Las aristócratas

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El Reino Unido ha mantenido durante siglos una estructura de clases bastante inflexible. En términos generales, las divisiones son: la aristocracia (élite) o clase alta, la clase media y la clase trabajadora. La posición social de cada persona depende ante todo de su herencia, educación, poder, influencia, riqueza, porte y modales, acento y los centros educativos donde se ha formado.

La élite o clase alta suma, según se dice, unos 7.000 individuos en el Reino Unido. La encabezan la reina y la realeza. Siguen una serie de títulos fijos, que en orden descendente son: duque, marqués, earl, vizconde y barón. Los que pertenecen a los cinco rangos de la nobleza suelen reconocerse por su herencia y exclusividad aristocrática, sus grandes propiedades y mansiones, los clubes que frecuentan y a menudo por un estilo de vida bastante ocioso y atendido por sirvientes. Las mujeres llevan títulos de duquesa, marquesa, condesa, vizcondesa o baronesa.

Estas personas, que ostentan títulos tan altisonantes, se consideran los aristócratas o gente “de alcurnia”. Pero conviene preguntar qué significa “aristócrata” en realidad.

La palabra griega aristocracia significa “gobierno de los mejores” y originalmente designaba el liderazgo en manos de una minoría privilegiada que se consideraba superior, así como moral e intelectualmente apta para gobernar en beneficio del pueblo. Con el tiempo, esta aristocracia acabó por ser un grupo pequeño y estratificado de individuos que a menudo no manifestaban esas cualidades, sino que preferían la búsqueda de placeres y estatus, con un sentido de soberbia e ínfulas de gente importante.

Los hombres y mujeres bien pueden llamarse por títulos grandiosos y sentir que son la nobleza o la gente “de alcurnia” o incluso nuestros “superiores” (como a veces se les decía), pero lo importante no es eso, sino qué características hacen de una mujer una aristócrata de verdad a los ojos de Dios. Felizmente, Dios, previendo todo, nos ha dado algunos maravillosos ejemplos bíblicos de mujeres que fueron aristócratas verdaderas.

Comenzando el período de los jueces en Israel, Dios levantó una mujer notable, de nombre Débora. Era esposa, profetisa y juez de Israel (Jueces 4–5). Como juez, Débora solía sentarse debajo de una gran palmera, como era la costumbre, a resolver querellas emitiendo decisiones sabias. Débora cumplía todos los deberes y responsabilidades de un juez y líder civil salvo los de líder militar.

¡Como Dios escoge a los líderes según sus criterios y no los nuestros (1 Samuel 16:7), Débora tuvo que tener algunas cualidades de carácter excelentes que Dios podía aprovechar en su servicio!

Israel en tiempos de Débora se encontraba sometida a la dura y cruel opresión de Jabín, rey cananeo que poseía novecientos carros. Este castigo de servidumbre a un rey de los gentiles se debía a que Israel desobedeció los mandatos de Dios. No había echado fuera a los cananeos como se le mandó que hiciera y, en consecuencia, empezaba a irse tras dioses falsos. Esto llevó inevitablemente a la decadencia moral y al desorden, estado en que ya no se hacía caso de las normas morales absolutas de Dios. Pero Débora era una sierva fiel del Dios verdadero. Se mantuvo firmemente “en la brecha” y llegó a conocerse como “madre en Israel” (Jueces 5:7).

En este tiempo de crisis nacional y de tiranía despótica, el pueblo se sentía atropellado, maltratado, y comenzó a clamar al Dios verdadero implorando misericordia y salvación. Dios compasivo decidió liberarlos. Aunque Él disciplina a los suyos, nunca los abandona. Por tanto, le habló a Débora y le dio instrucciones sobre lo que ella debía hacer.

Como mujer obediente y a la vez decidida, Débora, en virtud de su autoridad oficial, procedió de inmediato a hacer llamar a Barac, comandante de los ejércitos. El nombre de Barac significa “trueno”. ¡Es como si lo llamaran a ser la espada fulgurante del Señor!

No obstante, cuando Débora repitió fielmente las instrucciones divinas sobre cómo luchar con Sísara (el comandante del ejército de Jabín), Barac respondió con cierta timidez a causa de su falta de fe.

