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Cuando la Iglesia de Dios Universal cayó en la apostasía, muchas de las personas con las que crecí decidieron abandonar la verdad de Dios. En aquel entonces, me impactó profundamente el mandato divino: “Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida” (Deuteronomio 30:19). Me encontraba en el umbral de la maternidad y oraba constantemente para que Dios me ayudara a enseñar a que cuando llegara el momento de elegir entre la vida y la muerte, ellos pudieran tomar la decisión correcta.
Pero ¿cómo enseñamos a nuestros hijos a tomar la decisión de elegir la vida con conocimiento y sabiduría?
Aunque Dios instruye a los padres para que enseñen a sus hijos, recae una gran responsabilidad sobre las madres debido a la forma en que Dios diseñó la estructura familiar. Ciertamente, los padres deben enseñar a sus hijos las leyes de Dios y establecer normas en el hogar que ayuden a la familia a vivir conforme a ellas, pero dado que las madres generalmente pasan más tiempo en casa con los hijos, tenemos innumerables oportunidades para mostrarles las leyes de Dios en acción. Es importante que ambos padres demuestren a sus hijos que se apoyan mutuamente en sus decisiones. Si surge un desacuerdo, lo mejor es hablar en privado y resolver las diferencias con respeto. Ese ejemplo enseña mucho más que gritarse de un extremo a otro de la casa o pasar días enteros dirigiéndose apenas unas pocas palabras.
Todos fuimos criados por padres imperfectos. Quizás sus padres le dieron un «buen ejemplo de familia de la Iglesia», pero mostraron actitudes más carnales a puerta cerrada. Afortunadamente, usted puede procurar que la crianza de sus hijos sea diferente. Puede tomar decisiones que conduzcan a ayudar a que sus hijos puedan elegir la vida de una manera más fácil.
Como madres, la manera en que reaccionamos ante las circunstancias y las decisiones que tomamos moldean en gran medida la forma en que nuestros hijos entienden lo que significa vivir conforme al camino de Dios. Sin darnos cuenta, podemos hacer que ese camino parezca una carga si nos limitamos a decir: «No, no puedes jugar en un equipo de béisbol porque la mayoría de los partidos se juegan en el día de reposo». ¿Por qué presentar el camino de Dios como una sucesión de prohibiciones? Recuerden lo que Jesucristo dijo en Mateo 11:30: «Mi yugo es fácil y ligera mi carga».
Una madre amorosa y comprometida puede ayudar a sus hijos a comprender que las leyes de Dios no les privan de la alegría, sino que los protegen de las consecuencias de establecer prioridades equivocadas. Vivir conforme a los caminos de Dios es mejor que pertenecer a un equipo de béisbol, y eso no impide disfrutar de un partido informal de vez en cuando. Es mucho mejor que un niño llegue a la conclusión: «El camino de Dios es lo mejor para mí», en lugar de pensar: «Dios no me deja hacer lo que me gusta».
Hablando del día de reposo (el sábado), ¿es para nuestros hijos un día de verdadero deleite? ¿O es un día en el que mamá está demasiado ocupada estudiando para compartir tiempo con ellos, y en el que solo escuchan una lista de cosas que no pueden hacer? Las tradiciones familiares pueden convertir este día en una ocasión especial y distinta del resto de la semana. Lo que funciona para una familia quizás no funcione para otra. Algunas madres disfrutan preparando una comida especial para recibir el sábado, mientras que a otras una sencilla taza de sopa les resulta suficiente. Lo importante es que el comienzo del día de reposo marque una pausa en las actividades cotidianas y una oportunidad para centrar la atención en Dios y en Su forma de vida.
El día de reposo no debería ser un día en el que mamá permanezca absorta en sus estudios, sino uno en el que pueda salir al jardín a observar hormigas con su niño de tres años o preparar, sin prisas, un buen desayuno con su hijo de doce. También puede ser un día para compartir un almuerzo en un parque o recibir la visita de hermanos de la congregación. Son esos momentos los que crean recuerdos entrañables del sábado, en lugar de asociarlo únicamente con restricciones.
Cuando mis hijos aún eran pequeños y los juguetes tirados en el suelo los distraían de la tarea de vestirse para asistir a los servicios, quise motivarlos de una forma divertida. Coloqué un frasco lleno de chocolates sobre el piano y les propuse un reto: si lograban estar listos «antes que papá», cada uno recibiría un chocolate.
Aquello se convirtió en uno de nuestros recuerdos favoritos. Los niños reían mientras se arrastraban por el suelo como soldados para alcanzar los zapatos de vestir de su padre y lanzarlos por el pasillo con la esperanza de «retrasarlo». Al mismo tiempo, me suplicaban que les ayudara a anudarse la corbata porque «¡papá va a ganar!».
Más adelante, cuando viajábamos largas distancias para asistir a diferentes congregaciones, descubrimos una tienda de LEGO y otros juegos de construcción. Desde entonces, se convirtió en una tradición detenernos allí al terminar el día de reposo para que los niños disfrutaran mirando los juguetes, aunque no siempre compráramos algo.
Estas son solo algunas de las estrategias que funcionaron para nuestra familia. Cada hogar es diferente, pero todos podemos encontrar maneras de ayudar a nuestros hijos a ver el día de reposo como un regalo de Dios y un día que esperen con alegría.
