¿Qué es la verdad?

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¿Es posible hallar la verdad por medio de la ciencia, la filosofía o el materialismo?¿Realmente existe la verdad absoluta? ¡Usted necesita saberlo!

Cuando Jesucristo fue sometido a juicio bajo cargos inventados, le dijo al gobernador romano Poncio Pilato: "Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz" (Juan 18:37). Pilato puso fin a la conversación con una pregunta que sigue resonando a lo largo de milenios: "¿Qué es la verdad?" (v. 38).

Los filósofos llevan siglos contemplando esta misma pregunta. Varias religiones la han hecho suya. Algunos científicos aseguran ser los únicos árbitros de la verdad. Pero la pregunta persiste: "¿Qué es la verdad?"

Pocas preguntas tienen la capacidad que tiene esta de poner a prueba nuestra comprensión del mundo, y pocas encierran la misma promesa de trastornar y transformar nuestra vida. En muchos sentidos, ¡es la pregunta de preguntas!

¿Hay manera de saber cómo es el mundo en realidad? ¿Qué es la verdad? ¿Cómo podemos descubrirla? ¿Cómo podemos saber lo que es fundamentalmente cierto y luego guiar nuestra vida por ello?

En un mundo donde imperan el relativismo moral y la "ética según la situación", hay quienes llegan a dudar incluso de la posibilidad de que haya algo absoluto en el mundo. ¿Es relativa toda verdad? ¿No hay nada que sea fundamentalmente verdadero o falso?

Cuando alguien argumenta que todas las verdades son relativas, es divertido hacerles una pregunta importante: "Bueno, pues, ¿será absolutamente verdad que no hay una verdad absoluta?" Si la afirmación es cierta, entonces es falsa… y si es falsa ¡tiene que ser cierta! ¡La afirmación de que toda verdad es relativa resulta totalmente sin sentido! No solo se refuta a sí misma, sino que nadie realmente la cree; ni siquiera los que la dicen.

De hecho, la verdad absoluta es muy real. ¡Existe! Pero, ¿dónde hallarla?

Dada la naturaleza de la pregunta "¿Qué es la verdad?", suena como algo del mundo de la filosofía. ¿Puede la filosofía humana darnos una fuente de verdad?

¿Saben los filósofos la verdad?

La historia ha visto un increíble desfile de intelectuales y pensadores cuyos nombres son familiares para casi todos. Si decimos la palabra "filósofo", llegan a la mente nombres como Aristóteles, Platón y Sócrates. También están los grandes pensadores occidentales, como Tomás de Aquino y René Descartes; además de los pensadores orientales como Confucio. À estos se suman incontables nombres menos conocidos pero que han dejado su huella en el pensamiento filosófico humano, como el gran persa Avicena y los filósofos de Grecia de nombre Zenón. Desde Kierkegaard y Kant hasta los filósofos más modernos como Whitehead, Fromm y Ayn Rand; muchas personas han ahondado en las preguntas de quiénes somos, por qué estamos aquí, cuál es el sentido y propósito de la vida, qué son el bien y el mal; y en el fondo: ¿qué es la verdad?

En el discurrir de los filósofos seculares de todos los tiempos, vemos que abundan la lógica y el análisis, lo cual es bueno, pero no vemos verdaderas respuestas. Muchos jóvenes se matriculan en cursos de filosofía en la universidad con la esperanza de resolver, por fin, las grandes incógnitas de la vida; pero luego descubren que las discusiones y debates entre los filósofos parecen generar ante todo ¡más discusiones y debates! Como escribió el rey Salomón, uno de los hombres más sabios que jamás han vivido: "Di mi corazón a inquirir y a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo; este penoso trabajo dio Dios a los hijos de los hombres, para que se ocupen en él. Miré todas las obras que se hacen debajo del Sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu" (Eclesiastés 1:13-14).

Ciertamente, el estudio de la filosofía puede traer beneficios. Dios es lógico y su Palabra estimula el razonamiento lógico. Pero sin bases comunes fundamentales, los debates filosóficos acerca de la naturaleza de la verdad llegan solo hasta cierto punto. Al final no producen sino más debates, con argumentos que nunca terminan, mientras las verdades fundamentales que necesitamos como cimiento de nuestra vida, nos eluden. Si buscamos la verdad, tendremos que buscar en otra parte.

¿Saben los científicos la verdad?

Tal parece que en la actualidad las ciencias naturales son el contendor popular por el título de "portador de la verdad". No hay duda de que las ciencias son un ejercicio poderoso. Nos han permitido determinar la composición química de estrellas y nebulosas, así como los períodos orbitales de planetas lejanos. Hemos podido sondear las profundidades del ámbito subatómico e identificar muchas de las leyes impresionantes que actúan tras bastidores en el mundo que nos rodea.

