mi esposo y yo conocíamos a una pareja dueña de una estación de gasolina y mini-mercado. Pasábamos por allí con frecuencia y nos hicimos amigos. Eran una pareja excelente, excepto que la esposa tenía una personalidad muy original pero un tanto peculiar y desmesurada. Uno de los problemas era que decía o hacía ciertas cosas para crear un ambiente incómodo. Yo estaba en compañía de ella más que mi esposo porque a veces, como favor, cuidaba a su hijita mientras ella trabajaba en el mini-mercado. En algunas ocasiones, cuando su esposo trabajaba hasta tarde y el mío estaba fuera de la ciudad, cenábamos juntas y llevábamos a nuestros hijos al autocine.

Una solución sensata

Sobra decir que fue difícil manejar los aspectos negativos de esa personalidad. Sin embargo, como fui criada en una familia donde reinaba la sensatez, decidí recurrir al sentido común. Cuando ella demostraba una conducta inaceptable, yo respondía de algún modo que diera vuelco a la situación y la convirtiera en una más positiva. Así pudimos disfrutar mucho más nuestra mutua compañía. Llegué a comprender que ella aparentemente carecía de entendimiento en ciertas cosas, por ejemplo, no comprendía que en las relaciones personales uno no puede excederse ni abusar del otro. 

Lecciones derivadas de la experiencia

Recordar experiencias del pasado y aprender de ellas ha sido de gran provecho para mí, especialmente desde que recibí el Espíritu Santo de Dios. Cuando vivíamos en Pasadena, California a comienzos de los años setenta, mi esposo solía invitar a otras parejas a cenar cuando nos quedaba algún tiempo libre. Él estudiaba en la Institución Ambassador de día y en Pasadena City College por la noche. Al mismo tiempo, era pastor de la congregación en Santa Ana, California. Cierta vez, llegaron invitados a cenar, y luego de algunos aperitivos nos sentamos a la mesa. Todo iba muy bien: la comida estaba deliciosa, el ambiente excelente y la conversación estimulante y agradable. Viendo lo bien que iban las cosas, me sentí muy contenta.

Después de la cena, pasamos a la sala a saborear unos chocolatines, beber una copa y continuar (eso creíamos) la amable conversación. Al poco tiempo, uno de los invitados procedió a monopolizar la conversación. Nadie más podía decir una palabra. Cada vez que alguien intentaba hacer un comentario o participar en la conversación, esa persona arremetía de nuevo, atrayendo la atención siempre sobre sí. Entonces todas las cabezas y todos los ojos tenían que volverse hacia él… una y otra y otra vez. Pensé que se me torcería el cuello, ya que así continuó el resto de la velada. Desde entonces grabé en mi mente que este tipo de comportamiento social no induce a repetir una invitación.

En una palabra, esta persona echó a perder lo que habría sido un final feliz de una velada muy agradable.

Los viejos hábitos se arraigan

A veces los defectos de personalidad son difíciles de reconocer en uno mismo, y como bien lo sabemos, los viejos hábitos con dificultad se desarraigan. Sin embargo, en nuestro esfuerzo por agradar a aquel Padre lleno de amor y bondad que tenemos en el Cielo, sí es posible a la larga eliminar defectos y mejorar nuestra personalidad individual de muchas las maneras. Y ciertamente vale la pena esforzarnos en esto a medida que vamos creciendo en el carácter santo, justo y recto, ¡recordando siempre que nos espera un futuro glorioso en el Reino de Dios!