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Una gran multitud se había congregado en la funeraria, incluyendo hombres y mujeres de gran relevancia política, profesionales y personas de la clase trabajadora, para presentar sus respetos. El difunto había sido un abogado exitoso durante décadas, llegando incluso a servir en la legislatura estatal, antes de convertirse en juez de circuito, cargo que desempeñó con distinción durante muchos años. Pero el tiempo es implacable, y el juez falleció «en buena vejez, lleno de días» (1 Crónicas 29:28).
Al comenzar la ceremonia, el distinguido ministro principal subió al podio para pronunciar un breve tributo fúnebre en honor al juez. Luego, inició su mensaje con esta observación: «A muchas personas les desconcierta que en la cristiandad existan tantas ideas y creencias divergentes sobre cómo se debe adorar a Dios. Esa realidad les inquieta. A mí, en cambio, la diversidad doctrinal nunca me ha molestado, pues he llegado a comprender lo que Dios está haciendo». Y continuó: «Dios nos permite relacionarnos con Él de la manera que nos resulte más cómoda. Sí, Dios nos recibe bajo nuestros propios términos».
Sin embargo, los relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento afirman exactamente lo contrario. Por ejemplo, la primera pareja, Adán y Eva, aprendió que para agradar a Dios es preciso seguir Sus instrucciones. Ellos no obedecieron Sus mandatos y fueron expulsados del Jardín del Edén. La humanidad aún lidia con las consecuencias de haberse acercado a Dios bajo sus propios términos (Génesis 3). El relato de Caín y Abel, hijos de Adán y Eva, revela también que es necesario acercarse a Dios bajo los términos establecidos por Él. El sacrificio de Caín fue rechazado porque no cumplía con los requisitos divinos. Lleno de ira por haber sido rechazado, Caín se convirtió en el primer asesino (Génesis 4).
Tras el gran diluvio de los tiempos de Noé, Nimrod, el primer déspota, no siguió el plan de Dios. En lugar de dispersarse y poblar la tierra, diversos pueblos se congregaron bajo el mando de Nimrod y buscaron construir una estructura imponente como símbolo de su desafío. Pero el sueño de Nimrod de crear una gran civilización que dominara el mundo llegó a un final dramático cuando Dios confundió los idiomas y las naciones quedaron dispersas (Génesis 10).
Saúl, el primer rey de Israel, comenzó su reinado con grandes perspectivas, pero con el tiempo fue rechazado por actuar a su manera y no seguir las directrices claras de Dios (1 Samuel 9–13). También está la reveladora historia de Uza quien, con las mejores intenciones, extendió la mano y tocó el Arca del Pacto cuando los bueyes tropezaron mientras tiraban de la carreta sobre la que ésta se encontraba. Al hacerlo, Uza murió al instante. Los israelitas habían olvidado negligentemente el mandato vital de Dios de que el Arca debía ser transportada con reverencia y únicamente por los levitas (Éxodo 25:12–15); nunca debía ser tocada directamente por nadie, y mucho menos transportada en una carreta tirada por animales irracionales. Este descuido le costó la vida a Uza.
«Bueno», dirán algunos, «esa era la forma de hacer las cosas en el Antiguo Testamento». Sin embargo, el Nuevo Testamento contiene ejemplos que ilustran la existencia de principios y pautas obligatorios para la adoración. El libro de los Hechos relata la historia de Ananías y Safira, marido y mujer, quienes hicieron una generosa donación a la iglesia pero conspiraron para hacerlo de manera engañosa. Pedro percibió su engaño y los confrontó. Lamentablemente, sus acciones les costaron la vida (Hechos 5:1–11).
Jesús reprendió a las autoridades religiosas de su época por ignorar sus instrucciones: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46). Al instruir a la mujer samaritana junto al pozo, Jesús describió claramente lo que Dios espera de quienes buscan su reino: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).
El apóstol Pablo advirtió severamente a los gálatas: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas 1:8). También dejó claro que la iglesia debía estar de acuerdo en cuestiones doctrinales, al escribir: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10).
Al considerar la cacofonía de creencias y prácticas religiosas predominantes, parece evidente que a Dios no le agrada que la humanidad se acerque a Él «bajo sus propios términos». Pablo explicó: “Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos,” (1 Corintios 14:33).
Hace poco, un columnista religioso escribió sobre las diversas ideas para adorar a Cristo, afirmando: «Esta diversidad no es algo que deba detestarse. Es algo que debe celebrarse» («El cristianismo tiene variedad, peculiaridades y complejidad», *Lexington Herald Leader*, 14 de mayo de 2019). Declaraciones como estas contribuyen a la confusión.
Ciertamente, es razonable pensar que si se le hubiera pedido al distinguido juez, a quien se recordaba en el servicio mencionado anteriormente, que decidiera quién tenía la razón en este «caso» basándose únicamente en las pruebas presentadas, bien podría haber rechazado la premisa de que podemos «acercarnos a Dios bajo nuestros propios términos».
Si desea agradar a Dios y vivir en armonía con su camino de vida, existen recursos disponibles para guiarle. Dos de estos recursos son los folletos “El falso cristianismo, un engaño satánico” y “¿Dónde está la verdadera Iglesia de Dios?”, disponibles gratuitamente, junto con otros materiales impresos y en video, en elmundodemanana.org. Solicite sus ejemplares o léalos en línea hoy mismo.