Desde el punto de vista de Barac, bien enterado de los problemas tácticos, todo el proyecto debió parecerle suicida. El monte Tabor estaba expuesto. Sería fácil para Sísara rodearlo con sus carros, cortando toda vía de escape. En este escenario, ¡es claro que Barac estaba dejando a Dios por fuera! Demostrando que su fe no estaba a la altura del peligro, le dijo a Débora: “Si tú fueres conmigo, yo iré; pero si no fueres conmigo, no iré” (Jueces 4:8, RVR60). Quizá pensó también que la presencia de Débora imprimiría autoridad oficial al levantamiento de Israel contra un ejército tan temible, y que así le daría al pueblo valor para pelear.

Débora aceptó voluntariamente acompañarlo, arriesgando su propia vida por su pueblo. Al rogarle a Débora que fuera, Barac le estaba pidiendo a una mujer que hiciera, en parte, lo que a él se le había asignado. Entonces Débora le dijo que la gloria de la victoria sería de una mujer, y así fue cuando Dios permitió que Sísara muriera a manos de Jael, esposa del ceneo Heber.

Reunidos por fin algunos israelitas en el monte Tabor, fue Débora quien dio la señal de atacar (Jueces 4:14). Ella le creyó a Dios, confiando sin titubear que Él iría delante de ellos como un poderoso Guerrero. Su fe en Dios resultó plenamente justificada.

En su canto de alabanza en el capítulo 5, Débora le da a Dios todo el crédito y la gloria por la resonante victoria. En los versículos 20–21 describe cómo Dios peleó con tormenta y torrente contra Sísara, probablemente atascando sus carros de hierro. Luego describe en términos pintorescos el resonar de los cascos de los caballos mientras el ejército se aleja al galope.

El hombre bien puede colocar su fe necia en sus propias armas, pero olvida que Dios es capaz de luchar como un Guerrero grande y formidable con un poder superior, que Él puede mandar la lluvia, el granizo, los relámpagos, los truenos y tormentas, ¡y que ninguna fuerza puede resistirlo! Por consiguiente, terminada la batalla libertadora, la tierra tuvo reposo y paz durante cuarenta años (Jueces 5:31).

Es así como el carácter de Débora se destaca reluciente contra un telón de fondo de Israel desobediente y degenerada. Ella era una mujer llena de humildad a quien Dios pudo utilizar. No negó ni se resistió a ocupar su cargo dentro de aquella sociedad, pero tampoco abusó de ese cargo. Entendía que el cargo era para servir. Cuando le llegaban elogios, ella daba el crédito y la gloria a Dios. Era una mujer con mucha sabiduría, que delegaba responsabilidades a otras personas aptas cuando era necesario. También era una mujer de gran fe, que se mostró dispuesta a dar la vida por servir a su pueblo. Débora realmente fue una líder excelente, ¡una aristócrata de verdad!

Hubo otra mujer parecida a Débora por su carácter y distinción y por su capacidad de arriesgar la vida en beneficio de su pueblo. Nosotros la conocemos como Ester. El libro de Ester es uno de solo dos libros bíblicos que llevan el nombre de una mujer. Pero su nombre hebreo era Hadasa, que significa Mirto (Ester 2:7). El mirto era un árbol o rama que se creía significaba paz y gratitud. Y no hay duda de que Ester, con el respaldo de Dios, trajo estos atributos a sus hermanos judíos en todo el imperio persa.

El libro de Ester es singular en que nunca menciona el nombre de Dios directamente. Sin embargo, su mano se hace manifiesta en los muchos hechos —supuestas “coincidencias”— que ocurren a lo largo de la historia, como veremos.

Ester era huérfana, criada en el exilio en Persia por su primo Mardoqueo, que era bastante mayor y representaba para ella una figura paterna.

En cierta ocasión la reina Vasti desobedeció a su esposo el rey Jerjes (Asuero), que gobernaba el imperio persa, negándose a presentarse para que él se jactara de su belleza delante de sus invitados en un banquete. Asuero la depuso y escogió a Ester, hermosa joven judía, como su nueva reina consorte. El rey desconocía la procedencia de ella (Ester era de la tribu de Benjamín).

