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No he realizado una encuesta científica, pero mi observación personal me lleva a creer que las mujeres experimentan más «altibajos» en sus relaciones personales que los hombres. Puede que esto suene sexista, pero existen razones reales por las que podría ser cierto. Podemos coincidir en que hombres y mujeres somos físicamente diferentes. Sin embargo, la ciencia también ha demostrado que nuestros cerebros «funcionan» de distinta manera, lo que nos hace diferentes psicológica y emocionalmente.
Por supuesto, hay excepciones, pero las mujeres tienden a guiarse más por la intuición y las emociones que los hombres al tomar decisiones e interactuar con los demás. Dios nos ha dado a las mujeres una profunda capacidad para amar y para expresar ese amor mediante una preocupación genuina por el bienestar de los demás. Valoramos enormemente a nuestras amistades y las llevamos muy cerca del corazón. Nos esforzamos por ser esa amiga que es más cercana que un hermano o una hermana (Proverbios 18:24), lo cual a menudo conduce a profundas heridas emocionales si las cosas salen mal; y, a veces, las cosas salen mal.
¿Cómo reaccionamos cuando alguien a quien apreciamos dice o hace algo que nos hiere profundamente? A menudo, nuestra primera reacción es protegernos. Queremos alejarnos de esa persona y evitar a toda costa volver a encontrarnos en una situación que le permita a esa persona hacernos daño nuevamente. Si bien esto puede resultar práctico a corto plazo, obviamente no es una solución duradera. Al considerar qué haría Jesucristo en esa situación, es fácil ver que Él no se escondería de quien le hirió, sino que buscaría restaurar la relación. Nuestra meta debería ser recuperar a nuestra hermana (Mateo 18:15).
¿Qué sucede si somos nosotras quienes hemos ofendido a alguien a quien apreciamos profundamente? ¿Qué pasa si hemos intentado disculparnos, pero la amiga a la que herimos sigue mostrándose distante? Aun así, tenemos una responsabilidad, aunque nos veamos tentadas a tirar la toalla y decir: «Ya lo intenté». Me he encontrado en esta difícil situación. El problema surgió cuando hablaba de un tema delicado con una amiga a quien considero más cercana que mis propias hermanas; por eso, me sentí con la libertad de expresarle lo que pensaba. Quienes me conocen saben que suelo ser muy directa (algo en lo que estoy trabajando), y el resultado inesperado fue que ella se sintió profundamente herida. Me gustaría compartir con ustedes algunas de las lecciones que aprendí mientras atravesábamos el proceso de volver a acercarnos.
La primera lección que aprendí fue que, en última instancia, no importa quién tiene la razón y quién no. La mayoría de las veces, hay culpa suficiente para repartir entre ambas partes. Lo importante es la restauración de la relación. A menudo, esto implica dejar de lado el orgullo, ya sea que hayamos ofendido o hayamos sido la parte ofendida.
Muchas veces, quien ofende no se da cuenta de que ha herido a alguien. Sé que esto suena increíble para quienes han sido ofendidos, pero es verdad. Si hemos sido ofendidos, debemos pedirle a Dios que nos ayude a ser caritativos respecto a las verdaderas intenciones de la otra persona. ¿Realmente cree que su amiga quería hacerle daño?
La mujer ofendida tiene la responsabilidad de hablar con su hermana sobre el asunto en lugar de permitir que la ofensa cree distancia entre ambas. La forma en que nos acercamos a esa hermana y las palabras que usamos son muy importantes. Si nuestra actitud es simplemente desahogarnos y ponerla en su lugar, no estamos siguiendo el espíritu de Mateo 18:15. Es más sabio esperar hasta que no estemos tan alteradas, cuando podamos acudir a nuestra hermana con la disposición mental adecuada. Si somos nosotras quienes ofendimos, tenemos la responsabilidad de escuchar a nuestra hermana, incluso si sentimos que ella tiene una actitud equivocada y que nosotras no hicimos nada malo. También podemos llevar esto ante Dios, pidiéndole que nos ayude a escuchar a nuestra hermana y a comprender cómo se siente.
Una vez que entendemos cómo nuestras acciones han afectado a nuestra hermana, corresponde pedir disculpas; y dichas disculpas no deben incluir «peros» ni condiciones. Las disculpas no deben trasladar la culpa a otros. Una disculpa sincera puede requerir que oremos y meditemos sobre la situación para tener la mente de Cristo al respecto antes de intentar reconciliarnos con nuestra hermana. Esta disculpa debe dejar claro que entendemos qué causó el problema, lo cual podemos demostrar expresando cómo nuestras acciones hirieron a nuestra amiga. Debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos y pedir perdón. Todos somos humanos. Es posible que la parte ofendida no pueda perdonar hasta el punto de restaurar la relación en el momento mismo en que pedimos disculpas. Algunas cosas no suceden de inmediato, lo que nos lleva a una segunda lección.
