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Hay una manera ética de utilizar la inteligencia artificial, y tres principios clave nos dan el fundamento.
Pregunta: La inteligencia artificial es muy cómoda, pero me preocupa un poco. ¿Cómo puede un discípulo de Jesucristo utilizar esta tecnología?
Respuesta: Aunque la IA es, y seguirá siendo, un implemento muy poderoso, es previsible que su uso indebido y muy extendido genere daños emocionales, psicológicos y culturales. Veamos tres límites personales para aprovechar correctamente las plataformas de IA.
Primero, no emplear la IA como guía espiritual. Acudir a ella con temas espirituales nos puede hacer caer pronto en confusiones y aun en idolatría. La IA puede dar respuestas instantáneas que parezcan espirituales y convincentes, respuestas que a veces aciertan en parte, y eso las hace especialmente engañosas.
Al ir confiando en esas respuestas, nuestras interacciones con la IA pueden hacerse más reales para nosotros que nuestra relación con Dios. Los seres humanos se han hecho dioses de madera y de hierro (Isaías 44:13-19), y la IA es mucho más poderosa y seductora que un bloque de madera o un trozo de metal. Al final de cuentas, Satanás es el “príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2), y hará todo lo que esté a su alcance para borrar la línea de separación entre inteligencia artificial y comprensión divina.
La IA puede servir de ayuda al investigar. Por ejemplo, podemos pedirle que haga una lista de versículos de la Biblia sobre determinado tema, que identifique dónde aparece cierta palabra hebrea o griega, o que produzca algún contexto histórico. Estos servicios generalmente están bien, pero debemos exigir que cite sus fuentes, a fin de verificar lo que dice y profundizar más por nuestra cuenta. Por el contrario, no hay que acudir a la IA en busca de conocimiento espiritual. Y debemos, igual que con todo recurso extrabíblico, evaluar lo que diga a la luz de la Palabra inspirada de Dios.
En segundo lugar, no buscar nunca en la IA respuestas de naturaleza emocional. No debemos revelarle nuestras emociones, angustias o inquietudes personales. Estos son temas que un discípulo de Jesucristo debe llevarle a Dios. Las Escrituras nos dicen: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6). Dios es el que da la sabiduría y nos ayuda en medio de las pruebas.
A la IA nada le importa, por muy humana que parezca, y por muy convincente que se escuche. En vez de abrirle el corazón a una máquina, hablemos con Dios sobre los problemas que tengamos en la vida, y quizá con nuestro cónyuge, padres, amigos de confianza o ministros. El apóstol Pablo dice: “¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” (1 Corintios 2:11).
La IA está diseñada para agradar, y para mantenernos interesados a fin de que pronto nos aficionemos a ella. Pero algo programado para agradarnos cueste lo que cueste terminará por decepcionar: “Fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece” (Proverbios 27:6). Un amigo o amiga leal, nos dice no solamente lo que deseamos oír, sino a veces lo que necesitamos oír.
“Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda” (Proverbios 25:28). Una forma de no terminar adictos a la IA es no confiarle jamás los detalles privados de nuestra vida y emociones.
Por último, no hay que dejar de usar el cerebro. Cuando queremos aprender algo, un resumen hecho con IA puede ser tentador. Esto puede ser aceptable si necesitamos solo un conocimiento superficial. Pero para temas que requieren una comprensión profunda, para ser justos con nosotros mismos, debemos estudiar, pensar y luchar con las ideas.
Utilizar la IA en forma indebida promueve la pereza mental, renunciando a nuestra facultad de pensar, confiando en una máquina. Quizá nos parezca eficiente, pero si no tenemos cuidado, terminaremos en el asiento del pasajero, mientras la tecnología piensa por nosotros. Debemos emplear activamente el cerebro, y hacer el esfuerzo por aprender: “El corazón del entendido adquiere sabiduría; y el oído de los sabios busca la ciencia” (Proverbios 18:15). Cuando nos neguemos a entregarle a la inteligencia artificial nuestra facultad de pensar, sentaremos las bases para desarrollar fuerza espiritual e intelectual duradera: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).
Para concluir, el empleo indebido de la IA traerá consecuencias graves, y muchas personas caerán inadvertidamente en sus tentaciones. Pero si establecemos límites personales claros, y los mantenemos, podremos evitar muchos de los problemas que la IA traerá al mundo. [MM]