No obstante, para muchos científicos los conocimientos acerca de la creación implican que no hay Creador. Esto es como si los expertos en la Mona Lisa dijeran que por entender tan bien ese cuadro, están en capacidad de inferir que su autor, Leonardo da Vinci, ¡no existió!

Y no solo eso, sino que muchos científicos aseguran que la ciencia es el único medio para comprender las verdades que valen la pena. Vemos indicios de tal concepto en las obras de algunos científicos ateos, como el biólogo Richard Dawkins, el físico Lawrence Krauss y el neurobiólogo Sam Harris. En su libro: El panorama moral, Harris pretende incluso reducir la moralidad absoluta a términos puramente científicos, conocimiento y experimentación.

Tales esfuerzos por hacer de las ciencias la fuente y el juez último de la verdad están destinados desde el comienzo a fracasar. Es así por muchos motivos. Primero, la ciencia, al final de cuentas, es una empresa humana expuesta a las trampas usuales de la soberbia, la política y los prejuicios. El biólogo evolucionista Austin Hughes escribió: "El alto grado de confianza depositada en los grupos de financiación y de revisión parecería inapropiado para cualquiera que ha estado en estos grupos y ha visto en qué medida las nociones preconcebidas, las revanchas personales y factores parecidos pueden torpedear aun las mejores propuestas".

Las teorías científicas naturalmente nunca son, ni deben ser, simples planteamientos de los hechos. Son interpretaciones de los hechos, y como toda interpretación, están siempre sujetas a la influencia de las suposiciones y al punto de vista de los propios científicos. À menudo, estos chocan entre sí enardecidamente por sus interpretaciones, aunque rara vez se observe en los programas de televisión para el público.

La práctica de la ciencia en sí descansa sobre principios de lógica y matemáticas, y sobre suposiciones metafísicas que en sí no se pueden comprobar científicamente. Incluso, la afirmación de que la ciencia debe ser el árbitro final de la verdad, ¡tampoco se puede probar científicamente! Quienes la creen, la creen como artículo de fe metafísica y no como una "verdad científica".

En lo que concierne a la moral, la ciencia es impotente para definir lo que es realmente bueno o malo. Ningún experimento nos puede decir, por ejemplo, si el Holocausto realmente fue malo, o si el asesinato y la violación carnal son malos o buenos.

La ciencia nos ha dado una comprensión increíble sobre cómo funcionan muchos aspectos de nuestro mundo, pero si empezamos a mirarla como la única "fuente" de la verdad, resulta que es una fuente pobre. Las verdades matemáticas, las verdades estéticas, las verdades acerca de nuestro propósito y el significado de nuestra vida, incluso las verdades morales más fundamentales y los conceptos más básicos del bien y del mal: nada de esto es accesible por medio del microscopio del biólogo ni el telescopio del astrónomo.

Es evidente que para hallar la respuesta a la pregunta "¿Qué es la verdad?", tendremos que buscar en otra parte.

¿Está la verdad en las matemáticas?

Si buscamos las verdades definitivas, las fundamentales e inequívocas, ¿por qué no pensar en las matemáticas? Las leyes abstractas de las matemáticas van mucho más allá de las leyes de la física y la química, que vemos en el resto de la ciencia. La verdad fundamental es que 1 + 1 = 2 no está realmente abierto a la "interpretación" ni es vulnerable a los caprichos o modas del mundo académico en un momento dado. Los teoremas y pruebas de la geometría de Euclides, o los postulados y principios del álgebra, ni siquiera dependen del Universo que habitamos. Y dados sus axiomas y supuestos de base, ¡esos postulados serían verdad en cualquier universo! El rigor absoluto de las matemáticas y su visión rigurosa de la verificación y la verdad son factores que atraen a los estudiosos de esta "reina y sierva de las ciencias". Muchos matemáticos se han preguntado cuál será el alcance último de las matemáticas y si esta disciplina acaso sea la clave para descifrar la incógnita esencial de la verdad para todos los tiempos.

Wilhelm Gottfried Leibniz fue un matemático del siglo 17 que, junto con el gran Isaac Newton, descubrió las matemáticas del cálculo. Como hombre de una lógica estupenda, creía que toda la vida era inherentemente lógica y que si pudiéramos codificar todos nuestros pensamientos sobre papel en símbolos de tipo matemático, descubriríamos las reglas "matemáticas" que conducen a la verdad. En su tratado: El arte del descubrimiento, publicado en 1685, escribió: "La única forma de rectificar nuestros razonamientos es hacerlos tan tangibles como los de un matemático, de tal modo que podamos hallar nuestros errores con una mirada, y cuando haya desacuerdos entre las personas, bastará con decir: ‘Hagamos el cálculo, sin más, para ver quién tiene la razón’".

Leibniz no fue el único que se extendió poéticamente en el tema del supuesto poder del razonamiento simbólico matemático. Las mismas motivaciones inspiraron al famoso North Whitehead y a Bertrand Russell, para crear una obra que es hito de la lógica matemática: Los principios matemáticos. Su deseo era sentar un fundamento lógico que permitiera comprobar todas las matemáticas. Llegó a tal profundidad sentando unas bases tan firmes, que en su primera edición el simple planteamiento "1 + 1 = 2" ¡no aparece hasta la página 379!

