¿Por qué nunca se ha logrado la utopía?

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¿Habrá paz algún día en la Tierra? ¿Qué significará para usted? ¿Quisiera usted vivir en un mundo mejor? ¿Un mundo rebosante de paz, equidad, felicidad y prosperidad para todo hombre, mujer y niño? La mayoría de nosotros dirá que sí. Entonces ¿por qué parece tan lejana la posibilidad de un mundo así? Los filósofos llevan miles de años debatiendo el cómo y el porqué de un mundo perfecto. ¿Cómo sería? ¿Cómo se haría realidad? À pesar de la abundancia de ideas y esfuerzos, los seres humanos no han logrado crear un mundo perfecto. ¿Por qué razón? ¿Es acaso un sueño inalcanzable? ¿Es la utopía siquiera posible?


El término "utopía" para describir un mundo perfecto se le debe a Tomás Moro. En 1518, Moro escribió una novela en la cual retrataba una sociedad nueva y fantástica, libre de problemas. Ubicó esta sociedad aparentemente perfecta en una isla y le dio el nombre de "Utopía". Desde entonces, "utopía" se ha convertido en un término que significa algo maravilloso pero irrealizable.

Pero, ¿sabía usted que utopía significa literalmente "ningún lugar?" El griego ou significa "no" y topos significa "lugar". Tomás Moro, desde luego, sabía que el lugar del cual escribía era solo imaginario. En efecto "no hay lugar" en la Tierra donde los seres humanos vivan todos en armonía, con paz verdadera, sin preocupaciones, tensiones ni penas. Lo que vemos, dondequiera que miremos, son problemas: crímenes, hambre, enfermedades, guerra, corrupción.

Realmente, la utopía no existe en la Tierra. ¿Por qué razón? ¿Acaso porque nos falta instrucción? Jeremy Bentham y Santiago Mill, filósofos británicos del siglo 18, pensaban que "dada la educación universal, todos los problemas sociales serios estarían resueltos para el final del siglo". ¿Se habían resuelto todos los problemas sociales hacia 1800? ¡Claro que no!

En el siglo 19, el filósofo ruso Mikhail Bakunin rechazó la idea de la ley divina. "La primera rebelión es contra la tiranía suprema de la teología, fantasma de Dios. Mientras tengamos un amo en el Cielo, seremos esclavos en la Tierra" (Pleasures of Philosophy [Placeres de la filosofía] Will Durant, pág. 279). Bakunin veía un mundo donde, gracias a la educación, la necesidad de Dios y del Estado quedaría relegada al pasado. "Bakunin… predijo que la educación se extendería tan rápidamente que para 1900 el Estado sería innecesario y los hombres obedecerían únicamente las leyes de la naturaleza" (ibídem).

Pero el tiempo desmintió a Bakunin, como antes a Bentham y a Mill. El siglo 20 tampoco trajo la utopía. Es más, las dos guerras más terribles de la historia humana se libraron en la primera mitad de ese siglo. En la Primera Guerra Mundial llegó a vestir uniforme uno de cada siete varones adultos del mundo: más de 50 millones de seres humanos. Trece millones murieron en la lucha. La Segunda Guerra Mundial fue aún más devastadora. En la Primera Guerra Mundial solo el 5 por ciento de los muertos eran civiles, pero en la Segunda Guerra Mundial la mitad de las bajas fueron de civiles no combatientes. Con 50 países envueltos en el conflicto, la Segunda Guerra Mundial ciertamente fue una guerra mundial. Estados Unidos, para mencionar solo un país, envió más de 16 millones de hombres a la guerra, y se calcula que el número de muertos en el mundo llegó a 60 millones. Fue, en verdad, "el conflicto más sangriento así como la guerra más grande de la historia…" (Segunda Guerra Mundial, Encyclopaedia Britannica, Ed. 15).

