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La mayor parte de las personas andan por la vida muy satisfechas con sus ideas y creencias ¡que nunca han comprobado! Quizás esto no sea muy peligroso cuando se trata de opiniones sobre equipos deportivos, quién fue el político más importante del mundo, cuál es la actriz más bonita o cosas por el estilo.


Pero cuando se trata de la vida eterna, cuando se trata del propósito de la existencia humana, entonces más vale que estemos absolutamente seguros de lo que pensamos. Más vale que probemos, sin lugar a dudas, aquello que creemos.

Recuerdo bien mi niñez en el pueblo donde nací. Mi familia era como muchas otras. La conformábamos mi padre, mi madre, mis dos hermanas, y yo. Yo era el mayor. Íbamos a una de las iglesias "tradicionales" más grandes y respetadas. Mis padres eran graduados de una pequeña universidad patrocinada por nuestra iglesia. Eran muy dedicados a la iglesia aunque sin estridencias ni fanatismo.

Entre mis primeros recuerdos están las celebraciones navideñas. Nos decían que papá Noel bajaría a escondidas por la chimenea trayendo regalos en la noche buena. Era una temporada de emociones: muchos regalos, una gran comida en familia ¡y "descanso" de los estudios!

Luego aprendimos que el "conejo de la pascua" pondría huevos y que nosotros debíamos buscarlos por toda la casa el domingo de Pascua. Más tarde, nos dijeron que Cristo resucitó de la muerte en el día de la Pascua, pero no era aquello lo que más nos interesaba.

En las clases de la escuela dominical dibujábamos mapas de la Tierra Santa y aprendimos de memoria el "Padre Nuestro", así como algunos pasajes sentimentales de las Escrituras. Pero cuanto nos hacían recitar el Padre Nuestro, jamás nos explicaban lo que realmente significa "venga tu Reino" ni el importantísimo sentido de la frase: "Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo".

Lo que sí nos enseñaban era que si en general "nos portábamos bien", entonces iríamos al Cielo al morir. Sobra decir que la clara afirmación bíblica: "ninguno subió al Cielo" (Juan 3:13) jamás se mencionaba. Y de ninguna manera se comentaban las decenas de pasajes que describen claramente la meta del cristiano: ayudarle a Cristo a gobernar en la Tierra; pasajes como 1 Corintios 6:2-3: "¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?"

La amable ancianita que nos impartía educación religiosa los domingos nos dijo muchas veces, como nos lo dijeron otros más tarde, que Jesús enseñaba en parábolas para aclarar el significado de lo que decía. Tal parece que esta dulce señora, como centenares de pastores y maestros, desconocía la explicación dada por el propio Jesús de por qué hablaba en parábolas. "A vosotros os es dado saber el misterio del Reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y NO entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados" (Marcos 4:11-12).

En este punto, alguno protestará: "¿Acaso Jesús no estaba tratando de salvar a todo el mundo?"

No, por extraño que parezca. Él mismo dijo: "ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero" (Juan 6:44). Luego, para reiterar, Jesús repitió aquella extraña afirmación: "Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre" (v. 65).

Por eso, amigos míos, es que la mayoría de las personas en la Tierra no han sido nunca, ni son ahora, cristianas de ningún tipo. Solamente la tercera parte, aproximadamente, de los habitantes de la Tierra profesan el nombre de Jesucristo, y el apóstol Pedro dijo: "No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4:12).

Si usted está dispuesto a aceptar las palabras claras de la Biblia, entonces comprenderá que la gran mayoríade las personas no son verdaderamente "cristianas" porel simple hecho de profesar el "nombre" de Jesucristo.La mayor parte de las religiones tradicionales ¡han hechoprecisamente esto! En todo momento anexan elnombre de Jesús a toda suerte de ideas y creenciasajenas a la Biblia. Sin embargo, Jesús dijo: "¿Por quéme llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?"(Lucas 6:46). Luego, redujo aún más el número al decir,con igual claridad: "No todo el que me dice: Señor, Señor,entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace lavoluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos medirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tunombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y entu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces lesdeclararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedoresde maldad" (Mateo 7:21-23).

¿Se ha puesto usted, con sinceridad y objetividad, a comprobar lo que Jesucristo realmente enseño? ¿Está dispuesto a actuar conforme a lo que ha comprobado una vez que lo tenga claro en la mente? Ô bien, ¿es usted como la mayoría de las personas, que temen aceptar la verdad porque puede afectar sus relaciones familiares, sus amistades, su trabajo o su "posición social"? ¿Es usted, quizá sin darse cuenta, algo parecido a los fariseos de los tiempos de Jesús? "Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios" (Juan 12:43).

Sé que muchos que leen esto son ministros o líderes religiosos de algún tipo. Es importante para su vida eterna, y para todos nosotros, que se comprendan las palabras y experiencias del ministro que voy a citar, quien afrontó un dilema similar y tuvo que preguntarse si estaba dispuesto a sostener la verdad, afectara o no su condición profesional o social. En el primer volumen de su Autobiografía, página 528, Herbert W. Armstrong escribió:

"Sé de evangelistas que probablemente son sinceros al suponer que sirven a Dios, y que desearían ser libres para proclamar muchas verdades que ahora entienden. Razonan más o menos así: ‘Si sigo más allá y predico esas cosas, perdería todo el apoyo que tengo. Quedaría totalmente apartado del ministerio. Entonces no podría predicar nada. Más vale servir a Dios predicando toda la verdad bíblica que me sea posible, que verme impedido para predicar del todo’.

Estos están confiando en el apoyo económico de hombres o de organizaciones de hombres. El que se encuentre en tal situación es siervo de hombres y no de Dios, aunque no se percate de ello.

Cierto individuo salió a mi encuentro un día en el camino de piedra que llevaba de la escuela Firbutte a la escuela Jeans, en el otoño de 1933. ‘Usted no llegará lejos’, dijo. ‘Está predicando la verdad directamente de la Biblia. Eso ofende a la gente. La Biblia es como una espada de doble filo: reprueba, corrige, reprocha… ¡La gente no soporta una predicación así! Usted no llegará lejos’.

Pero yo no confiaba en el apoyo de la gente. Si me pagara la gente, yo tendría que servir a la gente. Si pretendía servir a Dios, ¡tenía que buscar mi apoyo solamente en Él!

Naturalmente, Dios sí opera por medio de instrumentos humanos. Pero yo tenía que confiar en que Dios tocaría el corazón de la gente para que apoyaran el tipo de predicación que cumple Isaías 58:1 clamando a voz en cuello, levantando la voz ¡y mostrándole a la gente sus pecados!"

Cada uno de nosotros, allá en lo más profundo, tiene que comprobar lo que cree. Porque la Palabra de Dios nos dice y repite que Satanás, el diablo, "engaña al mundo entero" (Apocalipsis12:9); que pronto Satanás quedará restringido "para que no [engañe] más a las naciones" (Apocalipsis 20:3); que Satanás es el "dios" de esta era actual y ha encequecido a los que no creen (2 Corintios 4:4); y que Satanás tiene sus falsos ministros quienes presentarán a "otro Jesús", a "otro espíritu" y "otro evangelio" (2 Corintios 11:4).

Cuando se trata de la vida eterna, nosotros tenemos que estar seguros. Por tanto, debemos clamar a Diospidiendo comprensión auténtica de las cosas. Luego,debemos estar dispuestos a seguir la verdad, lleveadonde lleve. Con la ayuda de Dios, cada uno de nosotrosejercerá la verdadera fe y la valentía que necesitapara actuar en consecuencia.

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