La idea de sistemas de razonamiento simbólico que logran derivar la verdad tal como se deriva un cálculo matemático ¡fue seductora para muchos! Pero era una fantasía. En la década de 1930, el matemático Kurt Gödel dejó caer el equivalente de una bomba nuclear lógica. Los detalles de su obra son abstractos y difíciles de comprender sin una preparación en matemáticas, pero, en esencia, lo que Gödel demostró matemáticamente es ¡que no todas las verdades se pueden comprobar matemáticamente! Más aún, demostró que ni siquiera todas las verdades puramente matemáticas se pueden comprobar matemáticamente.

La idea de un conjunto perfecto y simbólico de axiomas y teoremas que descifraran todas las verdades quedó, por así decirlo, muerta. Para los que buscan una fuente última de verdad, las matemáticas son un puerto de escala fascinante y animado, pero no el destino final del viaje.

En todos estos esfuerzos, vemos las mentes más brillantes empeñadas en definir la "verdad" y, al final, fracasar rotundamente. Pregúntele a un filósofo o a un científico cuál es el propósito de la vida o el valor de la existencia, y probablemente recibirá diversas respuestas basadas en diversas teorías y diversas necedades.

En lo que respecta al sentido, valor y propósito de la vida y la existencia; y en lo que respecta a las bases fundamentales de la moral: los filósofos están confundidos, los científicos tienen las manos vacías, y los matemáticos guardan silencio.

¡Verdad revelada!

Ante todo esto hay que preguntarse si un Dios de amor, el Creador de toda la humanidad, dejaría a su creación sin base alguna para comprender, sin alguna guía, alguna norma de la verdad. ¿Acaso nos crearía para luego abandonarnos a tropezar en la oscuridad sin respuestas, sin base alguna para determinar qué es lo bueno y correcto y qué es lo malo? ¿Acaso nos haría para luego dejarnos sin la menor esperanza de comprender por qué nos creó?

Si el hombre necesita saber qué es verdad pero no puede descubrirlo plenamente por su cuenta, entonces un Dios de amor tendría que dejarnos, sin duda, alguna constancia, alguna guía para saber la verdad. Es así como en la revelación del Dios Todopoderoso y Eterno, que es la Biblia, encontramos la verdad.

Consideremos lo que la Biblia dice sobre su propia naturaleza y contenido. La víspera de la crucifixión, cuando Jesús sería traicionado y juzgado, elevó una oración a su Padre en el Cielo en presencia de sus discípulos. En esa oración, hizo una petición sencilla y una hermosa afirmación: "Santifícalos en tu verdad. Tu palabra es verdad" (Juan 17:17). Aquí, Jesucristo estaba reflejando el concepto expresado en el Antiguo Testamento: "Cercano estás tú, oh Eterno, y todos tus mandamientos son verdad" (Salmos 119:151).

La verdad que se encuentra en la Palabra de Dios no es algo que se ha de aceptar solo por el testimonio de la misma Biblia, ¡sino que debe probarse! Como escribió el apóstol Pablo: "Examinadlo todo; retened lo bueno" (1 Tesalonicenses 5:21).

Pese a sus críticos, que son muchos, y pese a sus detractores, que son apasionados; las Escrituras han sobrevivido durante siglos como fuente sólida, práctica y confiable de sabiduría y conocimiento, ¡de la verdad! Continúa vigente a raíz de descubrimientos históricos e investigaciones científicas. ¡Continúa demostrando su eficacia en la vida de quienes se atreven a vivir por sus palabras! Aunque han surgido ataques y desprecios generación tras generación, esos atacantes viven y mueren, mientras que las palabras de la Biblia y el poder de sus verdades perduran; transformando vidas, estableciendo familias, guiando a los que necesitan guía y respondiendo a las preguntas sobre el sentido y propósito de la vida ¡con una autoridad y un poder que ninguna otra fuente en el mundo ha podido igualar jamás!

El papel de la Palabra de Dios como fuente última de la verdad, de una verdad que solamente puede venir del propio Creador Todopoderoso, no es uno que se deba aceptar sencillamente por los argumento de algún filósofo ni los experimentos de un científico ni los cálculos de un matemático. Dios mismo valida su Palabra en la vida de quienes permiten que Él actúe en ellos para entender sus verdades, y quienes se comprometan a andar por los caminos que ella ilumina. Quienes estén dispuestos a dedicarse al Dios trascendental de la Biblia no solamente hallarán respuesta a la pregunta: "¿Qué es la verdad?", sino que hallan también a un Guía y Compañero personal y lleno de amor que los ayuda a vivir esa verdad para siempre.

Es la verdad más grande que se pueda esperar.

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