El tiempo no nos ha acercado a la utopía. ¿Será que necesitamos más tiempo? Si se le da suficiente tiempo, la humanidad logrará entender y encontrar la manera de forjar una sociedad perfecta, ¿no es así? Esto es lo que pensaba el marqués de Condorcet, filósofo francés, cuando dijo en 1793: "No se han fijado límites a la superación de las facultades humanas, la capacidad del hombre de perfeccionarse es absolutamente infinita; el avance de tal perfeccionamiento… no tiene otro límite que la duración del globo sobre el cual nos ha colocado la naturaleza" (Durant, pág. 243).

¿Concuerda lo anterior con las enseñanzas de la historia? Ô bien, si analizamos los anales de la humanidad ¿no es de prever, más bien, que la pobreza, la enfermedad, la corrupción y la guerra se tornarán más mortíferas si el hombre sigue como va por sus propios esfuerzos?

¿Qué resultados traerán los esfuerzos del hombre?

La profecía bíblica prevé una guerra tan devastadora que hará palidecer a las dos guerras mundiales: "El sexto ángel tocó la trompeta, y oí una voz de entre los cuatro cuernos del altar de oro que estaba delante de Dios, diciendo al sexto ángel que tenía la trompeta: Desata a los cuatro ángeles que están atados junto al gran río Éufrates…Y el número de los ejércitos de los jinetes era doscientos millones. Yo oí su número" (Apocalipsis 9:13–16).

Dicho ejército descenderá sobre el Oriente Medio desde el Este, y su acción culminará con una batalla decisiva por el control de todo el mundo. ¿Cuál será el desenlace? "Vi en visión los caballos y a sus jinetes, los cuales tenían corazas de fuego, de zafiro y de azufre. Y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones; y de su boca salían fuego, humo y azufre. Por estas tres plagas fue muerta la tercera parte de los hombres; por el fuego, el humo y el azufre que salían de su boca" (vs. 17-18).

Las Sagradas Escrituras indican claramente que el rumbo de la humanidad sin guía será el caos, la destrucción y la muerte. El hombre no conoce el camino de la paz, sino que su obra culminante, al final de la era moderna, será llegar al punto de borrar toda la vida humana de la faz de la Tierra. Solo la gracia y la misericordia de Dios impedirán que la humanidad llegue a la aniquilación total.

Veamos lo que dijo Jesucristo sobre los tiempos del fin: "Ese día la gente sufrirá muchísimo. Nunca, desde que Dios creó al mundo hasta ahora, la gente ha sufrido tanto como sufrirá ese día; y jamás volverá a sufrir así. Dios ama a quienes Él ha elegido, y por eso el tiempo de sufrimiento no será muy largo. Si no fuera así, todos morirían" (Mateo 24:21–22, TLA).

Sí, para salvarnos de una segura aniquilación total de la vida, ¡Jesucristo regresará a la Tierra, donde va a intervenir de un modo poderoso y decisivo!

¿Qué se necesitará para que la Tierra conozca una verdadera utopía? ¿Cuál es el ingrediente que falta en nuestra búsqueda de un mundo nuevo y mejor? Veamos lo que escribió el apóstol Juan sobre la condición humana hacia finales de esta era: "Los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar, y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos" (Apocalipsis 9:20-21).

Juan describe nuestro mundo de pecado, donde miles de millones quebrantan constantemente los diez mandamientos dados por Dios a la humanidad para regir la sociedad y enseñarnos el amor por el prójimo y el amor a Dios. Sí, este es el ingrediente que falta: el acatamiento a la ley de Dios. Miles de millones de seres creen que pueden alcanzar la felicidad librándose de la ley, especialmente de la divina. Pero Dios dice todo lo contrario. Desde tiempo antiguo el rey David lo sabía y escribió estas inspiradoras palabras en los Salmos: "Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la ley del Eterno" (Salmo 119:1). "Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad" (v. 35). "Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo" (v. 165).

