Siguiendo a Cristo en cualquier etapa de nuestra vida

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En el ajetreo de la vida cotidiana, pocas personas se toman el tiempo para considerar hacia dónde van o dónde han estado, hasta que algún problema grave en la vida las hace detenerse y las obliga a enfocarse, aunque sea brevemente, en el propósito de su vida.

Muchos no prestan la debida atención en dónde se encuentran en el camino de la vida hasta que se acercan a la "edad madura". Algunos se enfrentan a la edad madura (45-65) con calma y aplomo. Otros, al ver dónde están, se ponen ansiosos e incluso pueden entrar en pánico.

La vida se compone de etapas, y nuestras actividades y nuestra comprensión cambian en cada etapa. Hace siglos, el famoso dramaturgo William Shakespeare reflexionó sobre esto en su obra “As You Like It”. El poeta lo expresó de esta manera: "El mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meramente actores: tienen sus salidas y sus entradas; y un hombre en su tiempo puede tener varios roles” (Acto 2, Escena 7).

Todo es parte del plan de Dios para nosotros. De ser un niño pequeño, a un estudiante, a un adulto joven despreocupado, a un trabajador principiante, a un nuevo padre, y poco tiempo después, llegamos a la edad madura y, si todo sale bien, a la vejez. En cada etapa de la vida, aprendemos nuevas lecciones que son exclusivas de esa fase de nuestra existencia. A los 30 años entendemos cosas que no pudimos comprender a los 20 años. A los 40, vemos cosas que no percibimos a los 30. Y así sigue, a medida que envejecemos y maduramos.

El rey Salomón escribió sobre este proceso: "La gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez" (Proverbios 20:29). La fuerza física disminuirá con los años, pero debería ser compensada por nuestro crecimiento en sabiduría y entendimiento.

También leemos: "Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres" (Proverbios 17:6). Tener a su hijo en los brazos por primera vez es una experiencia transformadora para la mayoría de los padres. "Alégrense tu padre y tu madre, y gócese la que te dio a luz" (Proverbios 23:25). La mayoría de los padres le dirán que sus hijos les traen su mayor dolor y a la misma vez su mayor alegría.

Luego, llega nuestra salida del escenario. Aunque no nos gusta enfrentarlo, ni siquiera pensarlo, la muerte es una certeza para todos. Como Salomón escribió: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado" (Eclesiastés 3: 1–2). Por incómodo que sea pensar en esta realidad, para nosotros debería ser motivo de seria reflexión. El apóstol Pablo dejó en claro: "Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio" (Hebreos 9:27).

La sabiduría dicta que nos preparemos tanto física como espiritualmente para la muerte, sabiendo que nuestro juicio está por delante. La forma en que los cristianos vivamos, trabajemos y actuemos en esta vida ciertamente determinará no solo las bendiciones que disfrutamos ahora, sino también nuestra recompensa en el Reino de Dios.

No, la salvación no se gana. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Sin embargo, tenemos que hacer nuestra parte. Muchos se conmovieron por el poderoso mensaje del apóstol Pedro en el día de Pentecostés en el año 31 DC, cuando le preguntaron: "¿Qué haremos?" y su respuesta fue: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

Dondequiera que se encuentre en el escenario de la vida, nunca es demasiado tarde para comenzar a "interpretar de corazón el papel" de un cristiano.

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