He aprendido que las heridas emocionales requieren tiempo para sanar y que cada persona sana a un ritmo diferente. Si sufrimos un accidente que nos deja una herida profunda, es posible que nos pongan puntos para cerrarla y un vendaje para cubrirla, pero eso no significa que esté curada; la zona sigue sensible al tacto. Las heridas emocionales no se ven, pero están ahí. Debemos tener paciencia y dar tiempo a la persona ofendida para que esté lista para volver a interactuar.
Si nos apresuramos demasiado a intentar hablar del asunto, corremos el riesgo de reabrir la herida. En cambio, podemos ofrecer sonrisas y saludos amables para que nuestra amiga vea que deseamos restaurar la relación. Si recibimos una respuesta poco amistosa, contamos con la estrategia que nos ofrece la Biblia, la blanda respuesta quita la ira (Proverbios 15:1). No debemos permitir que el orgullo se interponga en nuestro objetivo de recuperar a nuestra hermana.
¿Qué hay de la parte ofendida? ¿Depende la relación enteramente de su decisión? ¿Cuál es su responsabilidad? Esto nos lleva a una tercera lección.
No podemos lograr una resolución pacífica de los problemas de la relación por nuestra cuenta; necesitamos la intervención de Dios. Tanto la parte ofendida como la que ofendió deben buscar Su intervención en el asunto. Ambas personas tienen la responsabilidad de orar por la situación, de pedirle a Dios que les muestre sus faltas en el asunto y de orar la una por la otra. Quizás sea conveniente ayunar.
Somos llamados a nacer en la familia de Dios como hermanos y hermanas en Cristo (2 Corintios 6:18). La voluntad de Dios es que nos reconciliemos (Mateo 5:23–24) y que nos perdonemos mutuamente (Mateo 6:14–15; Colosenses 3:13). Dios no deja a nuestra elección si perdonamos o nos esforzarnos por la reconciliación; Él ordena que hagamos ambas cosas.
¿Qué sucede cuando hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance y aun así no hay avances en la restauración de la relación? La respuesta a esta pregunta es la última lección que quiero compartir: ¡Siga intentándolo! ¡No se rinda!
Aunque tal vez no podamos acercarnos a nuestra amiga en ese momento, podemos seguir sonriendo y mostrándonos amables. En esta situación podemos aprender la valiosa lección de la perseverancia, la cual forja un carácter piadoso (Romanos 5:3–4). Debemos seguir orando por el problema y pedirle a Cristo que sane los sentimientos heridos. Él quiere sanar a los de corazón quebrantado (Isaías 61:1).
Nuestras oraciones de intercesión pueden marcar toda la diferencia. Sabemos que Dios puede transformar nuestra relación para bien (Proverbios 21:1), y El lo hará en Su tiempo. Nuestra responsabilidad es estar listas para acoger la relación cuando llegue ese momento.
Estas cosas pueden parecer sencillas, pero son difíciles de llevar a la práctica. Requieren que ejercitemos el Espíritu Santo que Dios nos ha dado. Para restaurar las relaciones, debemos ser capaces de dejar atrás el resentimiento y abrazar el perdón. Debemos practicar la paciencia, la mansedumbre y el dominio propio mediante el poder del Espíritu de Dios a medida que buscamos resolver el problema (Gálatas 5:22–23). Debemos estar dispuestas a revestirnos de humildad mientras aguardamos la reconciliación con nuestra hermana en Cristo (1 Pedro 5:5). Restaurar relaciones no es fácil (Proverbios 18:19); requiere una madurez espiritual que puede llevar tiempo desarrollar. Si consideramos necesario involucrar a otras personas y la situación lo amerita, los pasos a seguir se describen en Mateo 18:15–17.
Al principio de este artículo, mencioné un problema que surgió entre una hermana en Cristo y yo. Me alegra decir que nos reconciliamos y que la relación fue restaurada. El camino fue difícil. Requirió mucho tiempo, dos años, y un gran esfuerzo por parte de ambas. Aprendí muchas lecciones que no caben en este breve artículo; sin embargo, lo fundamental es que las relaciones pueden restaurarse. Ahora somos amigas aún más cercanas, ya que nos comprendemos mejor. Pudimos comenzar de nuevo y construir sobre una base más sólida.
Si usted tiene alguna relación que ha dado por perdida, no se rinda. Empiece de nuevo orando por el problema y por su amiga «perdida». Pídale a Dios que intervenga y sane la brecha que se ha abierto entre ustedes. Dios es un Dios de reconciliación (2 Corintios 5:18), y puede darles a usted y a su amiga la capacidad de comenzar de nuevo.