David conocía las bendiciones de la ley de Dios. No pensaba que "libertad" significara libertad para asesinar a otro o para robarle sus bienes. Hoy, muchos tienen la falsa idea de que la ley trae dolores de cabeza y que la libertad irrestricta trae felicidad absoluta. Sin embargo, Dios revela que su ley trae verdadera libertad. Incluso, el apóstol Santiago señala a los diez mandamientos como "la ley de la libertad" (Santiago 1:25; 2:12).

La ley de Dios también se llama la "ley real", es decir, la ley del Rey: "Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis" (Santiago 2:8). Cuando Santiago habló de la ley de Dios como la "ley real", se estaba refiriendo a los diez mandamientos. Por si hubiera alguna duda, nombra dos de ellos: "El que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho trasgresor de la ley" (v. 11).

Jesucristo vino para "cumplir" la ley, no para destruirla (Mateo 5:17). Cristo, siendo el propio Dios, el que dictó los diez mandamientos en el monte Sinaí, les mostró a sus apóstoles y seguidores cuál es la aplicación completa y espiritual de aquella ley de amor por medio de su ejemplo.

Muchos que se dicen cristianos piensan equivocadamente que, al destacar el amor, Jesús estaba eliminando la ley de Dios. Veamos, sin embargo, qué era el "amor" para los apóstoles. "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por Él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos" (1 Juan 5:1-2). Efectivamente, en la medida en que amemos a Dios, lo obedeceremos, lo cual significa guardar sus mandamientos. Observemos también el siguiente versículo: "Este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos" (v. 3).

¿La ley de Dios, o de los hombres?

Aun los filósofos de este mundo suelen reconocer que una sociedad perfecta estaría regida por leyes. El desacuerdo prevalece sobre cuáles han de ser esas leyes. El filósofo inglés Bertrand Russell resumió así lo que el filósofo griego Platón consideró como sociedad ideal: "Platón procede a aplicar su comunismo a la familia. Los amigos, dice, deben tenerlo todo en común, incluidas las mujeres y los niños. Reconoce que esto presenta dificultades pero no las considera insuperables… El matrimonio, tal como lo conocemos, sufrirá una transformación radical… [‘Estas mujeres serán, sin excepción, esposas en común de estos varones y nadie tendrá su propia esposa’]" (A History of Western Philosophy [Historia de la filosofía occidental] pág. 108).

¿Y los hijos? Esto es lo que Platón imaginó: "Todos los niños serán retirados de sus padres al nacer y se tendrá gran cuidado de que ningún padre sepa quienes son sus hijos y ningún hijo sepa quiénes son sus padres… Como nadie sabe quiénes son sus padres, ha de decirle ‘padre’ a todo aquel que por su edad pudiera serlo, e igualmente en lo que atañe a ‘madre’, ‘hermano’ y ‘hermana’… Las madres tendrán entre veinte y cuarenta años, los padres entre veinticinco y cincuenta y cinco. Fuera de estas edades, el trato carnal será libre pero… serán obligatorios el aborto o el infanticidio" (ibídem).

Esto es lo que Platón veía como el pináculo de la sociedad pacífica y feliz. ¿Suena acaso como un mundo ideal? ¿Algo que generaría relaciones sanas y estables? ¿Forjaría confianza, amistad y realización personal? ¿Propiciaría familias unidas y amorosas? ¡De ninguna manera!

No obstante, y es triste constatarlo, en cierta forma la sociedad moderna se ha acercado más al ideal de Platón que al ideal de Dios.

El matrimonio tradicional se encuentra bajo ataque por unos que lo consideran innecesario y por otros que se empeñan en redefinirlo de un modo sin precedentes. Millones de niños, nacidos fuera del vínculo matrimonial, no conocen a su padre. ¿Por qué será que esta modalidad fracasa inevitablemente? Dios dio la sencilla respuesta en su ley: "No cometerás adulterio" (Éxodo 20:14).