Poco después de esto, y siendo Ester ya reina, Mardoqueo descubrió un complot para asesinar al rey. Se apresuró a informar a Ester y ella denunció la conspiración ante Jerjes, dando el crédito a Mardoqueo. Se logró frustrar el complot, y el proceder de Mardoqueo quedó registrado en las crónicas del rey.

Algún tiempo después, el rey ascendió al agagueo Amán sobre todos los demás funcionarios. La identificación de Amán como un agagueo sugiere algún vínculo con Agag, rey de los amalecitas, que eran un antiguo enemigo de Israel. Amán odiaba a los judíos y especialmente a Mardoqueo porque este se había negado a postrarse delante de él. Se le ocurrió, pues, el plan de exterminar a todos los judíos en el imperio persa en cierta fecha, y el rey aceptó.

Cuando Mardoqueo se enteró de esto, se puso de inmediato a ayunar, clamando a Dios. Luego informó a Ester de la situación. Convencido de que Dios había colocado a Ester en ese cargo deliberadamente para un momento como este, le rogó a su sobrina que se presentara ante el rey y le implorara misericordia hacia los judíos, salvándolos e impidiendo un genocidio.

Sin embargo, Ester sabía muy bien que cualquiera que se presentara ante el rey en el patio interior sin ser llamado se exponía al castigo de muerte. La única excepción era que el rey extendiera su cetro de oro para perdonarle la vida (Ester 4:11). Sabía, pues, que tenía que obrar con sabiduría y proceder con gran cautela. No se precipitó a la presencia del rey, sino que antes se preparó: mandó pedir que todos los judíos ayunaran con ella tres días buscando la ayuda de Dios. Solo entonces se atrevió a ir adonde Jerjes porque sabía que ella no podía hacer nada por sí misma, sino que precisaba el respaldo divino.

El rey extendió el cetro hacia ella, perdonándole la vida, pero aun así, Ester no dejó escapar el verdadero motivo de su venida, sino que sabiamente convidó al rey y a Amán a un banquete que había preparado para ellos esa noche y la noche siguiente también.

Mientras tanto, el odio de Amán por Mardoqueo había crecido a tal punto, que hizo preparar una horca de 20 metros de altura para colgar a Mardoqueo. Sucedió, sin embargo, una coincidencia aparente: no pudiendo conciliar el sueño, el rey hizo traer las crónicas. Allí leyó de la lealtad de Mardoqueo que lo había salvado de un complot para asesinarlo, y decidió ascenderlo ¡para gran amargura de Amán!

Al cabo del segundo banquete, Ester reveló por fin que ella era judía y que Amán había tramado el exterminio de su pueblo. El rey se enfureció y, en castigo, ¡hizo colgar a Amán en su propia horca! Así se salvaron todos los judíos del imperio y murieron Amán y sus hijos.

Ester, igual que Débora, era una mujer llena de humildad. Aun siendo reina consorte, seguía respetando a Mardoqueo y escuchando sus consejos. Hacía sus planes con mucho cuidado y ponía el resultado en manos de Dios. Ella también arriesgó la vida por su pueblo.

En la Biblia hay otras mujeres de gran carácter, como María la madre de Jesús, y Elisabet la madre de Juan el Bautista. Todas tenían ciertas características en común: eran mujeres con humildad, respetuosas de la autoridad, obedientes a Dios y llenas de fe al cumplir el papel que Dios les había designado en su servicio a Él.

Estas mujeres sí eran “de alcurnia”, es decir, eran verdaderas aristócratas que no hacían gala de un título ideado por hombres, sino que se humillaban para ser fieles siervas de Dios.

Nosotras, que tenemos el privilegio de ser llamadas en este tiempo, debemos asumir las mismas cualidades elevadas de carácter y distinción a fin de cumplir nuestro papel como siervas del Dios Altísimo. Solo entonces podremos nacer de nuevo como miembros de la más noble de las familias reales: la Familia de Dios. ¡Solo entonces seremos verdaderas hijas de Cristo y aristócratas de verdad!