Cuando se acercan las Fiestas Santas de primavera, muchas familias aprovechan para hacer una limpieza general de la casa al mismo tiempo que eliminan la levadura. Aunque esto puede ser práctico, debemos procurar que nuestros hijos no lleguen a asociar los Días de los Panes sin Levadura con una época de estrés, agotamiento o frustración.
Tenga cuidado de que los preparativos para los Días de los Panes sin Levadura no se vuelvan abrumadores ni consuman más tiempo del necesario. Recuerde lo que Dios realmente ordenó: «Haréis que no haya levadura en vuestras casas; porque cualquiera que comiere leudado desde el primer día hasta el séptimo, será cortado de Israel» (Éxodo 12:15). Observe que Él no dice que debamos revisar cada cajón o rincón de la casa en busca de levadura que pueda que no haya allí. Si no acostumbra a guardar galletas en un clóset, no hay razón de vaciarlo para «desleudarlo». Si un niño pequeño pudo haber llevado una galleta allí, bastará con pasar la aspiradora; no es necesario mover todos los muebles ni desordenar la habitación.
Los niños, incluso los más pequeños, pueden participar en la limpieza. Sin embargo, no necesitan sentir que mamá inspeccionará cada rincón con guante blanco para comprobar que no quedó ni una sola miga. Es mucho más motivador darle la aspiradora a un niño de siete años y decirle: «Muy bien, hoy vamos a desleudar tu habitación». Mientras sacan juntos los juguetes de debajo de la cama y limpian el cuarto, usted puede explicarle el significado de lo que están haciendo.
No debemos vivir con el temor de que se escape una miga, como si de ello dependiera nuestra obediencia a Dios. Mucho más importante es el autoexamen espiritual que realizamos para acercarnos a Él. Con los hijos mayores, podemos explicarles que es imposible eliminar toda la levadura física, pues las esporas de levadura están presentes en el aire. Esa realidad nos recuerda que tampoco podemos librarnos completamente del pecado por nuestras propias fuerzas; necesitamos la ayuda de Dios. Él nos mandó eliminar los alimentos leudados y los agentes leudantes, y eso es precisamente lo que hacemos, sin perder de vista que el propósito principal de esta temporada es el autoexamen.
Enseñe a sus hijos lo que Dios realmente ordena, sin hacer Su camino más difícil de lo necesario. Si desea realizar una limpieza profunda de la casa, quizá sea mejor reservarla para otra época del año. A medida que sus hijos crezcan, ayúdelos a distinguir entre una tradición familiar, como la limpieza general, y el mandato bíblico de eliminar la levadura. No añada cargas que Dios no ha impuesto; ayude a sus hijos a elegir la vida.
El mundo puede hacer que la Fiesta de los Tabernáculos represente un desafío para nuestros hijos. Conseguir permiso para ausentarse de la escuela y ponerse al día con las tareas suele ser una dificultad para quienes asisten a instituciones públicas o privadas pero la manera en que los animamos a afrontar esas responsabilidades puede dejar una huella duradera.
Permitir que hagan tareas durante los servicios podría transmitirles la idea de que las obligaciones escolares son más importantes que los mensajes de la Fiesta. En su lugar, procure reservar una o dos noches para el trabajo escolar, eligiendo momentos en los que no haya actividades programadas por la Iglesia.
Si la escuela lo permite, una alternativa aún mejor es dejar los libros en casa y asumir el reto de adelantar o recuperar las tareas antes o después de la Fiesta. De ese modo, sus hijos aprenderán que asistir a la Fiesta significa participar plenamente en ella. Es cierto que esto puede requerir un mayor esfuerzo antes de salir o al regresar a casa, pero vale la pena por los recuerdos que conservarán de haber vivido esos días sin distracciones. Además, aprenderán una valiosa lección: cuando ponemos a Dios en primer lugar, Él nos ayuda a enfrentar incluso los desafíos más difíciles, como recuperar en poco tiempo el trabajo escolar de toda una semana.
Si usted presta algún servicio durante la Fiesta, procure no descuidar el tiempo con su familia. Sus hijos no deberían recordar esos días como una época en la que mamá siempre estaba ocupada con el coro, papá con el sistema de sonido y los hermanos mayores cuidando constantemente de los menores. Más bien, ayúdeles a comprender que servir a Dios y a Su pueblo es un privilegio, y que Él ve y recompensa la fidelidad.
También procure señalar las bendiciones que Dios concede a su familia. Si es necesario, pídale que le ayude a identificarlas. Sea específica. Tal vez planearon una caminata y, aunque el pronóstico anunciaba lluvia, disfrutaron de un día soleado. O quizá una donación anónima permitió que toda la familia asistiera a la cena baile de la Fiesta. Aproveche esas ocasiones para recordarles que Dios cuida de quienes le sirven.
El camino de Dios no está exento de pruebas. Como madres, procuremos no hacer que ese camino parezca más difícil de lo que realmente es. Más bien, mostremos a nuestros hijos cómo la obediencia a Dios ha enriquecido nuestras vidas. Incluso cuando enfrentemos dificultades, podemos enseñarles que es posible afrontarlas con esperanza y gozo, confiando en que Dios nunca abandona a quienes le son fieles.
Es esencial enseñar a nuestros hijos a distinguir entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Llegará el día —quizá antes de lo que imaginamos— en que deberán tomar esa decisión por sí mismos. Preparémoslos desde ahora para que, con convicción y sabiduría, elijan la vida.