Dios diseñó la sociedad; Él sabe que la base de la sociedad es la familia y que al destruir la familia, se destruye la sociedad. El Creador nos instruye de esta manera: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la Tierra que el Eterno tu Dios te da" (Éxodo 20:12). Una sociedad donde los hijos no honren a sus padres se descompone rápidamente. Y una sociedad donde los padres puedan asesinar legalmente a sus hijos por nacer está muy lejos de ser una utopía.

¿Acaso los millones y millones de niños abortados en el mundo han conocido la utopía?

Ciertamente la sociedad occidental moderna se acerca más y más al "ideal" platónico. Pero, ¿adónde nos ha llevado eso? ¿Más realización personal? ¿Más alegría? O, por el contrario, ¿ha traído lamentación, penas y dolor del alma?

Aun en el ámbito de la política nos acercamos más y más a lo descrito por Platón. Leamos lo que enseñó sobre la importancia de la mentira: "Mentir, explícitamente afirma Platón, ha de ser prerrogativa del gobierno. Ha de haber ‘una mentira gubernamental’, la cual Platónespera que engañe a los gobernantes, y finalmente al resto de la ciudad. Esta ‘mentira’ se plantea con bastante detalle… Su parte más importante es el dogma de que Dios ha creado a los hombres de tres tipos: los mejores, hechos de oro; los segundos, de plata y la manada del común, de hierro y bronce. Los de oro son aptos para guardianes, los de plata deben ser soldados, los demás deben realizar el trabajo manual… Se considera poco probable lograr que la generación actual crea tal mito, pero se puede educar a la generación siguiente, y a las subsiguientes, para que no lo duden" (Russell, pág. 108).

Platón enseñaba que el gobierno tenía el derecho y aun la responsabilidad de mentir a sus ciudadanos. ¿Cómo suena eso hoy, en nuestro mundo donde tantos gobiernos han caído en la mentira? ¿Acaso han generado esas mentiras alguna utopía? La mentira es una plaga en la sociedad moderna. ¿Cómo se siente usted cuando se entera de que alguien le ha mentido? ¿Más unido a la persona? Ô por el contrario, ¿se siente herido, traicionado, decepcionado?

Dios no engaña, y manda que su pueblo no practique el camino del engaño. El noveno mandamiento nos exhorta claramente: "No hablarás contra tu prójimo falso testimonio" (Éxodo 20:16).

La utopía y usted

¿Ha sido usted víctima en su propia vida, de aquel mito según el cual la ley divina es dura, desagradable y restrictiva? Ô bien, ¿está dispuesto a probar esa ley para ver si funciona tal como Dios dice? Cuando Jesucristo regrese a la Tierra como Rey de reyes y Señor de señores, será maestro y ejemplo de la ley divina. Pero desde ahora, los cristianos pueden recibir las bendiciones y los beneficios de esa ley si la aplican en su propia vida.

¿Cómo será el mundo cuando Jesucristo lo rija con su ley? Veamos lo que nos dice Isaías: "Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa del Eterno como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte del Eterno, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno" (Isaías 2:2-3).

Esta no es una fantasía ni una alegoría. Jerusalén será la sede del Reino de Dios, y desde allí Jesucristo gobernará la Tierra, basado en el sólido fundamento de la ley divina. Entonces el mundo conocerá una paz sin precedentes. Se acabarán las guerras: Dios "juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra" (v. 4).

Entonces el mundo sí estará en paz.: "Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte" (Isaías 11:6–9).

Ese mundo se acerca. No es un simple sueño. Los seres humanos, que durante años han querido forjar una utopía por su cuenta, encontrarán bajo el gobierno de Dios aquella paz y prosperidad que nunca alcanzaron por su cuenta. ¿Por qué será posible al fin? Porque "la Tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar" (v. 9). Todos esperamos ese día. Pero podemos comenzar a llevar esa vida desde ahora, y entonces recibir las bendiciones que el resto de la humanidad probará por fin en el mundo de mañana.

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